Capítulo 5 La salida que no esperaba

Durante unos segundos, nadie se movió en aquel pasillo. Incluso mi padre dejó de resoplar con esa furia que siempre anunciaba una amenaza, mientras las palabras del capitán Rodrigo Valdés parecían seguir suspendidas entre todos.

—Oriana es mi futura esposa.

Mi padre, el gran Carlos Quiroga, se quedó parado frente a él con la boca entreabierta, como si acabaran de arrebatarle una respuesta que llevaba preparada desde antes de entrar a la base.

No supo qué decir. Sus ojos fueron de Rodrigo a mí y terminaron en los papeles tirados sobre el suelo. La seguridad que siempre llevaba se quebró durante apenas unos segundos, suficientes para que yo lo notara y también quienes hasta ese momento habían preferido fingir que no veían nada.

Rodrigo seguía con la mano extendida hacia mí y no hizo el menor intento de retirar lo que acababa de decir ni de suavizarlo para tranquilizar a mi padre.

Yo permanecí donde estaba. Aquella mentira podía haber complicado todo, pero también era lo único que se interponía entre Jaime Zabala y yo.

—Eso es ridículo —escupió mi padre al fin—. Usted es el capitán de esta base. Además, no creo que conozca a mi hija.

—La conozco lo suficiente para saber que no quiere irse con usted.

Mi padre frunció el ceño y se volvió hacia él, todavía intentando recuperar el control que acababa de perder.

—No tiene derecho a meterse con mi familia.

Rodrigo bajó la vista hacia los papeles desparramados. La cifra escrita junto al nombre de Jaime Zabala quedó expuesta entre sus zapatos, haciendo innecesaria cualquier explicación.

—¿Y usted con qué derecho cree que puede venderla?

La palabra hizo que varias personas miraran el suelo.

Venderla.

Carlos recorrío con la mirada aquellos papeles antes de enfrentarme otra vez. No apareció culpa en su expresión; la mandíbula se le endureció y los dedos se cerraron junto al cuerpo porque alguien acababa de llamar por su verdadero nombre a aquello que él pretendía disfrazar de decisión familiar.

—Vas a arrepentirte —me dijo.

La amenaza me raspó la garganta, pero mantuve los pies en el mismo lugar.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—Oriana, vení conmigo.

Bajé los ojos hacia su mano abierta. La de mi padre acababa de dejarme marcas en el brazo; la de Rodrigo esperaba sin acercarse un centímetro más, sin ordenarme ni intentar decidir por mí. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me ofrecía una salida y dejaba que fuera yo quien eligiera tomarla.

Puse mis dedos sobre los de él.

Rodrigo cerró la mano con cuidado, sin apretarme ni tirar de mí, y permaneció a mi lado lo suficiente para que Carlos entendiera que, si volvía a tocarme, ya no podría hacerlo lejos de las consecuencias.

—Esto no termina acá —amenazó mi padre.

—Lo sé —respondió Rodrigo—. Pero hoy me hace el favor y se retira de la base... sin ella.

Carlos recogió la carpeta y juntó los papeles a manotazos, empujándolos dentro sin preocuparse por el orden .Antes de irse, se inclinó hacia mí.

—Cuando entiendas la vergüenza que acabás de provocar, vas a venir a pedirme perdón.

Apreté la boca y me negué a responderle. Si hablaba, la voz podía traicionarme, y ya le había mostrado demasiado de mí durante todos esos años como para regalarle una grieta más.

Carlos se enderezó, acomodó su saco y salió con la carpeta pegada al pecho. La puerta principal golpeó al cerrarse detrás de él y recién entonces pude llenar los pulmones sin sentir que alguien estaba a punto de arrancarme de allí.

Rodrigo soltó mi mano en cuanto dejamos atrás la sala de visitas.

Mis dedos quedaron suspendidos unos segundos antes de caer junto al cuerpo. Aquel gesto tan sencillo consiguió desarmarme: estaba acostumbrada a que los demás decidieran cuándo tocarme, cuándo moverme e incluso cuándo debía soportarlo. Rodrigo había usado su nombre para sacarme de una situación imposible y, aun así, entendió que después debía devolverme mi espacio.

—Capitán… —dije, bajando la voz—. Usted no tenía que hacer eso. Perdón…

—Sí tenía.

Sus ojos permanecieron sobre los míos, atentos y sin una pizca de lástima. No recordaba que nadie me hubiera observado de aquella manera después de verme vulnerable, como si lo que acababa de pasar no hubiera reducido en nada lo que pensaba de mí.

—No sabe en qué se metió.

Rodrigo dirigió la vista hacia la salida de la base.

—Escuché que hay un hombre esperándote afuera.

Se me tensó el estómago apenas imaginé a Jaime dentro de un auto, convencido de que tarde o temprano mi padre saldría conmigo.

—Es Jaime Zabala.

Rodrigo señaló el pasillo lateral y caminó conmigo hacia el edificio administrativo. Se mantuvo lo bastante cerca como para impedir que alguien pudiera interceptarme, pero nunca invadió mi espacio; cuando apoyó brevemente una mano en mi espalda para indicarme por dónde seguir, el contacto desapareció apenas entendí la dirección.

Al llegar a su oficina, abrió la puerta y me dejó pasar primero.

Yo había entrado una vez o dos a llevarle comida cuando trabajaba en la cocina. Todo seguía igual: el escritorio amplio permanecía cubierto por expedientes perfectamente alineados, una bandera descansaba doblada con precisión y, detrás, la ventana dejaba ver el mar rompiendo contra las rocas. No había fotografías ni objetos personales capaces de contar quién era Rodrigo Valdés cuando se quitaba el uniforme.

Me quedé junto a la silla sin atreverme a ocuparla. Todavía intentaba entender cómo, entre todas las personas que podían haber aparecido en aquel pasillo, había sido justamente él quien había decidido enfrentar a mi padre.

El capitán dejó los lentes de sol sobre el escritorio. Por un instante creí reconocerlos como los mismos que llevaba la primera vez que lo vi, aunque quizá simplemente prefería ese modelo.

—Sentate —dijo, indicando una de las sillas con un movimiento leve de la mano.

No hubo dureza en su tono y, aun así, obedecí casi por reflejo.

Me acomodé en el borde, con las manos sobre las rodillas. El brazo me ardía donde mi padre me había marcado, así que tiré discretamente de la manga para cubrir la piel, pero la mirada de Rodrigo llegó antes.

—¿Te lastimó?

Bajé la vista hacia las marcas rojizas que comenzaban a oscurecerse.

—No es nada.

—No te pregunté eso. Te pregunté si te lastimó.

Mis dedos se apretaron sobre la tela del pantalón.

—Sí... Me agarró fuerte.

Rodrigo abrió un cajón, sacó un botiquín y lo dejó sobre la mesa.

—Hay crema para golpes. Usala si querés.

No intentó acercarse para revisar la marca ni extendió la mano hacia mi brazo. Simplemente dejó el pomo a mi alcance y continuó detrás del escritorio, permitiendo que la decisión siguiera siendo mía.

El ardor que apareció detrás de mis ojos no tenía nada que ver con el golpe. Después de tantas horas soportando órdenes, tirones y humillaciones, aquel cuidado mínimo amenazó con quebrarme de una manera que la violencia de mi padre no había conseguido.

—Gracias, capitán —murmuré.

Tomé el pomo de crema y lo hice girar entre mis dedos sin abrirlo. Aceptar ayuda todavía me costaba después de tantos años convencida de que necesitar a alguien era darle una nueva oportunidad de lastimarme.

Rodrigo apoyó las manos sobre el escritorio y esperó hasta que levanté la cabeza.

—Ahora necesito que me digas quién es ese hombre y por qué le tenés tanto miedo.

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