Capítulo 1 CAPÍTULO 1: LA DULCE APARIENCIA

El despertador no sonó. En el mundo de Sofía, los ruidos estridentes eran una falta de educación. En su lugar, una suave melodía de piano comenzó a flotar desde los altavoces ocultos en las molduras del techo de su habitación, aumentando de volumen con una delicadeza casi quirúrgica. Sofía abrió los ojos, encontrándose con el blanco inmaculado de sus sábanas de seda egipcia.

Se quedó inmóvil un momento, escuchando el silencio de su ático en el centro de la ciudad. Era un silencio caro. Un silencio que solo se podía comprar con años de perfeccionismo y una voluntad de hierro. Sin embargo, en el fondo de su estómago, una pequeña punzada de ansiedad, una que ya se había vuelto su compañera constante, le recordó que el día no esperaba por nadie. Especialmente no por la Directora de Imagen Pública de Bennett Corp.

Se levantó y caminó descalza hacia el ventanal que iba del suelo al techo. Desde allí, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde ella ya conocía todos los movimientos. El sol de la mañana golpeaba los rascacielos de cristal, devolviendo un brillo cegador que ocultaba la suciedad de las calles de abajo. "Como yo", pensó con una amargura que se tragó de inmediato.

Su ritual de preparación era su armadura. Se duchó con agua casi hirviendo, permitiendo que el vapor nublara su vista y el calor castigara su piel hasta dejarla roja. Necesitaba sentir algo real antes de ponerse la máscara de porcelana que el mundo exigía. Luego vino el maquillaje: sutil, profesional, impecable. El labial rojo era su toque final, una advertencia silenciosa vestida de elegancia. Se puso un traje de sastre azul medianoche que se ajustaba a sus curvas con una precisión intimidante y se calzó unos tacones de aguja de doce centímetros.

—Hoy no, —susurró frente al espejo, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas—. Hoy no dejarás que vean la grieta.

Al salir de su apartamento, el aire acondicionado del pasillo la recibió con un beso gélido. Bajó al garaje, donde su chofer, un hombre de pocas palabras llamado Marcus, ya sostenía la puerta de la berlina negra abierta.

—Buenos días, señorita —dijo Marcus con esa voz monótona que a Sofía siempre le resultaba extrañamente reconfortante.

—Buenos días, Marcus. A la oficina, por favor. Tenemos la junta de accionistas a las nueve y Arthur no perdona un segundo de retraso.

—Entendido.

El trayecto hacia la sede de Bennett Corp fue un borrón de luces y sombras. Sofía revisaba su tableta, deslizando dedos expertos sobre informes de crisis, gráficos de acciones y perfiles de posibles inversores. Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto. Bennett Corp era un imperio construido sobre la base de la tecnología y la infraestructura, pero para Sofía, era una casa de espejos. Ella era la encargada de que nadie viera lo que había detrás del reflejo.

El edificio Bennett era una mole de acero y vidrio que se alzaba sobre el distrito financiero como un monumento a la arrogancia humana. Al cruzar el vestíbulo, el sonido de sus tacones contra el mármol negro resonaba como disparos de una ejecución. Los empleados se apartaban a su paso, murmurando saludos que ella devolvía con una inclinación de cabeza apenas perceptible. El respeto en Bennett Corp no se ganaba, se extraía mediante el miedo y la eficiencia.

Subió al ascensor privado. El piso 45 olía a sándalo y a decisiones que cambiaban el destino de miles de personas. Al salir, su asistente, Leo, un joven brillante pero perpetuamente aterrorizado, ya la esperaba con un café humeante y una pila de documentos.

—Señorita... Sofía, el señor Bennett la espera en la sala de conferencias. Dice que es urgente.

Sofía se detuvo en seco, obligando a Leo a frenar bruscamente. Lo miró fijamente, notando cómo el chico evitaba su contacto visual.

—¿Urgente, Leo? La junta es en una hora. ¿Qué ha pasado? —Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una navaja.

—No lo sé con certeza —tartamudeó él, ajustándose las gafas—. Pero el departamento legal ha estado en su oficina desde las seis de la mañana. Algo sobre una filtración en el proyecto Apex.

Sofía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. El proyecto Apex era la joya de la corona, una tecnología de vigilancia de nueva generación que prometía contratos gubernamentales multimillonarios. Si había una filtración, su trabajo de "limpieza" acababa de volverse una pesadilla.

—Ve a mi oficina y bloquea mi agenda. No quiero llamadas de la prensa, ni siquiera de sus madres —ordenó, tomando el café y caminando hacia la sala de juntas.

—Sí, señora.

Sofía llegó a las pesadas puertas de roble y se tomó un segundo para respirar. Enderezó la espalda, compuso su rostro en una expresión de absoluta calma y empujó.

La sala de juntas era un mausoleo de lujo. En el centro, una mesa de obsidiana estaba rodeada por los hombres más poderosos de la compañía. Al fondo, sentado en su trono de cuero, estaba Arthur Bennett. Su padre. Aunque en ese edificio, la palabra "padre" carecía de cualquier significado emocional. Él era el Rey, y ella su caballero más leal... o su herramienta más útil.

—Llegas tarde, Sofía —dijo Arthur sin levantar la vista de unos papeles. Su voz era un trueno contenido, cargada de una autoridad que no aceptaba réplicas.

—Faltan cincuenta minutos para la junta, Arthur. Estoy exactamente donde debo estar —respondió ella, sentándose a su derecha. Notó que el resto de los ejecutivos evitaban mirarla. La atmósfera estaba cargada, eléctrica, como el aire antes de una tormenta de verano.

—Tenemos un problema —continuó Arthur, finalmente levantando la vista. Sus ojos eran dos pozos de ambición fría—. Alguien ha intentado acceder a los servidores de nivel 5 esta madrugada. No fue un hackeo externo. Fue alguien con una credencial física.

Sofía sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies, pero no permitió que un solo músculo de su cara se moviera.

—Eso es imposible. El nivel 5 solo tiene seis accesos autorizados. Tú, yo, los tres jefes de división y el jefe de seguridad.

—Exacto —Arthur se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Y el sistema registró un acceso con la credencial de Julian Vane a las 3:14 AM.

—Julian está en Londres —objetó Sofía, sintiendo un nudo en la garganta—. Hablé con él anoche.

—Julian ha sido encontrado muerto en su habitación de hotel hace dos horas —soltó Arthur con una indiferencia que le heló la sangre a Sofía—. "Suicidio", dicen. Pero su tarjeta de acceso no estaba en la escena.

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