Capítulo 7 Amenaza II

La amenaza de Simón dejo un silencio dentro del auto que solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.

Ernesto golpeó el volante con la palma de la mano, maldiciendo entre dientes. La amenaza de Simón no era un simple alarde de ego; era un ataque directo.

Cuando llegaron al estacionamiento subterráneo del Pent-house. Los dos escoltas privados que Ernesto había asignado ya se encontraban apostados en los puntos estratégicos del acceso, asegurando el perímetro con discreción profesional.

Subieron en el ascensor privado en un silencio que, esta vez, no era de cansancio, sino de concentración absoluta. Al abrirse las puertas del apartamento, cada uno llevaba en mente una estrategia de ataque para compartir y ponerla en práctica para poder atacar al enemigo en a guerra que acababa de iniciar.

Leila caminó directamente hacia la mesa de la cocina, dejando la carpeta sobre el granito y abriendo su computadora portátil con decisión.

—Necesito los libros contables consolidados de la división de proyectos que tu padre pretende auditar —solicitó ella, sin mirar a Ernesto—. Si Simón intenta cruzar información falsa sobre mi pasado con los movimientos actuales de tus cuentas, debemos cruzar los datos primero para hallar cualquier inconsistencia que Montenegro intente usar en la junta de mañana.

Ernesto se quitó el saco y lo dejó sobre el sofá de cuero, observándola detalladamente. la frialdad con la que asumía el control de la situación la hacían ver más como una comandante en jefe que como una extraña compartiendo su techo.

—Te los enviaré a tu servidor privado en mi oficina —respondió él, acercándose a la mesada. Estaba a escasamente unos centímetros de ella, lo suficiente para notar que, a pesar de su fachada de acero, la respiración de Leila seguía siendo acelerada—. Pero recuerda la segunda regla de nuestro confinamiento, abogada: lo que hagamos de la puerta hacia adentro es privado. No quiero que te agotes antes de tiempo. Esta noche necesito que descanses.

Leila detuvo sus dedos sobre el teclado por una fracción de segundo y levantó la vista, encontrándose con la mirada intensa del millonario. La cercanía física encendió una chispa de tensión que ninguno de los dos había previsto en las cláusulas de su contrato.

—El descanso es un lujo que los litigantes no nos podemos dar cuando el enemigo está despierto, Faisán —replicó ella, con una media sonrisa helada—. Además, recuerde la cláusula principal: esto es un negocio. Yo protejo su cabeza de su padre, y usted mantiene a Simón López alejado de la mía.

—Trato hecho —aseguró Ernesto, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo estrictamente profesional antes de retirarse hacia el ala oeste.

Tres horas más tarde, la medianoche había envuelto por completo el Pent-house. Ernesto, incapaz de conciliar el sueño debido al zumbido de las auditorías y la amenaza de la filtración de prensa, se encontraba en su estudio del ala oeste revisando los últimos balances financieros.

El silencio de la madrugada fue destrozado por un estruendo seco proveniente del ala este. El sonido de cristales rotos y un golpe sordo resonaron con eco en todo el departamento.

Ernesto se puso de pie de un salto, empujando la silla con tanta fuerza que esta rodó por el suelo. El corazón le dio un vuelco salvaje en el pecho. Sin pensarlo, abrió el cajón de su escritorio, empuñó el arma corta de seguridad que guardaba bajo llave y corrió por el pasillo central con los sentidos en máxima alerta.

—¡Leila! —la llamó, rompiendo la regla de no invadir su espacio.

Al empujar la puerta de la suite principal, la escena congeló la sangre en sus venas. El inmenso ventanal que daba a la terraza del ala este tenía un agujero circular perfecto en el centro, rodeado de grietas que centelleaban bajo la luz de la luna. En el suelo, en mitad de la alfombra blanca, yacía un pesado ladrillo envuelto en cinta adhesiva industrial negra.

Leila estaba de pie junto a la cama, con el rostro pálido pero los ojos fijos en el objeto. No estaba herida, pero su respiración entrecortada delataba el horror del impacto.

Ernesto avanzó con rapidez, guardando el arma en la pretina de su pantalón mientras la tomaba firmemente por los hombros para asegurarse de que estaba ilesa.

—¿Estás bien? ¿Te tocó algún cristal? —preguntó, con una urgencia ronca que ya no tenía nada que ver con el contrato corporativo.

Leila no respondió con palabras. Simplemente señaló con el dedo índice el objeto en el suelo. Ernesto lo tomó, apartando algunos fragmentos de vidrio con la bota, y arrancó el trozo de papel que venía prensado bajo la cinta negra del ladrillo.

Al desdoblar la nota, escrita con letras recortadas de revistas para evitar el peritaje caligráfico, el mensaje heló el ambiente:

«La comunidad de bienes se divide a la mitad, abogada. Pero las deudas de sangre se pagan completas. Sal de ese Pent-house antes de que la próxima alerta no sea un ladrillo».

Ernesto apretó el papel entre sus puños, sintiendo una furia volcánica correr por sus venas. Miró a Leila, que lo observaba desde la penumbra de la habitación destrozada. Estaban en el piso treinta de un edificio exclusivo con seguridad privada, y Simón López acababa de demostrarles que el Pent-house ya no era un refugio seguro, sino una vitrina perfectamente expuesta para su ejecución.

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