Capítulo 2 ——— Capitulo I — La distancia de volver.
Amelia Mercer llevaba casi veinte minutos conduciendo por una carretera que conocía desde niña, aunque algunas cosas habían cambiado durante su ausencia. Habían abierto una cafetería donde antes había una pequeña tienda de antigüedades, una de las gasolineras había desaparecido y varias casas cercanas a la costa parecían haber recibido una remodelación bastante costosa. Sin embargo, los árboles que bordeaban la carretera, las señales de madera y aquella franja de agua que aparecía entre los edificios seguían exactamente donde los recordaba.
Había olvidado lo bonito que podía verse el camino a esa hora. La luz de la tarde se filtraba entre las ramas y, por momentos, el reflejo del sol sobre el agua hacía que tuviera que entrecerrar los ojos. De niña solía pedirle a su padre que bajara un poco la ventanilla cuando pasaban por allí, incluso en invierno. Daniel siempre terminaba haciéndolo, aunque después se quejara de que el frío le estaba congelando las manos. Era extraño volver después de tanto tiempo y reconocerlo todo sin sentir que nada le pertenecía del todo.
A sus veinticuatro años, Amelia había imaginado muchas veces cómo sería regresar a Port Ellery. En algunas versiones, volvía después de conseguir un buen puesto en Nueva York, con suficiente dinero ahorrado y una historia de éxito que contar durante las cenas familiares. En otras, simplemente aparecía un fin de semana para visitar a sus padres, pasar unos días con Olivia y regresar a su apartamento antes del lunes.
Ninguna de aquellas versiones incluía dos maletas en el asiento trasero, una caja de libros en el maletero y la necesidad de empezar de nuevo después de perder a una de las personas más importantes de su vida.
El navegador indicó que debía girar a la izquierda.
Amelia redujo la velocidad y tomó el camino hacia Westmere, donde se encontraba la casa familiar. La zona conservaba su aspecto residencial, con calles arboladas, jardines cuidados y viviendas que parecían competir discretamente por tener la entrada más bonita. Algunas tenían fachadas tradicionales de ladrillo, otras combinaban madera clara y grandes ventanales. Era uno de los barrios más tranquilos de la ciudad, aunque a pocos minutos se encontraban los comercios de Downtown y el movimiento del puerto.
Al pasar frente a una pequeña panadería, recordó que Daniel solía detenerse allí los domingos por la mañana. Siempre decía que iba a comprar pan, pero regresaba con alguna otra cosa que había visto en el mostrador, normalmente algo dulce que terminaba compartiendo con ella mientras Eleanor fingía molestarse porque habían vuelto a comprar más de lo necesario.
Una vez, incluso, había llegado a casa con una caja entera de cruasanes porque, según él, estaban en oferta. Amelia todavía recordaba que su madre había preguntado para cuántas personas pensaba alimentar a la familia.
Sonrió al recordarlo. Después miró nuevamente la carretera.
Habían pasado menos de tres meses desde que su padre murió, y todavía le sucedía aquello: podía estar pensando en cualquier cosa y, de pronto, un recuerdo aparecía con tanta claridad que parecía haber ocurrido la semana anterior. No siempre era doloroso. A veces incluso conseguía hacerla reír. Lo difícil llegaba después, cuando recordaba que ya no podía llamarlo para contarle algo que le habría parecido divertido.
Daniel había fallecido el 18 de enero, por causas naturales. No había existido una larga despedida ni una enfermedad que les permitiera prepararse para su ausencia. Simplemente había ocurrido, dejando una cantidad de asuntos pendientes y una casa en la que todavía parecía posible encontrarlo en cualquier habitación.
Amelia había intentado continuar con su vida en Nueva York durante las semanas posteriores, pero entre la muerte de su padre, la inestabilidad de su trabajo y el vencimiento de su contrato de alquiler, permanecer allí había empezado a parecer más una obligación que una decisión. Regresar no era exactamente el plan que había tenido para sí misma, pero tampoco podía decir que hubiera encontrado una alternativa mejor.
Cuando finalmente llegó a la calle de su casa, estacionó frente al garaje y apagó el motor.
La vivienda tenía dos plantas, una fachada blanca y ventanas amplias que dejaban entrar bastante luz durante las mañanas. Daniel había insistido en que el jardín delantero necesitaba más espacio para las plantas, mientras que Eleanor prefería mantenerlo sencillo. El resultado había sido una combinación de ambas ideas, con algunos arbustos, flores de temporada y un pequeño árbol que él había plantado varios años atrás.
Amelia se quedó observándolo desde el coche antes de tomar las llaves.
No estaba segura de por qué le costaba tanto salir. Quizá porque sabía que, una vez cruzara aquella puerta, dejaría de ser una visita. Volvería a despertarse allí, a compartir el desayuno con su madre y a encontrarse con los pequeños detalles de una casa que conocía de memoria, aunque ahora hubiera algo distinto en ella.
Abrió la puerta del vehículo y comenzó a sacar el equipaje. Apenas había conseguido colocar una de las maletas sobre la acera cuando escuchó abrirse la puerta principal.
—Pensé que llegarías un poco antes.
Eleanor estaba en el umbral, con un jersey color crema y el cabello recogido detrás de la cabeza. Llevaba unas gafas de lectura en una mano y parecía haber interrumpido algo para salir a recibirla.
—Yo también —respondió Amelia, sonriendo— Pero aparentemente todos los conductores de Long Island decidieron salir a la misma hora.
—¿Había mucho tráfico?
—Lo suficiente para empezar a arrepentirme de no haber traído algo para comer. Creo que he pasado más tiempo mirando la parte trasera de otros coches que la carretera.
—Te dije que desayunaras antes de salir.
—Y desayuné.
Eleanor la miró con cierta desconfianza.
—¿Un café cuenta como desayuno?
—Depende de a quién le preguntes.
—A mí no me lo preguntes, entonces.
Amelia soltó una carcajada y se acercó para abrazarla. Eleanor la recibió con los brazos abiertos y le acarició brevemente la espalda antes de apartarse para mirarla mejor.
—Estás muy delgada.
—Mamá, ni siquiera has terminado de abrazarme.
—Puedo hacer dos cosas a la vez.
—Ya veo que algunas cosas no cambian.
—Y tú sigues intentando distraerme cuando no quieres contestar.
—Es una habilidad que he perfeccionado con los años.
Eleanor sonrió, aunque no tardó en volver a examinarla de arriba abajo.
—De verdad, tienes que comer mejor.
—Lo haré. Prometo que durante los próximos días comeré algo que no venga en un vaso.
—Más te vale.
Volvió a abrazarla, esta vez sin decir nada. Amelia apoyó la mejilla en su hombro y permaneció así unos segundos, reconociendo el perfume suave que su madre utilizaba desde hacía años. Había algo reconfortante en encontrarlo todavía allí, en medio de tantos cambios.
—Ven, entra. Debes de estar cansada.
—Un poco. Y creo que necesito estirar las piernas después de tanto tiempo sentada.
—Deja que te ayude con eso.
Entre las dos llevaron las maletas al interior. El recibidor estaba prácticamente igual que cuando Amelia se había marchado: el mueble de madera oscura junto a la entrada, el espejo ovalado y el perchero que Daniel había instalado después de que ella insistiera durante meses en que necesitaban uno más grande.
Sobre la consola había un pequeño ramo de flores blancas y varias cartas.
Amelia dejó las llaves en la bandeja de siempre y miró alrededor.
—La casa se ve bien.
—He intentado mantenerla.
—Lo has conseguido. Aunque creo que papá habría encontrado alguna excusa para cambiar algo.
—Probablemente. Tu padre nunca estaba del todo satisfecho con el jardín.
—Porque siempre quería plantar algo más.
—Y después me tocaba a mí recordar dónde había puesto cada cosa.
Amelia sonrió. Podía imaginar perfectamente a Daniel defendiendo alguna nueva idea para el jardín mientras Eleanor lo escuchaba con los brazos cruzados.
—Tu habitación está preparada —continuó su madre—. Cambié las sábanas ayer y abrí las ventanas durante la mañana. También guardé algunas cosas tuyas que estaban en el armario del pasillo.
—Gracias, mamá.
—Hay sopa en el refrigerador, por si quieres comer algo antes de instalarte.
—Eso suena bastante bien.
—Y no tienes que preocuparte por preparar la cena. Puedo encargarme yo.
—Mamá, puedo preparar mi propia comida.
—No he dicho que no puedas.
—Solo estoy comprobando que todavía recuerdas que sé cocinar.
Eleanor sonrió ligeramente.
—Recuerdo perfectamente aquella vez que intentaste preparar pasta para todos y terminaste llamando a tu padre para preguntarle cómo se encendía el horno.
—Tenía dieciséis años.
—Y una receta delante de ti.
—Era una receta complicada.
—Era pasta con queso.
Amelia se echó a reír mientras subía las escaleras.
—No vamos a discutir sobre mis habilidades culinarias el primer día.
—Entonces no me des motivos.
Su habitación estaba al final del pasillo. Al abrir la puerta, Amelia encontró la cama hecha, las cortinas abiertas y buena parte de sus pertenencias todavía en el mismo lugar. Eleanor había retirado algunas cosas para hacer espacio, pero no había cambiado la distribución del dormitorio.
La luz de la tarde entraba por la ventana y alcanzaba el escritorio, donde permanecían una lámpara blanca y varios libros que Amelia había dejado antes de marcharse a la universidad. También seguía allí una pequeña colección de fotografías, algunas de ellas colocadas en marcos que había comprado durante su adolescencia.
Dejó el bolso sobre la cama y se acercó a la ventana. Desde allí podía ver el jardín trasero, una parte de la casa vecina y las copas de los árboles que separaban las propiedades. Recordaba haber pasado muchas tardes sentada en el alféizar, hablando por teléfono con Olivia o escuchando música mientras Daniel trabajaba en el jardín. A veces él levantaba la cabeza para preguntarle qué estaba escuchando y terminaba haciendo algún comentario sobre la canción, aunque no conociera al artista.
Era curioso cómo ciertos lugares conservaban una versión anterior de uno mismo.
Abrió las maletas y comenzó a organizar la ropa. No tenía demasiadas cosas, aunque había llevado más libros de los que probablemente necesitaba. Colocó algunos en las estanterías y guardó los documentos de trabajo en uno de los cajones del escritorio. Todavía no sabía exactamente qué haría durante las siguientes semanas, pero prefería tener sus cosas organizadas antes de enfrentarse a esa pregunta.
Mientras buscaba un cargador, encontró una caja de fotografías debajo de varias carpetas. La reconoció por la cinta adhesiva que Daniel había utilizado para cerrarla. Se sentó en el suelo, retiró la tapa y comenzó a revisar su contenido.
Había fotografías de cumpleaños, vacaciones familiares, reuniones escolares y algunas imágenes de la época en que ella todavía no sabía si quería estudiar comunicación o dedicarse a algo completamente distinto. Encontró una de Olivia con un corte de cabello bastante cuestionable y soltó una risa. Tendría que guardarla para enseñársela. Olivia seguramente intentaría quitársela de las manos antes de que pudiera tomarle una fotografía.
Después apareció una imagen de ella junto a su padre. Daniel estaba sentado en los escalones de la entrada, vestido con una camisa azul remangada, mientras Amelia se inclinaba hacia él con una sonrisa amplia. Ambos parecían estar riéndose de algo que había ocurrido justo antes de que alguien tomara la fotografía.
Recordó perfectamente aquel día.
Habían salido a comprar un ordenador para la universidad y ella había pasado casi una hora comparando modelos. Daniel había terminado sentado en una de las tiendas, escuchándola explicar las diferencias entre dos equipos que, desde su perspectiva, parecían prácticamente idénticos.
—¿Y cuál necesitas? —le había preguntado finalmente.
—El segundo.
—¿Y por qué llevamos cuarenta minutos aquí?
—Porque quería asegurarme.
—¿De que el segundo es mejor?
—Exactamente.
Daniel había negado con la cabeza, divertido, y había terminado comprándole el que ella quería. Después pasaron por una cafetería y regresaron a casa, donde intentaron arreglar una bisagra de la puerta trasera que llevaba semanas dando problemas.
La fotografía se había tomado poco después, cuando él se sentó a descansar y Amelia decidió que necesitaba una prueba de que habían conseguido terminar el trabajo. En realidad, la puerta seguía haciendo ruido cada vez que alguien la abría, pero ambos habían decidido que aquello no arruinaría su pequeña victoria.
No era un recuerdo extraordinario, pero sí uno de los que más le gustaban.
Amelia sostuvo la fotografía unos segundos antes de levantarse y colocarla sobre la cómoda, junto al espejo. No quería guardar aquella imagen otra vez en una caja. Cuando terminó de organizar lo indispensable, bajó a la cocina. Eleanor estaba sentada junto a la mesa, revisando unos documentos con una taza de té a su lado.
—¿Encontraste todo? —preguntó.
—Casi. Creo que dejé un par de cosas en Nueva York.
—Puedes traerlas cuando vuelvas.
Amelia abrió el refrigerador y sacó una botella de agua.
—Todavía no sé cuándo volveré.
Eleanor levantó la mirada, aunque no respondió inmediatamente.
—Lo sé. No tienes que decidirlo todo ahora.
Amelia agradeció que no insistiera. Se sirvió un poco de sopa y se sentó frente a ella.
Comieron mientras hablaban de algunas cosas de la casa, de los vecinos y de las pequeñas novedades que habían ocurrido durante los últimos meses.
Eleanor le contó que habían cambiado la administración del edificio donde antes trabajaba y que una de sus antiguas compañeras se había jubilado. Amelia, por su parte, le habló de una de las últimas campañas en las que había colaborado en Nueva York y de una clienta que había conseguido convertir una reunión de veinte minutos en una discusión de casi dos horas.
—Parece que no extrañas demasiado ese trabajo —comentó Eleanor.
—Extraño algunas partes. No todas. Sobre todo, extraño a un par de compañeros. Había una chica que siempre llevaba galletas a la oficina.
—Eso sí que es una buena razón para echar de menos un trabajo.
—Lo era. Además, eran caseras. Creo que esa mujer tenía algún tipo de pacto con la repostería.
Eleanor soltó una risa y Amelia continuó comiendo.
—¿Y qué te gustaría hacer ahora? —preguntó su madre.
Amelia dejó la cuchara sobre el plato.
—Seguir en comunicación. Relaciones públicas, estrategia de imagen, quizá gestión de marca. Algo que me permita desarrollar más experiencia antes de intentar trabajar por mi cuenta.
—¿Todavía quieres abrir tu propia consultora?
—Sí. Aunque primero necesitaría clientes, dinero y una idea bastante clara de cómo evitar que todo termine convirtiéndose en un desastre.
—Una lista razonable de requisitos.
—Estoy intentando ser realista. No quiero terminar viviendo debajo de mi escritorio.
—Podrías comprar una silla cómoda.
—Gracias por tu apoyo.
Eleanor sonrió y volvió a sus documentos. Amelia terminó de comer y se levantó para llevar su plato al fregadero.
Fue entonces cuando vio el sobre.
Estaba sobre la consola que separaba la cocina del comedor, junto a otras cartas y algunos recibos. El membrete de Ashbourne Group aparecía en la esquina superior izquierda.
Amelia se detuvo.
—¿Eso llegó hoy?
Eleanor siguió la dirección de su mirada.
—No. Llegó la semana pasada. Quería hablar contigo cuando estuvieras aquí.
Amelia tomó el sobre y reconoció su nombre escrito en el frente.
—¿Es para mí?
—Sí. Lo dejaron en el buzón.
—¿Lo abriste?
—No, está dirigido a ti.
Amelia deslizó un dedo por el borde del papel antes de abrirlo. En su interior encontró una carta firmada por Charlotte Hayes, directora de comunicaciones de Ashbourne Group. El mensaje era breve y bastante formal. Charlotte explicaba que la empresa estaba revisando las necesidades de su departamento de comunicación y relaciones públicas, y que había tenido conocimiento de la experiencia profesional de Amelia en Nueva York.
Le proponía ponerse en contacto para conversar sobre una posible oportunidad laboral.
Amelia leyó la carta una segunda vez.
—¿Sabías que estaban buscando personal?
—No. Aunque supuse que tendría que ver con alguna vacante.
—¿Cómo consiguieron mi dirección?
Eleanor dejó los documentos a un lado.
—Imagino que todavía tienen tus datos familiares. Tu padre trabajó allí durante muchos años.
La mención de Daniel hizo que Amelia volviera a mirar el papel. Reconocía el nombre de Charlotte, aunque no estaba segura de haberla conocido personalmente. La empresa había formado parte de la vida de su padre durante tanto tiempo que a veces le costaba separar los recuerdos familiares de todo lo relacionado con Ashbourne Group.
—No sé si me interesa.
—No tienes que decidirlo ahora.
—No es que no quiera trabajar. Es solo que... No sé cómo me sentiría entrando allí todos los días. Papá pasó prácticamente toda su vida trabajando con ellos. Conocía a todo el mundo y estaba involucrado en cosas que ni siquiera entendía cuando era pequeña. No quiero que me contraten por ser su hija.
—No creo que debas aceptar un trabajo por esa razón —respondió Eleanor—. Pero tampoco deberías descartarlo sin saber qué quieren ofrecerte.
Amelia asintió lentamente.
Su madre tenía razón, aunque no estaba segura de que eso hiciera más sencilla la decisión.
—Además, tienes experiencia —continuó Eleanor—. Estudiaste, trabajaste en Nueva York y conseguiste mantenerte por tu cuenta durante varios años. Si les interesa tu perfil, quizá sea porque consideran que puedes hacer un buen trabajo.
—Eso espero. Sería un poco incómodo descubrir que solo quieren tenerme cerca para recordar a papá.
—Amelia...
—Lo sé. No estoy diciendo que sea eso. Solo que no quiero hacerme ilusiones antes de saber de qué se trata.
Eleanor le dedicó una mirada comprensiva.
—Podrías preguntarles. No tienes que comprometerte a nada por responder una carta.
Amelia dobló el papel con cuidado.
—Lo pensaré.
Su madre no insistió. Amelia agradeció que entendiera que no necesitaba una decisión inmediata y terminó de recoger la cocina antes de volver a su habitación.
Al caer la noche, Eleanor ya se había retirado a su habitación y el único sonido que llegaba desde la planta baja era el del reloj del comedor. Amelia dejó las llaves sobre la consola luego de estar fuera haciendo un par de compras para su habitacion, subió las escaleras y se cambió de ropa. Después se sentó frente al escritorio y sacó la carta de Ashbourne Group del bolso.
La dejó junto al ordenador. Había pasado buena parte de la tarde pensando en ella, aunque no había llegado a ninguna conclusión. La conversación con Olivia le había recordado que una oportunidad laboral no tenía por qué convertirse en una decisión definitiva, y que al menos podía averiguar qué estaban buscando.
Abrió el ordenador y buscó el nombre de Charlotte Hayes. Encontró su perfil profesional y revisó brevemente su trayectoria dentro de la empresa. Después volvió a la carta para comprobar la dirección de contacto.
Amelia abrió un correo nuevo.
Comenzó con un saludo formal, agradeció el interés y explicó que estaría dispuesta a conversar sobre la oportunidad. Incluyó una referencia breve a su experiencia en Northline Communications, sus funciones como coordinadora de cuentas y los proyectos independientes en los que había trabajado durante los últimos meses.
No quería extenderse demasiado. Si Charlotte necesitaba más información, podrían hablar durante la entrevista.
Terminó de escribir y leyó el mensaje una vez más. Antes de enviarlo, su mirada se desvió hacia la fotografía que había colocado sobre la cómoda.
Daniel seguía sonriendo desde los escalones de la entrada, con una expresión que Amelia recordaba perfectamente. Se levantó y tomó el marco entre las manos. Pensó en todas las veces que su padre había hablado de su trabajo y en cómo, incluso cuando estaba cansado, encontraba tiempo para preguntarle por sus clases, sus entrevistas y los proyectos que tenía entre manos. Recordó una conversación que habían tenido antes de que ella se marchara a Nueva York, cuando Daniel le había preguntado qué quería hacer después de graduarse.
—Trabajar en una agencia, supongo —había respondido ella.
—¿Y después?
—Conseguir experiencia. Ahorrar dinero. Quizá montar algo propio.
Daniel había sonreído mientras preparaba la cena.
—Eso suena bien.
—¿No vas a decirme que debería buscar algo más estable?
—La estabilidad no sirve de mucho si terminas odiando lo que haces.
Amelia había soltado una risa.
—Eso ha sonado sospechosamente sensato.
—Tengo mis momentos.
—¿Y tú? ¿Nunca has querido hacer otra cosa?
Él había tardado unos segundos en responder.
—A veces. Pero hay cosas que uno elige y otras que simplemente terminan formando parte de su vida.
En aquel momento, Amelia no había comprendido del todo lo que quería decir. Había pensado que hablaba de su trabajo, de las responsabilidades que había asumido durante tantos años y de su relación con los Ashbourne. Ahora entendía que probablemente había muchas cosas que su padre había aceptado sin detenerse demasiado a preguntarse si todavía las quería.
Dejó la fotografía en su sitio.
No quería entrar en Ashbourne Group para continuar el trabajo de Daniel ni para ocupar un espacio que le hubiera pertenecido a él. Si decidía aceptar una oportunidad, tendría que ser por sus propias razones y porque considerara que podía aportar algo a la empresa.
Volvió al escritorio y colocó las manos sobre el teclado. El mensaje seguía esperando.
Amelia respiró tranquilamente, revisó una última vez el nombre de la destinataria y pulsó enviar. No significaba que hubiera aceptado el puesto. Ni siquiera sabía si la conversación llegaría a convertirse en una entrevista. Solo había decidido escuchar.
Al día siguiente tendría que empezar a desempacar las últimas cajas, revisar algunos documentos y decidir qué hacer con las cosas que todavía había dejado en Nueva York. Por primera vez en varias semanas, sin embargo, tenía algo concreto que esperar.
No sabía qué podía ofrecerle Ashbourne Group ni cuánto tendría que enfrentarse a los recuerdos de su padre si aquella conversación avanzaba.
Pero había enviado el correo. Y, por ahora, eso era suficiente.
Esa noche, el sueño llegó sin que Amelia se diera cuenta.
Estaba otra vez en Ashbourne House.
Tenía nueve años y llevaba un vestido amarillo que su madre había elegido para una comida familiar a la que, según le habían explicado durante todo el trayecto, debía comportarse especialmente bien. No había entendido muy bien por qué. A ella le parecía que las comidas en casa de los Ashbourne eran siempre iguales: demasiados adultos hablando de cosas que no le interesaban, platos que no podía pronunciar y habitaciones enormes en las que estaba prohibido correr.
Su padre caminaba a su lado, con una mano apoyada suavemente sobre su hombro.
—¿Cuánto falta? —preguntó ella.
—Acabamos de llegar.
—Eso dijiste hace diez minutos.
Daniel bajó la mirada hacia ella, divertido.
—Porque hace diez minutos acabábamos de llegar al camino de entrada.
—Entonces todavía no habíamos llegado.
—Técnicamente, no.
Amelia suspiró con exageración.
Su padre soltó una carcajada y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Ven. Quiero saludarlos antes de que nos sentemos a comer.
La residencia estaba llena de gente. Graham y Helena Ashbourne recibían a varios invitados en el salón principal. Él conversaba con un grupo de hombres cerca de las puertas que daban al jardín, mientras Helena se encargaba de dar la bienvenida a los recién llegados. Había empleados entrando y saliendo con bandejas, arreglos florales sobre las mesas y música suave que llegaba desde algún lugar de la casa.
Amelia conocía bastante bien aquella residencia. Había acompañado a Daniel tantas veces que algunos de los empleados ya la saludaban por su nombre. También conocía a los Ashbourne, aunque todavía era demasiado pequeña para comprender del todo la importancia que tenía aquella familia o el lugar que ocupaba su padre dentro de ella.
—¡Amelia! —exclamó Helena al verla—. Cada vez estás más grande.
—Eso dice mi mamá.
—Y tiene razón.
Helena se inclinó para darle un beso en la mejilla. Después le preguntó por el colegio y por sus vacaciones, preguntas a las que Amelia respondió con una paciencia que no habría tenido con cualquier otra persona.
Unos minutos después, Julian apareció cerca de las escaleras. Tenía quince años y llevaba una camisa clara con las mangas remangadas. Sostenía una pelota bajo el brazo y parecía más interesado en salir al jardín que en permanecer entre los adultos.
—¿Todavía sigues viniendo con tu padre? —le preguntó al verla.
Amelia asintió.
—¿Y tú todavía eres antipático?
Julian soltó una risa corta.
—Veo que sigues igual.
—Tú también.
—No creo que eso sea un cumplido.
—No lo era.
Daniel, que había escuchado el intercambio, negó con la cabeza mientras sonreía.
—No han tardado ni dos minutos.
Julian se encogió de hombros y miró hacia el jardín.
—Voy a salir. Jonas está esperando.
Como si hubiera escuchado su nombre, el menor de los hermanos apareció detrás de él. A sus once años, todavía tenía una expresión mucho más abierta y una paciencia que su hermano parecía haber perdido hacía tiempo.
—¿Vienes? —le preguntó a Amelia.
Ella miró a su padre.
—¿Puedo?
—Si no molestas a tu hermano.
—No la voy a dejar hacer nada —comentó Julian.
—No necesito que me dejes.
Jonas se rio y tomó a Amelia de la mano para llevarla hacia el jardín antes de que empezaran a discutir otra vez.
Los tres terminaron pasando parte de la tarde fuera. Jonas intentó enseñarle un juego con la pelota, mientras Julian intervenía de vez en cuando para corregir las reglas o burlarse de alguno de sus lanzamientos. Amelia recordaba haberle discutido cada comentario, convencida de que no tenía por qué hacerle caso solo porque fuera mayor.
En algún momento, Jonas lanzó la pelota demasiado lejos y Julian tuvo que ir a buscarla. Amelia aprovechó para sentarse en uno de los escalones del jardín, molesta porque su último lanzamiento había terminado bastante lejos del objetivo.
—No tienes que enfadarte —dijo Jonas, sentándose a su lado.
—No estoy enfadada.
—Sí estás.
—Solo porque Julian cree que sabe hacerlo todo.
Jonas miró hacia donde su hermano recogía la pelota.
—A veces sí cree eso.
Amelia soltó una risa.
Desde la entrada, la voz de Daniel los llamó para que regresaran. La comida estaba a punto de comenzar y, según él, ya habían tenido suficiente tiempo para jugar.
Amelia se levantó de mala gana. Antes de entrar, Julian le lanzó la pelota con suavidad.
—A ver si la próxima vez consigues atraparla.
Ella la recibió contra el pecho y le dedicó una mirada molesta.
—La próxima vez voy a ganarte.
Julian sonrió, como si no terminara de creerle.
—Ya veremos.
Amelia recordaba aquella tarde por pequeños fragmentos: la pelota que Jonas había lanzado demasiado lejos, Julian culpándola de haber cambiado las reglas, una limonada que le pareció demasiado ácida y la voz de su padre llamándola desde el interior para que no se alejara tanto.
