Capítulo 4 El espacio que no se toca
Los días siguientes se convirtieron en una tortura de precisión quirúrgica.
Dante no la tocaba. Nunca. Ni siquiera por accidente. Pero su presencia lo llenaba todo, se filtraba por cada rincón del penthouse como un perfume que no se podía eliminar. Cuando Isabella caminaba por el pasillo, él estaba tres pasos detrás, ni uno más ni uno menos. Cuando se sentaba a desayunar frente a la ventana, él permanecía de pie a unos metros, mirando la calle con esa atención que no admitía distracciones. Cuando se duchaba, él esperaba en el pasillo, lo suficientemente cerca como para oír si algo salía mal, lo suficientemente lejos como para no invadir… del todo.
Y sin embargo, lo invadía todo.
Isabella empezó a notar detalles que no quería notar. La forma en que sus hombros se movían bajo la camisa negra cuando se quitaba el abrigo al entrar. El modo en que sus dedos, largos y marcados por pequeñas cicatrices blancas, sujetaban el arma cada mañana para revisarla con movimientos rituales. El sonido de su respiración cuando la casa quedaba en silencio: profunda, controlada, como si incluso el acto de inhalar estuviera sometido a una disciplina férrea que no admitía fallos.
El segundo día lo sorprendió entrenando al amanecer.
Había salido de su habitación en busca de agua y lo encontró en el gimnasio privado que ocupaba una de las alas del penthouse. La puerta estaba entreabierta. Isabella se detuvo en el umbral, el vaso olvidado entre los dedos. Dante no llevaba camisa. El sudor le brillaba en la piel bajo la luz fría de los focos. Cada músculo de su espalda se tensaba y se liberaba con una precisión casi hipnótica mientras hacía flexiones a un ritmo constante, implacable. Las cicatrices eran más de las que había imaginado: una larga y pálida que le cruzaba el costado izquierdo, otra más pequeña cerca del omóplato, y varias marcas irregulares que hablaban de violencia antigua.
Isabella sintió un calor inesperado subirle por el pecho. Se obligó a apartar la vista, pero no lo hizo del todo. Continuó mirando. El modo en que la respiración de él se mantenía estable incluso bajo el esfuerzo. El modo en que su cuerpo, entrenado para matar, se movía con una economía de gestos que resultaba casi hermosa.
Él se detuvo de pronto. Se incorporó en un solo movimiento fluido y se giró. No pareció sorprendido de encontrarla allí. Solo la miró con esos ojos grises que no revelaban nada.
—Señorita Valmont.
—No grites —respondió ella, intentando que la voz le saliera ligera—. Ya sé que existes.
Dante tomó la toalla que había dejado sobre el banco y se secó el pecho con movimientos lentos. Isabella se obligó a no seguir el trayecto de la tela.
—Debería avisar antes de entrar —dijo él.
—Es mi casa.
—Y mi responsabilidad.
El silencio se estiró entre ellos, cargado. Isabella dio un paso dentro del gimnasio, solo para demostrar que podía. El aroma de él —sudor limpio, jabón, y esa nota oscura que ya empezaba a reconocer— se volvió más intenso.
—¿Siempre entrenas como si alguien fuera a intentar matarte en los próximos diez minutos?
—Sí.
—Qué vida tan divertida debes tener.
Dante no respondió. Se puso la camisa negra sin prisas, abrochando cada botón con esa misma precisión exasperante. Isabella se quedó de pie, el vaso de agua todavía en la mano, sintiendo cómo el espacio entre ellos se reducía aunque ninguno se hubiera movido realmente.
El tercer día la tensión subió un grado más.
Estaba sentada en el sofá del salón, intentando concentrarse en un informe de la junta directiva que su padre había insistido en enviarle. Las palabras se le escapaban. Cada vez que Dante pasaba cerca —y lo hacía con una frecuencia calculada— sentía el aire cambiar de densidad. Notaba el roce de su ropa, el sonido apenas audible de sus pasos sobre el mármol, la forma en que su respiración se mantenía siempre igual de constante mientras la de ella empezaba a acelerarse sin permiso.
A media tarde él se acercó a la mesa auxiliar y colocó un vaso de agua a su lado. No dijo nada. Solo lo dejó allí. Sus dedos rozaron el borde del vaso. Isabella sintió el calor de su mano a centímetros de la suya. No se tocaron. Pero el espacio entre sus pieles pareció cobrar vida propia.
Ella levantó la vista con lentitud. Él ya se estaba alejando hacia la ventana, la espalda recta, los hombros tensos bajo la camisa.
—Odio esto —murmuró Isabella, más para sí misma que para él.
Dante se detuvo, pero no se giró del todo. Solo giró ligeramente la cabeza, lo suficiente para que ella viera el perfil de la cicatriz.
—¿El agua o mi presencia?
—Las dos cosas —admitió ella, sorprendida por la sinceridad que se le escapaba—. Y el hecho de que empiezo a notar cómo respiras. Cómo te mueves. Cómo el aire cambia cuando estás cerca.
Hubo un silencio largo. Tan largo que Isabella creyó que no respondería. Luego, su voz, más baja, casi un murmullo que solo ella podía oír:
—Entonces deje de hacerlo.
Isabella soltó una risa corta, sin humor.
—¿Y si no puedo?
Dante se giró por completo. La miró desde la ventana, la luz gris de la tarde dibujando sombras en su rostro. Por un instante algo se quebró en su expresión. Fue un destello rápido, peligroso, casi hambriento. Luego volvió a cerrarse.
—Aprenda —dijo simplemente.
Y se apartó, dejándola con el corazón latiéndole demasiado rápido y la certeza cada vez más incómoda de que el verdadero peligro ya no estaba solo fuera de aquellas paredes.
Esa noche Isabella se quedó despierta hasta tarde. Desde su habitación oía los pasos de Dante en el pasillo, el sonido suave de la puerta de la habitación contigua al cerrarse, y después… silencio. Un silencio cargado. Ella se quedó mirando el techo, una mano apoyada sobre el pecho, sintiendo cómo el corazón le latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el miedo a las amenazas externas.
Era otra clase de miedo.
El miedo a notar demasiado.
El miedo a querer notar todavía más.
