Capítulo 2 Capítulo 2.- La Mentirosa Brillante

Las puertas del ascensor dorado se cerraron con un siseo hidráulico, dejándome a solas con mi reflejo y el fajo de billetes pesando en mi bolso como un lingote de plomo.

Diez mil dólares. En el Oeste, eso era el precio de una vida, o el pasaporte para salir del fango. En el mundo de Alejandro Montenegro, era solo un "bono de confidencialidad" para comprar mi silencio antes de empezar a ensuciarme.

—Destrúyelo —susurré, probando las palabras en mis labios.

El ascensor se detuvo en el piso 12. Al abrirse, el ambiente era distinto: más ruidoso, lleno de cubículos y el tecleo incesante de personas que no se atrevían a mirar hacia arriba.

En una sala de espera acristalada, un hombre de unos cincuenta años, con un traje que alguna vez fue caro pero que ahora le colgaba de los hombros, caminaba de un lado a otro. Era el doctor Arnaldo Peña, el "antiguo socio".

Me ajusté el blazer, tragué saliva y entré.

—¿Señor Peña? —mi voz sonó más segura de lo que me sentía—. Soy Elena Vargas, asistente ejecutiva del señor Montenegro. Traigo el documento que solicitó.

Él se detuvo en seco. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—¿Asistente? ¿Dónde está su secretaria de siempre? ¿Dónde está Alejandro? Ese cobarde ni siquiera puede darme la cara después de lo que me hizo.

—El señor Montenegro está ocupado dirigiendo un imperio —respondí, extendiendo la carpeta de cuero—. Yo soy quien decide si usted sale de aquí con una solución o con una demanda penal. Firme la renuncia a sus acciones y el acuerdo de no competencia. Ahora.

Peña soltó una carcajada amarga y se acercó tanto que pude oler el café rancio y el miedo.

—Eres joven, Elena. Muy bonita para estar en este nido de víboras. ¿Sabes qué hay en esa carpeta? Es mi ruina. Alejandro me está robando la patente de los filtros industriales que desarrollamos juntos. Me está dejando en la calle.

—Usted firmó una cláusula de propiedad intelectual vinculada a la inversión inicial, doctor. Leí el contrato en el ascensor. Legalmente, no tiene nada.

Él cambió el tono. Su voz se volvió un susurro suplicante.

—Escúchame... sé cuánto te paga. Puedo duplicarlo. Tengo amigos en el Ministerio. Si me devuelves ese anexo original que está ahí dentro, puedo hundir a Montenegro. Él es un monstruo, niña. No sabes lo que le hizo a su propia familia. Ayúdame y te haré rica de verdad, no con las migajas que él te tira.

Sonreí. Fue una sonrisa fría, una que no sabía que poseía.

—¿Me está intentando sobornar con dinero que no tiene, en un edificio que él posee, frente a cámaras que él controla? Su oferta es insultante para, por lo mediocre, no por lo ilegal.

Peña se transformó. Su rostro se puso rojo y me sujetó del brazo con fuerza.

—¡Eres una muerta de hambre! —gritó—. Sé quién eres, Vargas. Vi tu dirección en la lista de ingresos. Eres de Propatria. ¿Crees que por usar un blazer barato eres una de ellos? Te va a usar y te va a desechar como a un pañuelo sucio. ¡Dame la carpeta!

Sentí el dolor en el brazo, pero no retrocedí. La rabia, esa vieja amiga que me ayudó a graduarme en la UCV mientras otros dormían, floreció en mi pecho.

—Suélteme —le dije, mi voz bajando una octava—. Ahora mismo.

—¿O qué? —me desafió él—. ¿Vas a llamar a tu dueño?

—No necesito a Alejandro para aplastarlo a usted, doctor —le arrebaté el brazo y abrí la carpeta, sacando un sobre pequeño que Alejandro no me había mencionado, pero que yo había encontrado oculto tras los folios—. ¿Sabe qué es esto? Son las fotos de su "oficina secundaria" en Higuerote. Esa que su esposa no conoce. Y aquí están los registros de las transferencias que hizo a nombre de su amante con fondos de la empresa.

Peña palideció. El sudor empezó a perlar su frente.

—¿Cómo...? Él no tenía eso...

—Él no. Yo lo encontré en su archivo de auditoría interna mientras subía los 45 pisos —mentí con una fluidez aterradora. En realidad, solo había unido los puntos de unas facturas extrañas que vi al hojear el documento—. Si no firma ahora, estas fotos llegarán al correo de su esposa y al fiscal antes de que usted llegue al estacionamiento. No solo perderá sus acciones; perderá su casa, su familia y su libertad.

El hombre se desplomó en una silla. Parecía haber envejecido diez años en diez segundos. Con manos temblorosas, tomó el bolígrafo y firmó cada página. Cuando terminó, me miró con un odio puro.

—Eres peor que él —susurró—. Él es un tiburón, pero tú... tú eres un parásito que disfruta del veneno.

—Doctor —le dije, recogiendo los papeles con elegancia—, en Caracas, o eres el que muerde o eres el que es devorado. Y yo ya pasé demasiada hambre. Que tenga una buena tarde. Por cierto, el ascensor dorado es solo para directivos. Use el de servicio, le pega más a su situación actual.

Lo dejé allí, quebrado. Cuando entré al ascensor para subir, lo vi por el espejo: Peña estaba apoyado contra la pared, sollozando sin consuelo mientras las puertas se cerraban.

Regresé al piso 45. Alejandro Montenegro seguía en la misma posición, mirando el Ávila, que ahora estaba teñido de naranja por el atardecer.

—Está firmado —dije, dejando la carpeta sobre su escritorio.

Él no se giró de inmediato. Escuché el chasquido de un encendedor y el aroma del tabaco caro inundó el aire.

—¿Lloró?

—En el piso 12. Directo frente a la cámara 4. Debería revisarlo, fue una actuación patética —respondí, manteniendo mi postura firme a pesar de que mis piernas temblaban por la adrenalina.

Alejandro se giró. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, buscando una grieta, un rastro de duda o arrepentimiento. No encontró ninguno.

—Mencionó a su amante —dijo él, con una pizca de curiosidad—. Yo no le di esa información. Ni siquiera yo la tenía confirmada. ¿De dónde la sacó?

—Intuición y un análisis rápido de sus gastos de representación, señor Montenegro. Un hombre que gasta tanto en joyas y no las luce su esposa, tiene un secreto. Solo tuve que decírselo como si fuera una verdad absoluta. Él hizo el resto.

Alejandro soltó una risa corta, esta vez con un matiz de admiración genuina que me erizó la piel. Caminó hacia mí, deteniéndose a la distancia justa para que pudiera sentir el calor de su cuerpo.

—Es usted una mentirosa brillante, Elena Vargas. Peligrosa, audaz y carente de escrúpulos cuando se le presiona. Es exactamente lo que este imperio necesitaba.

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