Capítulo 5 Jaque al Rey
La luz del amanecer entro por los ventanales del Pent-house, el sonido de tres alertas consecutivas en el teléfono privado de Ernesto lo obligó a saltar de la cama. Al desbloquear la pantalla, pudo ver lo que imaginaba iba a pasar. Su padre no había esperado a que abrieran las oficinas. La primera notificación era un correo institucional del Consejo de Administración de la constructora, convocando a una sesión extraordinaria con carácter de urgencia para el mediodía. La segunda, un aviso de su banco privado informándole que sus tarjetas corporativas y la línea de crédito operativa de su división habían sido suspendidas de inmediato para una "revisión de cumplimiento".
Ernesto se vistió a toda prisa. Al llegar a la cocina, se detuvo en seco. Leila ya estaba allí, con el cabello recogido en un moño estricto. Sobre la mesa, tenía desplegados tres tomos gruesos del Código de Comercio y una tableta digital donde corrían gráficos financieros a gran velocidad. A su lado, una taza de café negro humeaba intacta.
—Tu padre se mueve rápido, pero es terriblemente predecible —dijo ella sin levantar la vista de la pantalla, su voz tan fría y analítica como si estuviera en un estrado—. Acaban de notificarme del tribunal que el bufete principal de la constructora introdujo una solicitud de medida cautelar innominada a las siete de la mañana para congelar tus facultades de firma en la división de proyectos.
—¿Cómo te enteraste de eso? —preguntó Ernesto, acercándose y deteniéndose a la distancia de seguridad que habían pactado—. Las notificaciones oficiales tardan horas en procesarse.
—Tengo mi propia red de contactos en el archivo judicial, Faisán. Gente que aún recuerda quién era Leila Gaona antes de que Simón López me borrara del mapa —respondió ella, levantando finalmente los ojos, fijos y combativos—. Tu padre quiere presentarse a la junta del mediodía con una orden del juez que te deje de manos atadas delante de los accionistas. Cree que te va a destituir por conducta lesiva a los intereses de la empresa.
—Si lo logra, tomará el control de los fondos de mi madre y la trasladará a esa clínica en el extranjero antes del fin de semana —dijo Ernesto, sintiendo una punzada de furia en el pecho—. Necesito frenarlo en esa junta, Leila.
—Ya lo frené. — Mientras tú dormías, redacté una oposición formal a la medida cautelar y una demanda de amparo conyugal. Fui personalmente al juzgado de guardia a las dos de la mañana y la hice sellar por el juez de circuito. Aquí tienes la copia certificada.
—Citaste el artículo 142 del Código Civil —observó él, asombrado por la estrategia—. El fraude por distracción de bienes gananciales.
—Exactamente —explicó Leila, cruzándose de brazos—. Al casarnos bajo la comunidad absoluta de bienes gananciales, cualquier acción de tu padre que disminuya el valor de tus acciones o congele tus ingresos sin mi consentimiento explícito como esposa, constituye una lesión patrimonial directa a la sociedad conyugal que acabamos de constituir. El juez de circuito no solo rechazó la medida de tu padre, sino que emitió una orden de prohibición de innovar. Significa que, legalmente, nadie puede tocar tu puesto, tus cuentas ni tus facultades en la constructora hasta que se resuelva un juicio principal que tardará, como mínimo, tres años en litigarse.
—Eres un peligro, Gaona —admitió él, y una risa de puro triunfo se le escapó del pecho.
—Soy eficiente, que es diferente. Ahora, toma ese documento. Tienes una junta a las doce y yo tengo una cita en el registro judicial para revisar los antecedentes de Simón López. Necesitamos estar listos por si Mónica cumple su amenaza.
A las doce en punto, las puertas de la sala de juntas del piso cuarenta de la Torre Faisán se abrieron. Los doce miembros principales del Consejo de Administración estaban sentados en sus respectivas sillas.
Ernesto caminó con paso firme y se sentó en mi lugar habitual, justo en el extremo opuesto. No llevó maletín, solo la copia certificada que Leila le había entregado.
—Ernesto —comenzó su padre. __Agradezco que hayas tenido la decencia de presentarte. Aunque temo que esta será tu última sesión como vicepresidente ejecutivo. El espectáculo dantesco que armaste anoche con esa mujer de origen dudoso ha puesto en riesgo las acciones de la constructora. El doctor Montenegro tiene la palabra.
—Gracias, señor presidente. Basándonos en los estatutos internos de la compañía, la junta directiva tiene la facultad de remover de manera inmediata a cualquier miembro que incurra en actos de grave descrédito público. Adicionalmente, informamos a este consejo que esta misma mañana hemos solicitado una medida cautelar ante el Tribunal Segundo de Comercio para congelar las facultades de firma del señor Ernesto Faisán, evitando así que utilice los fondos de la empresa para fines conyugales con la ciudadana Leila Gaona.
—¿Terminó, doctor Montenegro? —preguntó Ernesto, manteniendo un tono de voz aburrido, imitando la perfecta calma que Leila mostraba en sus peores momentos.
—El dictamen es definitivo, Ernesto —intervino su padre, golpeando la mesa con el puño—. Estás fuera.
—Temo que el único que está fuera de la ley aquí es su bufete, padre —respondió Ernesto. Deslicé el documento sellado por el juez de circuito hacia el centro de la mesa, haciéndolo rodar hasta que se detuvo justo frente a Montenegro.
—¿Qué es eso, Montenegro? Habla —ordenó el patriarca, perdiendo la paciencia ante el silencio de su empleado.
—Es... es una orden de prohibición de innovar, señor Faisán —tartamudeó Montenegro, mirando a su jefe con terror—. Emitida por el juez de circuito a las tres de la mañana. La defensa de la señora Leila Gaona de Faisán interpuso un amparo por fraude patrimonial conyugal.
—¡¿Un qué?! —rugió Alberto, poniéndose de pie de un salto.
—Al estar casados bajo el régimen de comunidad absoluta, cualquier intento de remover al ingeniero Ernesto de su cargo o congelar sus activos sin la firma de su esposa se tipifica como una maniobra de vaciamiento malicioso de la sociedad conyugal —explicó Montenegro con la voz temblorosa—. El juez ha ordenado que todas las cuentas, cargos y funciones del señor Ernesto permanezcan intactos de manera obligatoria.
—Como pueden ver, señores —dijo Ernesto, levantándose de su asiento. — La sesión ha terminado antes de empezar. Mi posición sigue siendo inatacable. Que tengan una excelente tarde.
Al subir al ascensor, Ernesto sacó su teléfono y marcó el número de Leila. Su corazón latía con fuerza, una mezcla salvaje de triunfo y una extraña necesidad de escuchar su voz.
—Jaque al rey, abogada —dije en cuanto ella atendió—. El documento funcionó a la perfección. Mi padre está acorralado.
—No celebres todavía, Faisán —dijo ella, y un frío helado le recorrió la espalda a Ernesto al notar la vibración de urgencia en su voz—. Acabo de salir del registro judicial. Mónica no estaba mintiendo anoche. Alguien pagó la fianza de Simón López y archivaron temporalmente su orden de captura por un tecnicismo administrativo. Está libre, Ernesto. Está libre y los registros de las aerolíneas locales confirman que su vuelo aterrizó en la ciudad hace exactamente dos horas. Viene por mí.
