Capítulo 5 cap 5
El reloj de la recepción de Blackwood Holdings marcaba las 06:58 de la mañana. Yo estaba allí, de pie, con un abrigo de lana que había visto días mejores y sosteniendo dos vasos de cartón de una cafetería italiana que, a diferencia de la gasolinera de ayer, servía algo que no sabía a combustible de avión. Me sentía extrañamente victoriosa por haber llegado dos minutos antes. En el mundo de la Gárgola, esos ciento veinte segundos eran la diferencia entre el respeto y el despido fulminante.
Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en la planta 60, no encontré el silencio sepulcral que esperaba. Spencer estaba de pie junto al escritorio de su secretaria, revisando unos informes con una velocidad que me hizo dudar si realmente era humano o un prototipo avanzado de inteligencia artificial diseñado para llevar trajes de tres piezas.
—Cincuenta y nueve segundos de sobra, Donovan. Casi me haces perder una apuesta conmigo mismo —dijo sin levantar la vista.
—Buenos días para ti también, Rayo de Sol —respondí, extendiéndole el café—. Aquí tienes. Sin azúcar, con un chorro de leche de almendras y amargo como tu alma. Tal como lo pediste.
Él levantó la mirada, sorprendido de que recordara los detalles, aunque solo los había mencionado de pasada ayer entre insulto e insulto. Tomó el vaso y sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto breve, gélido por fuera pero que dejó una estela de calor en mi piel que me molestó profundamente.
—No te quites el abrigo —sentenció, dándole un sorbo al café y asintiendo casi imperceptiblemente ante el sabor—. No vamos a quedarnos en la oficina. Tenemos una inspección en el terreno de los muelles. El consejo quiere una revisión final de los cimientos antes de que empieces a destrozar mi presupuesto con tus "curvas orgánicas".
—¿Destrozar? Se llama inversión en belleza, Spencer. Pero supongo que para alguien que cuenta los céntimos como si fueran granos de arroz, la palabra "estética" suena a pecado capital —me burlé, siguiéndolo hacia el ascensor.
El trayecto en su coche fue una experiencia religiosa. Spencer conducía un Bentley negro que olía a cuero nuevo y a éxito. Él manejaba con la misma precisión con la que dirigía su empresa: sin desviarse ni un milímetro de su carril, con las manos firmes en el volante a las diez y diez. Yo, en cambio, no podía dejar de moverme, revisando mis bocetos, tarareando una canción que sonaba en la radio y bajando la ventanilla para que el aire frío de Londres me despertara del todo.
—¿Podrías dejar de... existir tan ruidosamente por un segundo? —preguntó él, apretando el volante.
—¿Te molesta el aire, Spencer? ¿O te molesta que alguien no esté sentado como un maniquí de escaparate? —le lancé una mirada irónica—. Vamos, estamos yendo a ver el sitio donde se levantará tu legado. Deberías estar emocionado, no pareciendo que vas de camino a un funeral.
Llegamos a los muelles en la zona este. Era un espacio inmenso, crudo, rodeado de agua gris y grúas oxidadas. Spencer se bajó del coche y se puso un casco blanco que, de alguna manera, lograba que siguiera pareciendo el hombre más poderoso de Inglaterra. Yo me puse el mío, uno lleno de pegatinas de bandas de rock y manchas de pintura, y lo seguí hasta el borde del muelle.
—Aquí es donde quiero la entrada principal —dijo él, señalando un punto exacto en el suelo—. Un vestíbulo de mármol de Carrara, techos de diez metros y una hilera de columnas que impongan respeto. Quiero que la gente entre aquí y sepa que Blackwood Holdings es inamovible.
Me eché a reír. No pude evitarlo. Fue una carcajada que rebotó en las estructuras de hierro cercanas.
—¿De qué te ríes ahora? —preguntó él, girándose hacia mí con una expresión de pura irritación.
—De tu falta de visión, Gárgola. ¡Es de manual! —caminé hacia el borde del muelle, ignorando las señales de peligro—. Quieres construir una fortaleza, no un edificio. Columnas de mármol, techos altos... ¡qué original! Es el diseño de alguien que tiene miedo de que no lo tomen en serio. Es aburrido, es predecible y es, francamente, un desperdicio de este espacio.
—Es un diseño sólido, Casey. Transmite seguridad —respondió él, acercándose a mí.
—Transmite que eres un tipo de treinta y tantos años con el corazón de un contable de ochenta —le espeté, dándome la vuelta para quedar frente a frente—. Mira este lugar, Spencer. Tienes el Támesis justo ahí. Tienes la luz del este golpeando directamente por la mañana. Y tú quieres poner... ¿columnas? Lo que este sitio necesita es transparencia. Necesita que el agua parezca fluir hacia el interior del edificio. Necesita luz, no muros de piedra que digan "manténgase alejado".
Me acerqué a él, invadiendo ese espacio que él protegía con tanta ferocidad. Le puse una mano en el pecho, justo donde ayer había derramado el café. Sentí el latido de su corazón, un poco más rápido de lo que su rostro impasible sugería.
—Te da miedo la luz, ¿verdad? —susurré, dejando que la ironía desapareciera por un momento para dar paso a una percepción más profunda—. Te da miedo que, si construyes algo con ventanas demasiado grandes, la gente pueda ver que dentro de toda esa estructura de acero no hay nada más que un hombre que no sabe cómo divertirse. Tu diseño no tiene carácter porque tú no te permites tenerlo fuera de tus hojas de cálculo.
Spencer se tensó bajo mi mano. Sus ojos azules se oscurecieron, bajando de mis ojos a mi boca y volviendo a subir con una intensidad que me cortó la respiración. Me sujetó por los antebrazos, no con fuerza, pero con una firmeza que me hizo ser consciente de lo solos que estábamos en ese muelle desierto.
—Te pasas el día burlándote de mí, Donovan. Te burlas de mi ropa, de mi horario, de mi visión... ¿Crees que eres la única persona en este mundo con "alma"? —su voz era un susurro ronco que vibraba en mis oídos—. Quizás mi diseño es cerrado porque el mundo exterior no es tan amable como tú crees. Quizás prefiero la piedra porque la piedra no cambia, no te traiciona y no te pide que seas algo que no eres.
—La piedra también es estéril, Spencer —respondí, sin apartarme—. Y tú estás tan obsesionado con no ser traicionado que te has olvidado de lo que es estar vivo. Mi diseño para este edificio tiene curvas porque la vida no es una línea recta. Tiene vidrio porque la honestidad es más poderosa que el mármol.
Nos quedamos así, bajo la lluvia fina de Londres, en un duelo de voluntades que nada tenía que ver con la arquitectura. Podía sentir la tensión sexual estallando entre nosotros como cables pelados en una tormenta. Estábamos discutiendo sobre vigas y presupuestos, pero en realidad estábamos hablando de las barreras que él levantaba y que yo estaba decidida a derribar.
Él soltó mis brazos de repente, como si se hubiera quemado.
—No voy a cambiar el concepto de la entrada —dijo, recuperando su tono frío y profesional, aunque su respiración seguía siendo algo errática—. Es ineficiente y demasiado caro.
—Es brillante y lo sabes —le grité mientras él caminaba de regreso al coche—. ¡Lo sabes, pero te aterra admitir que una mujer con un casco lleno de pegatinas tiene mejores ideas que todo tu consejo de administración!
Spencer se detuvo junto a la puerta del Bentley y me miró por encima del hombro. Por primera vez, vi una sombra de algo que se parecía a una sonrisa, aunque fue tan rápida que podría haber sido un espejismo.
—Súbete al coche, Donovan. Tienes que redactar el informe de costes de esa "honestidad transparente" que tanto predicas. Y más te vale que los números sean tan buenos como tus insultos.
—Oh, serán mejores, Gárgola —murmuré para mí misma, subiendo al asiento del copiloto—. Mucho mejores.
Mientras nos alejábamos del muelle, el silencio en el coche ya no era incómodo. Era un silencio cargado de promesas y de un peligro que ninguno de los dos quería nombrar. Yo seguía burlándome de sus ideas rígidas y él seguía respondiendo con sarcasmos cortantes, pero ambos sabíamos que la estructura que estábamos construyendo no era solo de acero y cristal. Estábamos construyendo algo que, una vez que terminara de fraguar, no habría forma de demolerlo sin destruirnos a los dos en el proceso
