Capítulo 6 El acuerdo con el capitán
El pomo de crema dejó de girar entre mis dedos apenas Rodrigo pronunció esas palabras.
La puerta de su oficina nos separaba de él, pero contar la verdad significaba regresar a una noche que llevaba años intentando olvidar.
—Es amigo de mi padre —respondí—. Tiene casi su edad y hoy iba a pagar sus deudas a cambio de casarse conmigo.
Rodrigo no me interrumpió.
—Eso no es un matrimonio.
—Para mi padre sí.
—Dijiste que era un degenerado.
La música de aquella noche regresó primero, seguida por el vapor del baño, la bata cerrada a las apuradas y el ruido de una puerta que yo sabía perfectamente que había dejado con llave.
—Fue en el cumpleaños de mi hermana. Yo había subido a cambiarme porque Lucía me tiró una bebida encima “sin querer”. Jaime entró en mi cuarto cuando yo salía del baño.
—Dijo que se había confundido, que buscaba el baño, pero yo había dejado la puerta cerrada con llave.
La garganta se me apretó al recordar el sonido del pestillo cuando él volvió a cerrarla por dentro.
—Después cerró la puerta.
Los dedos de Rodrigo se apoyaron con más fuerza sobre el borde del escritorio.
—Intentó tocarme. Me agarró de la cintura y dijo que, con un cuerpo como el mío, no podía seguir haciéndome “la santa”.
El puño de Rodrigo se cerró despacio, marcando los nudillos.
—Le pegué una cachetada y grité. Lucía entró, lo vio acomodándose la camisa y a mí con la bata mal cerrada. Dijo que seguro yo lo había provocado, que con mis pechos cualquiera podía confundirse.
Rodrigo dejó escapar el aire lentamente por la nariz.
—¿Tus padres le creyeron?
Una risa seca se me escapó.
—Siempre le creen a ella.
—¿Y ahora querían entregarte a ese hombre?
—Sí.
Rodrigo se alejó del escritorio y caminó hasta la puerta. Cuando giró la llave, mis hombros se tensaron y los dedos se cerraron alrededor del pomo de crema.
Él se volvió enseguida.
—Es para que nadie entre sin avisar. No para encerrarte.
Aflojé la mano poco a poco. Rodrigo esperó antes de regresar al escritorio.
—Escuchame bien, Oriana. Lo que dije allá afuera no se puede retirar sin dejarte peor que antes.
—Pero fue una mentira, capitán.
—Sí.
Lo sabía, pero escucharlo de su boca terminó con cualquier fantasía absurda que hubiera aparecido después de oírlo llamarme su futura esposa.
—Entonces dígales que solo quería ayudarme.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Si hago eso, tu padre va a usarlo para sacarte de aquí hoy mismo. Carlos quedó humillado delante de testigos y ahora sabe que encontraste una forma de desafiarlo.
Bajé la vista hacia mi brazo marcado.
Mi padre podía soportar muchas cosas. Perder el control sobre mí no era una de ellas.
—Voy a ayudarte, pero necesito que entiendas algo: lo que dije también me ayuda a mí.
—¿A qué se refiere?
—Mi familia lleva meses presionándome para que me case. Quieren decidir quién debe ser mi esposa y esperan un heredero. Yo no pienso dejar que elijan mi vida.
Por primera vez dejé de verlo solamente como el capitán que todos obedecían. Su problema no era como el mío, pero también había personas intentando decidir su futuro.
—Una boda resolvería tu problema y el mío —dijo.
—¿Está proponiendo que nos casemos de verdad?
—Estoy proponiendo un acuerdo.
—¿Un matrimonio por contrato?
Rodrigo sostuvo mi mirada.
—Sin amor, sin falsas promesas y sin exigencias emocionales. Yo te protejo de tu padre y de Zabala, y vos me ayudás a frenar a mi familia. Cuando termine el acuerdo, cada uno recupera su vida.
Aquello tenía demasiado sentido y precisamente por eso dolía. Por unos minutos había querido creer que su declaración escondía algo más.
—No me conoce.
—Sé que no querés casarte con Zabala.
—Eso no significa que quiera casarme con usted.
Rodrigo inclinó apenas la cabeza.
—Por eso te lo estoy preguntando.
Giré hacia la ventana. Afuera estaba mi padre y Jaime seguramente preparaba otra manera de sacarme de allí.
Me faltaban pocos meses para terminar una carrera por la que había soportado demasiado. Irme significaba entregarles todo aquello por lo que había resistido.
—¿Qué gana usted con esto?
—Tiempo, tranquilidad y control sobre mi propia vida.
Volví a enfrentarlo. Al menos no intentaba disfrazar sus motivos ni aprovecharse de que yo estaba acorralada.
Rodrigo abrió un cajón, sacó una hoja en blanco y la colocó sobre el escritorio.
—No tenés que decidir hoy. Pero si salís de esta oficina sin una respuesta clara, tu padre va a intentarlo otra vez.
—¿Y si acepto?
—Entonces, desde hoy, nadie volverá a tocarte sin tu permiso. Yo te lo prometo.
El ardor regresó detrás de mis ojos. No me estaba prometiendo amor ni una vida perfecta. Me estaba ofreciendo algo que mi propia familia nunca había considerado importante: el derecho a decidir sobre mi cuerpo.
Apoyé el pomo sobre el escritorio.
—Acepto. Pero yo también tengo una condición.
Rodrigo esperó.
—Mi beca cubre el ochenta por ciento de mis estudios. El otro veinte lo pagaba mi padre y ya no puedo contar con él. Necesito terminar mi carrera.
—¿Querés que el acuerdo cubra ese veinte por ciento?
—Sí. Solo eso. No quiero que me mantenga.
Rodrigo tomó la lapicera.
—Se incluye. Y no va a convertirse en una deuda conmigo.
Aquella aclaración consiguió que mis dedos dejaran de apretar el borde del escritorio.
Rodrigo escribió con letra firme:
Acuerdo entre Rodrigo Valdés y Oriana Quiroga.
Mi nombre quedó junto al suyo y, por primera vez ese día, no había ninguna cifra a su lado que determinara cuánto valía.
Después escribió otra línea.
Duración inicial: un año. Prorrogable, de común acuerdo, hasta un máximo de tres.
Leí la frase dos veces.
—¿Tres años?
—Como máximo. El primer acuerdo es por un año. Si al terminar necesitamos sostener el matrimonio, hablamos de nuevo. Ninguno está obligado a extenderlo.
Eso era diferente a entregarle tres años de mi vida desde el primer día.
—Si vamos a hacer esto, Oriana, tiene que ser creíble. Para tu padre, para Zabala y para mi familia.
Después acercó la hoja hacia mí.
—Entramos juntos en esto.
—Si capitán...
Acababa de salvarme de Jaime Zabala.
Pero aquella hoja dejaba claro que escapar de un matrimonio acababa de llevarme directamente hacia otro.
