Capítulo 2 El precio de una hija

Apreté tanto los labios hasta que me dolieron. Las ganas de llorar llegaron junto con otras mucho menos dignas: quería partirle la cara y usar con él todo lo que había aprendido durante esos cinco años.

Pero no iba a darle ese gusto.

—Me hicieron vomitar en los entrenamientos.

Carlos apenas pestañeó.

—Te faltaba disciplina.

—Me dejaron sin comer.

—Seguro comías a escondidas. Lucía nos contaba. Ella siempre encontraba tus escondites de comida chatarra.

El nombre de mi hermana cayó como otra bofetada.

Lucía. La hija perfecta de los Quiroga. La que podía comer sin que nadie vigilara su plato y mentir con una sonrisa mientras todos le creían.

—Lucía nunca dijo la verdad.

—Lucía no tiene por qué inventar nada. Ella sí sabe comportarse.

—Ella entraba a mi cuarto sin permiso y después inventaba cosas. Vos elegías creerle.

Carlos hizo un gesto de fastidio.

—Porque nunca me dio motivos para desconfiar.

Ahí estaba otra vez. Lucía no necesitaba demostrar nada. Yo, en cambio, podía pasarme la vida entera justificando cada plato, cada nota y cada decisión, y nunca alcanzaba.

El celular de Carlos vibró sobre la mesa.

Él bajó la vista hacia la pantalla y, antes de atender, volvió los ojos hacia mí.

—Sí.

Escuchó durante unos segundos. Su expresión se volvió más fría, más práctica.

—Ya está conmigo —dijo—. En unos minutos salimos.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Carlos cortó la llamada y guardó el teléfono dentro del saco.

—Ya está afuera tu futuro esposo. Jaime Zabala te espera. Movete. Andá a buscar tus cosas.

—¿Qué?

Carlos se puso de pie y acomodó el saco.

—Te vas a casar mañana.

El aire pareció detenerse entre los dos.

—No.

—No te estoy consultando.

—No voy a casarme con Zabala.

Pronunciar su nombre me revolvió el estómago.

Jaime Zabala. El gran amigo de mi padre, un hombre que tenía casi su edad. El mismo que, durante el cumpleaños de Lucía, había entrado en mi habitación cuando yo salía del baño, había intentado tocarme y terminó con mi mano cruzándole la cara.

Nadie me creyó.

Carlos avanzó apenas hacia mí, lo suficiente para recordarme que todavía creía poder manejarme como cuando era una niña.

—¡Ese hombre intentó manosearme en tu casa!

La mandíbula de mi padre se endureció. Miró hacia los costados antes de volver a enfrentarme.

—Cuidá tus palabras.

—Te lo dije. Se lo dije a mamá. Se lo dije a todos.

—Siempre exagerás. Mejor cerrá la boca.

—Entró en mi cuarto.

—Estaba borracho.

—No estaba borracho. ¡Es un viejo degenerado!

—Oriana, callate la boca. Vos hiciste un escándalo para llamar la atención.

Las palabras se quedaron trabadas en mi garganta.

Por primera vez entendí algo que quizá siempre había estado delante de mí.

Mi padre no era incapaz de creerme.

Había elegido no hacerlo.

Carlos abrió la carpeta y la empujó hacia mí.

En la primera hoja estaba el nombre de Jaime Zabala. Debajo aparecían cifras, condiciones y firmas.

Me acerqué apenas a la mesa.

Reconocí la firma de mi padre al pie de una de las hojas. La de Jaime estaba unos centímetros más abajo. Los dos ya habían acordado algo antes de venir a buscarme.

Una línea vacía aparecía debajo de mi nombre, esperando mi firma.

La señalé.

—Esto está en blanco.

Carlos bajó la vista.

—Lo vas a firmar después de bañarte.

—No.

—No empieces.

—Si necesitás mi firma, entonces todavía no decidiste nada por mí.

Una pareja sentada cerca dejó de hablar. Carlos giró apenas la cabeza hacia ellos y bajó la voz.

—No me hagas pasar vergüenza.

Casi me reí. Después de decir delante de todos que yo era lo único útil que podía ofrecer, lo que le molestaba era que alguien escuchara mi negativa.

—La vergüenza no la estoy dando yo.

Volví los ojos hacia el documento.

—¿Cuándo firmaste esto?

—Eso no importa.

—A mí sí.

—No tenés que entender los negocios de la familia. Solo hacer lo que corresponde.

Aquello no era una propuesta.

Era un acuerdo que habían hecho sobre mi vida sin preguntarme.

—Jaime va a hacerse cargo de mis deudas —dijo Carlos—. A cambio, te quiere como esposa.

Bajé la vista hacia los documentos.

—¿Me estás vendiendo?

Carlos apartó los ojos por un instante.

La respuesta estaba ahí.

—Bajá la voz. Esto nadie debe saberlo.

Solté una risa amarga.

—Claro, eso te preocupa.

—Estoy salvando a esta familia.

—¿Conmigo?

Carlos volvió a sostenerme la mirada.

—Con lo único útil que todavía podés darnos.

Esta vez no tuve una respuesta inmediata.

Mi nombre estaba escrito junto al de Jaime Zabala y, a pocos centímetros, había una cifra.

Un número.

Había un precio al lado de mi vida.

Mi precio.

Pasé la yema de un dedo sobre mi nombre sin tocar la firma de ninguno de los dos. Ni siquiera habían necesitado mi presencia para decidirlo.

—¿Y mamá sabe?

Carlos tardó apenas un segundo.

—Tu madre está de acuerdo. Ella sabe lo que está en juego.

Esa respuesta alcanzó.

No era solo él.

Después de años decidiendo qué debía comer, cuánto debía pesar y cómo tenía que comportarme, ahora también habían decidido cuánto valía.

Carlos recogió la carpeta con impaciencia.

—Ahora andá a bañarte. No voy a hacer esperar a Jaime por un capricho tuyo.

Levanté la cabeza.

Me temblaban las piernas. La rodilla todavía me dolía después del entrenamiento y tenía la garganta seca, pero seguía de pie.

Yo no iba a perder mi carrera por las deudas de Carlos Quiroga.

No iba a abandonar la base justo antes de graduarme.

Y mucho menos iba a subir al auto de Jaime Zabala para convertirme en la solución de una familia que nunca me había tratado como hija.

—No voy a irme.

Carlos se quedó inmóvil.

Por primera vez desde que había entrado, dejó de parecer apurado.

—¿Qué dijiste?

—Que no voy a irme.

—No hagas esto más difícil.

—Vos lo hiciste difícil cuando decidiste mi vida sin preguntarme.

Su expresión cambió.

—Yo sé lo que te conviene.

—No. Sabés lo que te conviene a vos.

El músculo de su mandíbula se marcó.

—Andá a buscar tus cosas, Oriana.

—No.

La palabra salió sin temblar.

Carlos dio un paso hacia mí.

—No me obligues a sacarte de acá por la fuerza.

—Atrevete, padre —dije, lo bastante alto para que a nadie le quedara duda de quién me estaba obligando a irme.

La amenaza quedó entre nosotros.

Un par de personas cercanas dejaron de disimular y volvieron la cabeza. Carlos también lo notó.

Yo no retrocedí.

Su mirada se volvió peligrosa.

Después dejó la carpeta sobre la mesa y dio otro paso hacia mí.

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