Capítulo 7 Las reglas que se rompen

La noche después del mechón fue más larga que todas las anteriores juntas.

Isabella se había encerrado en su habitación con el sobre cerrado dentro del cajón de la mesita de noche, como si esconderlo pudiera borrar lo que significaba. Pero el cabello seguía allí. Su cabello. Cortado mientras ella caminaba distraída por el jardín, creyendo que por fin respiraba libre. Cada vez que cerraba los ojos veía el hilo negro atado con precisión, la forma en que las hebras oscuras brillaban bajo la luz del recibidor. Alguien había estado lo suficientemente cerca como para tocarla sin que ella lo sintiera. Alguien había elegido exactamente el momento en que Dante la tenía inmovilizada, distraído por el calor de su propia piel contra la de ella.

Se dio la vuelta en la cama por quinta vez. Las sábanas de seda le rozaban los muslos desnudos con una suavidad que ahora le resultaba casi ofensiva. Llevaba solo el camisón negro. El mismo estilo que en la fotografía. Una parte de ella —la parte rebelde y furiosa— lo había elegido a propósito. Si alguien volvía a mirarla mientras dormía, que la viera despierta por dentro.

A las tres de la madrugada escuchó el sonido suave de pasos en el pasillo. Dante. No intentaba ocultarlos del todo. Era su forma de recordarle que estaba allí, que la casa no estaba desprotegida. Isabella se quedó muy quieta, conteniendo la respiración, hasta que los pasos se detuvieron frente a su puerta. Tres segundos. Cuatro. Luego continuaron hacia la habitación contigua. El clic de la puerta al cerrarse fue apenas audible.

Ella se llevó una mano al pecho. El corazón le latía con fuerza. No solo por la amenaza. Por la imagen mental de él al otro lado de la pared, probablemente todavía vestido, el arma al alcance de la mano, los ojos abiertos en la oscuridad. ¿Pensaba en el jardín? ¿En la forma en que sus muñecas habían quedado marcadas por sus dedos? ¿En el temblor que ella no había podido ocultar?

Isabella apretó los muslos uno contra el otro y maldijo en voz baja. El deseo era un traidor. Se había instalado en su cuerpo sin permiso y ahora crecía cada vez que Dante estaba cerca, cada vez que su voz bajaba un tono, cada vez que sus ojos grises se posaban en ella un segundo más de lo necesario.

No volvió a dormir.

A las cinco y media se levantó. El cielo todavía estaba oscuro. Se puso unas mallas negras que le abrazaban las piernas como una segunda piel, un top deportivo también negro que dejaba el abdomen al aire y recogió el cabello en una coleta alta. Miró su reflejo en el espejo del baño: ojos cansados, labios sin pintar, la marca rosada apenas visible todavía en su muñeca izquierda. Sonrió con un dejo de desafío.

Si Dante quería enseñarle a defenderse, iba a descubrir exactamente con quién estaba tratando.

El gimnasio olía a caucho limpio y a metal. Las luces se encendieron automáticamente cuando ella entró. Dante ya estaba allí. Por supuesto que estaba. Llevaba pantalones negros de entrenamiento y una camiseta sin mangas del mismo color que se pegaba al torso con el sudor de un calentamiento previo. Los brazos… Isabella tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse mirando. Músculos largos, definidos, surcados por venas que se marcaban cuando cerraba los puños. Las cicatrices parecían más vivas bajo la luz blanca de los focos.

Él la miró de arriba abajo con esa evaluación fría que ya conocía. No hubo comentario sobre la hora. No hubo “buenos días”. Solo un leve movimiento de cabeza hacia el centro del tatami.

—Primero las bases —dijo. La voz todavía ronca de la madrugada—. Si alguien la agarra por detrás, ¿qué hace?

Isabella se colocó frente a él, las manos en las caderas.

—Grito.

—Después de gritar.

—Le doy un codazo en las costillas.

Dante negó con la cabeza, lento.

—Eso solo funciona si el atacante es más bajo o está distraído. La mayoría de las veces no lo estará. Ven.

Se colocó detrás de ella. Isabella sintió el calor de su cuerpo incluso antes de que lo tocara. Cuando sus brazos la rodearon, simulando un agarre, el aire se le atascó en la garganta. Una mano le sujetaba ambas muñecas contra su pecho, la otra le rodeaba la cintura con una firmeza que no admitía escape. Su pecho estaba pegado a su espalda. Su respiración le rozaba la sien.

—Ahora —murmuró Dante cerca de su oído—. Intente zafarse.

Isabella empujó hacia atrás con la cadera. Él apenas se movió. Intentó bajar el peso. Nada. El agarre era absoluto. Cada vez que ella se retorcía, su cuerpo se frotaba contra el de él de formas que no tenían nada de técnico. El calor le subió por el cuello. Notaba la solidez de sus muslos detrás de los suyos, la fuerza contenida en los brazos que la rodeaban, el latido constante de su corazón contra su espalda.

—Más inteligente —dijo él. La voz había bajado un tono—. Use el peso de su cuerpo. Baje el centro de gravedad y gire hacia el lado de la mano que le sujeta las muñecas.

Isabella obedeció. O al menos lo intentó. En el movimiento su cadera rozó exactamente contra la de él. Sintió la tensión inmediata en el cuerpo de Dante. Un segundo de rigidez absoluta. Luego él aflojó apenas el agarre, lo suficiente para que ella pudiera completar el giro y quedar frente a frente, respirando agitados, a escasos centímetros.

Sus ojos se encontraron. El gris de los de Dante se había oscurecido. La mandíbula estaba tensa. Isabella podía ver el pulso acelerado en la base de su cuello. Por un instante loco pensó en inclinarse y morderlo.

—Otra vez —ordenó él, la voz más ronca.

Volvieron a la posición. Esta vez Isabella no esperó instrucciones. En cuanto sus brazos la rodearon, empujó con todo su peso hacia atrás y al mismo tiempo bajó la cabeza como si fuera a golpearlo con el cráneo. Dante esquivó el movimiento con una facilidad insultante, pero el roce de su cuerpo contra el de ella fue inevitable. Más largo. Más consciente.

—Está improvisando —dijo él contra su pelo.

—Estoy intentando no morir —respondió Isabella, jadeando—. ¿No era ese el punto?

Dante la soltó de golpe. Dio un paso atrás. El espacio que dejó entre ellos se sintió demasiado grande y demasiado pequeño al mismo tiempo. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo por primera vez desde que Isabella lo conocía.

—Suficiente por hoy.

—Apenas llevamos veinte minutos.

—Es suficiente.

Isabella limó la distancia. Uno. Dos pasos. Hasta que tuvo que levantar la barbilla para mirarlo a los ojos.

—¿Te asusta tocarme, Reyes?

El silencio que siguió fue peligroso. Dante la miró con una intensidad que le erizó la piel de los brazos. Cuando habló, cada palabra salió medida, como si las estuviera sacando de un lugar profundo y controlado.

—Me asusta lo que podría pasar si dejo de controlarme.

La confesión quedó suspendida entre ellos, pesada, candente. Isabella sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El gimnasio de pronto pareció demasiado pequeño, demasiado cálido. Podía oler el sudor limpio de él, el jabón, y debajo esa nota oscura que se le había metido en la sangre.

—Entonces no te controles —susurró ella.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la batalla interna era visible. Dio un paso atrás. Luego otro. La distancia física no logró borrar la tensión eléctrica que vibraba en el aire.

—Dúchese —dijo finalmente. La voz había recuperado algo de su frialdad habitual, pero no del todo—. Desayunamos en treinta minutos. Y Isabella…

Ella esperó, el corazón desbocado.

—La próxima vez que intente provocarme durante el entrenamiento, no respondo de lo que haga.

Se dio la vuelta y salió del gimnasio sin esperar respuesta. Isabella se quedó sola en el centro del tatami, la respiración agitada, la piel todavía ardiendo en los lugares donde él la había tocado. Se pasó la lengua por los labios secos y sonrió, lenta, peligrosa.

Las reglas estaban claras.

Y ella acababa de decidir que iba a romperlas todas.

Una por una.

Solo para ver hasta dónde era capaz de llegar el control de Dante Reyes antes de hacerse añicos.

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