Capítulo 5 El jardín y las muñecas

La decisión se formó en silencio, como casi todas las decisiones peligrosas que Isabella había tomado en su vida.

Había pasado el quinto día completo bajo la sombra constante de Dante Reyes. Cinco días de protocolos estrictos, de pasos medidos, de respiraciones que ella empezaba a reconocer incluso con los ojos cerrados. Cinco días sin un solo instante de verdadera soledad. La casa, que siempre había sido su refugio de cristal y mármol, se había convertido en una jaula elegante donde cada rincón olía a él: jabón neutro, cuero, y esa nota oscura que se le había metido bajo la piel sin permiso.

A las once de la noche Isabella apagó las luces de su habitación y se quedó quieta en la oscuridad, escuchando. El penthouse respiraba con ese silencio artificial que solo el dinero podía comprar. A lo lejos, el murmullo constante de la ciudad filtrado por los ventanales. Más cerca, el sonido apenas perceptible de la puerta de la habitación contigua al cerrarse. Dante se había retirado. O al menos fingía haberlo hecho.

Ella esperó.

Media hora. Una hora. El reloj digital de la mesita de noche marcaba la una y diecisiete cuando por fin se levantó. No encendió ninguna luz. Se movió a tientas hasta el armario y sacó unas zapatillas de suela blanda, un abrigo negro largo y los pantalones más oscuros que encontró. El camisón de seda quedó abandonado sobre la cama. Se vistió en silencio, el corazón latiéndole con una mezcla peligrosa de nerviosismo y desafío.

Necesitaba aire.

Necesitaba espacio.

Necesitaba dejar de sentir que cada una de sus respiraciones estaba siendo contada.

La puerta de servicio que daba al jardín interior del edificio estaba al final del pasillo este. Isabella la abrió con una lentitud casi dolorosa, conteniendo el aliento cuando el mecanismo hizo un clic suave. El aire frío de la madrugada le golpeó la cara como una caricia áspera. Olió a tierra húmeda, a hojas mojadas y a esa lluvia reciente que todavía se aferraba a las plantas.

El jardín era un rectángulo de orden perfecto: setos geométricos, un pequeño estanque con nenúfares que flotaban inmóviles y un banco de piedra bajo un árbol de magnolia. Las luces de seguridad estaban en modo nocturno, apenas un resplandor tenue que dibujaba sombras alargadas. Isabella dio un paso fuera. Luego otro. El césped húmedo amortiguó el sonido de sus zapatillas. Por primera vez en cinco días sintió que podía expandir los pulmones por completo.

Caminó hacia el centro del jardín, el abrigo abierto, el cabello suelto rozándole la espalda. Levantó la cara hacia el cielo invisible detrás de las nubes y cerró los ojos. El frío le mordía la piel expuesta del cuello. Era delicioso. Era necesario.

No oyó pasos.

Solo sintió la mano.

Una mano grande, cálida y absolutamente segura cerrándose alrededor de su muñeca izquierda con una precisión que no admitía escape. Isabella se tensó de inmediato, el corazón disparándose contra las costillas. Antes de que pudiera girarse del todo, otra mano capturó su muñeca derecha. En menos de un segundo quedó atrapada, los brazos inmovilizados hacia atrás con una fuerza controlada que no le hacía daño… todavía.

Dante.

Su cuerpo estaba justo detrás del de ella. Isabella pudo sentir el calor que emanaba de su pecho a través de la ropa, la solidez de sus músculos, el ritmo profundo y constante de su respiración contrastando con la aceleración salvaje de la propia. El aroma de él la envolvió por completo: más intenso en la oscuridad, más peligroso.

—¿Adónde creía que iba? —preguntó. La voz era un susurro bajo, casi íntimo, pero cargado de una amenaza contenida que le recorrió la espalda como un escalofrío caliente.

Isabella intentó zafarse. Él no aflojó ni un milímetro. Sus dedos rodeaban sus muñecas por completo, el pulgar de la mano izquierda exactamente sobre el punto donde le latía el pulso, como si midiera deliberadamente la traición de su sangre.

—A respirar —escupió ella, la voz más entrecortada de lo que pretendía—. ¿Eso también está prohibido en tu precioso protocolo?

—Después de las doce, sí.

Estaban tan cerca que ella podía sentir cada pequeña exhalación de él rozándole la nuca. Dante no la giró de inmediato. La mantuvo así, de espaldas contra su pecho, durante varios segundos que se estiraron como caramelo caliente. Isabella notó el momento exacto en que su propio cuerpo traicionó su orgullo: un temblor fino le recorrió los muslos, el vientre se contrajo, y el calor empezó a acumularse en lugares que no tenían nada que ver con el miedo.

—Suéltame —exigió, aunque la orden salió más como una súplica disfrazada.

—No.

La negativa simple, absoluta, la hizo arder. Intentó empujar hacia atrás con la espalda. Él absorbió el movimiento sin ceder. Entonces la giró. El movimiento fue fluido, casi elegante. De pronto quedó frente a él, ambas muñecas todavía prisioneras entre sus manos, el pecho casi tocándole el pecho. En la penumbra del jardín los ojos de Dante parecían más claros, casi plateados. La cicatriz de la ceja era una sombra más oscura.

—Eres un control freak de mierda —dijo Isabella, la respiración agitada.

—Y usted es una imprudente que parece decidida a facilitarle el trabajo a quien quiere matarla.

Sus rostros estaban a escasos centímetros. Isabella podía ver la tensión en la mandíbula de él, el modo en que su garganta se movía al tragar, la forma en que la mirada gris bajaba, solo un instante, hasta su boca. El pulso le latía desbocado bajo los dedos de Dante. Ella sabía que él lo sentía. Sabía que estaba contando cada latido.

—No me trates como a una niña —susurró ella.

—Entonces deje de actuar como una.

El silencio que siguió fue espeso, cargado de todo lo que no se decían. Isabella sintió el calor de las manos de él impregnándose en su piel, marcándola. Por primera vez en cinco días había contacto real. Piel contra piel. Y el simple hecho de ese roce la estaba deshaciendo por dentro con una lentitud deliciosa y aterradora.

Dante se inclinó un poco más. Sus labios quedaron cerca de su oído. Cuando habló, el aliento caliente le rozó la piel sensible detrás de la oreja.

—Vuelva adentro, Isabella.

Era la primera vez que usaba su nombre de pila. La forma en que lo pronunció —baja, casi íntima, como si saboreara cada sílaba— le recorrió la columna vertebral hasta el final.

—¿O qué? —preguntó ella, desafiante, aunque la voz le temblaba apenas.

Él no se apartó. Al contrario, sus dedos se apertaron un milímetro más alrededor de sus muñecas. No lo suficiente para doler. Lo suficiente para recordar quién tenía el control en ese momento.

—O la llevo yo. Y no le va a gustar cómo lo hago.

La imagen que esas palabras provocaron en la mente de Isabella fue tan nítida que le arrancó un pequeño sonido de la garganta. Dante cargándola. Dante con ella en brazos, atravesando el jardín a oscuras, su cuerpo contra el de él. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas. Odió esa reacción. Odió todavía más el hecho de que él probablemente la hubiera notado.

Durante varios segundos se quedaron así, respirando el mismo aire frío de la madrugada, el jardín en silencio alrededor de ellos como un testigo cómplice. Isabella podía sentir el latido de Dante contra sus propias muñecas. Constante. Controlado. Mientras el de ella se había desbocado por completo.

Por fin él aflojó los dedos. Lentamente. Como si le costara soltarla. Cuando sus manos se separaron de la piel de Isabella, ella sintió la pérdida con una intensidad que no estaba preparada para admitir. Se frotó las muñecas aunque no le dolían. El calor de él seguía impregnado allí, como una marca invisible.

—Esto no ha terminado —advirtió ella, la voz más baja, más ronca.

Dante la miró durante un largo segundo. La oscuridad no lograba ocultar del todo la tensión en su mandíbula ni el modo en que su pecho subía y bajaba un poco más rápido que minutos antes.

—Lo sé —respondió simplemente.

Y cuando Isabella se dio la vuelta para regresar a la casa, él la siguió. Tres pasos detrás. Como una sombra que ya no pensaba soltarla nunca.

El clic de la puerta de servicio al cerrarse detrás de ellos sonó demasiado fuerte en el silencio del penthouse. Isabella caminó hacia su habitación sin mirarlo. Pero sentía su presencia en cada vértebra. Sentía todavía el fantasma de sus dedos alrededor de sus muñecas.

Y por primera vez desde que había encontrado la fotografía, el miedo a las amenazas externas pasó a un segundo plano.

Había algo mucho más peligroso creciendo entre ellos.

Y ninguno de los dos parecía capaz de detenerlo.

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