Capítulo 2 El precio de una hija
Las palabras de mi padre volvieron a golpearme más que cualquier vuelta en la pista.
Cerré los puños con unas ganas locas de partirle la cara y usar en él lo que sí pude aprender gracias a su dinero. Apreté los labios porque me invadieron las ganas de llorar, pero no iba a darle ese gusto.
No frente a él.
No frente a tantos hipócritas.
—Me hicieron vomitar en los entrenamientos.
—Te faltaba disciplina.
—Me dejaron sin comer.
—Seguro comías a escondidas. Lucía nos contaba. Ella siempre encontraba tus escondites de comida chatarra.
El nombre de mi hermana entró en mis oídos como otra humillación más en mi vida.
Lucía, la más bonita de la familia.
La hija perfecta de los Quiroga.
La que comía siempre sin engordar.
La que podía mentir con una sonrisa en la cara y conseguir que todos le creyeran.
Tragué saliva con la respiración entrecortada.
—Lucía nunca dijo la verdad.
—Lucía no tiene por qué inventar nada. Ella sí sabe comportarse.
El celular de Carlos vibró sobre la mesa una sola vez.
Él miró la pantalla.
No respondió de inmediato. Primero levantó los ojos hacia mí, como si quisiera disfrutar el segundo exacto en que iba a terminar de aplastarme. Después atendió.
—Sí.
Escuchó unos segundos. Su expresión cambió, pero no se ablandó. Al contrario, se volvió más fría, más práctica, como si del otro lado de la llamada hubiera alguien esperándome.
—Ya está conmigo —dijo—. En unos minutos salimos.
Mis manos ya estaban heladas.
Carlos cortó la llamada y guardó el teléfono dentro del saco.
—Ya está afuera tu futuro esposo. Jaime Zabala te espera. Movete. Andá a buscar tus cosas.
Durante un segundo no entendí.
O tal vez sí, pero mi mente se negó a aceptar que mi propio padre acababa de decirlo en voz alta, en una sala llena de gente, con la misma tranquilidad con la que habría anunciado un cambio de horario.
—¿Qué?
Carlos se paró y acomodó su saco. Era alto, ancho de hombros, y todavía usaba su tamaño como si pudiera convertirlo todo en obediencia.
—Te vas a casar mañana.
Un dolor punzante me atravesó el pecho.
—No —respondí sin más.
—No te estoy consultando.
—No voy a casarme con Zabala.
Al nombrar a esa basura, se me llenó de asco la boca.
Jaime Zabala.
El gran amigo de mi padre, un hombre que tenía casi su edad.
Ese tipo que una noche, durante el cumpleaños de Lucía, entró en mi habitación cuando yo salía del baño.
La sala de visitas desapareció por un instante y volvió aquella puerta cerrándose a mis espaldas. El olor a alcohol, la sonrisa torcida, el sonido de mi toalla cayendo al suelo cuando él avanzó demasiado. Su mano queriendo tocar mis pechos. Mi palma cruzándole la cara con una cachetada que hizo más ruido que mi pedido de ayuda.
Después vino Lucía, hablando como si yo hubiera sido la culpable incluso antes de escucharme.
—Algo le habrás hecho —había dicho mi hermana—. Con esos pechos, cualquiera se confunde.
Nadie me creyó.
Di un paso hacia atrás, pero Carlos avanzó, lo justo para recordarme que todavía creía tener poder sobre mí.
—¡Ese hombre intentó manosearme en tu casa! —hablé sin cuidar mi tono de voz.
Carlos apretó la mandíbula, miró hacia los costados y me revoleó los ojos, mandándome a callar.
—Cuidá tus palabras.
—Te lo dije. Se lo dije a mamá. Se lo dije a todos.
—Siempre exagerás. Mejor cerrá la boca.
—Entró en mi cuarto.
—Estaba borracho.
—No estaba borracho. ¡Es un viejo degenerado!
—Oriana, callate la boca... vos hiciste un escándalo para llamar la atención.
Me quedé sin voz.
No porque no tuviera más para decir, sino porque entendí. Mi padre no era incapaz de creerme. Simplemente había elegido no hacerlo.
Carlos empujó la carpeta hacia mí. En la primera hoja estaba el nombre de Jaime Zabala. Debajo, cifras, firmas y condiciones en un contrato.
No era una propuesta para mí.
Era yo convertida en una transacción.
—Jaime va a hacerse cargo de mis deudas —dijo Carlos—. A cambio, te quiere como esposa.
El suelo pareció inclinarse debajo de mis botas.
—¿Me estás vendiendo? —le pregunté, mirándolo a los ojos.
Pero él no pudo sostenerme la mirada.
La cara de mi padre se contrajo, tensa, pero no por culpa. Por orgullo.
—Bajá la voz. Esto nadie debe saberlo.
Y después agregó, como si todavía pudiera convertir esa monstruosidad en una decisión honorable:
—Estoy salvando a esta familia.
—¿Conmigo?
—Con lo único útil que todavía podés darnos.
Sus palabras cayeron entre los dos y no hubo forma de recogerlas.
Bajé la mirada a los papeles que ellos creían que eran mi futuro. Mi nombre estaba ahí, escrito con tinta negra, junto al de Jaime Zabala y al lado de una cifra que me dejó la piel fría.
No fue solo ver mi nombre escrito ahí. Fue ver el número.
Había un precio al lado de mi vida.
Mi precio.
Durante años me habían juzgado por mi cuerpo, por mi hambre, por mi ropa, por mi forma de caminar, por ocupar demasiado espacio en una casa donde solo querían una hija perfecta. Ahora entendía que también podían ponerme valor, calcularme como una deuda, entregarme como parte de pago y seguir llamándolo sacrificio familiar.
Carlos recogió la carpeta del borde de la mesa con un gesto impaciente.
—Ahora andá a bañarte. No voy a hacer esperar a Jaime por un capricho tuyo.
Levanté la cabeza.
El miedo seguía ahí, junto con el asco. Pero apareció algo más, algo que no había sentido en años con tanta claridad. No era una valentía limpia ni segura. Me temblaban las piernas, me dolía la rodilla y tenía la garganta seca, pero seguía de pie.
Y eso, por primera vez, me alcanzó.
Yo no iba a perder mi carrera por las deudas de Carlos Quiroga. No iba a abandonar la base naval justo antes de graduarme. No iba a subir al auto de Jaime Zabala para convertirme en la solución sucia de una familia que nunca me había tratado como hija.
Me cansé de seguir aguantando estupideces.
Me cansé de obedecer.
Entonces se lo dije bien claro:
—No voy a irme.
Carlos se quedó quieto.
Por primera vez desde que entré, dejó de parecer apurado.
—¿Qué dijiste?
Yo tenía la camiseta pegada al cuerpo, la garganta seca y un frío de miedo recorriéndome la espalda, pero no di un paso hacia atrás.
—¡Que no voy a irme!
Su mirada se volvió peligrosa.
Ya no era el padre que humillaba con palabras. Era el hombre que había venido dispuesto a sacarme de allí aunque tuviera que arrastrarme delante de todos.
