Capítulo 6 Felicidad

Ariana

El sábado por la mañana desperté con una sensación extraña.

No era tristeza

Tampoco felicidad.

Era algo parecido a estar esperando que ocurriera algo, aunque no sabía exactamente qué.

Abrí los ojos lentamente y lo primero que hice fue buscar mi teléfono.

No tenía mensajes nuevos.

Suspiré.

¿En serio estaba esperando un mensaje de Sebastián?

Qué vergüenza.

Me senté en la cama y me pasé las manos por el rostro. Había dormido poco. Después de regresar del bar me quedé pensando en nuestra conversación durante horas.

Mi primer amor.

Esas palabras seguían repitiéndose en mi cabeza.

Y también recordaba la manera en que me había mirado cuando dijo que no le gustaba verme con Vladimir.

Eso no era una mirada de amigo.

O al menos eso quería creer.

—No —me dije a mí misma—. No vuelvas a hacerte ilusiones.

Me levanté y caminé hasta el baño.

Después de ducharme, me puse unos jeans y una blusa sencilla. Ese día no trabajábamos. La cafetería cerraba los fines de semana por la mañana y abría más tarde, así que tenía todo el día libre.

Cuando salí de mi habitación, Mónica estaba en la cocina preparando café.

—Buenos días, dormilona.

—Buenos días.

—¿Cómo amaneciste?

—Bien.

Me miró por encima de su taza.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Soñaste con él?

Abrí la nevera.

—No.

—Mentira.

—No soñé con él.

—Entonces ¿por qué estás sonriendo?

Me toqué los labios de inmediato.

—No estoy sonriendo.

Mónica soltó una carcajada.

—Ariana, por favor. Te conozco desde que éramos niñas.

—Estoy de buen humor, nada más.

—¿Por el mensaje de anoche?

La miré.

—¿Cómo sabes?

—Porque te vi sonriendo mientras lo leías.

Abrí la boca.

—¿Estabas despierta?

—Más o menos.

—¡Mónica!

—¿Qué? Tengo derecho a enterarme de los detalles.

Me entregó una taza de café.

—Ahora cuéntame.

Me senté frente a ella.

—No pasó nada.

—Eso dices siempre.

—Hablamos.

—¿De qué?

—De Vladimir.

Su expresión cambió.

—¿Y?

—Me preguntó si estaba bien.

—Qué lindo.

—Después hablamos de Steven.

Mónica casi escupe el café.

—¡¿Qué?!

—Baja la voz.

—¿Qué le dijiste?

Me mordí el labio.

—Que llevamos tres años.

Se quedó mirándome.

—Ariana...

—Ya sé.

—¡Acabas de inventarte un novio de tres años!

—No tenía opción.

—¿Y qué vas a hacer cuando quiera conocerlo?

Me quedé callada.

No había pensado en eso.

—No va a pasar.

—¿Estás segura?

—Sí.

Mónica levantó una ceja.

—Entonces espero que tu imaginación sea buena, porque acabas de crear a Steven.

Me reí.

—Cállate.

Por unos minutos hablamos de cualquier cosa. Hasta que mi teléfono vibró sobre la mesa.

Mi corazón dio un salto.

Lo tomé.

No era Sebastián.

Era un mensaje de la cafetería.

Una de las chicas del turno de la tarde preguntaba si podía cubrir unas horas porque se había enfermado.

Mónica leyó mi expresión.

—¿Qué pasó?

—Tengo que ir a trabajar.

—Hoy.

—Sí.

—Qué mala suerte.

—Nos pagan por trabajar.

—Eso también es cierto.

Me levanté y fui a buscar mi bolso.

Mientras me arreglaba, intenté convencerme de que era mejor así.

Trabajar me mantendría ocupada.

No pensaría en Sebastián.

No pensaría en sus ojos.

No pensaría en lo que había dicho.

Pero algo me decía que el día no sería tan sencillo.

---

La cafetería estaba tranquila cuando llegué.

Mónica ya estaba allí.

—Pensé que llegarías más tarde.

—Yo también.

Dejé mi bolso y me puse el delantal.

—¿Muchos clientes?

—No.

—Perfecto.

Durante la primera hora atendimos a varias personas. Todo parecía normal.

Hasta que escuché el sonido de la puerta.

No levanté la mirada.

—Bienvenido —dije automáticamente.

Entonces escuché una voz.

—Hola.

Mi mano se quedó quieta sobre la taza que estaba limpiando.

No.

No podía ser.

Levanté la mirada.

Sebastián.

Otra vez.

Estaba usando unos pantalones oscuros y una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros. Su cabello estaba ligeramente despeinado.

Y sonreía.

—¿Tú otra vez? —pregunté.

—Parece que sí.

Mónica apareció detrás de mí.

—¡Sebastián!

—Hola, Mónica.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por un café.

Ella me miró con una expresión que decía claramente que no le creía.

—Claro.

Sebastián sonrió.

—¿Está ocupada Ariana?

—No —respondí antes que Mónica.

Ella me miró.

—Ariana...

—¿Qué?

—Nada.

Sebastián se acercó a la barra.

—¿Puedo sentarme?

—Es una cafetería, Sebastián. No necesitas pedir permiso.

—Entonces me sentaré.

Se dirigió a una mesa.

Mónica se acercó a mí.

—Te lo dije.

—¿Qué?

—Va a buscarte.

—Vino por café.

—Claro.

—Mónica.

—Está bien.

Tomé una taza y preparé su café.

Intenté mantenerme tranquila.

Cuando se lo llevé, él me sonrió.

—Gracias.

—De nada.

—¿Te vas a sentar conmigo?

—Estoy trabajando.

—Cuando tengas tiempo.

—Tal vez.

Me alejé.

Pero podía sentir sus ojos sobre mí.

Y eso me ponía nerviosa.

Pasaron unos veinte minutos antes de que tuviera un descanso.

Me senté frente a él.

—¿Qué querías hablar?

Sebastián dejó su teléfono sobre la mesa.

—Nada importante.

—Entonces ¿por qué me pediste que me sentara?

—Quería verte.

Mi corazón volvió a hacer aquella cosa absurda.

—Puedes verme en la cafetería.

—Sí.

—Entonces...

—Ariana.

—¿Qué?

—No sé cómo explicarlo.

Se pasó una mano por el cabello.

—Desde que te encontré, no dejo de pensar en ti.

Me quedé completamente quieta.

—Sebastián...

—No quiero confundirte.

—Ya lo estás haciendo.

—Lo sé.

—Tienes novia.

—Lo sé.

—Y yo tengo novio.

—También lo sé.

—Entonces no deberías decirme que piensas en mí.

—Probablemente no.

—¿Por qué lo haces?

Me miró directamente.

—Porque no puedo evitarlo.

Tragué saliva.

No sabía qué decir.

—Ariana, sé que estoy con Vanesa.

—Y sé que yo estoy con Steven.

Él sonrió ligeramente.

—Ese Steven del que nunca me hablaste.

—No había mucho que contar.

—Tres años son mucho tiempo.

—Lo sé.

—¿Lo amas?

La pregunta me golpeó.

—Sí.

Mentira.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces está bien.

Bajó la mirada.

Por alguna razón, verlo así me hizo sentir culpable.

—¿Y tú amas a Vanesa?

Él tardó en responder.

—No sé.

Sentí un nudo en el estómago.

—Ayer dijiste que sí.

—Dije que la quiero.

—No es lo mismo.

Me miró.

—No.

Silencio.

—Vanesa ha estado conmigo durante un tiempo —continuó—. Es importante para mí.

—Pero no la amas.

—No dije eso.

—Tampoco dijiste que sí.

Suspiró.

—Ariana, no quiero hablar de Vanesa contigo.

—Entonces no lo hagamos.

—Quiero hablar de nosotros.

Mi respiración se detuvo.

—¿Nosotros?

—Sí.

—No existe un nosotros.

—Existió.

—Hace diez años.

—Y podría existir otra vez.

Aparté la mirada.

—No puedes decir eso.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que siento.

—Sí lo sé.

—No.

—Todavía me miras igual.

Mi corazón se aceleró.

—Eso no significa nada.

—Para mí sí.

—Sebastián...

—¿Por qué inventaste a Steven?

Me quedé congelada.

—¿Qué?

—Sé que mentiste.

Mi rostro ardió.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

—Steven existe.

—Entonces demuéstramelo.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero conocerlo.

—¿Qué?

—Si es tu novio, quiero conocerlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Ariana.

—Sebastián, no tienes derecho a cuestionarme.

—Tienes razón.

Se levantó.

—Lo siento.

—¿Te vas?

—Sí.

Tomó su teléfono.

—Pero antes de irme quiero decirte algo.

Lo miré.

—¿Qué?

—No sé qué estás intentando hacer conmigo.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—Pero no me provoques.

Me quedé mirándolo.

—¿Por qué?

Sonrió de lado.

—Porque podría empezar a pensar que todavía me quieres.

Se alejó antes de que pudiera responder.

Me quedé sentada, completamente inmóvil.

---

Sebastián

Salí de la cafetería y respiré profundamente.

No sabía qué estaba haciendo.

Bueno, sí lo sabía.

Estaba jugando con fuego.

Pero verla nuevamente había cambiado todo.

Durante diez años pensé que Ariana era solo un recuerdo.

Un recuerdo bonito.

Un amor adolescente.

Algo que había quedado atrás.

Pero no.

Ella seguía siendo la única mujer capaz de hacerme sentir como aquel chico de secundaria.

El chico que se ponía nervioso cuando ella lo miraba.

El chico que esperaba verla salir de clases.

El chico que escribía su nombre en una libreta.

El chico que nunca tuvo el valor de decirle todo lo que sentía.

Y ahora tenía veintitrés años.

Había tenido muchas mujeres.

Demasiadas.

Había cometido errores.

Había lastimado personas.

Pero ninguna había conseguido ocupar el lugar que Ariana había dejado.

Cuando regresé a mi automóvil, mi teléfono comenzó a sonar.

Vanesa.

Contesté.

—Hola.

—¿Dónde estás?

—Trabajando.

—¿Un sábado?

—Sí.

Hubo silencio.

—¿Estabas con Ariana?

Apreté la mandíbula.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque sé que fuiste a verla.

No respondí.

—Sebastián.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería hablar con ella.

—¿De qué?

—De nosotros.

—¿De ustedes?

—No, Vanesa. De nuestra amistad.

—No te creo.

Suspiré.

—No tienes que creerme.

—¿La quieres?

Cerré los ojos.

Otra vez esa pregunta.

—No lo sé.

Vanesa guardó silencio.

—Eso es peor que decir que no.

—Lo siento.

—¿Estás enamorándote de ella?

No respondí.

Y nuevamente mi silencio habló por mí.

—Dios mío.

—Vanesa...

—No.

La escuché respirar profundamente.

—No voy a competir con una mujer que has amado desde antes de conocerme.

—No quiero que compitas con nadie.

—Entonces decide.

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono.

Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué quería.

Pero había una cosa que sí sabía.

No quería perder a Ariana otra vez.

---

Ariana

El resto de la tarde fue un desastre.

No podía concentrarme.

Cada vez que alguien abría la puerta miraba esperando encontrarlo.

Cada vez que sonaba mi teléfono pensaba que era él.

Y cuando finalmente terminó mi turno, Mónica me esperaba afuera.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Tu cara dice que pasó todo.

—Sebastián vino.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo vi salir.

Me quedé callada.

—Hablamos.

—¿Y?

—Me dijo que piensa en mí.

Mónica abrió los ojos.

—¿Qué?

—Eso mismo.

—Ariana...

—Y me dijo que no sabe si ama a Vanesa.

—¿Estás hablando en serio?

Asentí.

—También descubrió que Steven no existe.

Mónica se llevó una mano a la frente.

—Estamos en problemas.

—Lo sé.

—¿Qué harás?

—Nada.

—¿Nada?

—Tengo que mantener mi distancia.

—¿Por qué?

—Porque él tiene novia.

—Pero él está dudando.

—Ese es su problema.

—¿Y si te quiere?

La miré.

—No importa.

—Sí importa.

—No quiero ser la otra mujer.

Mónica asintió lentamente.

—Eso sí.

Comenzamos a caminar hacia nuestro departamento.

—Entonces deja que él resuelva su relación.

—Eso haré.

—Y tú no vuelvas a mentir.

—No puedo decirle que Steven no existe.

—Tarde o temprano tendrás que hacerlo.

—Lo sé.

Llegamos al departamento.

Entré y dejé el bolso sobre el sofá.

Mi teléfono vibró.

Lo saqué.

Un mensaje.

De Sebastián.

“Necesito verte.”

Me quedé mirando la pantalla.

Otro mensaje llegó.

“No como amigos.”

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Mónica se acercó.

—¿Qué dice?

Le mostré el teléfono.

Ella abrió los ojos.

—Oh, Dios.

Yo no podía moverme.

Porque en ese momento entendí que las cosas estaban a punto de cambiar.

Y que después de diez años, Sebastián Morris estaba dispuesto a arriesgarlo todo por mí.

El problema era que yo no sabía si estaba preparada para arriesgarlo todo por él.

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