Capítulo 2 Pacto desesperado
La palabra "matrimonio" provocó en Leila una gran preocupación y a la vez una salida sostuvo la mirada de Ernesto Faisán, parpadeando un par de veces como si intentara procesar si el hombre frente a ella acababa de perder la cordura o si la desesperación lo había vuelto completamente imprudente. Casarse. Ella, una abogada penalista inhabilitada que apenas ganaba para no morir de hambre, uniendo su destino al del heredero de la constructora más poderosa del país.
—Estás loco —fue lo primero que logró articular Leila, su voz recuperando la frialdad defensiva—. Un matrimonio no es un escudo de juguete, Faisán. Es un acto jurídico con obligaciones, responsabilidades y un entramado legal que no se puede disolver con un "lo siento, me equivoqué".
—Sé perfectamente lo que es, Leila —respondió Ernesto, —. Por eso te lo estoy proponiendo a ti. Podría haber contratado a una actriz o a una modelo hambrienta de fama, pero mi padre tiene a los mejores sabuesos legales de su lado. Si huelen una farsa, anularán el matrimonio en veinticuatro horas y me obligarán a firmar el compromiso con Mónica. Necesito a alguien que sepa moverse en el fango de los tribunales. Necesito una mente penalista que blinde este acuerdo de tal manera que mi padre no pueda tocarlo sin arriesgarse a destruir las acciones de su propia empresa.
Leila guardó silencio. Caminó lentamente hacia el extremo de la barra, donde la última notificación de desalojo descansaba boca abajo. La miró de reojo. Pensó en las facturas acumuladas, en las llamadas de los acreedores y en la humillación diaria de servir tragos mientras recordaba cómo Simón López se paseaba libre con su dinero. Ernesto le estaba ofreciendo una balsa en medio de su naufragio. No era una propuesta de amor; era un contrato de supervivencia mutua.
—Desarróllalo —ordenó Leila, cruzándose de brazos y adoptando, casi por instinto, la postura rígida que solía tener frente a los jueces—. Si quieres que sea tu cómplice, quiero los detalles técnicos de tu propuesta.
Ernesto metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo un documento.
—Mis abogados de confianza prepararon este borrador esta tarde —explicó él—. Las condiciones básicas son simples: dos años de matrimonio legal. Viviremos en un departamento independiente dentro del mismo complejo residencial de mi familia para mantener las apariencias ante los fotógrafos y los espías de mi padre. Puertas adentro, seremos dos completos desconocidos. Sin intimidad de ningún tipo, habitaciones separadas y respeto absoluto a la privacidad del otro. A cambio, te pagaré una asignación mensual fija y una bonificación de salida al firmar el divorcio que triplica la cantidad que Simón López te estafó. Tendrás el dinero suficiente para limpiar tu nombre y volver a la ley.
Leila tomó el documento con desconfianza. Sus ojos recorrieron las páginas impresas. A medida que avanzaba en la lectura, una sonrisa irónica, casi despectiva, comenzó a dibujarse en sus labios. Al llegar a la página cuatro, cerró el documento de un golpe y lo arrojó de vuelta hacia Ernesto.
—Tus abogados corporativos son muy buenos redactando contratos de fusiones, Faisán, pero en derecho familiar y penal son unos completos aficionados —sentenció Leila, plantándole cara con una seguridad que dejó a Ernesto desconcertado—. Si firmo este pedazo de basura, tu padre nos destruirá el próximo lunes por la mañana.
Ernesto alzó una ceja, visiblemente sorprendido por la reacción de la mujer. —¿De qué estás hablando? Ese borrador fue revisado por el jefe de mi equipo legal.
—Entonces deberías despedir al jefe de tu equipo legal —replicó Leila, inclinándose hacia adelante—. En la cláusula tercera, estipulan que el matrimonio se disolverá automáticamente si alguna de las partes incurre en "conducta pública inapropiada". Eso es un vacío legal del tamaño de un estadio.
Mónica Valerga o tu padre solo tendrían que pagarle a un fotógrafo para que arme un montaje falso donde yo parezca infiel, y el contrato quedaría anulado, dejándome a mí en la calle y a ti desprotegido. Además, en la cláusula quinta, hablan de un régimen de separación de bienes.
—¿Cómo lo solucionarías tú? —preguntó él, con un matiz de genuino respeto en la voz.
—No vamos a usar este borrador. Yo misma redactaré el contrato definitivo desde cero —declaró Leila, enderezando la espalda—. Primero: nos casaremos bajo el sistema de comunidad absoluta de bienes gananciales. Ante la ley y ante tu padre, todo lo que tú ganes a partir de mañana me pertenecerá en un cincuenta por ciento. Eso silenciará a los jueces; nadie arriesga la mitad de su fortuna corporativa por un matrimonio de mentira. Segundo: introduciremos una cláusula de penalización leonina. Si tú, tu padre o Mónica Valerga intentan rescindir este acuerdo antes de los dos años, o si violas la cláusula de no intimidad puertas adentro, la constructora Faisán tendrá que transferir el diez por ciento de sus acciones operativas a una cuenta a mi nombre de manera inmediata, como indemnización por daños a mi reputación.
Ernesto tragó saliva. La propuesta de Leila era agresiva, peligrosa y perfecta.
—Es un riesgo enorme para mí —comentó Ernesto, entornando los ojos.
—Es el precio de mi genialidad, Faisán. Si quieres una armadura impenetrable, tienes que pagar el metal —respondió Leila, con una chispa de audacia en la mirada—. Además, introduciremos una cláusula especial de protección para tu madre. El contrato estipulará que cualquier intento de trasladar a Doña Elena a una institución médica o de descanso sin mi firma como nuera legal, se considerará violencia psicológica familiar, lo que congelará los fondos de tu padre por orden judicial. Yo sé cómo juegan los hombres como Alberto Faisán, Ernesto. A los monstruos corporativos no se les frena con súplicas; se les frena amenazando sus billeteras.
—Eres una mujer letal con un bolígrafo en la mano, Leila Gaona —admitió Ernesto, y por primera vez en la noche, una sonrisa de absoluta satisfacción apareció en su rostro—. Redáctalo. Tenemos un trato.
Esa misma noche, tras cerrar el bar, se trasladaron a un despacho clandestino en el centro de la ciudad, propiedad de un antiguo compañero de universidad de Leila que aún le debía favores.
A las tres de la mañana, terminaron el documento y lo imprimieron. Ambos estamparon sus firmas con tinta negra, sellando el destino de los próximos dos años de sus vidas. Al terminar, Ernesto dobló su copia, la guardó en el saco y miró a Leila, detallando su ropa gastada.
—Mañana a las cuatro de la tarde pasará un chofer por ti —dijo él, con voz firme—. En el asiento trasero habrá un vestido. No es un regalo, es el uniforme para la guerra. Mañana es la gala benéfica de mi padre, donde planea anunciar mi compromiso oficial con Mónica delante de toda la prensa del país. Prepárate, Leila. Vas a ser la peor pesadilla que los Faisán hayan visto jamás.
—Haré bien mi papel, Ernesto. Te lo aseguro —afirmó ella, mirándolo fijamente a los ojos—. Mónica Valerga y tu padre no sabrán qué los golpeó. Después de todo, este juego no será difícil para nosotros. Ambos sabemos perfectamente que, desde esta noche, estamos sin derecho a amar
