Capítulo 1 La salida Perfecta

El olor a alcohol, humo de tabaco y desinfectante era lo que impregnaba el ambiente del bar restaurant de Leila Gaona, Una hermosa abogada que día a día se ganaba la vida atendiendo el bar, limpiando la barra, los vasos de cerveza. Sus manos, que hacía dos años sostuvieron códigos penales complejos y redactaban recursos de amparo capaces de hacer temblar a los fiscales más duros de la ciudad, ahora se limitaban a servir tragos y cobrar propinas miserables.

La traición de Simón López no solo le había arrebatado su carrera y su prestigio; la había vaciado por dentro, dejándole una inhabilitación profesional y una montaña de deudas ajenas que la obligaban a esconderse en ese bar de mala muerte para no terminar en prisión.

Fue en medio de una de esas noches que le parecían largas, cuando la campana de la entrada que anunciaba la llegada de un cliente, sonó. El aire del local cambió de golpe. Los pocos clientes del fondo bajaron la voz instintivamente, y Leila, al levantar la vista, entendió por qué.

El hombre que cruzaba la puerta no encajaba en ese mundo. Vestía un traje muy elegante. Su porte era imponente, pero lo que realmente llamó la atención de Leila fueron sus ojos: oscuros, cargados de una furia contenida que ella había visto mil veces en el banquillo de los acusados. Era el rostro de un hombre acorralado.

Caminó directamente hacia la barra y tomó asiento en el taburete más alejado.

—El whisky más fuerte que tengas —pidió, con una voz fuerte que vibró en el aire.

Leila lo evaluó con su ojo clínico de abogada. No venía a divertirse, venía a huir. Sirvió el trago y deslizó el vaso corto sobre la madera. El hombre lo tomó de un solo golpe, cerrando los ojos mientras el líquido le quemaba la garganta. Cuando los volvió a abrir, se topó directamente con la mirada analítica de Leila.

—Observas demasiado —comentó él, con una media sonrisa amarga que no llegó a sus ojos.

—Es un defecto profesional —respondió Leila con neutralidad, tomando un vaso limpio para secarlo—. Aunque en un lugar como este, observar es una medida de supervivencia. ¿Un mal día en la oficina, Señor Faisán?

—Algo así —admitió él, moviendo los dedos sobre la barra—. Digamos que las oficinas a veces se vuelven jaulas. Sírveme otro.

Esa primera noche no hablaron de nada más. Fue una conversación esquiva, mundana. Él bebió un par de tragos en completo silencio, pagó con un billete que valía más que todo el turno de Leila, y se marchó dejando tras de sí un aura de misterio que se le quedó grabada a ella en la mente.

Cinco días después.

La situación de Leila había pasado de precaria a catastrófica. Junto a la caja registradora se acumulaba la tercera notificación de desalojo; si no pagaba los meses vencidos antes del fin de semana, la echarían a la calle con sus pocas pertenencias.

Para colmo, Ernesto Faisán se había convertido en un fantasma habitual. Durante esos cinco días, el millonario había regresado cada santa noche. No buscaba conversación; simplemente se ponía en el mismo taburete, pedía su whisky y la observaba en silencio con una fijeza que a Leila comenzaba a erizarle la piel.

Él la veía contar las monedas con frustración, la veía ignorar las insinuaciones de los clientes ebrios con una dignidad de hierro y, sobre todo, veía la sutil desesperación en su rostro cada vez que miraba las facturas vencidas.

A las once de la noche de ese quinto día, con el bar completamente vacío y la lluvia golpeando los cristales, Leila no aguantó más la presión. Dejó el trapo sobre la barra, se apoyó contra la madera con los brazos cruzados y lo encaró con los ojos entrecerrados.

—Llevas cinco días viniendo a mirarme como si fuera un testigo en un estrado, Faisán —soltó Leila, con una firmeza que cortó el silencio del local—. Eso empieza a ser peligroso, e incómodo. O me dices qué es lo que busca un hombre con tu cuenta bancaria en un rincón como este, o tendré que pedirte que dejes de importunar a la barman.

—Llevo cinco días asegurándome de que mi intuición no me fallaba, Leila —respondió él, pronunciando su nombre por primera vez y provocando que un escalofrío le recorriera la espalda a la mujer.

Leila dio un paso atrás, apretando la mandíbula por la sorpresa.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé quién eres. O, mejor dicho, sé quién eras antes de Simón López —le dijo Ernesto sin anestesia, desarmando por completo el escudo legal de la mujer—. Sé que eres una profesional de la ley que está desperdiciando una mente brillante detrás de una barra por culpa de un miserable que te estafó y te dejó con el nombre manchado en los registros judiciales.

—Si pagaste para hurgar en mis ruinas y venir a burlarte de mí, te sugiero que te largues antes de que use esta botella para sacarte —siseó, rompiéndose su fachada de sumisión y dejando salir a la mujer de carácter que llevaba dentro.

—No vine a burlarme, por favor, escúchame —pidió Ernesto, levantando las manos de manera pacífica y mostrando una vulnerabilidad y un dolor tan genuinos que detuvieron el impulso de Leila—. La primera noche que entré aquí, me llamó la atención tu porte. No encajabas con el entorno. Estaba —y estoy— tan desesperado por encontrar una salida a mi propia trampa, que mandé a investigar tu vida porque necesitaba desesperadamente a una aliada incorruptible. Al leer tu expediente no vi a una víctima; vi a una mujer que sabe lo que significa que te arrebaten el control de tu destino.

—¿De qué trampa hablas, Faisán? ¿Qué puede obligar a un hombre como tú a buscar a una abogada en la ruina? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Mi padre quiere obligarme a casarme con Mónica Valerga —confesó Ernesto, y el desprecio y la rabia contenida en sus palabras eran casi palpables. —Mónica es una víbora de cuna de oro. Mi madre, Elena, proviene de un origen humilde. Mi padre se avergüenza de ella y la ha relegado a las sombras, pero Mónica... Mónica la trata como si fuera parte del personal de servicio. Se burla de sus modales, la humilla en las cenas familiares cuando mi padre no está mirando, y sé que su primer acto como señora de la casa será encerrar a mi madre en una clínica de reposo para deshacerse de ella. No voy a permitirlo, Leila. Por eso estoy aquí. Porque la maldad de Mónica me obliga a tomar una medida extrema, y tú eres la única que puede ayudarme a ejecutarla.

Leila se quedó inmóvil, sintiendo cómo el nudo de la hostilidad se deshacía en su garganta. La confesión de Ernesto caló hondo en ella; conocía de primera mano el dolor de ser pisoteada por alguien que se creía superior.

—¿Y cuál es esa medida extrema, Ernesto? —preguntó Leila en un susurro, completamente atrapada por el gancho de su historia.

Ernesto la miró con una fijeza implacable y pronunció las palabras que cambiarían sus vidas para siempre:

—Necesito que te cases conmigo.

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