Capítulo 1 La hija que iban a vender
Carlos Quiroga estaba sentado al fondo de la sala de visitas, impecable como siempre en su traje oscuro, con una carpeta abierta delante de él y la vista clavada en el reloj que brillaba en su muñeca. Ni siquiera levantó la cabeza de inmediato. Primero consultó la hora, cerró apenas los dedos sobre el borde de la carpeta y recién entonces me miró, como si mi presencia fuera un trámite que ya le estaba haciendo perder tiempo.
En cuanto me vio entrar, levantó la voz sin importarle que hubiera más gente a su alrededor.
—Andá a buscar tus cosas.
No me dijo, hola hija. Ni me preguntó cómo estaba. Tampoco pareció notar mi respiración agitada, la camiseta empapada de sudor ni las botas embarradas después del entrenamiento. Casi dos meses sin venir a verme y su primera frase no fue una pregunta, ni siquiera una cortesía. Fue una maldita orden.
Me quedé quieta en la entrada, con una mano todavía cerrada sobre la correa de mi bolso de entrenamiento.
La forma en que me miró, apenas unos segundos después de consultar la hora, me dejó una certeza helada en el pecho: mi tiempo de libertad se estaba terminando. Mi padre no necesitaba levantarme la mano para lastimarme. Le alcanzaba su tono despectivo, esa manera seca de hacerme sentir una carga incluso cuando yo no le pedía nada.
Apreté los dedos contra la costura del pantalón para sostenerme por dentro antes de responder.
—Estoy en horario de formación —dije—. No puedo retirarme sin permiso de mis superiores.
Carlos levantó la vista por completo.
Lo primero que hizo fue recorrerme de arriba abajo. Su mirada bajó por mi cuerpo con esa frialdad que yo conocía desde niña: primero examinaba, después juzgaba y al final decía algo que siempre encontraba la forma de dejarme hundida en el mismo lugar.
El olor a tierra mojada y sudor seguía pegado a mi ropa, y el ardor de la pista volvió a mis piernas como si todavía estuviera corriendo bajo el sol. Apenas hacía unos minutos, el silbato del instructor Márquez había partido el aire otra vez, agudo, humillante, justo cuando todos los demás cadetes ya habían terminado la práctica.
—¡Otra vuelta para usted, Quiroga! ¡Muévase!
Algunos bebían agua. Otros se limpiaban el sudor con la manga. Nadie decía nada demasiado alto, pero yo escuchaba igual los murmullos que viajaban de un grupo a otro mientras yo volvía a tomar impulso.
—Otra vez la dejaron sola.
—Siempre le hace lo mismo.
—Algo le habrá hecho.
Seguí corriendo con la garganta ardiéndome y las botas golpeando la tierra húmeda. En la última curva, la rodilla derecha me falló. El cuerpo se me fue hacia adelante, pero clavé la punta de la bota contra el suelo y me sostuve con un movimiento torpe que me arrancó una punzada desde la pierna hasta la cadera.
No iba a caer. Nunca delante de ellos y mucho menos delante de Márquez.
Me lo había prometido desde la primera clase que tuve con él, cuando se acercó a mi oído para que nadie más escuchara.
—Usted va a ser la prueba de que, con disciplina y esfuerzo, cualquiera adelgaza.
Yo no le respondí. En ese momento tenía dieciocho años, la mochila llena de ropa doblada por mi madre y la garganta demasiado apretada para defenderme. Solo me prometí demostrarle que mi cuerpo no era tan simple como él quería creer. Que aunque me esforzara, aunque corriera, aunque me exigieran hasta romperme, adelgazar no era tan fácil para mí.
—¿Eso es todo lo que podés dar? —se burló él desde el borde de la pista—. Ni en tu último día podés hacerlo mejor.
Frené de golpe.
No por la burla, porque sus burlas ya eran parte del entrenamiento, como el barro, el cansancio y los moretones. Fue por esas tres palabras.
Tu último día.
Márquez se acercó con el silbato colgando del cuello y esa sonrisa torcida que siempre guardaba para mí. No necesitó decir más. En su cara estaba escrito que él sabía algo que yo todavía no tenía derecho a saber.
—Pensé que, con todo lo que han invertido en usted, al menos iba a aguantar más.
Esa palabra me siguió golpeando la cabeza mientras caminaba hacia la sala de visitas, con el sudor secándose sobre la piel y una inquietud amarga creciendo en el estómago.
Ahora, frente a mi padre, empezaba a entender que Márquez no había hablado por hablar.
Carlos cerró la carpeta con una calma que me revolvió el estómago.
—Te dije que fueras a buscar tus cosas. ¡Ya!
—No voy a irme.
Mi voz salió firme por primera vez en mi vida.
Él soltó una risa breve, sin sorpresa, como si mi negativa apenas le confirmara lo poco que esperaba de mí.
—No te estoy preguntando.
La sala estaba llena de familias. Madres con comida casera. Padres orgullosos preguntando por notas, ascensos y prácticas. Hermanos pequeños que corrían entre las sillas, fascinados por los uniformes. Parejas tomadas de la mano como si una semana de distancia hubiera sido insoportable.
Yo nunca tuve eso.
Mis padres aparecían una vez al mes, si tenían ganas. A veces cada dos. Nunca traían comida. Menos un dulce, porque mi madre decía que los dulces no me ayudaban en mi proceso. Mi padre repetía que verme así era una vergüenza, y Lucía, mi hermana menor, se reía de mi sobrepeso como si fuera un chiste que podía repetir sin cansarse.
—Estoy por terminar mi carrera —dije, obligándome a sostenerle la mirada—. No podés sacarme ahora.
Carlos apoyó las manos sobre la carpeta.
—Puedo. Y voy a hacerlo.
—No tenés derecho.
Su rostro se endureció.
—Yo soy el que paga por este lugar.
El ruido de mi estómago llegó antes que mi respuesta. Fue un sonido involuntario, mezcla de hambre, cansancio y nervios, pero a Carlos le bastó para torcer la boca con desprecio.
—Ya está la muerta de hambre... Ni un minuto sin comer podés estar.
Calmé mi respiración para no flaquear delante del hombre que me engendró. Contuve las ganas de gritarle todo lo que llevaba años tragando y apoyé los pies con más firmeza sobre el suelo.
—¿Qué pagaste exactamente? —pregunté, más bajo—. Yo entré becada gracias a mi esfuerzo en la secundaria.
Carlos me observó con fastidio, como si hasta mi voz le pareciera una molestia.
—No empieces con dramas.
—¿Qué pagaste?
Él acomodó un papel dentro de la carpeta. Después se levantó y golpeó la mesa con la palma abierta. Varias personas se giraron hacia nosotros. El murmullo de la sala bajó apenas, lo suficiente para que mi vergüenza tuviera testigos.
—Pagué para que te exigieran más. Para que te corrigieran. Para que dejaras de ser la vergüenza que se arrastraba por la casa.
Todos en la sala acompañaron mi silencio por un instante.
El pecho se me cerró con una presión vieja, de esas que no nacen en un día, sino que se acumulan durante años hasta que una sola frase las vuelve insoportables.
—Cinco años —dije, con la voz raspada—. Cinco años aguantando que me exigieran más que al resto.
Carlos ni siquiera parpadeó.
—Y ni así adelgazaste.
