Capítulo 2 Carrera contra el tiempo.
Lina respiró hondo. Apretó a Tiago contra su pecho y, con la voz temblorosa, logró decir:
—Gracias... gracias por haber traído a mi hijo.
Ignacio no respondió. No podía.
Estaba paralizado. Clavado en el suelo como una estatua. Sus ojos no podían despegarse de ella.
Seis años.
Seis años malditos había esperado este momento. Seis años ensayando en su cabeza lo que le diría cuando la volviera a ver. Seis años alimentando el odio, el rencor, la rabia. Seis años jurando que cuando estuviera frente a ella, la destruiría con palabras, la humillaría como ella lo humilló a él.
Pero ahora que la tenía enfrente...
No podía odiarla.
Ella estaba más hermosa que nunca. El vestido blanco, arrugado por la carrera, le quedaba perfecto. Su cabello negro, desordenado, le daba un aire vulnerable que le rompía el alma. Sus ojos, aquellos ojos que él había amado con locura, estaban llenos de lágrimas y de miedo. Miedo de él.
Ignacio sintió que el amor que creía haber matado hacía seis años se despertaba con furia en su pecho. Un amor tan grande que dolía. Un amor que él había intentado enterrar bajo montañas de éxito, de dinero, de eventos. Pero que seguía ahí, intacto, esperando.
Y eso lo aterraba.
Porque él quería odiarla. Necesitaba odiarla. Pero la miraba y solo veía a la mujer que había sido su todo. La mujer por la que habría dado su vida. La mujer que lo había destruido.
Su mandíbula se tensó. Sus puños se apretaron. Pero no dijo una palabra.
Lina, sintiendo el peso de su mirada, bajó los ojos. No podía sostenerle la mirada. No podía ver ese dolor que ella misma había causado.
—Tiago —dijo con voz baja—, agradécele al señor y nos vamos.
Tiago soltó a su mamá y se acercó a Ignacio. El niño levantó su carita y lo miró con sus ojitos grandes y sinceros.
—Gracias, señor Ignacio, por haberme ayudado. Usted es muy bueno.
Ignacio sintió que algo se rompía dentro de él. Se arrodilló frente a Tiago, quedando a su altura. Miró esos ojos tan parecidos a los de Lina y sintió un nudo en la garganta. Un nudo que no era solo de ternura. Era de rabia. De rabia contenida. De todas las palabras que quería gritarle a esa mujer y que no podía decir porque el niño estaba delante. De todo el dolor que llevaba seis años guardando y que ahora le explotaba en el pecho como una bomba.
—No es nada, pequeño —dijo con voz ronca. Su voz temblaba. No de emoción. De furia. —Ya que veo que eres un niño muy lindo y adorable, quiero que me prometas una cosa.
—¿Qué cosa, señor?
Ignacio puso una mano sobre el hombro del niño. Pero sus ojos, por un instante, se elevaron y se clavaron en los de Lina. Fue una mirada rápida, pero cargada de dolor. Una indirecta directa a ella.
—Prométeme que nunca vas a defraudar a las personas que te ayudan —dijo Ignacio—. Y a las que te aman. Prométeme que siempre vas a ser honesto con ellas.
Lina sintió que las palabras le atravesaban el pecho como una daga. Cada sílaba era para ella. Cada palabra era un recordatorio de lo que había hecho. De cómo lo había dejado. De cómo lo había destruido.
Su corazón comenzó a latir con fuerza, un dolor sordo y profundo que se expandía por todo su pecho. Las lágrimas amenazaron con salir, pero se contuvo. No podía llorar delante de él.
Tiago, ajeno a la tormenta, asintió con seriedad.
—Lo prometo, señor Ignacio.
Y luego levantó su dedito meñique.
—Hagamos la promesa de dedito.
Ignacio parpadeó. Una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro. La primera en mucho tiempo.
Enlazó su dedo con el de Tiago.
—Promesa hecha.
El niño sonrió, feliz.
Ignacio se levantó lentamente. Sus ojos volvieron a encontrarla. Esta vez no había hielo. Había fuego. Un fuego que ardía con la fuerza de seis años de dolor. Su mirada la atravesó como una lanza.
Se acercó a ella. Tan cerca que ella pudo sentir su calor. Su voz fue baja, apenas un susurro, pero cada palabra cayó como una piedra.
—Ten más cuidado. No sea que sigas perdiendo las cosas más valiosas de tu vida.
Ignacio la miró un segundo más. Un segundo eterno. Luego dio media vuelta.
Y se fue.
Lina lo vio alejarse. Quiso gritarle. Quiso decirle la verdad. Que nunca lo engañó. Que lo hizo para salvarlo. Que lo amaba. Que tenía un hijo. Pero no podía. Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
Cuando desapareció, Lina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Y en medio del caos, una sola certeza: lo seguía amando. Y él nunca sabría la verdad.
—Mami —dijo Tiago, tocándole la mejilla—, ¿estás bien?
Lina parpadeó. Respiró hondo.
—Sí, mi amor. Vámonos.
Le cogió la mano y caminaron hacia la salida. Pero antes de salir, Lina volteó la mirada hacia atrás.
Y lo vio.
Ignacio seguía caminando rápido, sin mirar atrás. Con las manos apretadas, los hombros tensos, y el corazón latiendo con furia.
Lina sintió que el corazón se le rompía un poco más. Pero se obligó a seguir caminando.
Tiago, en cambio, ya había recuperado su alegría. Sus ojitos curiosos miraban a todos lados, maravillado por el ajetreo del aeropuerto.
De repente, el niño soltó la mano de su mamá y salió corriendo hacia adelante.
—¡Tío Luis! —gritó Tiago con todas sus fuerzas, corriendo hacia un hombre alto que los esperaba junto a un auto negro.
Luis, el médico amigo de Lina, abrió los brazos y recibió a Tiago con una sonrisa enorme. Levantó al niño en el aire y lo giró con alegría.
—¡Pequeño! —dijo Luis, abrazándolo fuerte—. ¡Cuánto te extrañé!
Tiago rió a carcajadas, abrazando el cuello de Luis.
—¡Yo también te extrañé mucho, tío Luis! ¡Muchísimo!
Luis lo bajó al suelo y se arrodilló frente a él, mirándolo a los ojos con cariño.
—Estos días sin ustedes fue muy largo, ¿sabes? —dijo Luis, pasándole la mano por el cabello—. Pero tenía que venir para organizar todo. Y aquí estoy.
—¿Y me trajiste galletas? —preguntó Tiago con picardía.
Luis rió.
—Claro que sí, campeón. En el carro tengo una caja entera.
Tiago saltó de alegría y corrió hacia el auto.
Luis se levantó y caminó hacia Lina. La miró con sus ojos cálidos y, sin decir una palabra, la abrazó con fuerza.
—Siento llegar tarde —dijo Luis, con voz suave—. Había mucho trancón y no los pude recibir adentro. ¿Cómo estuvo el viaje?
Lina se quedó un momento en el abrazo, sintiendo la calidez de su amigo. Él era como un hermano para ella. Siempre lo había sido. Y en ese momento, después de todo lo que había pasado, necesitaba ese abrazo.
—Fue un viaje largo —dijo Lina, separándose un poco y forzando una sonrisa—. Pero ya estamos aquí.
Luis la miró fijamente. Algo en su rostro no cuadraba. Vio sus ojos llorosos, su vestido arrugado, su cabello desordenado.
—Bueno, lo importante es que ya están aquí. Vamos a mi casa. Se van a quedar allá todo el tiempo que necesiten.
Lina negó con la cabeza.
—No, Luis, no podemos. Ya tengo reservado un hotel. No te vamos a molestar.
Luis puso una mano en su hombro y la miró con seriedad.
—Lina, ¿cómo se te ocurre que te vas a ir a un hotel con el niño? —dijo con un tono entre cariñoso y firme—. Si se pueden quedar en mi casa. Tengo espacio de sobra. Tiago tiene su cuarto, su jardín, sus juguetes. Y tú necesitas estar tranquila, no encerrada en un hotel.
Lina abrió la boca para protestar, pero Luis la interrumpió.
—Además —continuó Luis—, mañana a primera hora tenemos la cita con el especialista para Tiago. Es más fácil si están en mi casa. Te llevo yo mismo.
Lina lo miró con gratitud.
—Luis, no sabes cuánto te agradezco... pero no quiero abusar de tu hospitalidad.
Luis sonrió con calidez.
—No es abusar, Lina. Eres mi amiga. Y Tiago es como un hijo para mí. Ustedes son familia. Así que no hay discusión: se quedan en mi casa.
Tiago, desde el auto, gritó emocionado:
—¡Mami, ven! ¡El carro de Luisito es súper grande y tiene galletas!
Lina y Luis rieron. Caminaron hacia el auto y se subieron. Luis arrancó el motor y comenzaron a alejarse del aeropuerto.
—Tío Luis —dijo el niño—, ¿el doctor que me va a ver es bueno?
Luis sonrió
por el espejo retrovisor.
—Es el mejor, campeón. Nadie mejor que él para ayudarte.
Tiago asintió, sin saber que ese nombre cambiaría su vida para siempre.
