Capítulo 4 Indiferencia que quema el alma.
El silencio cayó sobre el consultorio como una losa. Lina podía sentir el peso del aire, la tensión que se acumulaba en cada rincón de la habitación. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Ella quería huir. Cada fibra de su ser le decía que saliera corriendo de allí. Pero sus piernas no respondían. Estaba clavada en el suelo, atrapada por la mirada de él, aunque él ni siquiera la estuviera mirando.
Ignacio la miro. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos... sus ojos ardían con una furia contenida que daba miedo. Era como si cada músculo de su cuerpo estuviera tenso, como si estuviera usando toda su fuerza para no explotar.
—Siéntense.
Lina sintió un escalofrío. Luis, notando la tensión, se acercó a su hermano.
—¿Estás bien? —preguntó Luis en voz baja—. Te noto raro.
Ignacio no lo miró. Sus ojos seguían clavados en Lina.
—Se me olvidó que tenía una reunión —dijo Ignacio, con tono seco.
Lina, sintiendo el peso de la mirada de él, se levantó rápidamente. Su voz temblaba.
—Qué pena, doctor. Mejor nos vamos.
Ignacio la miró con furia. Su voz fue un golpe seco, autoritario.
—He dicho que se sienten.
Lina sintió que las palabras la golpeaban. Sus piernas temblaban, pero obedeció. Se sentó. Luis la miró con preocupación, pero no dijo nada.
Ignacio tomó asiento detrás de su escritorio. Cruzó los brazos y los miró a ambos.
—Cuénteme qué tiene el niño.
Lina y Luis comenzaron a hablar. Le contaron sobre los síntomas: la debilidad muscular en las piernas, las lesiones en la piel que aparecían y desaparecían, la fatiga extrema, la dificultad para caminar, la pérdida de sensibilidad en algunas zonas. Ninguno de los dos mencionó un nombre para la enfermedad. No lo sabían. Solo tenían los síntomas y la desesperación.
Ignacio escuchó en silencio. Su rostro era una máscara impenetrable.
Cuando terminaron, Ignacio cerró la computadora y miró a su hermano.
—Luis —dijo Ignacio, con voz firme—. Llévalo por favor y sácale estos exámenes.
Ignacio escribió algo en una receta y se la entregó a su hermano. Luego, sin mirar a Lina, añadió:
—Yo me quedo con la madre del niño. Le voy a preguntar unas cosas.
Lina sintió que el corazón se le detenía. No podía quedarse sola con él. No después de seis años. No después de todo lo que había pasado. Antes, cuando lo miraba, encontraba dulzura. Tranquilidad. Amor. Pero ahora, esa mirada que la había hecho sentir segura, se había convertido en fuego. Un fuego que la quemaba. Un fuego que la asustaba. Porque no sabía qué iba a hacer él. No sabía qué iba a decir. Y lo peor: no sabía si podría resistirse a él.
—No, yo los acompaño —dijo Lina, levantándose rápidamente. Su voz temblaba.
Ignacio la miró. Su voz fue un susurro, pero cargado de autoridad.
—Necesito preguntarte algo. Quédate acá.
Lina abrió la boca para protestar, pero Luis la interrumpió. Le tomó la mano y la miró con una sonrisa tranquilizadora.
—Tranquila, Lina —dijo Luis—. Quédate con mi hermano. No es tan malo como se ve.
Lina miró a Tiago, que ya estaba tomando la mano de Luis, confiado.
—Ok, mami. El tío Luis me va a cuidar —dijo el niño, feliz.
Luis salió con Tiago de la mano, cerrando la puerta detrás de ellos.
El silencio fue absoluto.
Ignacio se levantó lentamente. Caminó hacia ella con pasos firmes, como un depredador acechando a su presa. Se detuvo frente a ella. Una sonrisa fría, burlona, se dibujó en sus labios.
—¿En serio? —dijo Ignacio, con voz cargada de veneno—. ¿Ahorita andas enredada con mi hermano?
Lina abrió la boca, pero él no la dejó hablar.
—Pero tenía entendido que te gustaban ricos y poderosos —continuó Ignacio, con sarcasmo—. Pensé que te gustaban con mucho más dinero. ¿Has bajado de estatus o estás esperando a que suba de nivel?. Porque mi hermano es residente. Está haciendo prácticas. No tiene un centavo. ¿O es que ahora te gustan los que no tienen nada? ¿O será que estás desesperada y te conformas con lo que sea?
Lina sintió que la sangre le hervía. Todo el dolor, toda la culpa, todo el arrepentimiento de seis años se transformó en rabia.
—Por favor —dijo Lina, con voz firme, aunque sus manos temblaban—. Eso es pasado. Tu hermano no tiene nada que ver. Yo ni siquiera sabía que era tu hermano.
Ignacio la miró con incredulidad.
—¿Y eso lo hace mejor? —preguntó, con una risa amarga—. ¿Que no supieras que es mi hermano? ¿Crees que eso me consuela? ¿Crees que eso borra todo lo que me hiciste?
Lina se levantó de golpe. La rabia la consumía.
—Pero no te preocupes —dijo, con la voz quebrada—. Me voy a ir. Me voy a ir de Miami. Y le dices a tu hermano que no pudiste encontrar la enfermedad del niño y buscaré otro médico.
Ignacio la miró con furia. Una furia que le ardía en las venas. Una furia que era, en realidad, dolor. Puro dolor.
—¿En serio piensas huir otra vez? —dijo Ignacio, con voz cortante—. Ni siquiera vas a luchar por tu hijo. Ni siquiera vas a quedarte a darle la oportunidad de curarse. Claro, huyes. Es lo que siempre haces. Eres buena para eso, Lina. Muy buena.
Lina sintió que las palabras le atravesaban el pecho como cuchillos. Porque él tenía razón. Estaba huyendo. Otra vez. Como siempre. Como una cobarde.
Ignacio dio un paso más hacia ella. Su voz era un susurro peligroso.
—Pero yo haré mi trabajo como doctor. Si trajiste a Tiago aquí, encontraré su cura. No es culpable de tener la madre que tiene.
Ignacio la miró. Sus labios rojos, sus ojos brillantes, ese corazón que latía tan rápido como antes, cuando él se acercaba y el mundo se detenía. No pudo aguantar más.
La tomó por la cintura y la besó. Sus dedos se enredaron en su cabello, acariciándola con una ternura que la desarmó. Lina sintió que el mundo se desvanecía. Sus manos se enredaron en su cuello y le correspondió. El beso se intensificó, hambriento, desesperado, lleno de seis años de dolor y de preguntas sin respuesta.
Por un momento, solo existían ellos dos. Hasta que Lina separó de golpe, jadeando, con el corazón a punto de estallar. Ignacio la miró, con la respiración agitada, los labios aún húmedos.
—¿Cuál de esos te gustan más? —preguntó, con voz ronca—. ¿Los míos o los de mi hermano? Porque ese beso que acabas de darme, fue el mismo beso que me dabas cuando decías amarme. Con la misma entrega. Con la misma pasión. Así que dime, Lina, ¿a quién le pertenecen esos labios? ¿A mí o a él?
Lina sintió que la sangre le hervía. Estiró la mano y lo abofeteó.
La cachetada resonó en el consultorio.
La mano de Lina temblaba. No de rabia. De dolor. De amor. De todo lo que no podía decir. Lo había golpeado porque no sabía qué más hacer. Porque él la estaba desnudando con sus palabras. Porque cada pregunta era una verdad que ella no podía responder. Porque ese beso... ese beso la había hecho sentir viva otra vez. Y eso la aterraba.
Ignacio se quedó quieto. Su mejilla enrojecida. Sus ojos fijos en ella. Y en esa mirada había de todo. Dolor. Rabia. Deseo. Y algo más. Algo que ni él mismo podía nombrar. Porque aunque ella lo acababa de golpear, aunque lo acababa de humillar, lo único que él quería era volver a besarla.
En ese momento, la puerta se abrió.
Luis entró con Tiago de la mano. El niño se soltó y corrió hacia Lina.
—¡Mami!
—Uff, hermano —dijo Luis—. Esto aquí todo es súper rápido. Ya le sacaron los exámenes a Tiago.
Ignacio se enderezó, ajustando su bata blanca. Su voz fue fría, profesional, como si lo que acababa de pasar nunca hubiera ocurrido.
—Bien, eso es todo. Cualquier cosa, me estaré comunicando.
Se giró hacia su escritorio y tomó un dulce de una cajita. Era un caramelo de menta con chocolate, los favoritos de Lina. Ella lo reconoció al instante.
Se acercó a Tiago y se agachó frente a él.
—Toma, pequeño —dijo Ignacio, con una voz más suave—. Esto es para ti, te has portado muy bien.
Tiago tomó el dulce y lo miró con curiosidad. Luego, con una sonrisa, se giró hacia Lina.
—Toma, mami —dijo el niño, extendiéndole el caramelo—. Son tus favoritos, te lo regalo.
Lina sintió que el corazón se le rompía un poco más. Tomó el dulce con manos temblorosas.
Tiago se despidió de Ignacio con una sonrisa.
—Gracias, doctor. Hasta luego.
Luis se acercó y abrazó a su hermano con cariño.
—Nos vemos, hermano. Te quiero.
—También te quiero.
Lina tomó a Tiago de la mano y caminó hacia la puerta. Pero antes de salir, escuchó la voz de Ignacio detrás de ella.
—Lucho, nos vemos hoy. Quiero hablar contigo.
—Claro. En el lugar de siempre.
