Capítulo 6 El mechón

Isabella no durmió.

Se quedó tumbada sobre la cama deshecha, el abrigo todavía puesto, mirando el techo mientras el fantasma de los dedos de Dante seguía quemándole las muñecas. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir la presión exacta de su agarre, el calor de su pecho contra su espalda, el aliento rozándole la oreja cuando pronunció su nombre. Isabella. Había sonado como una advertencia y como una caricia al mismo tiempo.

El reloj marcaba las cuatro y doce cuando por fin se quitó la ropa y se metió bajo la ducha. El agua caliente le golpeó la piel con fuerza, casi dolorosa, pero no logró borrar la sensación. Se apoyó con ambas manos en el azulejo frío y dejó que el vapor la envolviera. El corazón todavía le latía demasiado rápido. Odiaba esa traición de su propio cuerpo. Odiaba todavía más el hecho de que una parte de ella —una parte oscura y hambrienta— quisiera volver a sentir esas manos sobre su piel.

Cuando salió del baño, envuelta en una toalla, la habitación contigua estaba en silencio. Pero Isabella sabía que él no dormía. Lo sentía. Como se siente una tormenta antes de que rompa.

A las siete de la mañana el olor a café recién hecho la sacó de la cama. Se puso un vestido negro simple, de tirantes finos, que dejaba los hombros al descubierto, y salió al pasillo descalza. Dante estaba en la cocina. Llevaba la misma camisa negra del día anterior, las mangas subidas hasta los codos, revelando antebrazos marcados por venas y más cicatrices pequeñas. Frente a él, dos tazas humeantes.

No dijo buenos días. Solo empujó una de las tazas hacia ella sobre el mármol.

Isabella lo miró en silencio durante varios segundos. Él sostuvo la mirada sin parpadear. El aire entre ellos seguía cargado de la noche anterior, espeso, casi sólido.

—¿Vas a fingir que no pasó nada? —preguntó ella por fin, la voz todavía ronca de no haber dormido.

—No pasó nada que no debiera —respondió Dante. Su tono era el mismo de siempre: controlado, distante—. Usted intentó salir. Yo la detuve. Protocolo.

Isabella soltó una risa corta, incrédula.

—Protocolo. Claro. ¿También forma parte del protocolo agarrarme como si fueras a…

Se detuvo. Las palabras se le atragantaron. Dante arqueó apenas una ceja, esperando. Ella apartó la vista y tomó la taza con ambas manos, buscando el calor del café como ancla.

No terminó la frase. No hacía falta. Los dos sabían exactamente qué había quedado suspendido entre ellos en el jardín.

El resto de la mañana transcurrió en un silencio tenso y cargado. Dante revisó los informes de seguridad que Ortega había enviado. Isabella intentó trabajar en su portátil, pero las palabras del contrato que tenía abierto se le escapaban. Cada vez que él se movía por el salón sentía el tirón invisible. Notaba el sonido de sus pasos, el roce de la tela de su camisa, la forma en que su respiración se mantenía constante mientras la de ella se aceleraba sin remedio.

A las once y media el interfono de la puerta principal sonó.

Dante se tensó de inmediato. Una mano fue instintivamente hacia el arma mientras con la otra activaba la cámara del vestíbulo. Isabella se levantó del sofá, el corazón ya en alerta.

—Es el servicio de mensajería del edificio —dijo él después de unos segundos—. Paquete para usted.

—No espero ningún paquete.

Dante la miró. Sin una sola palabra, ella entendió la orden: quédate atrás. Él abrió la puerta con el cuerpo colocado de forma que la protegía por completo. El mensajero, un chico joven de uniforme, le entregó un sobre de color crema idéntico al de la fotografía. Sin remite. Solo el nombre de Isabella escrito con la misma caligrafía inclinada y elegante.

Dante no se lo dio de inmediato. Cerró la puerta, colocó el sobre sobre la mesa del recibidor y lo examinó con una atención que rayaba en lo obsesivo. No había polvo sospechoso. No había cables. Solo papel grueso y el peso ligero de algo en el interior.

—Ábralo —dijo por fin, pero se colocó justo a su lado, tan cerca que Isabella podía sentir el calor de su brazo.

Ella rompió el sello con dedos que apenas temblaban. Dentro no había fotografía esta vez.

Había un mechón de cabello.

Largo. Oscuro. Sedoso. Atado con un hilo negro fino.

Isabella lo reconoció al instante. Era suyo. El mismo cabello que la noche anterior había caído sobre su espalda mientras caminaba por el jardín. El mismo que Dante había casi rozado cuando la inmovilizó.

El mundo se inclinó.

Dio un paso atrás. La rodilla le falló. Dante reaccionó antes de que ella pudiera caer: una mano firme en su cintura, la otra sosteniendo su codo. El contacto fue breve, profesional… y sin embargo Isabella sintió el calor de esa mano impregnársele en la piel a través de la tela del vestido como una marca.

—Respire —ordenó él, la voz baja y tensa.

Isabella obedeció. Una inhalación profunda. Luego otra. El mechón seguía allí, sobre el mármol blanco de la mesa, obsceno en su intimidad. Alguien había estado lo suficientemente cerca como para cortarle un trozo de cabello sin que ella se diera cuenta. Alguien había violado su espacio una vez más.

—Estuvo en el jardín —susurró ella, la voz apenas un hilo—. Anoche. Mientras yo…

No terminó. No hacía falta. Dante ya había llegado a la misma conclusión. Su mandíbula estaba tan tensa que Isabella pudo ver el músculo saltarle bajo la piel. Los ojos grises se habían vuelto casi negros de pure concentración.

—No se mueva de aquí —dijo. La voz era acero puro.

Salió hacia el jardín con pasos largos y controlados. Isabella se quedó de pie junto a la mesa, mirando el mechón, sintiendo cómo el miedo y la rabia se mezclaban en su pecho hasta volverse una sola cosa ardiente. Cuando Dante regresó, minutos después, traía el rostro todavía más cerrado.

—No hay señales de entrada forzada. Las cámaras del perímetro muestran estática entre la una y dieciocho y la una y veintidós. Exactamente el mismo patrón que con la fotografía.

Isabella soltó una risa amarga.

—Está jugando con nosotros.

—Está demostrando que puede tocarla cuando quiera —corrigió Dante. Su mirada bajó un instante a las muñecas de ella, donde todavía se adivinaban marcas rosadas apenas visibles de la noche anterior—. Y que yo no fui lo suficientemente rápido.

El peso de esas palabras cayó entre ellos como una losa. Isabella levantó la vista. Por primera vez vio algo distinto en los ojos de Dante: no solo disciplina. Había una sombra de culpa. Y debajo, algo más oscuro, más posesivo, que le erizó la piel.

—No es tu culpa —dijo ella, casi en un susurro.

—Sí lo es. Me contrataron para impedir exactamente esto.

Se quedaron frente a frente, el mechón de cabello entre los dos como una acusación silenciosa. Isabella sintió el impulso absurdo de cerrar la distancia, de tocar la mandíbula tensa de él, de borrar esa expresión de autocastigo. En lugar de eso, recogió el mechón con dedos temblorosos y lo cerró dentro del sobre.

—Quiero que me enseñes a defenderme —dijo de pronto.

Dante la miró en silencio durante varios segundos.

—Eso no está en el contrato.

—Entonces modifica el contrato. Porque la próxima vez que este hijo de puta se acerque, no pienso quedarme quieta esperando que tú llegues.

Algo se movió en la expresión de Dante. Fue sutil. Un reconocimiento. Una aceptación a regañadientes de que la mujer frente a él no iba a convertirse en una víctima pasiva por mucho que él lo intentara.

—Mañana —dijo por fin—. Al amanecer. En el gimnasio.

Isabella asintió. El corazón le latía con fuerza, pero ya no era solo por el miedo.

Era por la forma en que Dante la miraba.

Como si acabara de comprender que protegerla iba a costarle mucho más que su disciplina.

Y como si, a pesar de todo, estuviera dispuesto a pagarlo.

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