Capítulo 8 La cena y el peso de una mirada
La invitación llegó a las once de la mañana en forma de mensaje de texto de su padre. Tres líneas frías y precisas, como casi todo lo que Alejandro Valmont enviaba:
Cena familiar esta noche. 21:00. Residencia principal. Asistencia obligatoria. Reyes te acompaña.
Isabella leyó el mensaje tres veces mientras el café se enfriaba entre sus manos. La residencia principal significaba la mansión de las afueras, esa casa de piedra y vidrio donde había crecido entre pasillos demasiado amplios y silencios demasiado largos. Significaba su padre en la cabecera de la mesa, su tía Elena con esa sonrisa afilada que nunca llegaba a los ojos, y probablemente algún socio de negocios que “casualmente” tenía un hijo o un sobrino en edad de casarse.
Significaba, sobre todo, a Dante Reyes sentado a tres metros de distancia, observándolo todo con esa mirada gris que ya no lograba sacudirse ni siquiera cuando cerraba los ojos.
Se levantó del sofá y caminó hasta la ventana. Afuera el día era de un gris plomizo, el mismo tono que llevaba días acompañándolos. Detrás de ella oyó el sonido suave de pasos. Dante apareció en el umbral del salón con la camisa negra impecable y el arma oculto bajo el saco. No preguntó qué ocurría. Simplemente esperó.
—Cena en casa de mi padre —dijo Isabella sin girarse—. Obligatorio. Tú vienes.
—Lo sé. Me reenviaron el mensaje.
Ella soltó una risa corta.
—Claro que te lo reenviaron. Ahora hasta mis cenas familiares necesitan aprobación de seguridad.
Dante no respondió. Isabella se giró y lo encontró mirándola con esa expresión imposible de descifrar. Desde el entrenamiento de la mañana el aire entre ellos se había vuelto más denso, más peligroso. Todavía sentía el fantasma de sus brazos rodeándola, la presión de sus manos en sus muñecas, el calor de su pecho contra su espalda. Y las palabras. Me asusta lo que podría pasar si dejo de controlarme. Esas palabras se le habían quedado grabadas bajo la piel como una marca.
—Voy a cambiarme —anunció ella.
En su habitación se tomó más tiempo del necesario. Abrió el vestidor y pasó los dedos por los vestidos colgados en perfecta simetría. Eligió uno negro, de tirantes finos y escote en V que bajaba justo lo suficiente para resultar elegante y, al mismo tiempo, deliberadamente provocador. La tela se ajustaba al cuerpo como una caricia. Se recogió el cabello en un moño bajo que dejaba el cuello expuesto y se pintó los labios de un rojo oscuro, casi color sangre. Cuando se miró en el espejo de cuerpo entero, sonrió con un dejo de desafío.
Si tenía que soportar una cena familiar con Dante respirando a su espalda, al menos iba a hacer que le costara mantener esa compostura de hielo.
Bajó las escaleras a las ocho y media. Dante la esperaba en el recibidor. La miró. Fue un recorrido lento, deliberado, que empezó en los tacones, subió por las piernas, se detuvo un segundo en la curva de la cintura y terminó en el escote. Cuando sus ojos por fin se encontraron con los de ella, algo oscuro y caliente cruzó el gris. Duró apenas un parpadeo. Luego desapareció.
—¿Algún problema con el protocolo de vestimenta? —preguntó Isabella, la voz envuelta en sarcasmo suave.
—Ninguno —respondió él. La mandíbula estaba tensa—. El coche está listo.
El trayecto hasta la mansión transcurrió en un silencio cargado. Isabella miraba por la ventana las luces de la ciudad deslizándose como ríos de oro borroso. Dante conducía con esa concentración absoluta que aplicaba a todo. Las manos sobre el volante eran las mismas que la habían inmovilizado en el gimnasio. Isabella se obligó a apartar la vista y a concentrarse en el paisaje, pero el calor de su presencia llenaba el interior del vehículo hasta volverse casi sofocante.
La mansión Valmont se alzaba al final de un camino de cipreses como una declaración de poder. Luces cálidas en todas las ventanas, personal de seguridad en la entrada, el olor a jazmín y a tierra húmeda flotando en el aire nocturno. Dante bajó primero, rodeó el coche y abrió la puerta de Isabella. Cuando ella puso el pie en el suelo, su mano estuvo allí, firme, ofreciendo apoyo. El contacto duró menos de dos segundos. Fue suficiente para que el recuerdo del jardín y del gimnasio le subiera por el brazo como una corriente eléctrica.
—Gracias —murmuró ella.
Él solo asintió y se colocó a su izquierda, tres pasos detrás, exactamente donde el protocolo exigía.
El recibidor olía a cera de abejas y a las rosas blancas que su tía Elena insistía en colocar en todos los jarrones. Alejandro Valmont los esperaba al pie de la escalera principal, impecable en un traje carbón. Besó a Isabella en ambas mejillas con esa frialdad afectuosa que siempre la había dejado con un vacío extraño en el pecho.
—Llegas puntual. Bien. Reyes.
Dante inclinó la cabeza en un saludo mínimo. No hubo apretones de manos. No hizo falta.
La cena se sirvió en el comedor formal. La mesa era una pieza larga de caoba oscura capaz de acomodar a veinte personas. Esa noche solo había seis: Alejandro en la cabecera, Elena a su derecha, Isabella a su izquierda, el abogado de la familia, Ortega —que parecía preferiría estar en cualquier otro lugar— y, frente a Isabella, un hombre que ella no veía desde hacía casi dos años.
Mateo Ferrer.
Hijo de uno de los socios más antiguos de los Valmont. Treinta y dos años, sonrisa fácil, ojos castaños que sabían exactamente cómo mirar a una mujer para hacerla sentir deseada. Había intentado cortejarla durante meses después de la muerte de su madre. Isabella lo había rechazado con elegancia y firmeza. Pero Mateo nunca había sido de los que aceptaban un no como respuesta definitiva.
—Isabella —dijo al verla, poniéndose de pie con esa fluidez que siempre había tenido—. Más hermosa que nunca.
Se inclinó y le besó la mejilla. Demasiado cerca. Demasiado largo. Isabella sintió el perfume caro de él y, al mismo tiempo, la tensión absoluta que se instaló en el aire a su espalda. No necesitaba girarse para saber que la mandíbula de Dante se había puesto de piedra.
—Mateo —respondió ella, manteniendo la distancia—. Qué sorpresa.
—Tu padre tuvo la amabilidad de invitarme. Parece que hay asuntos de negocios que discutir… y otros asuntos más placenteros.
La mirada de Mateo bajó, deliberada, hasta el escote de su vestido. Isabella sostuvo la sonrisa educada, pero por dentro algo se cerró. Se sentó. Dante se colocó de pie cerca de la pared, a la distancia exacta que le permitía ver toda la mesa y, sobre todo, verla a ella. No se sentó. Nunca lo hacía en estas situaciones. Era sombra. Era arma. Era recordatorio constante de que el peligro no se tomaba descanso.
La cena transcurrió entre conversaciones sobre acciones, expansiones hoteleras y la inevitable mención a “la necesidad de estabilidad familiar”. Isabella apenas tocaba la comida. Cada vez que Mateo le dirigía la palabra, inclinándose un poco más de la cuenta, sentía la mirada de Dante clavada en su nuca. No decía nada. No intervenía. Pero la tensión que emanaba de su cuerpo era tan densa que Isabella podía casi tocarla.
En un momento, mientras el personal retiraba los platos del segundo plato, Mateo extendió la mano y rozó los dedos de Isabella sobre la mesa.
—Deberíamos cenar los dos solos uno de estos días —dijo en voz baja, solo para ella—. Como antes. Cuando todavía te reías de mis chistes malos.
Isabella retiró la mano con delicadeza.
—Antes también te decía que no, Mateo.
Él sonrió, imperturbable.
—Las personas cambian de opinión. Sobre todo cuando se sienten… desprotegidas.
La palabra quedó flotando. Isabella levantó la vista hacia Dante. Él no se había movido ni un milímetro, pero sus ojos estaban fijos en la mano de Mateo como si estuviera calculando exactamente cuánta fuerza necesitaría para romperla. La cicatriz de la ceja se veía más marcada bajo la luz de los candelabros. Un músculo saltaba en su mandíbula una y otra vez.
Alejandro observaba el intercambio con una expresión imposible de leer. Elena sonreía detrás de su copa de vino. Ortega miraba el mantel como si contuviera las respuestas del universo.
Isabella dejó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.
—Necesito un poco de aire.
Nadie la detuvo. Dante se movió de inmediato para seguirla. Cruzaron el pasillo hacia la terraza trasera en silencio. El aire nocturno olía a jazmín y a tierra mojada. Isabella caminó hasta la barandilla de piedra y apoyó las manos en el borde frío. Detrás de ella, a la distancia exacta de siempre, sintió la presencia de Dante.
—No digas nada —murmuró ella sin girarse—. Ya sé lo que estás pensando.
—No estaba pensando. Estaba calculando.
Isabella soltó una risa baja, amarga.
—¿Calculando cómo romperle la mano sin que mi padre lo note?
Hubo un silencio. Luego, la voz de Dante, más baja, más áspera de lo que había sonado en toda la noche:
—Algo así.
Ella se giró. La luz que salía de los ventanales del comedor dibujaba sombras en el rostro de él. Por un momento la máscara de control se había resquebrajado lo suficiente como para dejar ver lo que había debajo: una possessividad cruda, peligrosa, que no tenía nada de profesional.
—Celoso, Reyes? —preguntó Isabella, la voz apenas un susurro.
Dante dio un paso hacia ella. Uno solo. Suficiente para que el calor de su cuerpo volviera a envolverla. Suficiente para que Isabella tuviera que levantar la barbilla.
—No me pagan para estar celoso —dijo. Cada palabra salía tensa—. Me pagan para mantenerla con vida. Y ese hombre la mira como si ya fuera suya.
—Nadie me pertenece.
—Todavía no.
Las dos palabras cayeron entre ellos con el peso de una promesa y de una amenaza al mismo tiempo. Isabella sintió que el aire se volvía demasiado espeso para respirar. El recuerdo del gimnasio, del jardín, de sus muñecas atrapadas entre esas mismas manos, la golpeó con fuerza. Dio un paso atrás hasta que la barandilla le presionó la espalda baja.
—Tenemos que volver adentro —dijo Dante después de un momento que se alargó demasiado. La voz había recuperado algo de su frialdad habitual, pero no del todo—. Su padre va a notar la ausencia.
Isabella asintió. No confiaba en su propia voz. Pasó a su lado y regresó al comedor con la espalda recta y la sonrisa educada perfectamente colocada. Mateo le dirigió una mirada interrogativa. Ella la ignoró. Dante se colocó de nuevo en su posición junto a la pared, pero esta vez Isabella podía sentir su mirada como una caricia constante, caliente, posesiva, en la nuca.
El resto de la cena fue un ejercicio de control. Isabella contestó cuando le hablaban, sonrió cuando se esperaba que sonriera y no miró ni una sola vez en dirección a Mateo. Pero cada fibra de su cuerpo estaba sintonizada con el hombre que permanecía inmóvil a pocos metros, respirando con esa calma aparente que ya no lograba engañarla.
Cuando por fin se levantaron de la mesa, Alejandro puso una mano en el hombro de su hija.
—Mateo se queda unos días en la ciudad. Sería bueno que le mostraras el nuevo proyecto del hotel del puerto.
Isabella sostuvo la mirada de su padre sin parpadear.
—Estoy ocupada sobreviviendo, padre. Quizá otro momento.
Alejandro no insistió. Pero la mirada que le dirigió a Dante fue larga, evaluadora, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba días formándose.
En el coche de regreso el silencio era distinto. Más denso. Más peligroso. Isabella miraba por la ventana, los dedos entrelazados sobre el regazo para evitar que temblaran. Dante conducía con las dos manos firmes en el volante. En un semáforo en rojo, ella sintió que él la miraba. No se giró. Pero el peso de esa mirada le recorrió la piel como si la estuviera tocando.
—No me gusta cómo te miraba —dijo Dante de pronto. La voz era baja, casi un gruñido contenido.
Isabella cerró los ojos un segundo.
—Ya me di cuenta.
—Si vuelve a tocarte…
—No lo hará —lo interrumpió ella—. Porque no se lo voy a permitir. Y porque tú estarás allí.
El semáforo cambió a verde. Dante no respondió de inmediato. Cuando por fin habló, las palabras salieron como si le costaran:
—Siempre estaré allí.
Isabella abrió los ojos y miró el perfil tenso de él iluminado por las luces de la ciudad. El corazón le latía con una fuerza que ya no tenía nada que ver con el miedo a las amenazas externas.
Había otra clase de peligro creciendo entre ellos.
Uno que ninguno de los dos parecía capaz de detener.
Y esa noche, por primera vez, Isabella no estaba segura de querer detenerlo.
