Capítulo 4 Oriana es mi futura esposa.

Mi padre no me soltó. Ni siquiera pareció avergonzarse de que uno de mis superiores lo viera sujetándome de aquella manera.

—Capitán Valdés, esto es un asunto familiar.

El capitán Rodrigo mantuvo los ojos sobre nosotros y apretó los labios. Reconocía ese gesto de las evaluaciones, cuando alguien daba una respuesta que no terminaba de convencerlo. Un segundo después caminó hacia nosotros; sus botas resonaron sobre las baldosas y, para entonces, nadie en la sala intentaba siquiera disimular que estaba escuchando.

—Entonces empiece por soltarla.

Mi padre soltó una risa nerviosa. No esperaba esas palabras y, por primera vez en mi vida, lo vi titubear, como si no supiera si desafiarlo o fingir que nada estaba pasando.

—Usted no me da órdenes. No entiende la situación.

—Entiendo que está sujetando a una cadete contra su voluntad.

—Ella es mi hija.

—Eso no lo discuto, pero no es su propiedad.

El silencio fue tan profundo que hasta el canto de una gaviota entró por una de las ventanas abiertas.

Papá me soltó de golpe, no porque aceptara las palabras del capitán, sino porque ya debía de estar calculando qué hacer después.

La piel me ardía donde habían quedado marcados sus dedos. Bajé la mano antes de tocarme el brazo; no quería darle el gusto de verme quejándome.

El capitán sí vio la marca roja y, por un instante, la dureza de su expresión cedió al detenerse en mi brazo. Cuando volvió a enfrentar a mi padre, ya no quedaba nada de aquello.

—Explíquese, señor.

Carlos levantó la barbilla, aferrado todavía a su autoridad.

—Mi hija se va conmigo. Va a casarse. No tiene por qué intervenir en una decisión privada.

Abrí la boca para decir que no. Quise gritar que Jaime Zabala estaba afuera, contar que ese hombre no era nada mío, que yo no había aceptado, que nadie me había preguntado y que aquellos papeles decidían mi vida sin mi consentimiento.

Pero la voz no salió.

La rabia seguía ahí, mezclada con un miedo que me cerraba la garganta justo cuando más necesitaba hablar.

Rodrigo me observó un segundo de más, como si estuviera esperando que yo misma confirmara o negara las palabras de Carlos.

Mi padre aprovechó ese instante.

Volvió a sujetarme del brazo.

Esta vez apretó con tanta fuerza que se me escapó una queja.

—Movete, gorda —ordenó, olvidándose por completo de las personas que nos rodeaban.

Rodrigo dejó de mirarme.

No levantó la voz. Simplemente dio un paso más y el tono con el que habló consiguió que hasta mi padre se quedara quieto.

—No vuelva a llamarla así.

Carlos parpadeó.

La sorpresa apenas le duró un instante.

—¿Y usted quién se cree para decirme cómo hablarle a mi hija?

Rodrigo avanzó otro paso, sin apartar los ojos de la mano que todavía me sujetaba.

Carlos terminó soltándome.

—Alguien que no va a permitir que la saque de esta base para entregarla, por lo que se ve, a un hombre que ella no eligió.

El rostro de mi padre se endureció.

—Usted podrá ser muy capitán aquí, pero no tiene autoridad para impedir ese matrimonio.

—No se equivoque, señor Quiroga. Tengo autoridad para impedir que saque por la fuerza a una cadete de esta base. Y créame que no voy a quedarme mirando mientras lo intenta.

Carlos dio un paso hacia mí otra vez.

Esta vez mis pies permanecieron clavados al piso.

El cuerpo todavía me temblaba, pero ya no retrocedí.

—¿Ah, sí? —desafió—. ¿Y qué piensa hacer?

Toda la sala seguía pendiente de nosotros.

Yo podía escuchar mi propia respiración entre aquel silencio y, por primera vez desde que mi padre había llegado, no era yo quien estaba intentando convencerlo de que me dejara en paz.

Alguien más le estaba poniendo un límite.

Era la primera vez que un hombre me defendía sin pedirme nada a cambio.

Al fondo de la sala, algunas personas permanecían inmóviles. Una madre acercó a su hijo contra su cuerpo cuando el niño intentó preguntar algo en voz alta.

No podía creer lo que estaba pasando. Había tenido días difíciles en la base, muchísimos, pero ninguno como ese.

Entonces vi al instructor Márquez.

Había aparecido al fondo, con el silbato inmóvil contra el pecho y el rostro pálido.

Nuestras miradas se cruzaron.

Su postura cambió de inmediato.

El poco color que le quedaba desapareció de su cara.

Tal vez acababa de comprender que, si alguien empezaba a hacer preguntas, Carlos no era el único que podía quedar expuesto.

Yo podía contar lo que Márquez había hecho durante años.

Y también podía contar por qué.

La carpeta seguía abierta en el suelo, los documentos esparcidos delante de todos y mi brazo conservaba las marcas de los dedos de mi padre. Ya no había demasiado que esconder.

En cuestión de minutos, mi vida se estaba rompiendo delante de todos.

Rodrigo permanecía frente a Carlos, interpuesto entre él y la salida, sin tocarme ni intentar decidir por mí.

Después extendió una mano hacia mí.

No entendí qué estaba haciendo.

Primero observé esa mano. Después levanté los ojos hacia su rostro.

El capitán parecía tan tranquilo que resultaba imposible adivinar qué estaba a punto de decir.

Carlos soltó una risa seca.

—¿Y ahora qué? ¿Va a decidir usted con quién se casa mi hija?

Rodrigo no respondió enseguida.

Sus ojos se encontraron con los míos apenas un instante.

Algo cambió en su expresión.

No sé si fue una idea.

Una decisión.

O una locura nacida en el peor momento posible.

Pero cuando volvió a mirar a mi padre, habló con una seguridad que hizo parecer que aquellas palabras llevaban mucho más tiempo preparadas del que realmente tenían.

Lo que dijo iba a cambiar mi vida.

Y también la suya.

—Oriana es mi futura esposa.

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