Capítulo 3 Protocolo y el aire que se espesa

La reunión terminó con la misma frialdad con la que había comenzado. Alejandro Valmont firmó un documento que Isabella no se molestó en leer. Ortega salió del despacho con el rostro tenso y el abogado recogió sus papeles con movimientos demasiado cuidadosos. Solo quedaron los tres: el padre, la hija y el hombre que acababa de convertirse en su sombra.

Alejandro se puso de pie, ajustó los puños de la camisa y miró a Dante con esa expresión que reservaba para los asuntos que no admitían discusión.

—Tienes acceso total. Códigos, planos, personal. Cualquier gasto se aprueba sin preguntas. No quiero reportes intermedios. Solo resultados.

Dante asintió una sola vez. No dijo “sí, señor”. No hizo promesas vacías. Simplemente aceptó el peso de la orden como quien acepta el peso de un arma.

Cuando la puerta se cerró tras Alejandro, el silencio se instaló en el despacho como un tercer ocupante. Isabella permaneció sentada, las piernas todavía cruzadas, los dedos tamborileando suavemente sobre la madera de la mesa. Dante no se movió de su silla. Sus ojos grises la observaban con esa calma que ya empezaba a resultarle irritante.

—¿Vas a quedarte mirándome toda la mañana o piensas empezar a trabajar? —preguntó ella, dejando que el sarcasmo afilara cada sílaba.

—Ya empecé —respondió él.

Se levantó. El movimiento fue tan controlado que Isabella apenas percibió el desplazamiento del aire. Caminó hasta la ventana del despacho, apartó ligeramente la cortina con dos dedos y observó la calle cincuenta y dos pisos más abajo. La lluvia había cesado del todo, pero el cielo seguía bajo y gris. Después se giró y su mirada recorrió la habitación con la misma precisión con la que un cirujano examina un cuerpo antes de operar.

—Vamos —dijo simplemente.

Isabella arqueó una ceja.

—¿Adónde?

—A su casa. Necesito verla con luz de día.

No esperó respuesta. Salió del despacho y ella, después de un segundo de vacilación cargada de orgullo herido, lo siguió. El ascensor privado los llevó en silencio. Dante se colocó a su izquierda, lo suficientemente cerca como para que ella percibiera el calor que emanaba de su cuerpo, lo suficientemente lejos como para que no hubiera contacto. El aroma de él la envolvió por primera vez de forma completa: jabón neutro, cuero húmedo del abrigo, y debajo una nota más oscura, más masculina, que le recordó a la lluvia sobre piedra caliente.

Isabella apoyó la espalda contra la pared del ascensor y lo miró de reojo. La cicatriz de la ceja parecía más marcada bajo la luz fría. La mandíbula estaba tensa, como si incluso en reposo estuviera preparado para reaccionar. No había nada suave en él. Nada que invitara a la conversación trivial.

—¿Siempre eres así de hablador? —preguntó ella, solo para romper el silencio.

—No.

—Qué alivio. Temía que fueras a aburrirme con anécdotas de guerra.

Dante no respondió. El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron al vestíbulo privado del penthouse. Él salió primero, una mano cerca del arma que Isabella adivinó bajo el abrigo, y solo cuando comprobó que el espacio estaba vacío dio un paso a un lado para dejarla pasar.

Durante la hora siguiente Isabella lo observó trabajar.

Dante no pedía permiso. No explicaba. Simplemente se movía por la casa como si ya la conociera de memoria. Tocó cada cerradura, midió distancias con la mirada, examinó los ángulos de las cámaras, se agachó para inspeccionar el borde inferior de las ventanas. En la cocina detuvo su atención en el panel de seguridad. En el pasillo se detuvo frente a la puerta de su habitación y, sin entrar todavía, estudió el marco como si pudiera oler la presencia de quien había estado allí la noche anterior.

Isabella lo seguía a unos pasos de distancia, los brazos cruzados bajo el pecho, el tacón de su bota golpeando el mármol con un ritmo deliberadamente irregular. Quería irritarlo. Quería ver si esa máscara de hielo se resquebrajaba.

—¿Siempre eres tan… meticuloso? —preguntó cuando él se agachó junto a la ventana del salón.

—Sí.

—Qué conversación tan estimulante. Deberías dar clases de carisma.

Dante se incorporó. La diferencia de altura era notable. Isabella tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada. Por un instante estuvieron demasiado cerca. Ella pudo ver el pulso en la base de su cuello, lento y constante, y el modo en que la cicatriz se tensaba ligeramente cuando apretaba la mandíbula.

—A partir de ahora hay reglas —dijo él. La voz era baja, pero cada palabra caía con el peso de una orden—. No sale de este piso sin mí. No abre la puerta a nadie que yo no haya verificado personalmente. No contesta llamadas de números desconocidos. No se acerca a las ventanas después del anochecer.

Isabella soltó una risa corta, incrédula.

—¿Y si necesito aire?

—Abro yo la ventana. Usted se mantiene a tres metros.

—¿Y si quiero follar con alguien?

La pregunta salió afilada, pensada para herir, para provocar, para ver si aquella compostura se rompía de una vez. El silencio que siguió fue denso. Dante no apartó la mirada. Un músculo se movió en su mandíbula, apenas perceptible, y por un segundo Isabella creyó ver algo oscuro y caliente cruzar el gris de sus ojos. Luego desapareció, sepultado bajo capas de disciplina férrea.

—Entonces lo hace con la puerta abierta y conmigo en la habitación contigua —respondió con la misma calma exasperante—. O no lo hace.

El calor le subió a las mejillas a Isabella con una violencia que odió. No era vergüenza. Era la imagen no solicitada de ese hombre de pie en la penumbra, escuchando, vigilando, mientras ella… Apartó la vista de inmediato, furiosa consigo misma.

—Eres un hijo de puta controlado.

—Soy lo que me contrataron para ser —respondió él—. Y usted es lo que debo mantener con vida.

La palabra “usted” la golpeó como una bofetada elegante. Distancia. Jerarquía. Recordatorio de que él no estaba allí para ser su amigo, ni su igual, ni mucho menos cualquier otra cosa.

Isabella dio un paso hacia él. Casi no había espacio entre sus cuerpos. Pudo sentir el calor que emanaba de su pecho a través de la ropa. El aroma de él se volvió más intenso. Su respiración, profunda y controlada, contrastaba con la aceleración de la propia.

—Entonces más te vale hacerlo bien, Reyes —susurró, la voz baja y cargada de un desafío que no podía contener—. Porque yo no pienso ponértelo fácil.

Por un segundo —apenas un segundo— algo se quebró en la mirada de Dante. Fue un destello rápido, peligroso, casi hambriento. Luego volvió a cerrarse, tan hermético como antes.

—No lo espero —dijo.

Y se apartó, dejándola con el corazón latiéndole demasiado rápido y la certeza incómoda de que acababa de declarar una guerra cuyo campo de batalla sería su propio cuerpo.

El resto de la mañana transcurrió en un silencio tenso. Dante continuó su inspección. Isabella intentó concentrarse en responder correos desde el sofá del salón, pero cada vez que él pasaba cerca sentía el aire cambiar. Notaba el sonido de sus pasos, el roce de la tela de su camisa cuando se movía, la forma en que su respiración se mantenía siempre igual de constante.

A mediodía él colocó un vaso de agua sobre la mesa auxiliar a su lado. No dijo nada. Solo lo dejó allí. Sus dedos rozaron el borde del vaso. Isabella sintió el calor de su mano a centímetros de la suya. No se tocaron. Pero el espacio entre ellos pareció electrificarse.

Ella levantó la vista. Él ya se estaba alejando hacia la ventana.

—Odio esto —murmuró ella, más para sí misma que para él.

Dante se detuvo, pero no se giró del todo.

—¿El agua o mi presencia?

—Las dos cosas —admitió Isabella, sorprendida por su propia sinceridad—. Y el hecho de que empiezo a notar cómo respiras.

Hubo un silencio largo. Luego, su voz, más baja, casi un murmullo:

—Entonces deje de hacerlo.

Pero Isabella sabía, con una certeza que le heló la sangre y al mismo tiempo se la calentó hasta el fondo del vientre, que ya era demasiado tarde.

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