Capítulo 3 Sorpresa Letal
El contrato de matrimonio le provocó trasnocho a Leila, Tras salir del despacho clandestino de su amigo, regresó a su habitación con la mente convertida en un tablero de ajedrez. No pasó la mañana ensayando cómo caminar con tacones altos ni practicando una sonrisa de sociedad; dedicó cada minuto de luz a estudiar a sus oponentes.
A las cuatro en punto de la tarde, el vehículo negro llegó, tal como Ernesto había prometido, en el asiento de atrás descansaba una caja de cartón rígido con el logotipo de una de las boutiques más exclusivas de la capital.
Cuando abrió la tapa, un vestido negro de corte columna, era sencillo, sin encajes ni adornos vulgares, justo como dictaba su estilo modesto. No se colocó joyas ostentosas; en su lugar, aseguró en el reverso del escote un pequeño broche de plata que ocultaba un micrófono de grabación digital.
El chofer la condujo hasta una propiedad privada a las afueras de la suite presidencial donde Ernesto la esperaba para el ingreso formal.
—Estás magnífica —murmuró Ernesto, extendiendo su brazo cubierto por el traje de etiqueta—. ¿Lista para el terremoto, abogada?
—Yo provoqué los terremotos en los tribunales más duros de esta ciudad, Faisán —le respondió ella. — Conduce tú el auto. Yo me encargaré de dictar la sentencia.
La mansión de la familia Faisán brillaba. El aire del gran salón estaba saturado con el olor de perfumes caros, arreglos de orquídeas exóticas y la sutil hipocresía de la élite financiera que se congregaba alrededor de las bandejas de caviar.
Llegado el momento cumbre, Alberto subió al podio de mármol con una copa de champagne en la mano. El murmullo de la orquesta se apagó, dejando espacio a la pomposidad de su anuncio.
—Amigos, socios, distinguidos invitados —comenzó Alberto Faisán, su voz profunda retumbando en las paredes—. Hoy no solo celebramos el éxito de nuestra última fusión corporativa, sino la unión de dos grandes legados. Mi hijo, Ernesto, y la encantadora Mónica Valerga, quienes pronto entrelazarán nuestras vidas y nuestras empresas en un compromiso que...
—¡Siento llegar tarde, padre! —la voz de Ernesto cortó el discurso de manera tajante.
—Padre, lamento interrumpir tu magnífico evento —continuó Ernesto, avanzando por el pasillo central que la multitud abría instintivamente por puro asombro—. Pero temo que estás dando un anuncio equivocado a la prensa. No puede haber ningún compromiso con la señorita Valerga. Porque yo ya estoy casado.
—¿Qué maldita locura es esta, Ernesto? —rugió Alberto desde el podio, con las venas del cuello marcadas por una furia ciega—. ¡¿Quién es esta mujer y qué significa este espectáculo?!
—Ella es Leila Gaona de Faisán. Mi legítima esposa ante la ley —declaró Ernesto, rodeando la cintura de Leila con un brazo. Ella sintió la firmeza de su agarre, una señal muda de que la farsa había comenzado.
Mónica, perdiendo por completo los modales de la alta sociedad, se acercó a ellos a grandes zancadas. Tenía la cara desfigurada por la rabia.
—¡Eres una muerta de hambre! ¡Una trepadora de quinta! ¡Este matrimonio es una farsa y tú eres una maldita estafadora! —le gritó Mónica a la cara. Completamente descontrolada, levantó la mano derecha dispuesta a cruzarle el rostro con una bofetada limpia.
Leila no retrocedió un solo milímetro. Con una rapidez mental y física que había agudizado en sus años de litigio, interceptó la muñeca de Mónica en el aire. La sujeté con tanta fuerza que los dedos de la heredera temblaron, dejándola completamente inmovilizada frente a las cámaras de televisión que transmitían en vivo.
—Le sugiero que se detenga de inmediato y respire profundamente, señorita Valerga —le dijo Leila, manteniendo la voz en un tono calmado, profesional, pero lo suficientemente claro para que los micrófonos cercanos captaran cada una de sus palabras—. La agresión física en presencia de tantos testigos califica como delito de lesiones en grado de tentativa. Una demanda civil y penal por este numerito es algo que su apellido no querrá enfrentar mañana en los titulares de primera plana.
Leila soltó la muñeca de Mónica y dio un paso al frente, interponiéndome entre ella y Ernesto, clavando sus ojos directamente en Alberto Faisán.
—Y respecto a mi estatus legal... los documentos de nuestro matrimonio civil fueron debidamente registrados e inspeccionados hoy. El acta es perfecta, legal e inatacable. Si usted o sus asesores corporativos tienen la intención de impugnarla, los espero con gusto en la corte. Conduzco mis casos con pulcritud, señor Faisán; en toda mi carrera, yo nunca he perdido un proceso. Y este no será la excepción.
—¿Crees que un maldito trozo de papel te va a salvar del destino que yo elegí para ti, Ernesto? — Crees que has ganado porque trajiste a esta muerta de hambre a montar un circo. Te haré pagar por esta humillación pública. Mañana a primera hora congelaré cada una de tus cuentas operativas, revocaré tus poderes en la junta directiva de la constructora y ordenaré una auditoría forense exhaustiva a tu división. Te voy a dejar en la calle, infeliz.
—Disfruta tu maldita noche de bodas, maldita trepadora —le susurró al oído, con una sonrisa enferma—. Crees que eres muy lista citando leyes, pero no tienes idea de dónde te has metido. Ya me encargué de llamar a Simón López. Sabe perfectamente que estás usando su nombre y el dinero robado como excusa. Él viene en camino, y te juro por mi apellido que cuando él termine contigo, desearás haberte quedado lavando vasos en ese bar miserable.
Alberto Faisán se alejó detrás de Mónica, dejando un rastro de órdenes a los gritos para que la seguridad confiscara las memorias de las cámaras.
Ernesto, manteniendo una calma que a Leila le pareció casi inexplicable, la guio hacia la salida trasera de la mansión.
Fue justo antes de subir al auto cuando el teléfono de Leila vibró dentro de su pequeño bolso de mano. La pantalla se iluminó con un mensaje de un número desconocido. No había texto. Solo una fotografía tomada hacía menos de cinco minutos desde el piso superior de la misma mansión.
En la imagen, aparecían Ernesto y ella de espaldas, caminando hacia el vehículo. Envolviendo la pantalla, un círculo rojo digital marcaba con precisión el cuello de Leila, simulando la mira de un francotirador.
Debajo de la foto, apareció un segundo mensaje de solo tres palabras:
«Buen vestido, abogada».
Leila sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. No era solo que Simón López estuviera libre y de regreso en la ciudad; era que ya estaba allí, observándola, listo para cobrar la fianza con sangre. Levantó la vista hacia la imponente fachada de la mansión, pero Ernesto, al notar su palidez, le quitó el teléfono de las manos.
Al ver la pantalla. Miró a Leila, y por primera vez, no la miró como a una socia de conveniencia, sino como a alguien que estaba dispuesto a arrastrar al mismísimo infierno antes de dejarla caer.
—Súbete al auto, Leila. — Mañana mi padre intentará dejarnos en la calle. Pero esta noche, voy a enseñarte cómo caza un Faisán cuando tocan lo que le pertenece.
