Capítulo 3 Un encuentro inesperado.

El auto se deslizó por calles arboladas hasta detenerse frente a una imponente mansión. Lina abrió los ojos, incrédula. La casa era enorme, con columnas blancas, jardines impecables y una entrada que parecía sacada de una revista de lujo.

—Luis —dijo Lina, sin poder ocultar su sorpresa—. No pensé que tuvieras tanto dinero.

Luis sonrió con modestia mientras apagaba el motor.

—En realidad, esta casa me la regaló mi hermano.

Lina lo miró con curiosidad.

—¿Tu hermano? Me has hablado poco de él.

Luis sonrió. Y en esa sonrisa había algo más que cariño. Había admiración. Había orgullo. Había un amor que solo se ve entre hermanos que se han tenido el uno al otro cuando no había nadie más.

—Es una persona muy reservada —dijo Luis, bajando del auto—. Pero es mi todo. Mi apoyo. Mi ejemplo. La persona que se sacrificó para que yo saliera adelante. Esta casa no es un regalo. Es un pedazo de su alma.

Lina se acercó y le tocó el brazo.

—Qué bonito tener a alguien así.

—Sí —dijo Luis, con un brillo especial en los ojos—. Aunque parece de hierro, cuando lo conozcas vas a ver que es un buen hombre. De esos que dan la vida por los suyos.

Lina rió suavemente.

—Si es como tú, me imagino que sí.

Luis sonrió y abrió la puerta de la mansión.

—Bueno, vamos. Los llevo a sus habitaciones para que puedan descansar. Mañana será un día largo.

Tiago entró corriendo, maravillado por el tamaño de la casa.

—¡Mami, mira qué grande! ¡Parece un castillo!

—No te emociones mucho, mi amor —dijo Lina, riendo—. Mañana tienes que estar descansado para la cita con el doctor.

—¡Sí, mami!

Luis los guió por un pasillo elegante hasta dos habitaciones contiguas, cada una con una cama enorme y una vista espectacular al jardín.

—Aquí pueden quedarse todo el tiempo que necesiten —dijo Luis—. Cualquier cosa, yo estoy al lado.

Lina lo abrazó.

—Gracias, Luis. De verdad, no sé qué haría sin ti.

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El hospital era imponente. Un edificio de vidrio y acero que se elevaba hacia el cielo de Miami. El nombre "Solís Medical Center" brillaba en letras doradas en la entrada.

Lina sintió un nudo en el estómago al ver el nombre. Solís. Pero se obligó a ignorarlo. Era solo una coincidencia.

Tiago iba de la mano de Luis, emocionado.

—Tío Luis, ¿el doctor me va a dar medicina?

—No, campeón. Solo te va a revisar para ver cómo estás.

Entraron al hospital. El lobby era enorme, con pisos de mármol brillante y una recepción elegante. Todo era lujo y sofisticación.

Luis se dirigió al ascensor privado. Subieron en silencio mientras los números cambiaban: 5, 10, 15, 20.

El corazón de Lina comenzó a palpitar con fuerza. No sabía por qué. Tal vez eran los nervios por la cita de Tiago.

Luis notó su rostro tenso y le sonrió con calidez.

Lina lo miró y sintió una oleada de gratitud.

—Luis —dijo con voz suave—. De verdad, gracias por todo lo que has hecho por nosotros. No sé cómo agradecerte.

Luis le apretó la mano.

—No tienes que agradecer, Lina. Para eso estoy.

El ascensor se detuvo en el piso 20. Las puertas se abrieron y salieron a un pasillo elegante, con puertas de madera oscura y un silencio que solo se rompía por el eco de sus pasos.

Luis guió a Lina y Tiago hasta una sala de espera privada, con sillones de cuero y una vista espectacular de la ciudad.

—Espérame aquí un momento —dijo Luis—. Entraré primero.

Lina lo miró con curiosidad.

—¿No vas a anunciarte?

Luis sonrió con modestia.

—No, no necesito que me anuncien.

Ignacio Solís estaba de espaldas, mirando por el ventanal. Su bata blanca de médico le daba un aire imponente. Sus manos estaban detrás de la espalda, y su postura era rígida, como siempre.

La puerta se abrió y Luis entró con una sonrisa. Ignacio se giró y, al ver a su hermano, su rostro se iluminó. No era la fría máscara que mostraba al mundo. Era un hombre diferente. Más humano.

—¡Hermano! —dijo Ignacio, abriendo los brazos.

Luis corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Ignacio lo apretó contra su pecho, como si no lo hubiera visto en años.

—Casi no te dejas ver —dijo Ignacio, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Si no fuera por el favor que me pediste de ver al niño, ni siquiera hubieras venido aún.

Luis rió, con una mezcla de culpa y cariño.

—Lo siento. Sabes que las prácticas fuera del país me han tenido ocupado. Pero debí sacar tiempo para ti, hermano. Me ocupé en tener todo listo para recibirlos a ellos. Y descuidé lo más importante. A ti.

Ignacio lo miró con curiosidad. Él sabía que esa mujer era especial para su hermano. Luis le había hablado de ella con tanto cariño que Ignacio había notado el brillo en sus ojos. Sabía que Luis estaba enamorado, aunque él no lo dijera.

—No vuelvas a hacerlo —dijo con voz firme.

Luis bajó la mirada. Pero entonces Ignacio sonrió. Una sonrisa sincera que le iluminó el rostro. Y lo abrazó de nuevo.

—Te extrañé, hermano —susurró. —Hazlos pasar, muero de curiosidad de conocer por quién me cambiaste.

Luis sonrió, se asomó en la puerta e hizo señas a Lina para que entraran.

Lina levantó la mirada.

Y el mundo se detuvo.

Allí, frente a ella, con su bata blanca de médico, estaba Ignacio Solís.

El aire se escapó de sus pulmones. Su corazón dio un vuelco y comenzó a latir con una fuerza que dolía. Las piernas le temblaron. Las manos le sudaban. Y en su garganta, un nudo de culpa y de amor le impedía respirar.

Ignacio la miró. Su rostro se transformó en una máscara de hielo. Pero sus ojos... sus ojos eran un torbellino. Incredulidad. Furia. Dolor. Rabia. Y algo más. Algo que ella conocía bien. Algo que la atravesó como una espada y le partió el alma en dos.

Luis, ajeno a todo, extendió su brazo con orgullo.

—Lina, te presento a mi hermano. Él es el doctor Ignacio Solís.

Lina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Tu... tu hermano? —logró decir con voz quebrada.

Luis asintió, sonriendo.

Y en ese momento, el mundo de Lina se derrumbó por completo. No solo era él. No solo era el hombre al que había amado y destruido. Era el médico que necesitaba para salvar a su hijo. El especialista que era la única esperanza de Tiago. Y era el hermano de Luis. De su mejor amigo. Del hombre que la había apoyado, que la había cuidado. El destino no podía ser tan cruel. No podía serlo.

Tiago levantó su carita.

—¿Tú eres mi doctor?

Ignacio bajó la mirada hacia el niño. Su voz fue más suave.

—Nos volvemos a ver, pequeño.

Lina sintió que las palabras le atravesaban el pecho.

Luis, confundido, los miró a ambos.

—¿Se conocen?

El silencio fue eterno.

Ignacio sintió que el fuego le subía por la garganta y le quemaba el pecho. Claro que la conocía. Claro que sí. La conocía más que a nadie. Conocía cada curva de su cuerpo. Conocía el lunar que tenía en el pecho, ese pequeño lunar que él besaba cada noche. Conocía su risa, sus suspiros, la forma en que cerraba los ojos cuando la besaba. La conocía entera. La conocía de memoria. Y ahora tenía que fingir que era una desconocida. Ahora tenía que fingir que no significaba nada.

Ignacio apretó la mandíbula. Sus puños se cerraron. Y con una voz fría, cortante, cargada de todo lo que no podía decir, respondió:

—Sí. Nos conocemos.

—¿Cómo es posible?

Lina, nerviosa, trató de controlarse.

—Nos vimos en el aeropuerto. Él ayudó a Tiago. Nada más.

La sangre de Ignacio hervía. "Nada más." Esa mujer reducía cinco años de amor y seis de dolor a un encuentro casual. Como si él no hubiera significado nada. Como si no hubiera pasado seis años intentando olvidarla y fracasando cada noche.

Quería gritarle la verdad a su hermano. Pero no podía. No podía hacerle eso

a Luis. Así que en lugar de gritar, soltó una risa fría, hueca, que no llegaba a sus ojos. Una risa que era más un cuchillo que un sonido.

Y por dentro, se moría.

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