Capítulo treinta y nueve

Meira acababa de ponerle los auriculares a Raine para que pudiera escuchar algo de música cuando se oyó un golpe en la puerta. Frunció el ceño, pero fue a abrirla. Allí estaba uno de los guardaespaldas.

—¿Sí? —preguntó.

—Buenos días, señora. Sus hijos están aquí —respondió el hombre.

—¿Qué? —Meir...

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