Capítulo 4 Susurros en la Oscuridad 2

Sofía sintió un golpe de náuseas. La idea de que Leo pudiera estar en peligro por su culpa era insoportable.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, derrotada.

—Quiero que abras los ojos. Quiero que me ayudes a entrar en esa sala de servidores y a descargar la fase 2 del proyecto Apex. Si lo hacemos, tendremos pruebas suficientes para hundir a Bennett Corp y meter a tu padre en una celda de la que no saldrá nunca.

—¿Hundir a mi padre? —Sofía negó con la cabeza—. Es mi familia. Es mi legado.

—Es tu carcelero —sentenció Javier—. Mira la foto que tienes en el bolso, Sofía. La que tiene el círculo rojo en tu corazón. ¿Crees que la envié yo para asustarte? No. La envió tu padre. Es su forma de decirte que sabe que estás empezando a dudar. Es su forma de recordarte que él puede alcanzarte en cualquier lugar.

La revelación la golpeó como un impacto físico. Arthur. Su padre le había enviado una amenaza de muerte. La idea era tan monstruosa que su mente intentó rechazarla, pero en el fondo, en ese rincón oscuro donde guardaba todas sus verdades dolorosas, sabía que era posible. Arthur Bennett no amaba a las personas; amaba el poder. Y ella solo era valiosa mientras fuera útil.

—No... él no haría eso —susurró, aunque sus palabras sonaban vacías.

—Haz la prueba —dijo Javier, dándole espacio—. Sube ahora mismo a su despacho. Dile que Julian te dejó un mensaje. Mira su reacción. Si ves un ápice de humanidad, de dolor por la pérdida de su socio, entonces vete y olvida que me conociste. Pero si ves lo que yo creo que verás... vuelve aquí a medianoche.

Javier se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia las sombras del pasillo.

—¡Espera! —gritó Sofía—. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas tú con todo esto?

Javier se detuvo, pero no se giró.

—Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder, Sofía. Otros... otros solo queremos que el fuego queme a los que encendieron la cerilla. Nos vemos a medianoche. O no. La decisión es tuya.

Y con la misma rapidez con la que había aparecido, desapareció.

Sofía se quedó sola en el pasillo, el silencio volviendo a cerrarse sobre ella como una mortaja. Sus piernas temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Se sentía como si estuviera despertando de un sueño de años, solo para descubrir que la realidad era una pesadilla mucho peor.

Subió las escaleras mecánicamente, sus sentidos embotados. Cuando llegó a la planta de presidencia, el lujo le pareció obsceno. El mármol brillaba demasiado, las luces eran demasiado blancas. Todo era una fachada para ocultar la podredumbre.

Se dirigió al despacho de Arthur. La secretaria de su padre intentó detenerla, pero Sofía la apartó con un gesto seco. Abrió las puertas dobles de par en par.

Arthur estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta. El sol del atardecer bañaba la habitación en un tono anaranjado, casi sangriento.

—Te dije que te esperaba hace una hora, Sofía —dijo él, sin girarse. Su voz era plana, sin rastro de emoción.

—Julian está muerto, Arthur —soltó ella, buscando cualquier reacción en su postura.

—Ya lo hemos hablado. Es un inconveniente, pero manejable. ¿Has terminado el comunicado?

Sofía caminó hasta el centro de la habitación, sus manos temblando dentro de sus bolsillos.

—¿Inconveniente? Era tu amigo de la infancia. Fue el padrino de mi bautizo. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿"Manejable"?

Arthur se giró lentamente. Su rostro era una máscara de piedra, los ojos vacíos de cualquier calidez paternal.

—En este nivel de juego, Sofía, las personas son activos o pasivos. Julian se convirtió en un pasivo. Se volvió sentimental. Empezó a cuestionar la dirección de Apex. Fue una lástima, pero su tiempo se había acabado.

—¿Tú lo mataste? —la pregunta salió de sus labios antes de que pudiera procesarla.

El silencio que siguió fue el más aterrador de su vida. Arthur caminó hacia ella, sus pasos lentos y pesados. Se detuvo frente a ella y la miró desde su altura, una sombra inmensa que la eclipsaba.

—No me hagas preguntas cuya respuesta no quieres conocer, hija —dijo él, con una suavidad que era más aterradora que un grito—. Tu trabajo es mantener la imagen de esta empresa limpia. El mío es asegurarme de que haya una empresa que limpiar. No confundas nuestras funciones.

Sofía sintió un nudo de bilis en la garganta. La frialdad de su padre no era solo profesional; era patológica. En ese momento, comprendió que Javier tenía razón. No había nada que salvar en Bennett Corp. Solo había algo que destruir.

—Entiendo —dijo ella, su voz saliendo sorprendentemente firme—. Iré a terminar el comunicado.

—Buena chica —Arthur le dio una palmada en la mejilla, un gesto que pretendía ser afectuoso pero que se sintió como una marca de propiedad—. Sabía que entrarías en razón. No me falles, Sofía. Ya sabes lo que les pasa a los que me fallan.

Sofía salió del despacho con el corazón hecho pedazos. Cada paso que daba por la alfombra persa se sentía como una traición a todo lo que había creído. Al llegar a su oficina, se encontró a Leo guardando sus cosas.

—¿Te vas ya, Leo? —preguntó ella.

—Sí, señorita. Estoy... no me siento muy bien. Creo que el estrés de lo de Julian me ha afectado —el chico no la miraba a los ojos. Estaba pálido y sudoroso.

—Vete a casa, Leo. Tómate unos días. No vengas mañana —dijo Sofía, poniendo una mano en su hombro. Sintió cómo el chico se tensaba bajo su toque—. Prométeme que estarás a salvo.

—Lo intentaré —susurró él, antes de salir casi corriendo.

Sofía se quedó sola en su despacho mientras la noche caía sobre la ciudad. Las luces de los rascacielos empezaron a encenderse, como diamantes falsos sobre un terciopelo negro. Se sentó en su silla y sacó el sobre con la fotografía.

Miró el círculo rojo sobre su corazón. Ya no sentía miedo. Sentía algo mucho más peligroso: una determinación fría y cortante.

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