Capítulo 4 Inicio del juego
De regreso mientras se alejaban de la mansión. Ernesto Mantenía las manos firmes sobre el volante, Toda su atención estaba dividida entre los espejos retrovisores —atento a cualquier coche de paparazzi que intentara seguirlos— y la mujer que respiraba en silencio a su lado.
Leila se había recostado contra el asiento, con los ojos cerrados. Se veía cansada, pero no derrotada. En su pecho, el broche de plata que había usado como grabadora clandestina brillaba bajo las luces intermitentes de las avenidas.
Una oleada de pura adrenalina y algo que se parecía peligrosamente a la admiración le recorrió el pecho a Ernesto. Cuando buscó a Leila Gaona en aquel bar miserable, sabía que estaba contratando a una mujer acorralada, a una penalista brillante que necesitaba una salida de emergencia. Pero lo que había presenciado en el salón de gala superaba sus expectativas.
Había visto a los mejores abogados de la capital titubear ante su padre, pero ella, vestida con esa seda negra que la hacía parecer una reina de la justicia, le había plantado cara al viejo sin parpadear. Había reducido a Mónica a una caricatura histérica citando el código penal mientras le sostenía la muñeca en el aire.
Alberto Faisán creía que el poder se medía en millones y acciones corporativas, pero Leila le había demostrado que el conocimiento de la ley podía ser un arma igual de letal.
—Estuviste implacable ahí dentro —dijo Ernesto, rompiendo el silencio. Su propia voz sonó más ronca de lo habitual, cargada con el peso de la batalla que acababan de desatar—. Mi padre nunca había sido desafiado de esa manera en su propio territorio. Y Mónica... Mónica tardará semanas en recuperar la dignidad que dejó tirada junto a los pedazos de su copa de champagne.
—No lo hice para colgarme una medalla, Faisán —respondió ella, y su tono de voz volvió a ser el de la abogada fría que redactó sus cláusulas—. Lo hice porque la mejor defensa siempre es un ataque directo y fundamentado. Si hubiéramos vacilado un solo segundo, los tiburones de tu padre nos habrían devorado vivos antes de salir del salón. Ahora bien, el espectáculo para las cámaras terminó. Es hora de enfrentarnos a las consecuencias reales de lo que provocamos.
—Mañana a primera hora iniciará la auditoría forense a mi división. Va a intentar asfixiarme financieramente para obligarme a ceder.
—Que lo intente —replicó Leila, entornando los ojos con una chispa de audacia—. El contrato que firmamos ayer nos protege. Al estar casados bajo el régimen de comunidad absoluta de bienes gananciales, cualquier movimiento que haga para congelar tus activos o tus acciones de manera unilateral puede ser interpretado por un juez como un intento de fraude a la sociedad conyugal. Mañana mismo me encargaré de interponer un escrito preventivo en el tribunal. Tu padre es un gigante, Ernesto, pero los gigantes también caen si les pones la zancadilla legal correcta.
Al abrirse las puertas del Pent-house, la inmensidad del lugar los recibió un lugar hermoso con una decoración increíble y una iluminación artificial que gritaba lujo, pero que carencia por completo del calor de un hogar.
Leila caminó hacia el centro de la sala, evaluando el espacio con ojos críticos, y luego se giró hacia él, cruzándose de brazos.
—Bien. Las cámaras se apagaron y ya no hay testigos —declaró, con firmeza—. Es momento de establecer los límites físicos dentro del pent-house, nuestro contrato especifica que seremos extraños compartiendo un techo, y exijo que esa cláusula se cumpla con disciplina.
Ernesto se quitó el saco del traje, arrojándolo sobre uno de los sofás. La miró, detallando la seriedad de su rostro. Cumpliría ese contrato al pie de la letra, no solo por negocio, sino por el profundo respeto que ella le había ganado en las últimas veinticuatro horas.
—Soy un hombre de negocios, Leila. Cumplo lo que firmo —aseguró, caminando hacia la cocina de concepto abierto para servirse un vaso de agua—. El departamento tiene dos alas completamente independientes. La suite principal del lado este será tuya. Nadie, ni yo ni el personal de servicio que venga a limpiar dos veces por semana, tiene autorización para entrar allí sin tu permiso explícito. Yo ocuparé la habitación del ala oeste.
Leila se mostró visiblemente aliviada al ver que él no pretendía invadir su espacio.
—Primera regla aprobada. Segunda regla: la comunicación dentro de este lugar se limitará estrictamente a los asuntos de la farsa pública y la estrategia legal. No quiero desayunos compartidos por cortesía, no quiero charlas casuales sobre cómo estuvo nuestro día y no quiero que indagues en mi vida más de lo estrictamente necesario. Lo que hagamos de la puerta hacia adentro es privado; lo que hagamos de la puerta hacia afuera es actuación.
Ernesto se apoyó contra la mesada, dándole un sorbo al agua. Una chispa de ironía cruzó su mente.
—Me parece justo. Tampoco tengo tiempo para socializar, abogada. Pero hay un detalle que estás olvidando de la puerta hacia afuera: el nombre que Mónica soltó antes de irse.
—Simón López es un estafador inhabilitado. No me asusta —dijo ella, aunque su voz la traicionó.
—A mí tampoco me asusta, pero Mónica sabe que él es tu punto débil —le advirtió Ernesto, dando un paso hacia adelante sin romper el espacio vital que habían acordado—. Si Mónica lo trae de regreso a la ciudad para armar un escándalo mediático o para intentar sembrar pruebas falsas en tu contra, el matrimonio perfecto que le vendimos a la prensa se tambaleará. Necesito que seas honesta conmigo, Leila. ¿Hay algo en tu pasado con él, algún documento o firma, que pueda destruir el blindaje que redactaste ayer?
—El peritaje grafo técnico que adjunté a mi expediente demuestra que él falsificó cada uno de mis documentos corporativos, Ernesto —afirmó ella, con una seriedad aplastante—. Bajo la ley de este país, un acto originado en un delito es nulo de toda nulidad. Simón López no tiene poder legal sobre mí. Si se atreve a aparecer, usaré los recursos de esta constructora para acelerar su orden de captura. No voy a titubear.
La determinación en sus palabras le dio a Ernesto la última pieza de tranquilidad que necesitaba. Esta mujer no se iba a romper.
—Perfecto. En ese caso, mañana mis financieros te entregarán los libros contables completos de la constructora. Si mi padre quiere jugar sucio en el terreno administrativo, le daremos una lección de derecho mercantil.
—Me parece una excelente forma de empezar el día, Faisán. Buenas noches.
—Buenas noches, Señora Faisán —respondió él, usando el título por primera vez en la intimidad.
El juego formalmente había comenzado. Las reglas del contrato estaban en marcha, las amenazas de su padre y de Simón López pendían sobre sus cabezas, y el perfecto mundo de los Faisán acababa de saltar por los aires.
Pero mientras caminaba hacia su propia habitación en el ala oeste, Ernesto se dio cuenta de una verdad incómoda: la mujer con la que se había encadenado legalmente era un enigma fascinante, una aliada letal con la que, por su propio bien, debía recordar que estaba estrictamente sin derecho a amar.
