Capítulo 1 Regresando al pasado.

El avión comenzó a descender. Tiago tenía la carita pegada a la ventanilla, los ojos abiertos como platos al ver el paisaje que se extendía debajo de ellos.

—¡Mami, mira! —gritó emocionado, señalando los edificios que brillaban bajo el sol de Miami—. ¡Es una ciudad muy linda! ¿De verdad tú vivías acá?

Lina sonrió con ternura, pero su mirada se perdió en el horizonte.

—Sí, mi amor. Aquí crecí. Aquí pasé los años más felices... —hizo una pausa, y su voz se quebró— ...y también los más tristes.

Tiago la miró con sus ojitos curiosos.

—¿Y por qué tristes, mami?

Lina lo acarició suavemente.

—Por cosas que pasaron, mi vida. Cosas que no pude arreglar.

El niño se quedó pensativo. Luego soltó la pregunta que Lina temía:

—Mami, ¿y mi papi? ¿Mi papá vive todavía acá? ¿Vamos a encontrar a mi papá?

Lina sintió un nudo en el estómago. Tomó la manita de Tiago y la apretó con suavidad.

—Tiago, mi amor, acuérdate de lo que siempre te he dicho: solamente somos nosotros dos. Tú y yo.

Tiago bajó la mirada y asintió.

—Sí, mami. Solamente nosotros dos.

—Eso es, mi vida. No hay nadie más. ¿Entendido?

—Entendido, mami.

Pero en sus ojitos quedó una chispa de duda. Lina miró por la ventana y sintió que el peso de seis años volvía a caer sobre sus hombros.

El avión aterrizó. Lina tomó su maleta y agarró con fuerza la manita de Tiago.

—Vamos, mi amor. No sueltes mi mano por nada del mundo.

—Esta bien mami.

Caminaron por el aeropuerto. Era un caos de gente, maletas y ruido. Tiago iba fascinado, mirando todo.

—Mami, ¿podemos comprar un helado?

—Después, amor. Primero tenemos que recoger las maletas.

Lina se detuvo un segundo para revisar su teléfono. Un mensaje de su mamá desde el extranjero: "¿Ya llegaron, hija? Cuídate mucho. Te queremos."

Lina sonrió con tristeza. Extrañaba a sus padres. Pero ellos no podían volver. No todavía.

Fue solo un segundo. Soltó la mano de Tiago para teclear la respuesta. Cuando levantó la vista...

—¿Tiago?

Silencio.

—¿¡Tiago!?

Nada. El niño no estaba.

El corazón de Lina dio un vuelco. Miró a todos lados. Nada. La gente seguía pasando como si nada.

—¡Tiago! —gritó, pero su voz se perdió entre el ruido.

Corrió como loca, empujando a la gente. El vestido blanco se arrugó, su cabello se desordenó, las lágrimas empezaron a brotar.

—¡Dios mío, no, no, no!

Mientras tanto… Tiago estaba paralizado.

Había visto un globo rojo gigante. Soltó la mano de su mamá sin pensar. Solo un segundo. Cuando se dio la vuelta, su mamá no estaba.

El pánico se apoderó de él. Quiso llorar, quiso gritar, pero recordó las palabras de Lina:

"Tiago, si alguna vez te pierdes, no llores, no corras. Busca a una persona mayor que te inspire confianza. Alguien que te parezca buena persona. O uédate quieto, que yo siempre te voy a buscar."

Tiago respiró hondo. Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano. Y miró.

La gente pasaba rápido, sin mirarlo. Todos parecían tener prisa. Todos parecían no verlo.

Hasta que lo vio.

Un hombre alto, muy alto. Caminaba rápido, con un traje negro impecable, un portafolios en una mano y un teléfono en la otra. Su rostro era serio, casi frío. Su mirada era intensa. Pero Tiago sintió algo. Ese hombre era importante. Y se veía bueno.

Sin pensarlo dos veces, el niño corrió hacia él, estiró su manita y le agarró la mano con todas sus fuerzas.

Ignacio Solís sintió un tirón en su mano. Bajó la mirada y vio a un niño pequeño, de ojos enormes y asustados, aferrado a él como si su vida dependiera de eso.

—Oye, ¿qué te pasa? —dijo Ignacio con tono seco, intentando soltarse.

El niño no soltó.

—Oye, suéltame. ¡Niño, te estoy hablando!

Pero Tiago no soltaba. Ignacio sintió irritación. No tenía tiempo para esto. Tenía una reunión en dos horas.

—¡Suéltame, carajo! —soltó Ignacio, más brusco de lo que quería.

Tiago levantó la mirada. Sus ojitos brillaban con lágrimas contenidas. Pero no soltó.

—Ayúdeme —dijo con voz temblorosa—. Estoy perdido. ¿Me ayuda a encontrar a mi mamá?

Sus ojos se encontraron.

Ignacio sintió algo. Un calor en el pecho que no había sentido en años. Algo que no podía explicar.

El médico más importante de Miami sintió que su corazón se ablandaba.

Se arrodilló frente a Tiago.

—Tranquilo, pequeño. ¿Cómo te llamas?

—Tiago.

—Yo soy Ignacio. Y te voy a ayudar. ¿Cómo es tu mamá? ¿Cómo está vestida?

—Es muy bonita —dijo Tiago—. Tiene un vestido blanco. Y pelo largo y negro.

Ignacio asintió y se levantó. Extendió su mano.

—Vamos a buscarla juntos. No te preocupes, ¿ok?

Tiago asintió y tomó su mano con fuerza.

Caminaron por el aeropuerto. Ignacio miraba a todos lados, buscando a una mujer con vestido blanco y pelo largo y negro. Tiago iba a su lado, apretándole la mano, confiando en él.

De repente, Ignacio vio a una mujer de espaldas. Vestido blanco. Pelo largo y negro. Estaba de pie, mirando hacia la puerta de salida, como buscando a alguien.

Ignacio se detuvo y señaló.

—Tiago —dijo en voz baja—. ¿Esa es tu mamá?

Tiago levantó la mirada y la vio.

—¡Sí! —gritó el niño, soltando la mano de Ignacio—. ¡Ésa es mi mamá!

Y salió corriendo hacia ella.

—¡Mamá!

La mujer de espaldas se giró al escuchar la voz de su hijo. Sus ojos se abrieron y una sonrisa de alivio inmenso iluminó su rostro.

—¡Tiago!

Corrió hacia él y lo levantó en brazos, abrazándolo con todas sus fuerzas, besándole la cabeza, las mejillas, las manos. Las lágrimas brotaban de sus ojos sin control.

—¡Lo siento cariño, te perdí! —decía entre sollozos—. ¡Te encontré! ¡Gracias, Dios mío, te encontré!

Tiago la abrazó fuerte.

—Mami, un señor me ayudó. Agarre su mano y no me solté, así como me dijiste. Él me trajo aquí.

Lina respiró hondo. Secó sus lágrimas con el dorso de la mano y levantó la mirada para agradecerle al desconocido que había ayudado a su hijo.

—Muchas gracias, señor, no sabe cuánto…

Se quedó sin aire.

Las palabras se congelaron en su garganta.

Ignacio Solís.

Allí estaba él. Ignacio. El hombre que había amado con cada fibra de su ser, el mismo al que le entregó cinco años de sueños y promesas, el mismo al que engañó y lastimó sin piedad para salvarlo. Verlo de nuevo, con ese traje negro y esa mirada de hielo, le partió el alma en dos. Su corazón latía desbocado, las piernas le temblaban y un nudo de culpa y amor le cerró la garganta.

Seis años. Seis años desde que lo humilló, desde que lo dejó hecho pedazos, desde que él la odió con todas sus fuerzas. Y aun así, ahí estaba, más hermoso que nunca, más frío que nunca. Y ella, a pesar de todo, lo seguía amando con la misma desesperación de siempre.

Y ahora, el destino los ponía frente a frente.

Ignacio no dijo nada. No podía. Estaba paralizado, en shock, mirándola como si viera un fantasma.

Lina abrió la boca, pero no salió ni una palabra. Solo atinó a apretar a Tiago contra su pecho, como si él pudiera protegerla del huracán que se avecinaba.

El silencio entre ellos fue eterno.

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