Capítulo 6 El rapto
Aurora no volvió la vista atrás.
No porque hubiera dejado de amar a su familia.
Precisamente por eso.
Sabía que, si veía una sola vez más a su hermana llorando en el umbral de la puerta o a su padre arrodillado sobre el piso de madera con el rostro destruido por la culpa, nunca tendría la fuerza suficiente para seguir caminando.
Y si se detenía...
todo el sacrificio habría sido inútil.
El viento nocturno golpeó su rostro cuando abandonó la última casa del pequeño pueblo.
A partir de ahí, el camino dejó de parecerle conocido.
No recordaba haber visto aquel sendero entre los árboles.
Ni aquellas rocas negras.
Ni aquella niebla tan espesa que parecía tener vida propia.
Aurora disminuyó el paso.
—Este camino no existía.
Demian caminaba a su lado con la misma tranquilidad inquietante de siempre.
—Sí existía.
—Lo habría recordado.
—Los humanos solo recuerdan aquello que se les permite recordar.
Aurora dejó de caminar.
—¿Qué significa eso?
Demian no respondió.
Siguió avanzando.
La niebla comenzó a cerrarse detrás de ellos.
Aurora giró de inmediato.
El pueblo había desaparecido.
No se veía una sola luz.
No se escuchaban perros.
Ni grillos.
Ni el mar.
Solo el bosque.
Uno inmenso.
Antiguo.
Silencioso.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Mi pueblo estaba ahí.
—Y sigue estando.
—¡Entonces dónde está!
Demian levantó la vista hacia las copas de los árboles.
—Al otro lado del velo.
Aurora sintió un nudo en el estómago.
—No entiendo nada.
—Lo sé.
Continuaron caminando.
Cada paso hacía que el bosque pareciera cambiar.
Los árboles eran demasiado altos.
Los troncos demasiado gruesos.
Las raíces sobresalían como enormes serpientes petrificadas.
Las sombras parecían observarla.
Y entonces ocurrió.
Un ciervo apareció entre la niebla.
Hermoso.
Majestuoso.
Aurora sonrió por primera vez desde el acantilado.
El animal levantó la cabeza.
Miró directamente a Demian.
Y cayó de rodillas.
Aurora dejó de respirar.
—¿Qué...?
El ciervo permaneció inmóvil.
Con la cabeza inclinada.
Como si estuviera rindiendo homenaje a un rey.
Demian ni siquiera lo miró.
Siguió caminando.
Uno a uno comenzaron a aparecer más animales.
Lobos.
Zorros.
Búhos.
Todos repetían el mismo gesto.
Ninguno atacaba.
Ninguno huía.
Todos inclinaban la cabeza.
Aurora sintió miedo.
No por ellos.
Por él.
—¿Qué eres?
Demian tardó varios segundos en responder.
—Una pregunta para otro día.
Siguieron avanzando.
La niebla empezó a abrirse.
Y entonces Aurora lo vio.
El castillo.
No era una construcción.
Era una montaña convertida en fortaleza.
Torres imposibles.
Muros negros.
Ventanas iluminadas por cientos de velas.
Parecía vivo.
Como si respirara.
Aurora sintió que el pecho se le cerraba.
—Aquí... vive alguien.
Demian la miró de reojo.
—Muchos.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse solas.
El sonido del hierro contra la piedra retumbó por todo el valle.
Aurora dio un paso atrás.
—No.
Demian no la sujetó.
Solo extendió una mano.
—Puedes entrar por decisión propia.
O puedes quedarte aquí.
Ella observó el bosque.
No había camino de regreso.
Solo oscuridad.
Respiró hondo.
Y cruzó el umbral.
En el mismo instante en que puso un pie dentro del castillo...
todo ocurrió.
Más de cien personas aparecieron en los balcones.
Hombres.
Mujeres.
Jóvenes.
Ancianos.
Todos vestidos de negro.
Todos inmóviles.
Aurora sintió que las piernas le temblaban.
Pensó que estaban esperando a Demian.
Era lógico.
Él era el dueño de aquel lugar.
Pero entonces...
todos bajaron la cabeza.
Al mismo tiempo.
Como si hubieran ensayado aquel movimiento durante siglos.
Aurora miró a Demian.
Él también parecía confundido.
Un anciano avanzó lentamente entre la multitud.
Su cabello blanco llegaba hasta la cintura.
Sus ojos eran completamente plateados.
Se detuvo frente a ellos.
Primero miró a Demian.
Después...
a Aurora.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por el rostro del anciano.
Sonrió.
Y cayó de rodillas.
El golpe de sus rodillas contra el mármol resonó por todo el salón.
Uno por uno...
todos hicieron lo mismo.
Más de cien personas arrodilladas.
No frente a Demian.
Frente a Aurora.
Ella retrocedió un paso.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
El anciano levantó la cabeza con los ojos completamente humedecidos.
—Después de quinientos años...
por fin regresaste.
Aurora sintió que el mundo dejaba de tener sentido.
Negó lentamente con la cabeza.
—Se equivoca.
El anciano sonrió.
—No.
Sacó un pequeño medallón de plata escondido bajo su túnica.
Lo abrió.
Dentro había un retrato.
Una mujer.
Aurora sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Era ella.
No parecida.
No semejante.
Exactamente ella.
El mismo rostro.
Los mismos ojos verdes.
La misma cicatriz diminuta junto a la ceja izquierda.
Solo había una diferencia.
La pintura estaba fechada...
Año 1526.
Aurora levantó lentamente la mirada.
Esperaba encontrar respuestas en los ojos de Demian.
Esperaba verlo tan confundido como ella.
Pero no.
Él permanecía inmóvil.
Sereno.
Como si hubiera esperado ese instante durante siglos.
Sus ojos no reflejaban sorpresa.
Reflejaban reconocimiento.
Y entonces comprendió algo aún más aterrador.
Él ya lo sabía.
Sabía que ese retrato existía.
Sabía que alguien la esperaba en aquel castillo.
Sabía que aquel anciano iba a arrodillarse.
Lo había sabido desde el principio.
Aurora retrocedió un paso.
—¿Quién soy...?
Su voz salió quebrada.
Por primera vez desde que lo conocía, Demian no respondió de inmediato.
La observó largamente.
Como si hubiera esperado toda una eternidad para escuchar esa pregunta.
Después dio un paso hacia ella.
Solo uno.
Lo suficiente para que únicamente ella pudiera oírlo.
—Esa...
Su voz sonó más grave que nunca.
Más antigua.
Más cargada de recuerdos.
—...es precisamente la razón por la que nunca te dejé caer.
Aurora sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso?
Demian sostuvo su mirada.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
No era una sonrisa de triunfo.
Era la sonrisa de alguien que llevaba siglos esperando que una historia volviera a comenzar.
—Bienvenida a casa... mi Reina.
