Capítulo 2 La Dulce Apariencia 2
El silencio que siguió fue denso y pegajoso. Sofía sintió una ola de náuseas. Julian no solo era un colega, era alguien a quien ella consideraba, si no un amigo, al menos un aliado. La idea de que su muerte fuera despachada con tanta frialdad por su propio padre la hizo querer gritar. Pero en Bennett Corp, el dolor era una debilidad.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó ella, su voz ahora era un susurro gélido.
—Lo de siempre, Sofía. Control de daños. Si la prensa se entera de que un directivo ha muerto y que nuestra seguridad ha sido vulnerada, las acciones caerán antes del mediodía. Inventa una historia. Julian tenía problemas de depresión, estrés... lo que sea. Y respecto al intruso... —Arthur hizo una pausa, mirando a los demás hombres de la sala—. Ya me estoy encargando de eso.
—¿Te estás encargando? —Sofía frunció el ceño—. Esto es un asunto de seguridad nacional si el proyecto Apex está comprometido. Deberíamos llamar a las autoridades.
Arthur soltó una carcajada seca, carente de humor.
—Nosotros somos la autoridad, Sofía. No olvides quién paga las campañas de los que hacen las leyes. Vete a trabajar. Quiero que el nombre de Julian esté limpio de cualquier sospecha de espionaje antes de que el cuerpo se enfríe.
Sofía se levantó, sintiendo que la habitación se cerraba sobre ella. Salió de la sala sin decir una palabra, sus pasos resonando en el pasillo vacío. Al llegar a su oficina, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolían las costillas.
—Mierda... —susurró, dejando caer la cabeza hacia atrás.
Julian no se habría suicidado. Era un hombre que amaba demasiado la buena vida, el vino caro y su propio ego. Alguien lo había matado para entrar en los servidores. Y si Arthur no quería a la policía cerca, significaba que lo que había en esos servidores era mucho más oscuro que un simple software de vigilancia.
Se sentó tras su escritorio de cristal, tratando de concentrarse. Abrió su computadora y comenzó a redactar el comunicado de prensa sobre el "trágico fallecimiento por causas naturales" de Julian Vane. Sus dedos volaban sobre el teclado, tejiendo una red de mentiras hermosas para cubrir una verdad podrida.
A media mañana, el cansancio emocional empezó a pasarle factura. Se frotó las sienes, sintiendo el inicio de una migraña. En ese momento, un pequeño icono parpadeó en la esquina inferior de su pantalla. No era un correo electrónico, ni un mensaje de la red interna. Era una ventana de chat emergente, sin remitente.
"La dulzura es el mejor disfraz del veneno, ¿verdad, Sofía?"
Ella se quedó helada. Sus manos temblaron levemente sobre el ratón.
—¿Qué es esto? —murmuró para sí misma.
Tecleó una respuesta, con el corazón en la garganta:
—¿Quién eres? ¿Cómo has entrado en mi red privada?
La respuesta fue instantánea, como si el otro lado estuviera esperando sus palabras.
"Alguien que sabe que Julian no murió por causas naturales. Alguien que sabe lo que Bennett Corp está ocultando bajo la capa de Apex. Mira en tu cajón derecho. El que crees que está cerrado con llave."
Sofía sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Lentamente, estiró la mano hacia el cajón de su escritorio. Era un cajón de seguridad biométrico, solo su huella podía abrirlo. Colocó el dedo sobre el sensor y escuchó el clic metálico.
Dentro, no estaban sus documentos habituales. Había un pequeño sobre de color crema, con un aroma sutil a cuero y tabaco. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro había una fotografía.
Era ella. Esa misma mañana, saliendo de su edificio. Pero en la foto, había un círculo rojo marcado en su pecho, justo sobre su corazón. En el reverso, una sola frase escrita con una caligrafía elegante y firme:
"El brillo de Bennett Corp te está cegando, Sofía. Las sombras son más reales de lo que crees. Y ya te han encontrado."
Un ruido en la puerta la hizo saltar. Un golpe seco.
—¿Señorita Sofía? —era la voz de Leo—. El señor Bennett dice que la reunión con los inversores de defensa se ha adelantado. La quieren en la planta baja ahora mismo.
Sofía guardó la foto en el sobre y lo escondió bajo su traje, contra su piel. El contacto del papel frío la hizo estremecerse.
—¡Voy en un minuto, Leo! —gritó, tratando de que su voz no sonara quebrada.
Se miró al espejo de nuevo. Sus mejillas estaban pálidas, sus ojos dilatados por el miedo. Pero la máscara... la máscara seguía allí. Se retocó el labial rojo, esa sangre artificial que la hacía parecer invencible.
Salió de su oficina, caminando por los pasillos de cristal, sintiéndose por primera vez como una presa en una jaula de oro. A su alrededor, la actividad de Bennett Corp seguía su curso: llamadas, risas corporativas, el zumbido de la ambición. Nadie sospechaba que el imperio estaba empezando a sangrar.
Mientras bajaba en el ascensor, Sofía se dio cuenta de algo aterrador. Toda su vida se había esforzado por ser la persona que controlaba la narrativa, la que decidía qué era verdad y qué era mentira. Pero ahora, se encontraba en medio de una historia que ella no había escrito.
Y el autor parecía conocer todos sus secretos.
Al llegar a la planta baja, una ráfaga de aire frío entró desde la calle cuando las puertas principales se abrieron para dejar pasar a un grupo de hombres trajeados. Eran los inversores. Pero entre ellos, un hombre se detuvo un segundo de más. Era alto, de hombros anchos, con un traje gris que gritaba poder y un rostro tallado en ángulos severos. Sus ojos, de un azul acero, se encontraron con los de Sofía a través del vestíbulo.
No fue una mirada casual. Fue un reconocimiento. Una colisión silenciosa que hizo que el vello de los brazos de Sofía se erizara. El hombre esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, antes de seguir caminando hacia los ascensores.
Sofía se quedó clavada en el sitio, con el sobre quemándole la piel. No sabía quién era ese hombre, pero en ese instante, lo supo con una certeza violenta.
Las sombras ya no estaban acechando. Habían entrado en casa.
Caminó hacia la salida, ignorando las llamadas de Leo. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Pero al salir a la acera, el sol de la mañana ya no le pareció brillante. Le pareció un foco de interrogatorio, despojándola de todas sus defensas.
La dulce apariencia de su vida se estaba desmoronando, revelando el veneno que siempre había fluido por sus venas. Y lo peor de todo es que, por primera vez en su vida, Sofía no estaba segura de si quería detenerlo o simplemente dejarse consumir por él.
Se subió al coche de Marcus, con el corazón todavía galopando en su pecho.
—¿A dónde ahora, señorita? —preguntó el chofer, observándola por el espejo retrovisor.
Sofía miró por la ventana, viendo el reflejo del edificio Bennett desaparecer mientras se alejaban.
—Solo conduce, Marcus —dijo ella, apretando el sobre contra su pecho—. Lejos de aquí. Solo por unos minutos... antes de que tenga que volver al infierno.
El coche se fundió con el tráfico de la ciudad, una pequeña mancha negra en un mar de acero. En el interior, Sofía cerró los ojos y, por primera vez en años, permitió que una sola lágrima rodara por su mejilla, arruinando la perfección de su maquillaje.
La guerra había comenzado, y ella acababa de descubrir que era el campo de batalla.
