Capítulo 5 Recuerdos que pesan.
El ascensor descendió en silencio. Lina sentía el peso de los minutos anteriores como una losa sobre sus hombros. Tiago, ajeno a todo, jugaba con el dulce que Ignacio le había dado, enrollando el papel entre sus deditos.
Lina se llevó una mano a los labios. Sin pensar. Sin querer. Los tocó con la yema de los dedos. Aún los sentía húmedos. Aún sentía el sabor de Ignacio en su boca. Aún sentía el calor de su cuerpo contra el suyo. Y en su pecho, el corazón le latía tan fuerte que creía que iba a estallarle. No podía borrar ese beso de su memoria. No podía borrar lo que había sentido. No podía borrarlo a él. Aunque lo intentara.
Luis, con una sonrisa tranquila, rompió el silencio.
—Bueno, Lina, ¿qué te pareció mi hermano?
Lina parpadeó. La pregunta la tomó por sorpresa. Retiró la mano de sus labios rápidamente, como si la hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
—No sé —dijo, evitando su mirada—. Es muy rígido y seco.
Luis soltó una risa suave.
—Sí —dijo Lina, con voz baja—. Se ve que es especial con los niños. Pero Luis, la verdad... no sabía que él era tu hermano. No quiero molestar, ¿por qué no buscamos otro especialista?
Luis la miró con incredulidad.
—¿Cómo se te ocurre? No, Lina. Él es el mejor. Y lo mejor de todo es que no nos va a cobrar. ¿Cómo íbamos a pagar a un médico tan costoso?
Lina sintió que el corazón se le encogía. El dinero. No había pensado en eso.
—Tienes razón —dijo Lina, con voz apenas audible.
Cuando llegaron a la entrada del hospital, Luis se detuvo.
—Los voy a dejar en la casa —dijo Luis—. Tengo que hacer algo y después ir a verme con mi hermano. Llevamos tiempo sin vernos y conversar bien
Lina sintió que el corazón se le paralizaba de nuevo pero asintió.
Horas más tarde, Ignacio ya estaba sentado en una mesa al fondo, con un whisky en la mano. Cuando vio entrar a su hermano, su rostro se iluminó. Se levantó de inmediato y lo abrazó con fuerza.
—¡Lucho! —dijo Ignacio, apretándolo contra su pecho—. Tanto tiempo.
Luis le devolvió el abrazo con la misma intensidad.
—Hermano, te extrañé.
Se sentaron. Ignacio pidió otra bebida para su hermano. Durante un rato hablaron de cosas ligeras: viajes, trabajo, la vida en general. Luis le contó sobre un viaje que había hecho a Europa. Ignacio le habló de una conferencia en Nueva York. La conversación fluía natural, como si nada hubiera cambiado entre ellos.
Pero Ignacio no podía evitar que su mente volviera a Lina.
Después de un momento de silencio, Ignacio dejó el whisky sobre la mesa y miró a su hermano con seriedad.
—Lucho —dijo Ignacio—. ¿Cómo conociste a esa mujer? La que vino hoy a la consulta. ¿Cómo la conociste?
Luis sonrió, con un brillo especial en los ojos.
—En una consulta. Llegó con su hijo, desesperada. El niño tenía problemas en las piernas desde hacía meses y nadie podía ayudarla. Yo la atendí, y desde entonces nos hicimos amigos.
Ignacio lo miró con atención.
—¿Y no te parece... que sea una mujer…? Quiero decir, imagínate, ya tiene un hijo.
Luis lo interrumpió con firmeza.
—No es lo que piensas, hermano. Que sea mamá soltera no quiere decir que sea mala persona. Ella ha luchado sola desde que el niño nació. La conozco muy bien.
Ignacio sintió que el corazón se le apretaba. Cada palabra de su hermano era un puñal.
—Dale tiempo —continuó Luis, con una sonrisa cálida—. Dale tiempo para conocerla. Vas a ver que ella es diferente.
Ignacio bajó la mirada. Quería gritar. Quería decirle que esa mujer era la misma que lo había destruido, que había sido suya, que la había amado con locura, y era quien lo había dejado hecho pedazos.
Pero ver a Luis tan feliz, tan ilusionado, le rompía el alma.
No podía lastimarlo.
—Ten cuidado —dijo Ignacio, con voz grave—. Solo ten cuidado... no te entregues tan rápido.
Luis sonrió con confianza.
—Tranquilo, hermano. Yo sé lo que hago.
Ignacio asintió, tomó su whisky y bebió un largo trago, sintiendo el ardor en la garganta.
Y entonces, las imágenes comenzaron a llegar.
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Siete años atrás.
Ignacio estaba eufórico. Después de varios turnos de trabajo, de noches en vela, de esfuerzo y sacrificio, finalmente lo había logrado. Había ahorrado lo suficiente para comprar el anillo. Era un anillo pequeño, sencillo, pero perfecto para ella. Para Lina.
Ese día compró un ramo de rosas rojas, las favoritas de ella. Las tenía en una mano, y en la otra, la cajita con el anillo. Su corazón latía con fuerza mientras caminaba hacia el apartamento de ella.
Llegó al edificio. Subió las escaleras con pasos rápidos, emocionado, sintiendo que la felicidad le explotaba en el pecho. Tocó la puerta.
Pero algo no estaba bien.
Escuchó risas. Muchas risas. Carcajadas que venían desde adentro. Y el sonido de copas chocando. Olor a vino que se filtraba por debajo de la puerta.
Su corazón comenzó a palpitar, pero no de emoción. Era otra cosa. Algo extraño. Algo que le decía que no debía abrir esa puerta.
Pero la abrió.
Y el mundo se detuvo.
Lina estaba allí en ropa interior, encima de un hombre con el torso desnudo, tirado en el sofá, con una botella de vino destapada en la mano. La música sonaba fuerte. Las risas flotaban en el aire. El olor a vino y a perfume caro llenaba la habitación.
Las flores cayeron al suelo. Los pétalos rojos se desparramaron por el piso como gotas de sangre. La cajita con el anillo se escapó de su mano y rodó hasta los pies de ella.
Ignacio sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Su corazón se detuvo y luego explotó en mil pedazos. No podía creer lo que veían sus ojos. No quería creerlo. Todo lo que habían construido. Todo lo que le había prometido. Todo el amor que le había dado. Todo era mentira. Ella lo estaba engañando. Delante de sus ojos. Sin ningún remordimiento.
—¿Qué... qué está pasando aquí? —gritó Ignacio, con la voz rota, con el alma hecha pedazos.
Lina apenas volteó a verlo. Sus ojos no tenían amor. No tenían culpa. Solo indiferencia.
Y entonces, con toda la calma del mundo, se giró hacia el hombre y le dio un beso. Un beso largo, lento, como si Ignacio no estuviera allí. Como si no existiera.
Ignacio sintió que las piernas le temblaban. Que el suelo se abría bajo sus pies. Que todo lo que había creído, todo lo que había amado, era una mentira.
Lina se levantó del sofá con una tranquilidad que le heló la sangre. Tomó la botella de vino de la mano del hombre, bebió un trago largo y luego la dejó sobre la mesa. Se acercó a Ignacio con paso lento, con esa sonrisa que le destrozaba el alma.
—Ay, Ignacio —dijo ella, con una voz burlona, cruel, que él nunca había visto—. Hasta que por fin acabas esta farsa.
Ignacio la miró, sin entender.
—¿Farsa? —repitió, con la voz quebrada—. ¿Qué farsa?
Lina soltó una risa fría.
—¿De verdad pensaste que esto era real? ¿Que yo te amaba? —Se acercó más, hasta que su rostro quedó a centímetros del suyo—. No tienes dónde caerte muerto, Ignacio. No tienes dinero. No tienes nada. ¿Y pensabas que me has conquistado?
Ignacio sintió que las palabras le atravesaban el pecho como cuchillos. No podía respirar. No podía hablar.
—¿Por qué? —logró susurrar—. ¿Por qué, Lina?
Lina lo miró con desprecio. Con una frialdad que le heló la sangre.
—Porque nunca fuiste suficiente. Nunca lo fuiste. —Señaló la puerta con un gesto de desdén—. Ahora vete. Lárgate de mi casa. No quiero volver a verte nunca más.
Ignacio se quedó paralizado. Las lágrimas no
salían. El dolor era demasiado grande. Era un dolor que no cabía en su pecho.
—Lina... —susurró, con la voz rota.
—He dicho que te vayas —repitió ella, con voz cortante—. Ya sé lo que quieres. Necesitas dinero, ¿verdad? Es lo que te falta.
Ignacio sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué? Lina, yo...
—No digas nada —lo interrumpió ella, con una sonrisa cruel—. Aquí tienes.
Lina caminó hacia su bolso y sacó un fajo de billetes. Se acercó a él y, con un gesto de desprecio absoluto, se los lanzó encima. Los billetes volaron por el aire como hojas marchitas. Algunos cayeron al suelo, otros sobre los hombros de Ignacio.
—Toma. Para pagar esa baratija de anillo. ¿De verdad creíste que iba a aceptar algo tan barato?
Ignacio miró los billetes caer. Sobre él. Sobre el suelo. Como si fuera un perro al que se le lanza una limosna. La mujer que amaba. La mujer por la que habría dado su vida. Le estaba pagando. Le estaba humillando. Le estaba diciendo, sin decirlo, que él no era nada.
Y entonces, con toda la rabia, con todo el dolor, Lina levantó el pie y pisó el anillo.
El crujido fue seco. Metálico. El sonido de algo que se rompe para siempre.
Ignacio sintió que el alma se le partía en dos. Las lágrimas salieron. Silenciosas. Amargas. Lágrimas de humillación. De dolor. De rabia. No dijo una palabra. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo. Su mano apretó el marco hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Y sin girarse, con una voz que era puro veneno y puro dolor, susurró:
—Te vas a arrepentir, Lina. Te juro que te vas a arrepentir.
