Capítulo cuarenta

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la boca de Kim se quedó abierta de asombro al verme salir, vestido de manera informal.

—Señor Cruz... —tartamudeó antes de recuperar la compostura—. Eh... Buenos días, señor.

—Buenos días, Kim —la saludé con una sonrisa.

Sus ojos recorrieron mi atuendo...

Inicia sesión y continúa leyendo