Capítulo 5 Puerta

Ariana

Me quedé mirando la puerta por donde Sebastián había desaparecido junto a Vanesa hasta que Mónica apareció a mi lado.

—¿Piensas quedarte ahí toda la noche?

Parpadeé y finalmente aparté la mirada.

—No.

—Porque llevas como cinco minutos mirando la misma puerta.

—Estaba pensando.

—Eso es peligroso en tu caso.

Rodé los ojos.

—Gracias por el apoyo.

Mónica soltó una carcajada y me tomó del brazo.

—Vamos abajo. Necesito otro trago y tú necesitas dejar de pensar en Sebastián Morris.

—No estoy pensando en él.

—Claro.

—Es verdad.

—Ariana.

—¿Qué?

—Tu cara dice otra cosa.

Suspiré.

Odiaba que Mónica me conociera tanto.

Bajamos las escaleras y regresamos al bar. La música seguía sonando a todo volumen y había más gente que antes. Intenté concentrarme en cualquier cosa que no tuviera relación con Sebastián.

No funcionó.

Porque, aunque ya no podía verlo, podía sentirlo.

Sentía su abrazo todavía.

Sus manos en mi rostro.

Su voz diciéndome que no permitiría que Vladimir volviera a tocarme.

Y lo peor de todo era que había confesado que seguía siendo un mujeriego.

Eso debería haber sido suficiente para alejarme.

Debería.

—Dos tragos más —pidió Mónica al camarero.

—Yo no quiero.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Desde cuándo?

—Desde que casi termino besando el piso por culpa de Vladimir.

—Bueno, eso es cierto.

Me senté en uno de los bancos y observé a las personas que bailaban.

—Mónica.

—¿Sí?

—¿Crees que Sebastián estaba celoso?

Ella abrió la boca.

Después sonrió lentamente.

—Sabía que terminarías preguntándomelo.

—Solo tengo curiosidad.

—Claro.

—Mónica.

—Sí, estaba celoso.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—No puedes saberlo.

—Lo vi.

—Pero tiene novia.

—¿Y?

La miré confundida.

—¿Cómo que y?

—Que tener novia no significa que sea inmune a los celos.

—Él mismo me dijo que la quiere.

Mónica dejó de sonreír.

—¿Y tú le creíste?

—¿Por qué no habría de hacerlo?

—Porque hace unas horas descubrimos que el chico les dice “te quiero” a sus novias sin sentirlo.

Recordé sus palabras.

El que les dice “Te quiero” sin sentirlo, solo para tenerlas contentas.

Me quedé callada.

—Eso no significa que no quiera a Vanesa —murmuré.

—Tampoco significa que la quiera.

—Mónica...

—Está bien, no voy a decir nada.

El camarero dejó nuestros tragos frente a nosotras. Mónica tomó el suyo y bebió.

Yo apenas humedecí mis labios.

No quería emborracharme.

No quería terminar haciendo algo de lo que pudiera arrepentirme.

Sobre todo porque mi cabeza estaba demasiado ocupada pensando en un hombre que no debía ocuparla.

—¿Y qué vas a hacer con Vladimir? —preguntó Mónica.

—Nada.

—¿Nada?

—No quiero estar con él.

—Pero hace un momento parecías dispuesta a darle una oportunidad.

—Después de lo que hizo, no.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Vladimir había intentado besarme cuando claramente le había demostrado que no quería.

No podía fingir que aquello no había pasado.

—Bien —dijo Mónica—. Entonces olvídate de él.

Asentí.

—Eso haré.

Tomé mi vaso y bebí un poco más.

Mi teléfono vibró sobre la barra.

Lo miré.

Un mensaje.

De un número que no tenía guardado.

“¿Estás bien?”

Fruncí el ceño.

No necesitaba preguntar quién era.

Sebastián.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Quién es? —preguntó Mónica.

—Nadie.

—Ariana.

Le mostré la pantalla.

Sus ojos se abrieron.

—¡Es él!

—Habla más bajo.

—¿Qué te dijo?

—Que si estoy bien.

Mónica sonrió como una niña que acababa de descubrir un secreto.

—Respóndele.

—¿Para qué?

—Porque te está preguntando.

—Tiene novia.

—Y tú tienes novio.

Me quedé inmóvil.

Cierto.

Mi mentira acababa de regresar para golpearme en la cara.

—No puedo responderle como si nada.

—¿Por qué no?

—Porque podría sospechar.

—Ariana, dile que estás bien y ya.

Lo pensé unos segundos.

Finalmente escribí.

“Sí, estoy bien. Gracias por preguntar.”

Lo envié.

Apenas unos segundos después apareció otro mensaje.

“Me alegro.”

Eso fue todo.

Nada más.

Miré la pantalla esperando que escribiera otra cosa.

No lo hizo.

—¿Ves? —dijo Mónica—. Está preocupado por ti.

—Solo como amigo.

—Sí, claro.

Guardé el teléfono.

—No voy a ilusionarme.

—Eso dices ahora.

—Lo digo en serio.

Mónica levantó las manos.

—Está bien.

La música cambió a una canción más lenta y algunas parejas comenzaron a bailar.

Aparté la mirada.

No quería imaginar cómo se verían Sebastián y Vanesa bailando juntos.

No quería.

Así que me levanté.

—Voy al baño.

—¿Quieres que te acompañe?

—No.

Entré al baño y me quedé frente al espejo.

Mi reflejo me devolvió una expresión cansada.

—Contrólate, Ariana —susurré.

Sebastián era mi pasado.

Vanesa era su presente.

Y yo tenía que aceptar que no había espacio para mí en su vida.

Respiré profundo y salí.

Pero cuando regresé a la barra, Mónica ya no estaba sola.

Y mi corazón volvió a detenerse.

Sebastián estaba allí.

Solo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté antes de poder evitarlo.

Él levantó la mirada.

—Esperarte.

Me quedé paralizada.

—¿Esperarme?

Asintió.

—Vanesa está abajo con unas amigas.

—Ah.

No sabía qué decir.

Él se acercó un poco.

—Quería hablar contigo.

—¿Sobre qué?

Sebastián miró hacia donde estaba Mónica, quien casualmente había desaparecido.

Traicionera.

—Sobre lo de antes.

—¿Lo de Vladimir?

—Sí.

—No tienes que preocuparte.

—Sí tengo.

Su respuesta fue inmediata.

—No quiero que vuelva a pasar.

—No volverá.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Sí.

Se quedó mirándome.

Había algo diferente en sus ojos.

Algo que no podía entender.

—Ariana...

—¿Sí?

—Cuando te vi con él...

Hizo una pausa.

—¿Qué?

—No me gustó.

Mi corazón comenzó a golpear contra mis costillas.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Sonrió con cierta frustración.

—Simplemente no me gustó.

No sabía qué responder.

—Tú tienes novia.

—Lo sé.

—Y yo tengo novio.

Su expresión cambió.

—Sí. Steven.

Pronunció el nombre con una extraña tensión.

—Steven —repetí.

—¿Cuánto llevan?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—¿Qué?

—Tú y Steven. ¿Cuánto llevan juntos?

—Mucho.

—¿Cuánto es mucho?

—Unos... tres años.

Perfecto.

Acababa de inventarme una relación de tres años.

Sebastián arqueó una ceja.

—¿Tres años?

—Sí.

—Entonces debe ser algo serio.

—Lo es.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—Steven.

Tragué saliva.

—Está trabajando.

—¿Aquí en Nueva York?

—Sí.

—¿Y qué hace?

—Sebastián...

—Solo pregunto.

—¿Por qué quieres saber tanto?

Guardó silencio.

Después se pasó una mano por el cabello.

—Porque quiero saber quién es el hombre que consiguió lo que yo no pude.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Él apartó la mirada.

—Nada.

—No. Dijiste algo.

—Olvídalo.

—Sebastián.

Volvió a mirarme.

—Tú eras importante para mí, Ariana.

Mi respiración se detuvo.

—Eras mi mejor amiga.

Sonrió con tristeza.

—Mi primer amor.

Bajé la mirada.

—Eso fue hace diez años.

—Lo sé.

—Las personas cambian.

—Yo cambié.

—Sí.

—Pero algunas cosas no.

Levanté la vista.

Sus ojos estaban fijos en los míos.

—¿Qué cosas?

Se acercó un poco.

—La manera en que te miro.

Mi corazón se aceleró.

—Sebastián...

—No voy a hacer nada.

—Tienes novia.

—Lo sé.

—Entonces no deberías decirme esas cosas.

—Probablemente no.

Se alejó un paso.

—Por eso te dije que fuéramos amigos.

—Entonces seamos amigos.

—Sí.

Pero ninguno de los dos parecía convencido.

De pronto escuchamos una voz.

—¡Sebas!

Vanesa.

Él cerró los ojos durante un segundo.

Yo respiré profundo.

Vanesa apareció detrás de nosotros y rápidamente tomó su brazo.

—Te estaba buscando.

—Ya voy.

Ella me miró.

—¿Estaban hablando?

—Sí —respondí antes que él—. Somos amigos.

Vanesa sonrió.

—Claro.

No sé por qué, pero sentí que aquella sonrisa no era sincera.

—Nos vemos, Ari.

Sebastián me miró.

—Sí.

Vanesa comenzó a llevarlo hacia la salida.

Pero antes de marcharse, él volvió la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Y esa mirada duró apenas unos segundos.

Pero fue suficiente para dejarme completamente confundida.

---

Sebastián

—¿Quién era ella?

La pregunta de Vanesa llegó apenas salimos del bar.

—Ariana.

—Ya sé que se llama Ariana.

Seguí caminando.

—Es una amiga.

—¿Una amiga?

—Sí.

Vanesa soltó una pequeña risa.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Nunca te había visto mirar a una amiga de esa manera.

Me detuve.

—¿De qué manera?

Ella cruzó los brazos.

—Como si quisieras besarla.

Sentí una punzada en el pecho.

—No digas tonterías.

—¿Son tonterías?

—Sí.

—Entonces mírame y dime que no sientes nada por ella.

No pude.

Y ese silencio fue suficiente.

Vanesa dio un paso atrás.

—Sabía que algo pasaba.

—No pasa nada.

—Sebastián.

—Ariana fue mi amiga en la secundaria.

—¿Solo eso?

Suspiré.

—Fue mi primer amor.

Vanesa se quedó completamente quieta.

—¿Tu primer amor?

Asentí.

—Pero eso quedó en el pasado.

—¿Estás seguro?

La miré.

—Sí.

Mentí.

Porque desde que había vuelto a verla, todo aquello que creía enterrado había regresado.

La forma en que sonreía.

La manera en que decía mi nombre.

Sus ojos.

Su voz.

Incluso su torpeza.

Todo seguía siendo demasiado familiar.

Y lo peor era que había descubierto algo que jamás había querido admitir.

Nunca había dejado de quererla completamente.

---

Ariana

Aquella noche, cuando regresé al departamento, Mónica estaba profundamente dormida.

Me quité las sandalias y caminé en silencio hasta mi habitación.

No podía dormir.

Me acosté boca arriba y miré el techo.

Pensé en Steven.

No existía.

Había inventado a un hombre que supuestamente llevaba tres años conmigo.

Y ahora tenía que mantener esa mentira.

Pero eso no era lo que más me preocupaba.

Lo que realmente me preocupaba era Sebastián.

Su mirada.

Sus palabras.

“Mi primer amor.”

Cerré los ojos.

—No —susurré.

No podía volver a caer.

No después de haber sufrido tanto.

Mi teléfono vibró.

Lo tomé.

Otro mensaje.

De Sebastián.

“¿Llegaste bien?”

Sonreí sin querer.

“Sí.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Bien.”

Pensé que ahí terminaría.

Pero apareció otro.

“Buenas noches, Ari.”

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla.

Finalmente respondí:

“Buenas noches, Sebas.”

Dejé el teléfono sobre la mesa de noche.

Me tapé hasta la cabeza.

Pero antes de cerrar los ojos pensé algo que me dio miedo admitir.

Quizá el problema nunca había sido que Sebastián me hubiera olvidado.

Quizá el verdadero problema era que ninguno de los dos había conseguido olvidarse del otro.

Y si eso era cierto...

Entonces los diez años que habían pasado no habían servido para nada.

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