Capítulo 2 El hombre que no sonreía

El amanecer llegó gris y sin gloria. La lluvia había amainado, pero el cielo seguía bajo, como una tapa de plomo sobre la ciudad. Isabella no había dormido. Se había quedado en el sofá, con el sobre apretado contra el pecho y las luces de la sala encendidas hasta que los primeros rayos débiles se filtraron por los ventanales.

A las cinco y media oyó el código de la puerta principal. No se levantó. Esperó.

Alejandro Valmont entró seguido de dos hombres de seguridad que no reconoció. Su padre llevaba el mismo traje oscuro de siempre, la corbata perfecta, el cabello plateado peinado hacia atrás con una precisión que rayaba en lo militar. Solo los ojos delataban que la noche no había sido tranquila: estaban más hundidos, más fríos.

—Isabella —dijo, y su voz llenó el silencio como una orden.

Ella se incorporó con lentitud, el camisón de seda todavía pegado a la piel por el sudor frío de la espera. No se cubrió. Quería que viera exactamente el estado en que la había dejado aquella fotografía.

Alejandro extendió la mano. Isabella le entregó el sobre sin decir una palabra. Él lo abrió, extrajo la imagen y la estudió durante varios segundos que se alargaron demasiado. Su mandíbula se tensó apenas. Luego guardó la fotografía de nuevo y miró a los dos hombres que lo acompañaban.

—Revisen cada centímetro. Quiero saber cómo entraron.

Los hombres desaparecieron por el pasillo. Alejandro se acercó a su hija. Por un instante pareció que iba a tocarla, a posar una mano en su hombro, pero al final solo se quedó a un metro de distancia.

—Esto no puede repetirse.

—Ya lo sé —respondió Isabella. La voz le salió ronca de tantas horas de silencio.

—A partir de ahora cambian las reglas.

Ella levantó la barbilla.

—No pienso vivir encerrada.

—No te estoy pidiendo permiso.

La reunión se celebró en el despacho de su padre dos horas después. Isabella se había duchado con agua hirviendo, se había puesto unos pantalones negros ajustados, una camisa blanca de seda que dejaba ver la clavícula y el cabello recogido en un moño alto que dejaba el cuello expuesto. Maquillaje mínimo. Solo un toque de rojo oscuro en los labios, como si se preparara para una guerra.

La mesa de caoba brillaba bajo la luz de los focos empotrados. A la derecha de Alejandro, el abogado de la familia, un hombre de gafas finas y voz melosa. A la izquierda, Ortega, el jefe de seguridad interna, que no dejaba de pasar la lengua por los labios secos. Isabella ocupó el asiento frente a ellos, las piernas cruzadas, la espalda recta.

—Seis hombres no han sido suficientes —dijo su padre sin preámbulos—. Alguien entró en su habitación. Alguien tomó esta fotografía. Eso significa que tenemos una filtración o una incompetencia que no estoy dispuesto a tolerar.

Ortega carraspeó.

—Señor, el sistema de cámaras…

—El sistema de cámaras falló durante un segundo —lo cortó Alejandro—. Un segundo fue suficiente. Ya no confío en el equipo interno.

Isabella apoyó los codos en la mesa.

—Entonces ¿qué propones? ¿Encerrarme en una bóveda?

—Propongo traer a alguien que no le deba lealtad a nadie dentro de esta empresa.

La puerta del despacho se abrió exactamente a las ocho en punto.

El hombre que entró pareció traer consigo una porción de la noche que todavía no había terminado de irse. Alto, de hombros anchos contenidos bajo un abrigo negro que todavía goteaba en los bordes. El cabello oscuro, corto, peinado hacia atrás con una disciplina que no admitía un solo mechón fuera de lugar. La cicatriz que le cruzaba la ceja derecha era una línea pálida, precisa, como si alguien hubiera intentado dividirle el rostro en dos y se hubiera arrepentido a mitad de camino. Y los ojos… los ojos eran de un gris frío, casi plateado, que no reflejaban la luz de la habitación. No sonreía. No parecía capaz de hacerlo.

Dante Reyes.

Isabella sintió cómo el aire cambiaba de densidad. No era miedo exactamente. Era la certeza instintiva de que aquel hombre no pertenecía al mundo de cristal y mármol en el que ella se había movido toda la vida. Pertenecía a otro lugar. Más oscuro. Más real.

—Señor Valmont —dijo. La voz era grave, contenida, sin la menor inflexión de cortesía innecesaria. Cada sílaba salía medida.

Alejandro no se levantó. Simplemente señaló la silla vacía al lado de Isabella.

—Reyes. Puntual, como siempre. Esta es mi hija. A partir de este momento, su seguridad es su única prioridad.

Dante no se sentó de inmediato. Sus ojos se posaron en Isabella. La recorrieron con una calma que resultaba casi insultante: desde el moño alto hasta la curva de su cuello, desde la camisa de seda hasta la forma en que tenía las piernas cruzadas. No había deseo en esa mirada. Solo evaluación. Como si midiera distancias, puntos débiles, posibles rutas de escape, el peso exacto de cada amenaza que ella representaba para sí misma.

Isabella sostuvo la mirada. Levantó la barbilla un milímetro y dejó que una sonrisa lenta, deliberadamente provocadora, se dibujara en sus labios.

—¿Siempre miras así a las personas que se supone debes proteger? —preguntó, la voz envuelta en un tono que buscaba herir—. Como si ya estuvieras calculando cuánto pesaría mi cadáver.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Dante. Fue el único indicio de que había oído. El resto de su rostro permaneció inmóvil.

—Calculo cómo evitar que llegue a serlo —respondió. Su voz no había subido ni un tono.

Alejandro observaba el intercambio con una expresión imposible de leer.

—Reyes fue capitán de fuerzas especiales durante ocho años. Después trabajó en protección de alto riesgo para clientes que no existen en ningún registro oficial. Tiene un historial… complicado. Pero es el mejor que hay.

Isabella inclinó la cabeza, fingiendo interés.

—¿Complicado cómo? ¿Mata a la gente que se supone debe cuidar o solo a los que intentan matarlos?

Dante por fin se sentó. El movimiento fue fluido, controlado, como si cada músculo obedeciera una orden precisa. Cuando habló, lo hizo mirándola directamente a los ojos. La distancia entre ellos era de apenas un metro, pero la intensidad de esa mirada hizo que Isabella sintiera el calor subirle por el cuello.

—Solo a los segundos.

El silencio que siguió fue espeso. Ortega carraspeó de nuevo, incómodo. El abogado bajó la vista a sus papeles. Alejandro, en cambio, asintió una sola vez, como si esa respuesta fuera exactamente la que esperaba.

Isabella no apartó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien la veía de verdad. No como la heredera. No como la pieza de la corona. Como una mujer que acababa de declarar, sin palabras, que no pensaba rendirse.

—Entonces más te vale ser tan bueno como dice mi padre —murmuró ella—. Porque yo no pienso ponértelo fácil.

Dante sostuvo su mirada un segundo más. Luego, con esa misma calma exasperante, respondió:

—No lo espero.

Y en ese instante, Isabella comprendió que la guerra que acababa de iniciar no iba a parecerse a ninguna otra que hubiera librado antes.

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