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—¡No! —dijo secamente y sin más preguntas de mi parte, se agachó frente a mí y vertió un poco de alcohol en el algodón, limpiando mi estómago con suavidad, haciendo que frunciera el rostro por el dolor agonizante y extenuante.

—¡Ay! Eso duele como el infierno —gemí golpeando su hombro con las palma...

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