Capítulo 6 Amenaza
Las palabras de Leila seguían resonando en los oídos de Ernesto. Simón López estaba libre. El hombre que casi había destruido a la abogada, el peón que Mónica Valerga pretendía usar para desmantelar su matrimonio falso, ya caminaba por las calles de la capital.
Ernesto no lo pensó dos veces. Mientras maniobraba el vehículo entre el caos del mediodía, presionó los manos libres y marcó a su jefe de seguridad privada.
—Quiero un perímetro completo alrededor del Pent-house y dos escoltas encubiertos en la ruta del archivo judicial de inmediato —ordenó, con una voz que no admitía réplicas—. López está en la ciudad. Si se acerca a un metro de mi esposa, los quiero encima de él antes de que pueda parpadear.
La sola idea de que ese estafador intentara intimidar a la mujer que apenas unas horas antes había puesto de rodillas al imperio de su padre le revolvía el estómago de una forma que no podía controlar.
Aceleró a fondo, esquivando los vehículos hasta llegar a las inmediaciones de la plaza del complejo judicial.
Desde la distancia, Ernesto la divisó de inmediato. Leila caminaba a paso rápido por la escalinata de mármol del registro, sosteniendo una carpeta de cuero contra su pecho. Su postura seguía siendo imponente, pero la forma en que desviaba la mirada hacia los lados delataba que la penalista brillante estaba en máxima alerta, reconociendo el terreno como quien camina por un campo minado.
Ernesto frenó el auto justo al pie de la acera y abrió la puerta del copiloto desde los controles del tablero.
—¡Súbete, Leila! —exclamó él, inclinándose sobre el asiento.
Leila no dudó. Se subió al vehículo con rapidez y cerró la puerta de golpe.
—Te dije que no vinieras, Faisán. Es peligroso que nos vean juntos en un lugar público si él tiene ojos en la zona —le reprochó ella, mientras intentaba normalizar su respiración.
—¿Andar sola por el centro con un tipo que tiene una cuenta pendiente contigo? No soy ese tipo de socio, Gaona —respondió Ernesto. — Dime qué encontraste en el archivo. ¿Cómo es posible que un prófugo logre archivar una orden de captura en tiempo récord?
—Corrupción institucional en su estado más puro — El abogado de Mónica Valerga introdujo un recurso de revisión alegando un defecto de forma en la citación original de hace dos años. Un juez penal de rango bajo, sospechosamente presionado por los hilos financieros de la familia Valerga, firmó el archivo temporal de la causa. Simón no es inocente, Ernesto. Simplemente le compraron el tiempo suficiente para que pueda operar en la legalidad durante las próximas setenta y dos horas.
Ernesto apretó el volante, comprendiendo de inmediato la dimensión de la estrategia de Mónica.
—Setenta y dos horas son más que suficientes para presentarse ante los medios de comunicación o ante mi padre con una declaración jurada que destruya tu reputación. Si demuestran que tu expediente profesional está manchado, el amparo conyugal que usamos hoy en la junta podría ser impugnado por nulidad de origen.
—Exacto —asintió Leila, mirando de reojo la pantalla del tablero—. Mónica no quiere ir a juicio conmigo. Quiere asfixiarme públicamente para que yo misma rompa el contrato contigo y te deje desprotegido.
Antes de que Ernesto pudiera responder, la pantalla del sistema de navegación del auto parpadeó de manera inusual. La música ambiental se cortó en seco, reemplazada por el pitido de una llamada entrante que no provenía de ninguno de sus teléfonos vinculados. El emisor en la pantalla mostraba únicamente un código numérico.
Ernesto se extrañó y de inmediato presionó el botón de recepción en el volante.
—Faisán.
Al otro lado de la línea, una risa pausada, se escuchó por los altavoces del auto blindado. Leila se quedó completamente helada, congelándose en su asiento.
—Vaya, vaya... el heredero rebelde y su flamante defensora —pronunció la voz de un hombre —. Debo admitir, Ernesto, que tienes un gusto impecable para los trajes, pero un pésimo criterio para elegir esposas. ¿De verdad creíste que tres páginas de derecho mercantil te iban a salvar de lo que te espera?
Leila apretó los puños sobre la carpeta, y el color desapareció por completo de sus mejillas al reconocer la voz. Era Simón López.
—No sé cómo conseguiste este número, López, pero estás cometiendo un error —respondió Ernesto, bajando el tono de su voz a un susurro peligroso—. Interceptar una línea privada y acosar a un ciudadano es un delito federal. Estás estrenando tu libertad condicional de la peor manera posible.
Al otro lado de la línea, Simón soltó una carcajada, desprovista de cualquier asomo de preocupación.
—¿Delito? Por favor, ingeniero. No hables de leyes con el hombre que le enseñó a tu "esposa" todo lo que sabe —replicó Simón, arrastrando las palabras con una soberbia insufrible—. Solo llamaba para darles una cordial bienvenida al mundo real. Disfruten el amparo judicial que consiguieron esta mañana, porque les aseguro que el papel sellado no detiene las balas de la opinión pública. Leila sabe perfectamente de lo que soy capaz cuando me quitan lo que me corresponde. Mónica ha sido muy generosa conmigo, y digamos que tengo un archivo muy interesante que a los accionistas de la Torre Faisán les encantaría leer mañana en primera plana.
Leila, rompiendo su mutismo con una rigidez militar, se inclinó hacia el micrófono del tablero. Su voz no tembló.
—No tienes nada, Simón —sentenció ella, con una fijeza que asombró a Ernesto—. El peritaje grafo técnico de la causa principal demostró que falsificaste cada una de mis firmas corporativas. Un acto originado en un delito es nulo de toda nulidad ante cualquier tribunal de esta república. Eres un fantasma intentando asustar con cadenas rotas.
—¿Ah, ¿sí? —el tono de Simón se volvió repentinamente molesto. — Quizás la ley penal me juegue en contra, mi querida abogada, pero el mercado corporativo se mueve por reputación, no por sentencias definitivas. Una sola duda sobre la procedencia de los fondos que manejaste en el pasado, y el régimen de bienes gananciales de tu lindo matrimonio se convertirá en una mancha que hundirá la constructora Faisán en la bolsa antes del viernes. Nos vemos pronto, Leila. Cuida bien a tu millonario... mientras le dure el dinero.
