Capítulo 5 El acuerdo
Aurora no recordaba el camino de regreso.
Sus pies avanzaban sobre la tierra húmeda, pero su mente seguía atrapada en el acantilado, en el contrato, en aquella frase imposible que Demian le había dejado clavada en el pecho.
Fuiste tú, Aurora. Hace diecisiete años.
Diecisiete años.
Ella tenía apenas recuerdos confusos de esa edad, imágenes rotas de una infancia que su madre solía contarle con tristeza y ternura. No podía haber firmado nada. No podía haber entregado su propio nombre. No podía haber decidido algo que ahora venía a reclamarla como una deuda antigua.
Pero la marca del contrato había ardido.
Y había ardido con su sangre.
Demian caminaba detrás de ella, sin tocarla. Eso era peor. Su presencia la seguía como una sombra viva, fría, inevitable. No necesitaba sujetarla para que Aurora sintiera que ya no había escapatoria.
Cuando llegaron a la casa, la puerta estaba entreabierta.
Una lámpara vieja iluminaba apenas la sala. El olor a medicamentos, café frío y ropa húmeda la golpeó con una fuerza devastadora. Ese lugar era pequeño, cansado, lleno de grietas. Pero era suyo.
O había sido suyo.
—Tienes diez minutos —dijo Demian.
Aurora se giró hacia él.
—No me hables como si estuvieras contando monedas.
Él sostuvo su mirada.
—Estoy contando tiempo. Es más valioso.
—Para ti tal vez.
—Para tu hermano, también.
Aurora apretó los labios. Quiso odiarlo más, pero él sabía exactamente dónde herirla.
Entró.
Su hermana menor apareció primero, descalza, con el cabello despeinado y los ojos llenos de sueño.
—¿Aurora?
Ese simple llamado la partió en dos.
Aurora se agachó de inmediato y la abrazó con tanta fuerza que la niña se quejó bajito.
—Me aprietas…
—Perdón —susurró Aurora, aflojando el abrazo sin soltarla—. Perdón, mi amor.
—¿Dónde estabas? Papá estaba buscándote.
Aurora cerró los ojos un segundo. Tenía que mentir. Tenía que hacerlo bien. Tenía que ser fuerte por última vez dentro de esa casa.
—Tuve que salir.
—¿Vas a llorar?
Aurora sonrió con los labios temblando.
—No.
—Sí vas.
—Entonces no mires.
La niña le tocó la cara con sus manos pequeñas.
—Prométeme que mañana me harás panqueques.
El golpe fue invisible, pero brutal.
Aurora sintió que algo dentro de ella se rompía sin ruido.
—Te prometo que alguien te hará panqueques.
La niña frunció el ceño.
—No. Tú.
Antes de que Aurora respondiera, la voz de su padre apareció desde el pasillo.
—¿Dónde estabas?
Él estaba más viejo que esa misma mañana. Los hombros caídos, la camisa arrugada, los ojos enrojecidos por noches sin dormir. Cuando vio a Demian detrás de ella, el miedo le borró el enojo.
—No… —susurró.
Aurora se puso de pie lentamente.
—Papá.
Él miró a Demian como quien ve regresar una sentencia.
—Te dije que me dieras más tiempo.
Demian no entró del todo. Permaneció en el umbral, como si la casa no mereciera contenerlo.
—Se terminó.
Aurora miró a su padre.
—¿Es verdad?
Él no respondió.
Eso fue suficiente.
—¿Me entregaste?
—Aurora, yo…
—¿Firmaste mi nombre?
Su padre dio un paso hacia ella.
—No sabía qué más hacer. Kendal se estaba muriendo. Tu hermana no tenía qué comer. Los bancos cerraron las puertas. Nadie nos ayudó.
—Entonces me vendiste.
—¡No! —gritó él, quebrándose—. Te salvé como pude.
Aurora soltó una risa rota.
—¿Salvarme?
—Yo pensé que nunca vendría a cobrarlo.
Demian habló desde la puerta.
—Todos piensan eso.
El padre se giró hacia él con rabia.
—Cállate.
La temperatura de la sala cayó.
La lámpara parpadeó.
La niña se escondió detrás de Aurora.
—Papá, tengo miedo…
Aurora la abrazó contra su cuerpo.
—No pasa nada.
Demian la miró.
—No prometas cosas falsas.
Aurora le lanzó una mirada llena de odio.
—Una palabra más y olvido el trato.
Él se quedó quieto.
Y, para sorpresa de todos, no respondió.
El padre notó ese silencio. Lo notó demasiado.
—¿Qué eres para que ella pueda hablarte así?
Demian sonrió apenas.
—Una mala elección.
El padre tomó entonces un cuchillo de la mesa. No era grande. Era viejo, de cocina, con el mango gastado por años de uso. Pero en sus manos temblorosas parecía la última defensa de un hombre destruido.
—Aléjate de mi hija.
Aurora se interpuso.
—Papá, no.
—¡No voy a dejar que se la lleve!
—Ya lo hiciste.
La frase salió baja.
Pero lo mató.
Él retrocedió como si Aurora lo hubiera golpeado.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—¡Lo hice por ustedes!
—Y ahora yo me voy por ellos.
El padre negó con la cabeza una y otra vez.
—No. No. Tiene que haber otra forma.
Demian dio un paso dentro de la casa.
La madera del suelo crujió.
—No la hay.
El padre gritó y se lanzó contra él.
Aurora no alcanzó a detenerlo.
El cuchillo entró directo en el pecho de Demian.
La niña gritó.
Aurora dejó de respirar.
El padre quedó inmóvil, con ambas manos sobre el mango, esperando sangre, dolor, algo humano.
No pasó nada.
Demian bajó lentamente la mirada hacia el cuchillo incrustado en su cuerpo. Luego levantó los ojos hacia el padre de Aurora.
—Eso fue descortés.
Y se arrancó la hoja del pecho.
No salió sangre.
Ni una gota.
La herida se cerró frente a todos, la tela rota dejando ver piel intacta donde segundos antes había estado el metal.
El cuchillo cayó al suelo.
El padre retrocedió, pálido.
—Dios mío…
Demian inclinó la cabeza.
—Él no suele venir cuando me llaman.
Aurora sintió que el mundo cambiaba de forma.
Ya sabía que Demian no era humano. Lo había visto. Lo había sentido. Pero ver aquella herida cerrarse en la sala de su casa, frente a su familia, convirtió el horror en algo imposible de negar.
Su hermana lloraba en silencio.
Aurora se arrodilló frente a ella.
—Escúchame. Vas a estar bien.
—No te vayas.
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
Aurora le besó la frente.
—Porque te amo más de lo que puedo quedarme.
La niña rompió en llanto.
Aurora se levantó antes de deshacerse por completo. Miró a su padre una última vez.
—Cuida de ellos.
—Aurora…
—No me sigas.
Luego caminó hacia la puerta.
Demian se apartó para dejarla pasar.
Pero justo antes de cruzar, Aurora escuchó a su padre caer de rodillas.
—Perdóname…
Ella cerró los ojos.
No miró atrás.
Si lo hacía, no podría irse.
Afuera, la noche la recibió con frío.
Demian caminó a su lado.
—Ahora entiendes.
Aurora apretó los puños.
—No. Ahora sé que el monstruo no eras solo tú.
Él la miró de perfil.
—Correcto.
Aurora sintió que las lágrimas bajaban al fin, silenciosas y calientes.
—Si mi hermano muere, te juro que voy a encontrar la forma de destruirte.
Demian abrió la mano.
La marca negra del contrato apareció flotando sobre su palma, encendida como una brasa.
—Entonces será mejor que viva.
Aurora miró la marca.
Y esta vez vio algo que antes no estaba.
Su nombre no era el único escrito allí.
Debajo, oculto entre líneas rojas, apareció otro.
Demian Valmot.
El contrato no solo la ataba a él.
También lo ataba a ella.
