Capítulo 3 CAPÍTULO 2: SUSURROS EN LA OSCURIDAD

El regreso a Bennett Corp después de su breve e infructuosa huida en el coche fue como caminar directamente hacia las fauces de una bestia que ya había probado su miedo. Sofía bajó del coche frente a la imponente torre de cristal, ignorando el saludo de Marcus. El aire de la ciudad, cargado de ozono y polución, se sentía más pesado que de costumbre. Cada persona que pasaba a su lado, cada ejecutivo con maletín y cada turista con cámara, le parecía un posible autor de la fotografía que ahora quemaba contra su piel, guardada bajo la seda de su blusa.

Al cruzar las puertas giratorias, el aire acondicionado la golpeó de nuevo. Era un frío estéril, un frío que olía a dinero y a secretos enterrados. Sofía caminó hacia los ascensores, manteniendo la barbilla alta, pero sus dedos jugueteaban nerviosos con el anillo de oro en su mano derecha.

—Señorita Bennett, el señor Arthur la espera en su despacho. Ha preguntado por usted tres veces en los últimos diez minutos —dijo la recepcionista, una mujer de belleza robótica que nunca parpadeaba más de lo necesario.

Sofía no respondió. Se limitó a presionar el botón del ascensor con una fuerza innecesaria. "Preguntó por ti tres veces". Eso significaba que la correa se estaba apretando. Arthur no preguntaba por preocupación; preguntaba para marcar territorio.

Al llegar a su planta, el bullicio habitual parecía haberse transformado en un murmullo tenso. La noticia de la muerte de Julian Vane empezaba a filtrarse por las grietas de la empresa, a pesar de los esfuerzos de Sofía por contenerla. Vio a grupos de empleados hablando en voz baja en las esquinas, sus rostros reflejando una mezcla de morbo y terror.

—¡Sofía! —Leo corrió hacia ella, casi tropezando con una maceta de diseño—. Ha llegado esto para ti. No tiene remitente. Estaba encima de tu teclado cuando volví del baño.

Leo le entregó un pequeño dispositivo: un teléfono móvil antiguo, de esos que solo sirven para llamar y enviar mensajes de texto. Un "quemador". Sofía lo tomó, sintiendo un peso metálico que no guardaba relación con su tamaño.

—Gracias, Leo. Vuelve a tu puesto. Y por el amor de Dios, deja de parecer que has visto un fantasma. Asustas a los becarios.

—Es que... Julian... —empezó Leo, con la voz temblorosa.

—Julian murió, Leo. Es una tragedia, pero Bennett Corp no se detiene por los muertos. Haz tu trabajo —le espetó ella con una crueldad que le dolió en el pecho, pero que era necesaria para mantener el orden.

Se encerró en su oficina y echó el cerrojo. No se sentó. Se quedó de pie en el centro de la habitación, mirando el pequeño teléfono en su palma. De repente, el aparato vibró. El sonido fue ensordecedor en el silencio de la estancia.

Un solo mensaje de texto.

"En la oscuridad, hasta los ángeles tienen sombras. El complot no es contra la empresa, Sofía. El complot es la empresa. No subas al despacho de tu padre. Ve a la sala de servidores del sótano 3. Mira lo que Julian intentó salvar."

Sofía sintió una oleada de frío que le recorrió la columna. Sus dedos se cerraron sobre el teléfono. "¿El complot es la empresa?". Era una afirmación absurda. Ella era parte de la empresa. Ella era el rostro de la empresa. Pero la mención de Julian... eso lo cambiaba todo.

—Piensa, Sofía —se dijo a sí misma, caminando de un lado a otro—. Si vas abajo, estás desobedeciendo una orden directa de Arthur. Si vas arriba, puede que estés caminando hacia una trampa.

La curiosidad, mezclada con una rabia creciente contra la opacidad de su padre, ganó la batalla. Sofía guardó el teléfono y el sobre en su bolso y salió de la oficina. En lugar de dirigirse al ascensor principal que subía a la planta de presidencia, tomó las escaleras de emergencia hacia los niveles inferiores.

El sótano 3 no era un lugar que los ejecutivos visitaran. Era el reino de los ingenieros de sistemas, un laberinto de pasillos de hormigón y cables expuestos que mantenían vivo el cerebro digital de Bennett Corp. El aire allí era más denso, cargado con el olor a electricidad y metal caliente.

Mientras bajaba los escalones, el sonido de sus propios tacones contra el metal le devolvía un eco burlón. Se sentía expuesta. Se sentía pequeña. Al llegar a la puerta del nivel 3, pasó su tarjeta de seguridad. El lector emitió un pitido rojo.

—No puede ser —susurró, intentándolo de nuevo. Rojo. Denegado.

Su acceso había sido revocado. Alguien ya se había adelantado.

—¿Buscabas algo, Sofía?

La voz surgió de la penumbra del pasillo lateral. Sofía se giró violentamente, su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Allí, apoyado contra la pared, estaba el hombre que había visto en el vestíbulo. El hombre del traje gris y los ojos azul acero.

—¿Quién eres? —preguntó ella, tratando de recuperar su compostura de hierro—. Este es un nivel restringido. Llamaré a seguridad ahora mismo.

El hombre se separó de la pared con una elegancia depredadora. Se acercó a ella lentamente, y Sofía notó que no emitía casi ningún sonido al caminar. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal de una manera que debería haberla asustado, pero que en cambio encendió una chispa de adrenalina desconocida en su sangre.

—Seguridad está ocupada borrando los registros de la muerte de tu amigo Julian —dijo él. Su voz era profunda, una caricia de terciopelo que ocultaba una amenaza—. Y tú no vas a llamar a nadie, porque tienes demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.

—No sé de qué estás hablando —mintió ella, aunque su respiración se había vuelto errática—. Julian se suicidó. Fue una tragedia personal.

El hombre soltó una risa seca y dio un paso más, obligando a Sofía a retroceder hasta que su espalda golpeó la puerta de metal frío. Él colocó una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola. El aroma a sándalo y lluvia la envolvió.

—Mentir se te da bien, está en tu ADN —murmuró él, inclinándose hasta que sus labios estuvieron a escasos centímetros de su oreja—. Pero tus ojos dicen otra cosa, Sofía. Tus ojos están gritando por ayuda. Julian no se suicidó. Descubrió que el proyecto Apex no es para vigilar criminales. Es para controlar a los que todavía creen que son libres. Y tu padre es el arquitecto jefe.

Sofía intentó empujarlo, pero era como tratar de mover una montaña de granito. Sus manos se hundieron en la firmeza de su pecho, sintiendo el latido rítmico y calmado de su corazón.

—Déjame ir —ordenó ella, aunque su voz carecía de la autoridad habitual.

—Me llamo Javier —dijo él, ignorando su petición. Se alejó un poco, lo suficiente para que ella pudiera ver la intensidad de su mirada—. Y si quieres saber qué hay detrás de esa puerta, vas a tener que confiar en alguien que no lleve el apellido Bennett.

—¿Confiar en un extraño que me acosa en un sótano? —ella soltó una carcajada amarga—. Mis estándares son bajos, pero no tanto.

Javier sacó algo de su bolsillo. Era una pequeña unidad USB, negra y desgastada.

—Esto es lo que Julian sacó del servidor antes de que lo silenciaran. No pudo terminar de desencriptarlo. Necesita una clave que solo tú tienes.

—¿Yo? No tengo ninguna clave de encriptación de nivel 5.

—No es una clave digital, Sofía —Javier la miró con algo parecido a la lástima—. Es una clave emocional. Julian me dijo que si algo le pasaba, buscara a "la niña del vestido rojo".

Sofía sintió que el mundo se detenía. "La niña del vestido rojo". Así era como Julian la llamaba cuando ella era pequeña y solía esconderse en su oficina para escapar de las reprimendas de Arthur. Era un recuerdo privado, algo que nadie más podía saber.

Las lágrimas, que había estado conteniendo durante horas, amenazaron con salir de nuevo. Sofía apretó los dientes, luchando por mantener la máscara.

—Él... él te dio esto —dijo ella, su voz apenas un hilo.

—Él sabía que el final estaba cerca. Bennett Corp no es una empresa de tecnología, Sofía. Es un parásito. Y tú eres el huésped que la alimenta con su imagen de perfección.

—¡Cállate! —gritó ella, empujándolo con todas sus fuerzas. Esta vez, él dejó que ella se separara—. No sabes nada de mi familia. No sabes nada de lo que he tenido que sacrificar para mantener este lugar a flote.

—He visto los sacrificios —respondió Javier, su voz ahora era fría como el hielo—. He visto los cuerpos que han dejado por el camino. Julian fue el último. ¿Quién será el siguiente? ¿Tú? ¿O tal vez ese asistente tuyo, Leo, que hace demasiadas preguntas?

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