Capítulo 4 La decisión

El suelo volvió bajo sus pies como una condena.

Aurora cayó de rodillas sobre la roca húmeda, con el aire entrando con violencia. El mar rugía abajo, reclamando la vida que acababa de perder. La bruma subía desde el acantilado, envolviéndola los tobillos.

Seguía viva.

Esa certeza no la alivió.

La destruyó.

Levantó la mirada y lo vio frente a ella.

Demian Valmot no parecía haber hecho ningún esfuerzo para salvarla. Su abrigo oscuro no estaba rasgado, su respiración no cambiaba, su rostro permanecía intacto. Solo sus ojos azules la observaban con una atención que no parecía humana.

Aurora tembló, no por el frío, sino por la rabia.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no me dejaste caer?

Demian inclinó la cabeza.

—Porque aún no era tu momento.

Aurora soltó una risa amarga.

—¿Mi momento? ¿Quién eres tú para decidir eso?

Él dio un paso hacia ella. La roca crujió bajo sus zapatos. A su alrededor, el viento cambió. Las olas siguieron golpeando abajo, pero más lejos.

—Alguien que sabe reconocer una muerte desperdiciada.

Aurora se puso de pie con dificultad. Las piernas le temblaban, pero no retrocedió.

—No sabes nada de mí.

—Sé que viniste aquí sin dejar carta.

Ella se quedó inmóvil.

Demian continuó, sin emoción.

—Sé que tu padre debe más de lo que puede pagar. Sé que tu hermano, Kendal, respira gracias a máquinas que no podrán sostenerlo mucho más. Sé que tu hermana pequeña cree que todavía puedes arreglarlo todo porque tú se lo hiciste creer.

Aurora sintió que el mundo se inclinaba.

—Cállate.

—Y sé que saltaste no porque quisieras morir, sino porque creíste que muerta serías menos carga que viva.

La bofetada salió antes de que pudiera pensarla.

Su mano golpeó el rostro de Demian con un sonido seco.

El viento se detuvo.

Demian no se movió. Ni siquiera parpadeó. En su mejilla no quedó marca. Nada.

—Vuelves a tocarme así —dijo en voz baja— y descubrirás que mi paciencia también tiene dientes.

Aurora tragó saliva.

—Entonces mátame tú.

Los ojos de Demian cambiaron. Apenas un destello oscuro atravesó el azul helado de su mirada.

—Eso sería demasiado fácil.

—¿Y salvarme no lo fue?

—Salvarte fue un impulso.

Demian pareció odiar haberlo dicho.

—No me gustan los impulsos —añadió.

—Qué tragedia para ti.

Una sombra de interés cruzó su rostro.

—Tienes miedo, pero sigues provocándome.

—Tú me quitaste lo único que había decidido por mí misma.

—No. Te impedí cometer la única decisión que no podrías corregir.

Aurora sintió que los ojos le ardían, pero no lloró.

—No tengo salida.

—Eso no es cierto.

Aurora soltó una risa sin alegría.

—¿Ah, no? Mi hermano se muere. Mi padre está hundido en deudas. Mi hermana me mira como si yo fuera una especie de salvación. Y yo no tengo dinero, ni poder, ni tiempo.

Demian se acercó otro paso.

—Yo sí.

La frase cayó entre ellos como una piedra.

—¿Qué?

—Tengo dinero. Poder. Tiempo. Médicos que no aparecen en registros. Lugares donde una enfermedad humana puede retrasarse lo suficiente para parecer un milagro.

El corazón de Aurora empezó a golpearle más fuerte.

—¿Por qué harías eso?

Demian guardó silencio unos segundos. No era un silencio vacío; era cálculo. La bruma giraba entre ambos y Aurora sintió que aquella pausa tenía filo.

—Porque tu padre firmó una deuda conmigo.

Aurora sintió que la sangre se le helaba.

—No.

—Sí.

—Mi padre jamás—

—Tu padre rogó —interrumpió Demian—. Prometió cualquier cosa. Como hacen todos los hombres desesperados cuando entienden que el amor no paga hospitales.

Aurora retrocedió un paso.

Esta vez sí.

—Estás mintiendo.

Demian sacó de su abrigo un papel doblado. El borde estaba marcado con un sello negro: una V rodeada por un círculo de espinas.

Aurora lo reconoció. Había visto ese símbolo una vez, grabado en una carta que su padre escondió demasiado rápido.

Demian extendió el papel.

—Lee.

Aurora no quería tocarlo.

Pero lo hizo.

Sus manos temblaron al abrirlo. Leyó la firma de su padre. Leyó la cantidad. Leyó la garantía.

Y entonces dejó de respirar.

No era la casa.

No eran los bienes.

No era el apellido.

Era ella.

Aurora Valcobit.

—No… —susurró—. Esto no puede ser real.

—Lo es.

—Mi padre me vendió.

—Tu padre intentó salvar a tu hermano.

—¡Me vendió!

El grito se rompió en el viento.

Demian no la consoló.

—El dolor no cambia los hechos.

Aurora arrugó el papel entre sus dedos. Hasta ese momento había creído que se sacrificaba por su familia. Ahora descubría que su familia ya había sido usada para entregarla.

—¿Qué quieres de mí?

Demian la observó con una curiosidad oscura.

—Tres meses en mi castillo.

Aurora parpadeó.

—¿Para qué?

—Para descubrir por qué no pude dejarte morir.

Aquellas palabras la estremecieron más que cualquier amenaza.

—No soy tu experimento.

—No —dijo él—. Eres mi anomalía.

Aurora apretó el papel contra su pecho.

—¿Y si me niego?

Demian miró hacia el mar.

—Entonces mañana Kendal será trasladado fuera del hospital. Tus cuentas quedarán cerradas. Tu padre irá a prisión. Y tu hermana aprenderá que las promesas también mueren.

Aurora sintió náuseas.

—Eres un monstruo.

—Sí.

No lo negó.

No se defendió.

—Pero soy el único monstruo que puede mantenerlos vivos.

El viento volvió a moverse. Frío. Cortante. La bruma rodeó a Aurora como si el acantilado quisiera tragársela otra vez.

Demian extendió la mano.

—Elige.

Aurora miró su mano. Luego el abismo. Luego el documento arrugado entre sus dedos.

La muerte parecía sencilla comparada con aquello.

Pero Kendal seguía respirando.

Su hermana seguía esperando.

Y su padre… aunque la hubiera condenado… seguía siendo su padre.

—Si voy contigo —dijo con voz rota—, ellos vivirán.

—Sí.

—Mi hermano recibirá tratamiento.

—Sí.

—Mi hermana no sabrá nada.

—Nada.

Aurora cerró los ojos.

El último pedazo de su vida anterior se desprendió de ella sin ruido.

Cuando volvió a abrirlos, ya no era la misma joven que había saltado.

Era otra.

Una que había muerto sin tocar el mar.

—Acepto.

Demian tomó el papel de sus manos.

Y por primera vez sonrió.

Apenas.

Una curva mínima, oscura, inquietante.

—Entonces debes saber la verdad antes de venir conmigo.

Aurora sintió que el corazón le daba un golpe seco.

—¿Qué verdad?

Demian se inclinó hacia ella, tan cerca que su voz pareció entrarle directamente en la sangre.

—Tu padre no fue quien ofreció tu nombre.

Aurora dejó de respirar.

Demian sostuvo su mirada.

—Fuiste tú, Aurora. Hace diecisiete años.

Y antes de que pudiera preguntar, la marca negra del contrato comenzó a arder sobre el papel… respondiendo al latido de su propia sangre.

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