Capítulo 6 Entre la espada y la pared.
El bar estaba casi vacío. La música suave de fondo no lograba ocultar el silencio pesado que se había instalado entre los dos hermanos. Ignacio tenía la mirada perdida en el vaso de whisky, los ojos vidriosos, la mandíbula tensa. Luis lo observaba en silencio, notando que su hermano estaba en otro lugar. En otro tiempo.
—Hermano —dijo Luis, tocándole el brazo—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Ignacio parpadeó. La imagen de Lina se desvaneció lentamente, dando paso al presente. Al bar. A su hermano. A la realidad. Pero la rabia seguía ahí. Hirviendo en su pecho como lava.
Y entonces, sin poder controlarlo, Ignacio agarró el vaso de whisky y lo lanzó contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos. El líquido ámbar salpicó todo. El ruido resonó en el bar como un disparo.
—¡MALDITA SEA! —gritó Ignacio, con la voz rota, con el alma hecha pedazos—. ¡MALDITA SEAS! ¡MALDITA SEAS!
Luis se quedó paralizado. Nunca había visto a su hermano así. Nunca. Ignacio, el hombre de hielo, el que nunca perdía el control, estaba allí, con los puños apretados, temblando de rabia, con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.
—No es nada —dijo Ignacio, con voz ronca. Pero era mentira. Claro que era mentira. No era nada. Era todo. Era ella. Siempre ella. Tomó la botella de whisky y bebió un largo trago directamente del pico.
—Es por ella, ¿verdad? —dijo Luis, con voz suave—. No la has dejado de amar.
Ignacio se quedó quieto. Sus ojos se encontraron con los de su hermano. Y por un momento, la máscara de hielo se resquebrajó. Solo un poco. Lo suficiente para que Luis viera el dolor que su hermano llevaba años escondiendo.
—No —dijo Ignacio, con voz cortante, aunque sus ojos decían lo contrario—. No la amo. La odio.
Se llevó la mano al pecho, como si le doliera algo allí. Como si algo se hubiera roto dentro de él y nunca hubiera terminado de sanar. Y siguió bebiendo. Un trago. Otro. Otro más.
Luis se levantó de golpe y le arrebató la botella de whisky de las manos. La puso lejos. Fuera de su alcance. Sus ojos estaban llenos de preocupación. De miedo. Nunca había visto a su hermano así. Nunca.
—No vas a seguir bebiendo —dijo Luis, con voz firme pero temblorosa—. No voy a dejar que te destruyas. ¿Me oyes? No voy a permitirlo.
—Necesito seguir bebiendo —dijo Ignacio, con voz pastosa, con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.
—No. No vas a seguir bebiendo. Y no vas a ir a tu casa. Te vas conmigo.
Ignacio intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron. Tambaleó y habría caído al suelo si Luis no lo hubiera sujetado a tiempo. Su hermano lo sostuvo con fuerza, sintiendo el peso de su cuerpo, el peso de su dolor.
—No me lleves... no lo entiendes... —murmuró Ignacio, con la voz quebrada—. No puedo... no puedo estar cerca de...
Luis sintió que el corazón se le apretaba. Su hermano, el hombre más fuerte que conocía, el que nunca se quebraba, estaba destruido. Y todo por una mujer. Por esa mujer.
—Lo sé, hermano. Lo sé. Pero no voy a dejarte —No me importa lo que no pueda entender —dijo Luis, con la voz quebrada—. Eres mi hermano. Y no voy a dejarte solo. Aunque tenga que cargarte yo mismo hasta la casa.
Luis pasó el brazo de su hermano por encima de sus hombros y lo levantó con esfuerzo. Lo llevó hasta el auto, lo acomodó en el asiento del copiloto y le puso el cinturón. Ignacio tenía la cabeza recostada contra la ventanilla, los ojos cerrados, la respiración pesada.
Luis se subió al auto, encendió el motor y condujo hacia su casa. Durante el camino, no dejó de mirar a su hermano. Ignacio parecía dormido, pero de vez en cuando una lágrima se escapaba de sus ojos cerrados. Luis apretó el volante con fuerza. Sentía una rabia que no podía expresar. Rabia hacia esa mujer que le había hecho esto a su hermano.
Llegaron a la mansión. Luis apagó el motor y se quedó un momento en silencio, mirando a su hermano. Luego, con cuidado, lo sacó del auto.
Lina de repente, escuchó el sonido de un auto. Luego, voces.
Se levantó con cuidado y caminó hacia la ventana.
Y entonces los vio.
Luis estaba bajando a Ignacio del auto. Ignacio apenas podía mantenerse en pie. Su hermano lo sostenía con esfuerzo, con el brazo rodeándole la cintura.
Lina sintió que el corazón se le detenía. Un escalofrío le recorrió la espalda. Las manos le sudaban.
Bajó las escaleras corriendo. Abrió la puerta y se quedó paralizada en el umbral. Su respiración era agitada. Sus ojos estaban abiertos como platos. Y su voz, cuando por fin salió, apenas era un susurro.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Qué hace él aquí?
Luis la miró. Y en su mirada, Lina vio algo que nunca había visto antes. Cansancio. Tristeza. Y algo más. Algo que le heló la sangre. Rabia. Una rabia contenida, pero rabia al fin y al cabo.
—Lo siento, Lina —dijo Luis, con voz ronca—. No podía llevarlo a su casa y dejarlo solo. No está bien.
Lina miró a Ignacio. Estaba deshecho. Los ojos rojos, el cabello despeinado, la camisa arrugada. Y ese olor a whisky que lo impregnaba todo. Su corazón se rompió un poco más.
—¿Tiago está dormido? —preguntó Luis. —No quiero que vea esto.
—Sí —dijo Lina, con voz apenas audible.
—Ven, ayúdame —dijo Luis—. Llevémoslo al cuarto de invitados.
Lina se quedó paralizada. El cuarto de invitados. El que quedaba justo al lado del suyo.
Entre los dos, lograron subir a Ignacio por las escaleras. Lina lo sostenía de un brazo, Luis del otro. Ignacio apenas podía caminar.
En un momento, Ignacio levantó la mirada. Y sus ojos se encontraron con los de ella.
Fue solo un instante. Un segundo eterno.
Ignacio la miró. La vio. La reconoció. Y en su mirada borrosa, Lina vio algo que le rompió el alma. Dolor. Amor. Confusión. Todo mezclado.
—Tu... —susurró Ignacio, con la voz pastosa.
Lina sintió que las piernas le temblaban.
—No hables —dijo Luis, sin notar el momento—. Vamos, casi llegamos.
Llegaron al cuarto. Luis acostó a su hermano en la cama y le quitó la camisa. Lina se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar.
Luis le quitó los zapatos a Ignacio y lo dejó bien acomodado. Luego se incorporó y lo miró con tristeza.
—Descansa, hermano —dijo en voz baja.
Salió del cuarto y cerró la puerta. Lina seguía allí, paralizada.
—Lina —dijo Luis, con voz suave—. Gracias por ayudarme. Y perdón por esto. No quería molestarte.
Lina negó con la cabeza.
—Tranquilo. Es tu casa.
Luis la miró. Y por un momento, Lina vio algo en sus ojos. Algo que le heló la sangre. No era el cansancio. No era la preocupación. Era rabia. Una rabia profunda, contenida, que le ardía en la mirada como un fuego que no terminaba de explotar.
—No ha superado a esa mujer —dijo Luis, con voz baja, casi un susurro—. No sé quién es. No sé qué le hizo. Pero si algún día la tuviera enfrente... —Luis apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos— ...le haría pagar todo el daño que le hizo a mi hermano. Cada lágrima. Cada noche de borrachera. Cada momento en que lo he visto destrozado. Se lo haría pagar. Con creces—. Y siguió hacia su habitación.
Lina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Luis le atravesaban el pecho como cuchillos. Porque ella era esa mujer. Ella era la que había destruido a Ignacio.
Entró a su cuarto. Cerró la puerta. Y se quedó de espaldas contra la madera, con el corazón latiendo tan fuerte que creía que iba a estallarle en el pecho.
Habían pasado las horas y Lina no podía dormir. Su mente era un torbellino. Ignacio estaba al otro lado de la pared. Tan cerca. Tan lejos.
Se levantó con cuidado, sin hacer ruido. Caminó hacia la puerta y la abrió lentamente. El pasillo estaba en penumbras. Solo la luz de la luna entraba por las ventanas.
Caminó descalza hasta la puerta del cuarto de invitados. Se quedó allí, con la mano en el picaporte, dudando. No debería entrar. No debería. Pero no podía evitarlo.
Abrió la puerta.
Ignacio estaba dormido. Su respiración era pesada, profunda. Sin camisa, el pecho subiendo y bajando lentamente.
Lina se acercó a la cama. Se arrodilló a su lado. Y lo miró.
Lo miró como no lo había mirado en seis años.
—Lo siento tanto —susurró, con la voz quebrada—. No quería lastimarte. Era lo que debía hacer.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Tampoco he dejado de amarte —continuó, con el corazón en la mano—. Te amo con todo mi ser, Ignacio. Siempre te he amado. Y siempre te voy a amar.
Ignacio, en su sueño, se movió ligeramente. Lina se quedó quieta, conteniendo la respiración.
Y entonces, los recuerdos comenzaron a llegar.
