Capítulo 7 Amigos
Ariana
—No como amigos.
Volví a leer el mensaje de Sebastián por tercera vez.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que Mónica podía escucharlo.
—¿Y qué piensas responderle? —preguntó ella.
—No lo sé.
—Pues piensa rápido, porque lleva como treinta segundos esperando.
La miré.
—¿Cómo sabes que está esperando?
—Porque si yo fuera él, estaría mirando el teléfono cada dos segundos.
—No eres él.
—Pero tengo experiencia con hombres desesperados.
Solté una pequeña risa, aunque los nervios seguían ahí.
Volví a mirar la pantalla.
“¿Dónde?”
La respuesta llegó enseguida.
“En el parque que está cerca de tu departamento.”
Me quedé inmóvil.
—¿Está aquí?
—Parece que sí.
—¿Ahora?
—Eso parece.
Mónica me arrebató el teléfono y escribió.
—¡Oye!
—Tranquila, solo estoy poniendo algo.
Me devolvió el teléfono.
Había escrito:
“Dame diez minutos.”
La miré horrorizada.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tú no te atreverías a hacer.
—Mónica, ¡tiene novia!
—Y tú tienes un novio imaginario. Estamos todos mintiendo esta noche.
—Eso no me tranquiliza.
—Entonces ve y habla con él. No tienes que besarlo ni acostarte con él ni casarte mañana. Solo hablar.
Tenía razón.
Necesitaba saber qué quería.
Me puse una chaqueta sobre la blusa y tomé las llaves.
—No voy a tardar.
—Eso dices ahora.
—Y no voy a hacer nada.
—Eso espero.
Salí del departamento.
El aire de la noche estaba fresco. Caminé las pocas calles que me separaban del parque mientras intentaba ordenar mis pensamientos.
Sebastián quería verme.
No como amigos.
¿Qué significaba eso?
Podía significar muchas cosas.
O quizá solamente una.
Cuando llegué al parque, lo vi sentado en una banca.
Estaba solo.
Al verme, se puso de pie.
Mi corazón se aceleró.
—Hola.
—Hola.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.
—Gracias por venir.
—No sabía si debía hacerlo.
—Yo tampoco sabía si debía llamarte.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Se pasó una mano por el cabello.
—Porque no pude evitarlo.
Suspiré.
—Sebastián...
—Déjame hablar primero.
Asentí.
Se acercó unos pasos.
—Desde que te vi entrar en esa cafetería, no he podido dejar de pensar en ti.
Bajé la mirada.
—Eso ya me lo dijiste.
—No todo.
Volví a mirarlo.
—¿Qué falta?
—Que cuando te vi después de diez años sentí exactamente lo mismo que sentía cuando tenía trece años.
Mi corazón dio un vuelco.
—No puedes decirme eso.
—¿Por qué?
—Porque tienes novia.
—Lo sé.
—Y yo no quiero meterme en tu relación.
—No te estoy pidiendo eso.
—Entonces ¿qué me estás pidiendo?
Guardó silencio.
—Una oportunidad.
Me quedé sin palabras.
—¿Una oportunidad para qué?
—Para conocernos otra vez.
—Ya nos conocemos.
—No. Conocemos a los niños que éramos.
Se acercó un poco más.
—Quiero conocer a la mujer en la que te convertiste.
Mi respiración se volvió irregular.
—Y quiero que tú conozcas al hombre en el que me convertí.
—Ya te conozco.
—No.
Sonrió tristemente.
—No conoces todo lo que hice después de que nos separamos.
No quise preguntar.
Pero sabía que había mucho detrás de aquella frase.
—¿Por qué desapareciste? —pregunté finalmente.
Su expresión cambió.
—¿Yo?
—Sí.
—Tú fuiste la que me dijo que quería olvidarme.
Sentí un nudo en la garganta.
—Porque estabas con otra.
—Era una novia.
—Para mí significaba que me habías olvidado.
—Nunca te olvidé.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces ¿por qué no me buscaste?
—Porque pensé que no querías saber nada de mí.
—Yo esperaba que me buscaras.
—Y yo esperaba que tú lo hicieras.
Nos miramos.
Qué absurdo.
Diez años.
Diez años perdidos por orgullo y miedo.
—Fuimos unos idiotas —murmuré.
Él sonrió.
—Sí.
Por primera vez aquella noche, ambos reímos.
Pero la sonrisa desapareció cuando él volvió a hablar.
—Ariana, quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Sigues queriéndome?
Mi cuerpo se quedó completamente rígido.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque necesito saberlo.
—No.
La mentira salió demasiado rápido.
Sebastián sonrió de lado.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Sí.
—No.
—Entonces mírame y dime que no sentiste nada cuando te abracé.
Lo miré.
No pude responder.
—Eso pensé.
Aparté la mirada.
—No importa.
—Para mí sí.
—Sebastián, esto no está bien.
—¿Qué cosa?
—Todo esto.
Señalé entre nosotros.
—Tú tienes una relación.
—Que voy a terminar.
Levanté la mirada de golpe.
—¿Qué?
—Voy a terminar con Vanesa.
Mi corazón comenzó a latir aún más rápido.
—No hagas eso por mí.
—No lo hago por ti.
—Entonces ¿por qué?
—Porque no la amo.
Silencio.
—Y porque no quiero seguir engañándola.
Me quedé callada.
Una parte de mí quería saltar de felicidad.
Otra parte tenía miedo.
Mucho miedo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Desde cuándo sabes que no la amas?
Se quedó pensativo.
—Probablemente desde antes de volver a verte.
—Entonces ¿por qué seguías con ella?
—Porque era cómodo.
Aquella respuesta me dolió.
—Eso no es justo para ella.
—Lo sé.
—Ni para ti.
—Lo sé.
—Ni para mí.
Me miró.
—¿Por qué para ti?
Tragué saliva.
—Porque no quiero ser la mujer con la que empiezas algo cinco minutos después de terminar con otra.
—No será así.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
—Sebastián...
—Ariana, llevo diez años esperando sin saber que estaba esperando.
Sus palabras me golpearon directamente en el corazón.
—No quiero perder otros diez años.
No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—Yo tampoco.
Él se acercó.
Esta vez no me aparté.
Tomó mi mano.
Su contacto fue suficiente para hacerme temblar.
—¿Puedo abrazarte?
Asentí.
Me rodeó con sus brazos.
Cerré los ojos.
Volví a sentir esa sensación de pertenencia que había olvidado.
Su pecho.
Su aroma.
Sus manos alrededor de mi cuerpo.
Era como volver a casa después de haber estado perdida durante años.
—Te extrañé —susurró.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo también.
—Mucho.
—Muchísimo.
Nos quedamos así durante unos segundos.
Hasta que escuché su voz.
—Ariana.
—¿Sí?
—No quiero besarte.
Abrí los ojos.
Me separé un poco.
—¿Qué?
—Quiero hacerlo.
Mi corazón se detuvo.
—Pero no lo haré.
—¿Por qué?
—Porque primero tengo que arreglar mi vida.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Eso fue... maduro.
Se rio.
—Estoy intentando.
—Me alegra.
—Y porque no quiero que nuestro primer beso después de diez años sea una traición.
Sonreí.
—Gracias.
Me acarició suavemente la mejilla.
—Cuando esté libre, si todavía me quieres...
No terminó la frase.
—¿Sí?
—Entonces te besaré.
Mi corazón parecía querer salir de mi pecho.
—¿Y si ya no te quiero?
Sonrió.
—Entonces tendré que convencerte.
—¿Así de seguro estás?
—Muchísimo.
Nos separamos lentamente.
—Debo irme.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Nos veremos mañana?
—Tenemos que trabajar.
—Entonces mañana.
Asentí.
Antes de irme, él tomó mi mano nuevamente.
—Ariana.
—¿Qué?
—No vuelvas a inventarme otro novio.
Me sonrojé.
—No prometo nada.
—Mientes fatal.
Sonreí.
—Buenas noches, Sebastián.
—Buenas noches, Ari.
Me fui caminando hacia el departamento.
Y por primera vez desde que lo había vuelto a encontrar, no sentí miedo.
Sentí esperanza.
---
Cuando entré al apartamento, Mónica estaba sentada en el sofá.
Tenía los brazos cruzados.
—¿Y?
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Va a terminar con Vanesa.
Mónica abrió la boca.
—¿Qué?
—Eso dijo.
—¿Y tú?
—Yo no hice nada.
—¿Te besó?
—No.
—¿Lo besaste?
—¡No!
—¿Se abrazaron?
Bajé la mirada.
Mónica sonrió.
—Lo sabía.
—Fue solo un abrazo.
—Claro.
—Mónica...
—¿Te dijo que te quiere?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Me dijo que me extrañó.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Ariana...
—¿Qué?
—Esto se está poniendo serio.
Asentí.
—Lo sé.
Me senté a su lado.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De volver a enamorarme de él.
Mónica me tomó de la mano.
—¿Y si ya estás enamorada?
No respondí.
Porque quizá tenía razón.
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Sebastián
Al llegar a mi apartamento encontré a Vanesa sentada en el sofá.
Sabía que algo estaba mal.
—¿Qué haces aquí?
—Te esperé.
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Tenemos que hablar.
Ella asintió.
—Lo sé.
Me senté frente a ella.
—Vanesa...
—No.
Me interrumpió.
—Déjame hablar.
Asentí.
—Sé que quieres terminar conmigo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién te dijo?
—Tu cara.
Bajó la mirada.
—Hoy te vi con ella.
—No pasó nada.
—Lo sé.
Me sorprendió.
—¿Cómo?
—Porque te conozco.
Sonrió tristemente.
—Nunca me miraste como la miras a ella.
No supe qué decir.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por amar a alguien.
Sus palabras me golpearon.
—No sé si la amo.
—Sí la amas.
—Vanesa...
—La amas desde antes de conocerme.
Guardó silencio unos segundos.
—Solo necesitabas volver a verla para recordarlo.
Me levanté.
—No quería lastimarte.
—Pero lo hiciste.
—Lo sé.
—¿La vas a elegir?
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
—No quiero elegirla mientras siga contigo.
Vanesa asintió.
—Entonces terminemos.
Sentí una presión en el pecho.
No era alivio.
Era tristeza.
Porque, aunque sabía que era lo correcto, estaba terminando una relación que había durado bastante tiempo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Se puso de pie.
—Pero te advierto algo.
—¿Qué?
—Si algún día ella te rompe el corazón, no vengas a buscarme.
Asentí.
—No lo haré.
Vanesa tomó su bolso.
Antes de salir, se giró.
—Sebastián.
—¿Sí?
—No la lastimes.
Fruncí el ceño.
—No lo haré.
—Eso espero.
La puerta se cerró.
Me quedé solo.
Por primera vez en mucho tiempo.
Tomé mi teléfono.
Abrí la conversación con Ariana.
Escribí:
“Ya está.”
Lo borré.
Volví a escribir:
“Buenas noches.”
También lo borré.
No quería contarle todavía.
Quería decírselo frente a frente.
Quería ver sus ojos cuando supiera que, finalmente, estaba libre.
---
Ariana
Dormí poco.
Muy poco.
A las seis de la mañana ya estaba despierta.
Me quedé mirando el techo, pensando en todo lo que había ocurrido.
Sebastián iba a terminar con Vanesa.
No sabía cuándo.
Pero lo haría.
Y eso significaba que pronto estaría libre.
Mi teléfono vibró.
Lo tomé inmediatamente.
Un mensaje de Sebastián.
“Buenos días, Ari.”
Sonreí.
“Buenos días.”
Aparecieron los tres puntos.
“¿Dormiste bien?”
“No mucho.”
“Yo tampoco.”
Mi corazón dio un pequeño salto.
“¿Por qué?”
Tardó unos segundos en responder.
“Porque no podía dejar de pensar en ti.”
Me mordí el labio.
Antes de poder responder, llegó otro mensaje.
“Nos vemos en la cafetería.”
Dejé el teléfono sobre la cama.
No sabía qué iba a pasar.
Pero algo había cambiado.
Y esta vez no quería huir.
---
A las siete en punto llegamos a la cafetería.
Mónica me miró mientras me ponía el delantal.
—Estás nerviosa.
—No.
—Sí.
—No.
—Tienes las manos temblando.
Las escondí.
—Es frío.
—Hace calor.
—Tengo frío interno.
Se rio.
—Eres terrible mintiendo.
La puerta se abrió.
Ambas miramos hacia allí.
Sebastián entró.
Nuestros ojos se encontraron.
Él sonrió.
Pero esta vez había algo diferente en su mirada.
Algo que hizo que mi corazón se detuviera.
Caminó directamente hacia mí.
—Hola.
—Hola.
—¿Podemos hablar?
Mónica abrió la boca para intervenir.
Pero Sebastián la miró.
—Prometo que será rápido.
Ella sonrió.
—Claro.
Nos alejamos hacia una esquina de la cafetería.
Sebastián tomó aire.
—Ya no tengo novia.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
—¿Terminaste con Vanesa?
Asintió.
—Anoche.
No supe qué decir.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo.
—¿Estás bien?
—Sí.
Sonrió.
—Ahora sí.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Y ahora qué?
Se acercó.
—Ahora quiero empezar de nuevo.
—¿Conmigo?
—Contigo.
—Pero...
—Sin mentiras.
Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse.
—Entonces yo también tengo algo que decirte.
Él arqueó una ceja.
—¿Qué?
Respiré profundamente.
—Steven no existe.
Sebastián soltó una carcajada.
—Lo sabía.
—¡No te rías!
—Perdón.
—Me puse nerviosa.
—Ya lo sé.
—¿Estás enojado?
—No.
Tomó mi mano.
—De hecho, me alegra.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque significa que quizá todavía tengo una oportunidad.
Lo miré.
Y por primera vez no intenté ocultar mis sentimientos.
—Quizá sí.
Sus ojos brillaron.
—Entonces tendremos que descubrirlo.
—¿Cómo?
—Empezando por una cita.
Mi corazón se aceleró.
—¿Una cita?
—Una cita.
Sonrió.
—Pero esta vez, Ariana, quiero hacerlo bien.
Asentí.
—Está bien.
Y cuando nuestros dedos se entrelazaron, comprendí que después de diez años finalmente habíamos dejado de huir.
Ahora solo quedaba descubrir si aquel amor adolescente podía convertirse en algo mucho más grande.
Y, aunque todavía no sabía qué nos esperaba, por primera vez estaba dispuesta a averiguarlo.
