Capítulo 3 ——— Capitulo II — Una oportunidad con doble filo.
Amelia llevaba diez minutos frente al espejo cuando empezó a preguntarse si había elegido la ropa adecuada.
No era una entrevista cualquiera. Se lo había repetido desde que despertó, aunque no estaba segura de por qué le daba tanta importancia. Había tenido otras entrevistas en Nueva York, algunas incluso con empresas bastante más grandes que Ashbourne Group. Sabía cómo presentarse, qué preguntas podían hacerle y cómo hablar de su experiencia sin parecer que estaba recitando su currículum. Sin embargo, aquella mañana había algo distinto.
Quizá fuera el edificio al que se dirigía. O el hecho de que su padre hubiera pasado tantos años entrando y saliendo de aquellas oficinas. También estaba la posibilidad de encontrarse con personas que lo habían conocido durante buena parte de su vida profesional, algo que no había terminado de considerar cuando respondió a la carta.
Se apartó un mechón de cabello del rostro y examinó su reflejo una última vez. Llevaba unos pantalones de vestir color carbón, una blusa marfil y un blazer ligeramente entallado. Había elegido unos zapatos de tacón bajo porque no tenía intención de pasar la mañana pensando en cuánto le dolían los pies. Guardó una copia de su currículum en el bolso, comprobó que llevaba el teléfono y bajó las escaleras.
Eleanor estaba en la cocina preparando café. Al verla, dejó la taza sobre la encimera y la observó con una sonrisa.
—Vaya. Alguien parece tener una entrevista importante.
—Es solo una conversación.
—Con una empresa que podría contratarte.
—Eso sigue siendo una conversación.
Su madre soltó una risa y le acercó un plato con tostadas. Amelia tomó una antes de sentarse en uno de los taburetes. No tenía demasiada hambre, pero sabía que Eleanor no la dejaría salir sin comer algo. Había heredado de Daniel aquella costumbre de preocuparse por los demás a través de la comida, aunque su madre era bastante menos discreta al respecto.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Eleanor.
Amelia se tomó un momento antes de responder.
—Un poco. No por la entrevista en sí. Es más bien extraño volver a ese lugar.
Su madre asintió. No necesitaba que le explicara demasiado.
—Tu padre estaría contento de verte intentando algo nuevo.
—Sí, supongo que sí.
—Y recuerda que no tienes que aceptar nada que no quieras.
—Lo sé. Voy a escuchar primero y después decidiré.
Eleanor se acercó para acomodarle la solapa del blazer, un gesto que Amelia recordaba desde sus primeros días de universidad. Aquella pequeña atención le produjo una sensación familiar, casi infantil, y terminó abrazándola antes de marcharse.
El trayecto hasta las oficinas centrales de Ashbourne Group fue más corto de lo que esperaba. El edificio ocupaba buena parte de una manzana en el distrito financiero de Port Ellery. Su fachada combinaba piedra clara, grandes paneles de vidrio y detalles metálicos que reflejaban la luz de la mañana. Sobre la entrada principal, el nombre de la compañía destacaba en letras sobrias.
Amelia había estado allí algunas veces cuando era pequeña, aunque sus recuerdos eran imprecisos. Recordaba el vestíbulo, los ascensores y la costumbre de Daniel de saludar a todo el mundo por su nombre. También recordaba haber esperado en una sala de reuniones mientras su padre terminaba alguna conversación de trabajo. En aquel entonces, el edificio le parecía enorme. Ahora, con el paso de los años, no había perdido del todo esa impresión.
Estacionó en el aparcamiento para visitantes y se dirigió a la entrada. El vestíbulo estaba lleno de movimiento. Varias personas cruzaban de un lado a otro con carpetas y ordenadores, mientras otras esperaban frente a los ascensores. Amelia se acercó al mostrador de recepción, dio su nombre y recibió las indicaciones para llegar a la planta dieciocho.
Mientras esperaba el ascensor, revisó el teléfono. Tenía un mensaje de Olivia.
Olivia: Mucha suerte hoy. Recuerda que eres inteligente y que no tienes que fingir que te gustan las personas que no te gustan.
Amelia sonrió.
Amelia: Gracias. Intentaré no discutir con nadie durante los primeros cinco minutos.
Olivia: Eso ya sería un récord.
Guardó el teléfono justo cuando las puertas se abrieron.
La planta dieciocho tenía un ambiente más tranquilo que el vestíbulo. Había varias oficinas con paredes de cristal, una zona de espera y un largo pasillo que conducía a las salas de reuniones. Amelia se presentó en recepción y una asistente le indicó que Charlotte Hayes estaba terminando una llamada. No tuvo que esperar demasiado.
—Amelia Mercer.
Levantó la mirada. Una mujer de cabello rubio oscuro, vestido azul marino y expresión amable se acercaba desde el pasillo.
—Soy Charlotte Hayes.
Amelia se puso de pie y le estrechó la mano.
—Mucho gusto.
—Igualmente. Gracias por venir.
Charlotte la invitó a pasar a una sala de reuniones. Era amplia, con una mesa ovalada, varias sillas y una pared de cristal desde la que se veía buena parte de Port Ellery. Había una carpeta preparada frente a uno de los asientos y una jarra de agua junto a dos vasos.
—Antes que nada, quería decirte que lamento mucho lo de tu padre —comentó Charlotte mientras tomaba asiento— Daniel fue una persona muy apreciada aquí.
Amelia agradeció el comentario con una sonrisa discreta. No le molestaba que lo mencionaran, pero todavía le resultaba difícil encontrar una respuesta que no sonara demasiado ensayada.
—Gracias. Él hablaba bastante de su trabajo, aunque no siempre me contaba los detalles.
—Era reservado con algunas cosas. Pero siempre hablaba de ti. Recuerdo que estaba muy orgulloso cuando te fuiste a Nueva York para estudiar.
Aquello la tomó por sorpresa. Amelia bajó la mirada un instante y pasó los dedos por el borde de la carpeta.
—Le hacía mucha ilusión que me fuera.
—Estoy segura de que también le habría gustado verte trabajar aquí.
Amelia no supo qué responder. Agradeció que Charlotte abriera la carpeta y comenzara a hablar del puesto. La empresa estaba reorganizando parte de su estrategia de comunicación. Habían ampliado sus operaciones durante los últimos años y preparaban varios proyectos importantes en Port Ellery y otras ciudades de la costa este. Necesitaban fortalecer su presencia pública, mejorar la coordinación entre departamentos y renovar la manera en que presentaban sus proyectos a clientes e inversores.
Charlotte explicó que había revisado la experiencia de Amelia en Northline Communications y los proyectos independientes en los que había trabajado después. Le interesaba especialmente su participación en campañas de imagen y coordinación de cuentas, además de su capacidad para trabajar con equipos creativos y clientes de distintos sectores.
Amelia escuchó con atención. A medida que avanzaba la conversación, empezó a sentirse más cómoda.
No parecía una entrevista improvisada ni una invitación hecha únicamente por consideración hacia Daniel. Charlotte conocía su trayectoria y tenía preguntas concretas sobre su trabajo.
—No buscamos a alguien que se limite a redactar comunicados o preparar publicaciones —explicó Charlotte— Necesitamos una persona que entienda cómo se construye una imagen pública y cómo se mantiene.
—Creo que una empresa puede tener buenos proyectos y aun así transmitir una imagen equivocada si no sabe comunicarlos. A veces el problema no está en lo que ofrece, sino en cómo lo presenta.
—Esa es una de las razones por las que quería conocerte.
La conversación continuó durante varios minutos. Hablaron de las responsabilidades del puesto, de las expectativas del departamento y de la posibilidad de que Amelia participara directamente en la estrategia de comunicación de la compañía. Por primera vez desde que había recibido la carta, empezó a considerar que quizá aquella oportunidad podía ser interesante.
Entonces, alguien llamó a la puerta. La asistente de Charlotte entró sin esperar demasiado. Su expresión había cambiado desde la última vez que Amelia la había visto.
—Disculpa la interrupción. Graham necesita que vengas a su despacho.
Charlotte levantó la mirada.
—¿Ocurrió algo?
—Hay un problema con Julian.
El nombre bastó para que Charlotte cerrara la carpeta. Tomó su teléfono y revisó una notificación antes de ponerse de pie.
—¿Las fotografías de anoche?
—Sí. Los medios están llamando desde primera hora y alguien ha enviado un comunicado a varios periodistas.
Charlotte soltó el aire lentamente. Se disculpó con Amelia y salió acompañada de su asistente, prometiéndole que intentaría retomar la entrevista en cuanto pudiera.
Amelia permaneció sentada unos segundos. No quería parecer curiosa, pero la urgencia con la que Charlotte había abandonado la sala hacía difícil ignorar lo que estaba ocurriendo. Se levantó y se acercó a la pared de cristal. Desde allí podía ver a varios empleados reunidos cerca de una de las oficinas. Una pantalla mostraba una página de noticias abierta y, aunque no alcanzaba a leer todo el titular, distinguió una fotografía de un hombre saliendo de un local durante la madrugada.
No tardó en reconocerlo.
Julian Ashbourne había sido fotografiado durante una fiesta privada. En algunas imágenes aparecía acompañado por distintas mujeres; en otras, salía del establecimiento con el traje desordenado y una expresión bastante menos elegante que la que solía mostrar en las fotografías corporativas. Había fotografías de él entrando y saliendo del lugar, conversaciones captadas desde distintos ángulos y una serie de titulares que ya circulaban por las redes sociales.
“Julian Ashbourne vuelve a ser noticia por una noche de excesos.”
“El heredero de Ashbourne Group, fotografiado de fiesta hasta la madrugada.”
“¿Una nueva polémica para uno de los rostros empresariales más conocidos de la costa este?”
Amelia observó la pantalla con una mezcla de desconcierto y curiosidad involuntaria. La noche anterior, Olivia había estado enseñándole fotografías de Julian y comentando lo atractivo que le parecía. Ahora el mismo hombre aparecía en todos aquellos titulares, convertido en un problema para una compañía que, por lo visto, necesitaba controlar cada detalle de su imagen pública.
—Parece que ya viste las noticias.
La voz procedía de la puerta.
Amelia se volvió y encontró a un hombre mayor, de cabello gris y porte distinguido. Llevaba un traje oscuro y sostenía una carpeta bajo el brazo. Su expresión era seria, aunque no parecía enfadado. Era Graham Ashbourne. Amelia se puso de pie casi por instinto. Hacía años que no lo veía, pero su presencia seguía resultándole familiar.
Recordaba haberlo encontrado muchas veces en la mansión, durante aquellas tardes en las que acompañaba a su padre al trabajo y terminaba pasando más tiempo del previsto entre los pasillos de aquella casa.
—Amelia —dijo Graham, y su expresión cambió al reconocerla— Vaya, mírate. Ha pasado demasiado tiempo.
—Lo sé. Me alegra verlo, señor Ashbourne.
Él se acercó y le dio un abrazo breve, cálido, de esos que no necesitaban demasiadas palabras. Amelia correspondió al gesto con una sonrisa sincera. Por un instante, la oficina dejó de parecerle un lugar tan ajeno.
—Tu padre estaría orgulloso de verte aquí —comentó Graham al separarse.
La sonrisa de Amelia se suavizó. La mención de Daniel todavía conseguía tomarla desprevenida, aunque ya no de la misma manera que al principio.
—Espero que sí.
Graham asintió, sin insistir en el tema. Después tomó asiento frente a ella y recuperó el tono profesional.
—Bien, no quiero hacerte esperar más. Charlotte me ha contado que estaban hablando de la posibilidad de que te incorporaras al equipo.
Amelia volvió a sentarse. La familiaridad de Graham había conseguido tranquilizarla un poco, pero no lo suficiente como para olvidar que estaba allí por una entrevista de trabajo. Se acomodó la chaqueta y dejó las manos sobre el regazo, procurando mantener la atención en lo que él decía.
—Así es. Charlotte me explicó que están buscando a alguien que se encargue de la comunicación y de la imagen pública de la compañía. Me gustaría conocer un poco más sobre el puesto antes de tomar una decisión.
—Es razonable. Y, por lo que he podido revisar de tu experiencia, creo que podrías encajar bastante bien.
—Gracias.
—Daniel hablaba mucho de ti cuando eras pequeña —comentó Graham con una sonrisa discreta—. Siempre decía que tenías una facilidad especial para hacer preguntas. Algunas veces nos dejabas sin respuesta.
Amelia soltó una risa breve.
—Eso no ha cambiado demasiado.
—Me lo imaginaba.
El comentario le recordó aquellas tardes en la mansión, cuando se sentaba en algún rincón del despacho de su padre con un libro o una libreta mientras los adultos conversaban. Graham solía saludarla al pasar y, en más de una ocasión, había terminado respondiendo alguna de sus preguntas interminables. Eran recuerdos sencillos, pero conservaban una calidez que Amelia no esperaba encontrar allí.
Charlotte, que había permanecido en silencio, intervino antes de que la conversación se desviara demasiado.
—Como te comentaba, Amelia, el puesto implicaría trabajar directamente con nuestro departamento de comunicaciones, pero también coordinar proyectos con la dirección. Es una posición con bastante responsabilidad, especialmente en este momento.
La última frase llamó su atención.
—¿En este momento?
Charlotte intercambió una mirada con Graham. No parecía especialmente sorprendida por la pregunta, aunque sí algo incómoda al tener que responderla.
—Imagino que has visto las noticias de esta mañana.
Amelia tardó un instante en comprender a qué se refería. Entonces recordó las notificaciones que había visto al llegar al edificio y los titulares que aparecían en la pantalla de recepción. No había tenido tiempo de leerlos con detenimiento, pero el rostro de Julian Ashbourne era difícil de confundir.
—He visto algunas cosas —respondió con cautela.
—La situación ha generado bastante atención —explicó Charlotte— Y no precisamente la que nos interesa.
Graham apoyó los antebrazos sobre el escritorio. Su expresión había perdido parte de la cordialidad inicial, aunque no parecía enfadado. Más bien daba la impresión de estar cansado de una conversación que llevaba horas repitiéndose.
—Julian cometió un error. Uno bastante público, por desgracia. Las fotografías de anoche ya están circulando y, como puedes imaginar, la prensa ha encontrado una historia que le resulta mucho más entretenida que cualquiera de nuestros proyectos.
Amelia no hizo ningún comentario. Había conocido a Julian lo suficiente durante su infancia como para recordar su facilidad para meterse en problemas y salir de ellos con una sonrisa. No sabía si aquella costumbre seguía intacta, pero las imágenes que había visto no parecían indicar lo contrario.
—¿Y qué tiene que ver eso con el puesto? —preguntó.
—Todo —contestó Graham—. Necesitamos recuperar cierto control sobre la conversación pública. No podemos permitir que la imagen de la compañía dependa de lo que Julian decida hacer cada fin de semana.
Charlotte cerró la carpeta que tenía delante.
—Hemos preparado algunas medidas para gestionar la situación, pero hay un problema que no se resuelve únicamente con comunicados. La prensa lleva tiempo presentándolo como un hombre que no se toma nada en serio. Lo de anoche refuerza esa percepción.
Amelia miró brevemente las fotografías impresas que Charlotte había dejado sobre la mesa. Julian aparecía saliendo de un local, rodeado de varias mujeres. En otra imagen parecía estar riéndose mientras una de ellas se acercaba demasiado a él. No había nada especialmente extraordinario en las fotografías, pero los titulares se habían encargado de convertirlas en algo mucho más escandaloso.
—Entiendo que quieran cuidar la imagen de la empresa —dijo Amelia—, pero no veo cómo podría ayudar yo con algo así si todavía ni siquiera hemos hablado de un puesto concreto.
Graham se recostó en su silla.
—Precisamente por eso quería hablar contigo.
La puerta se abrió de nuevo. Esta vez, la persona que entró no era Charlotte ni alguien del equipo de comunicaciones.
Julian apareció en el umbral con el teléfono en una mano y una expresión poco entusiasmada. Llevaba un traje oscuro, aunque tenía la corbata ligeramente floja y el cabello todavía algo desordenado. Parecía haber pasado una mañana bastante peor que la de Amelia.
Se detuvo al verla.
Por un segundo, ninguno de los dos dijo nada.
—No sabía que teníamos invitados —comentó él, mirando primero a Graham y después a Amelia.
—Amelia no es una invitada —respondió Graham—. Siéntate, Julian.
—Vaya. Buenos días para ti también.
Julian cerró la puerta y ocupó el asiento libre junto a Charlotte. No dejó de mirar a Amelia hasta que se acomodó. Ella le sostuvo la mirada con una tranquilidad que no sentía del todo, aunque no pensaba darle el gusto de demostrarlo.
—Amelia Mercer —dijo él finalmente.
—Julian Ashbourne.
—Ha pasado tiempo.
—Lo suficiente.
Charlotte bajó la mirada hacia sus documentos. Graham, en cambio, observó el intercambio con una paciencia que parecía indicar que ya había previsto algo parecido.
—Me alegra comprobar que todavía se recuerdan —comentó.
—Es difícil olvidar ciertas cosas —dijo Amelia.
Julian dejó el teléfono sobre la mesa.
—Me imagino que mi reputación me precede.
—No te preocupes. Las noticias han sido bastante claras.
Él arqueó una ceja, pero antes de que pudiera responder, Graham intervino.
—No estamos aquí para discutir lo que ocurrió anoche. Tenemos un problema que resolver y, por una vez, me gustaría que pudiéramos hacerlo sin convertir esta reunión en otra discusión familiar.
Julian se pasó una mano por la mandíbula. No parecía tener demasiadas ganas de estar allí, pero tampoco discutió.
Graham explicó entonces lo que había estado pensando. No se trataba de una campaña convencional ni de una serie de declaraciones preparadas por el departamento de comunicaciones.
La idea era construir una imagen más estable alrededor de Julian, mostrar una faceta distinta de su vida y reducir la atención que recibían sus salidas nocturnas.
—Lo que necesitamos es una relación que parezca real —dijo finalmente—. Una relación seria, estable y suficientemente creíble como para cambiar la conversación.
Amelia lo miró sin comprender del todo.
—¿Una relación?
—Sí.
—¿Está hablando de que alguien finja ser su pareja?
Graham asintió.
Amelia se quedó inmóvil durante unos segundos. Después miró a Charlotte, como si esperara que ella aclarara que se trataba de una broma particularmente extraña. Charlotte no pareció encontrarle ninguna gracia.
—No —dijo Amelia.
La respuesta salió tan rápido que Graham ni siquiera tuvo tiempo de continuar.
—Amelia, todavía no he terminado de explicarlo.
—No hace falta. No voy a fingir que estoy saliendo con alguien para mejorar su reputación.
Julian soltó una risa breve, sin demasiado humor.
—Tranquila. Tampoco es que me muera de ganas de participar.
—Por una vez estamos de acuerdo.
—Basta los dos —interrumpió Graham, sin levantar la voz—. No les estoy pidiendo que se casen. Es una estrategia temporal, con condiciones claras y un acuerdo legal que establecerá los límites.
Amelia cruzó los brazos.
—Sigo sin entender por qué yo.
—Porque te conocemos. Porque tienes una trayectoria profesional que respalda lo que haces y porque no estás vinculada a este mundo de la misma manera que otras personas que podrían prestarse a algo así. No eres una figura pública, no tienes un historial de escándalos y, sobre todo, no pareces interesada en llamar la atención.
—Eso último puede cambiar si sigo sentada aquí.
Graham sonrió apenas, pero no perdió el hilo.
—También hay algo más. Tu padre fue una persona muy importante para esta familia. Sabemos quién eres y confiamos en tu criterio. No te habríamos considerado si no creyéramos que puedes manejarlo.
La mención de Daniel hizo que Amelia bajara un poco la guardia, aunque no modificó su respuesta. No quería que el recuerdo de su padre se convirtiera en una razón para aceptar algo que le parecía absurdo.
—Aprecio que confíen en mí, pero no creo que esta sea la manera de hacerlo.
—No tienes que responder ahora —dijo Charlotte—. Podemos explicarte las condiciones y dejarte revisar el documento con calma.
Amelia miró a Graham, esperando que confirmara que no había ninguna presión detrás de aquella propuesta. Él simplemente abrió una carpeta y deslizó unos documentos hacia ella.
—La compensación sería considerable —añadió—. Además de tu salario por el trabajo de asesoría, recibirías una suma adicional por el acuerdo. Todo quedaría establecido por escrito.
Amelia no tocó los documentos de inmediato.
—¿De cuánto estamos hablando?
Graham le indicó la cifra. $60.000 dólares solamente por los primeros tres meses del acuerdo, luego, podrían acordar una suma igual para los tres meses restantes.
La cantidad la hizo guardar silencio. No era una suma que pudiera ignorar, especialmente en el momento en el que se encontraba. Había vuelto a Port Ellery sin un trabajo estable, con los gastos de la casa cada vez más difíciles de cubrir y con la sensación de que su vida había quedado suspendida desde la muerte de su padre. No quería aceptar una propuesta solo por dinero, pero tampoco podía fingir que aquel dinero no cambiaría muchas cosas.
Julian pareció advertir el cambio en su expresión.
—No tienes que hacerlo si no quieres —dijo, con un tono menos burlón que antes— Estoy seguro de que podemos encontrar a alguien más.
Amelia lo miró.
—Qué considerado.
—Intento serlo.
—No te esfuerces demasiado.
Graham dejó escapar un suspiro.
—El acuerdo tendría una duración determinada. Habría apariciones públicas, algunos eventos y ciertas actividades que tendrían que coordinarse con el equipo. Nada fuera de lo que se establezca previamente. No esperamos que cambien sus vidas por completo, solo que mantengan una imagen coherente durante ese periodo.
Amelia tomó por fin los documentos y pasó algunas páginas. No iba a aceptar nada sin leerlo. La propuesta seguía pareciéndole disparatada, pero la cifra era suficiente para que al menos considerara escuchar el resto.
—Necesito tiempo para revisar esto —dijo.
—Por supuesto —respondió Graham— Tómate el tiempo que necesites.
—Y quiero que quede claro que no voy a aceptar condiciones que no estén escritas en el contrato.
—Me parece justo.
Julian se levantó para servirse un vaso de agua. Amelia aprovechó para revisar otra página, aunque era consciente de que él seguía allí, escuchando la conversación a medias.
—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó ella.
—Sí —respondió Graham— Que no tienes que convertirte en otra persona para hacer esto. Precisamente queremos que seas tú.
Amelia no supo qué contestar. Cerró la carpeta y la dejó sobre sus piernas.
La puerta volvió a abrirse antes de que pudiera decir algo. Jonas entró acompañado de una asistente que llevaba unos documentos. Al reconocer a Amelia, su expresión cambió por completo.
—¿Amelia?
Ella se giró y, por primera vez desde que había llegado a la oficina, sonrió sin tener que pensarlo.
—¡Jonas!
Él dejó los papeles sobre una mesa auxiliar y se acercó para abrazarla. Amelia se levantó y le devolvió el abrazo con una familiaridad que contrastaba bastante con la tensión que había marcado su encuentro con Julian.
—No me habían dicho que estabas aquí —dijo Jonas al separarse— ¿Cuándo volviste?
—Hace poco. Todavía estoy intentando acostumbrarme otra vez a la ciudad.
—Pues deberías haber avisado. Habría ido a verte.
—No sabía que seguías teniendo tiempo para esas cosas.
—Siempre tengo tiempo para ti.
Amelia sonrió. Jonas seguía teniendo aquella facilidad para hacerla sentir como si no hubieran pasado tantos años. Había sido una de las pocas personas de la familia con las que siempre se había llevado bien, incluso cuando las visitas a la mansión se habían vuelto menos frecuentes.
—Estás igual —comentó él.
—Eso es mentira.
—Bueno, casi igual.
—Mucho mejor.
Jonas soltó una carcajada y le dio un pequeño apretón en el hombro. Julian, que había permanecido junto a la mesa, los observaba con una expresión difícil de interpretar.
—Veo que ya te has reencontrado con todo el mundo —comentó.
—Con algunas personas es más agradable que con otras —respondió Amelia.
Jonas miró a su hermano y después a ella. No preguntó nada, pero su sonrisa dejó claro que había entendido lo suficiente.
—Me alegra que estés aquí —dijo, volviendo a dirigirse a Amelia— Tenemos que ponernos al día.
—Eso estaría bien.
La conversación no duró mucho más. Graham tenía otras reuniones y Charlotte necesitaba revisar algunos asuntos relacionados con la crisis de imagen. Amelia se despidió de todos con la carpeta en la mano. Al llegar a la puerta, Jonas le pidió su número actual y prometió escribirle. Ella aceptó encantada.
Julian no hizo ningún comentario cuando pasó junto a él.
Amelia salió del edificio con más preguntas que respuestas. La entrevista que había imaginado aquella mañana había terminado convertida en una propuesta que jamás se le habría ocurrido considerar. Mientras caminaba hacia la salida, volvió a mirar la carpeta. La cifra seguía rondándole la cabeza, pero también lo hacía la idea de tener que fingir una relación con Julian Ashbourne.
No sabía cuál de las dos cosas le resultaba más difícil de aceptar.
Olivia tardó menos de cinco minutos en responder cuando Amelia le escribió que necesitaba hablar con ella. Acordaron encontrarse en casa de los Bennett esa misma tarde, aunque Amelia terminó llegando con algo más de media hora de retraso porque había tenido que regresar primero a casa.
Eleanor estaba en la cocina cuando la vio entrar. Amelia dejó el bolso sobre una silla y apoyó la carpeta junto a él.
—¿Cómo te fue?
—Interesante —respondió Amelia, quitándose el abrigo.
Eleanor la miró con atención.
—Esa palabra puede significar muchas cosas.
—En este caso, creo que significa que necesito sentarme.
Su madre dejó lo que estaba haciendo y se acercó a la mesa. Amelia le contó lo ocurrido desde el principio: la conversación con Charlotte, la entrada de Graham, el escándalo de Julian y la propuesta que había terminado sobre la mesa. Eleanor escuchó sin interrumpirla, aunque su expresión fue cambiando a medida que avanzaba la historia.
—¿Quieren que finjas ser su novia?
—Eso parece.
—¿Y tú qué les dijiste?
—Que no.
Eleanor asintió, como si aquella respuesta le pareciera completamente razonable.
—¿Y después?
Amelia señaló la carpeta.
—Después me dijeron cuánto pagarían.
Su madre miró los documentos, pero no los abrió.
—¿Es mucho?
—Lo suficiente para que me lo esté pensando.
Eleanor guardó silencio. No quería decirle qué debía hacer, y Amelia agradeció que no intentara convencerla de inmediato. Sabía que su madre estaba preocupada por la situación económica de ambas, aunque rara vez lo expresaba directamente.
—No quiero que aceptes algo que te haga sentir incómoda solo porque necesitamos el dinero —dijo Eleanor al cabo de un momento.
—Lo sé.
—Tu padre habría querido que tuvieras oportunidades, pero también habría querido que estuvieras bien.
Amelia bajó la mirada hacia la carpeta. Aquello era precisamente lo que le resultaba complicado. Daniel había trabajado para los Ashbourne durante años y ella había crecido escuchando historias de la empresa, de sus proyectos y de las personas que la dirigían. Volver allí ya había sido una decisión difícil. Aceptar fingir una relación con Julian era algo completamente distinto.
—Voy a leer el contrato antes de decidir —dijo finalmente.
Eleanor asintió.
—Eso me parece mejor.
La conversación quedó interrumpida cuando Amelia recibió un mensaje de Olivia. Había llegado al restaurante y le preguntaba cuánto tardaría. Amelia le respondió que saldría en unos minutos, tomó su bolso y se despidió de su madre.
La cena con Olivia se alargó más de lo previsto. Amelia necesitaba hablar con alguien que no estuviera tan involucrado en la situación y su amiga, como siempre, tenía suficientes preguntas para llenar toda la noche.
Al principio, Olivia se concentró en los detalles del trabajo. Quiso saber cómo era la oficina, qué impresión le había causado Charlotte y si había reconocido a alguien de los tiempos en los que Amelia acompañaba a Daniel a la mansión. Cuando llegó a la parte de la propuesta, dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Espera. ¿Me estás diciendo que quieren que salgas con Julian Ashbourne?
—Fingir que salgo con él.
—No sé si eso lo hace mejor o peor.
—Definitivamente peor.
Olivia se recostó en la silla, todavía intentando procesarlo.
—¿Y cuánto te ofrecen?
Amelia le dijo la cantidad.
Olivia abrió los ojos.
—Bueno. Ahora entiendo por qué no has salido corriendo del edificio.
—No estoy diciendo que vaya a aceptar.
—No, claro que no. Solo estás considerando convertirte en la novia falsa de uno de los hombres más ricos de Port Ellery por una cantidad de dinero bastante absurda.
—Cuando lo dices así, suena terrible.
—Porque lo es. Aunque también suena un poquito interesante.
Amelia negó con la cabeza, divertida a pesar de sí misma.
—No me ayudes.
—Estoy intentando entender la situación. Además, no puedes negar que Julian es guapo.
—Puedo negarlo perfectamente.
Olivia sacó el teléfono y buscó su perfil de Instagram. Encontró una fotografía reciente de Julian en un evento, con un traje oscuro y una expresión seria que no se parecía demasiado a la del hombre que Amelia había visto esa mañana.
—Mira esto.
Amelia apenas le dedicó una mirada.
—Ya lo he visto en persona.
—Y yo estoy intentando que aprecies el material.
—Olivia.
—Solo digo que podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podrían haberte pedido que fingieras salir con alguien que no fuera atractivo.
Amelia soltó una risa y apartó el teléfono con suavidad.
—No voy a elegir un contrato por la cara de nadie.
—Eso espero. Aunque, si lo hicieras, tampoco te juzgaría demasiado.
Siguieron hablando de otras cosas durante un rato. Olivia le contó algunas novedades de su trabajo y de personas que Amelia todavía no había tenido ocasión de volver a ver. La conversación le recordó cuánto había echado de menos aquellas cenas, la facilidad con la que podían pasar de un asunto importante a una tontería sin que ninguna de las dos sintiera la necesidad de llenar todos los silencios.
Antes de despedirse, Olivia volvió a sacar el tema.
—¿Y Jonas? ¿También estaba allí?
—Sí. Llegó justo cuando estábamos hablando.
—¿Y qué tal?
—Igual que siempre. Fue muy amable.
Olivia la miró con una sonrisa que Amelia conocía demasiado bien.
—Qué curioso. Recuerdo que había alguien a quien le gustaba mucho Jonas cuando éramos más pequeñas.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando muy fuerte.
Olivia se rio.
—Solo digo que quizá volver a Port Ellery no sea tan aburrido como esperabas.
—No estoy aquí para reencontrarme con mis antiguos enamoramientos.
—Una pena. Yo ya estaba preparando los detalles de la boda.
Amelia le lanzó una servilleta y ambas terminaron riéndose. Por un momento, la propuesta de Graham quedó en segundo plano. Sin embargo, cuando volvió a casa y dejó la carpeta sobre su escritorio, la realidad regresó con ella.
La primera gotera apareció poco después de las once de la noche.
Amelia estaba en su habitación, revisando el contrato por segunda vez, cuando escuchó un golpecito irregular sobre el suelo. Al principio pensó que había dejado algo caer, pero el sonido se repitió. Levantó la vista y descubrió una pequeña mancha de humedad en el techo, justo encima de la esquina de su escritorio.
Se levantó para acercarse. Una gota cayó sobre la alfombra.
—No puede ser —murmuró.
Llamó a Eleanor, que apareció en la puerta unos minutos después. Su madre miró el techo y después el pequeño charco que empezaba a formarse junto a la pared.
—Otra vez no.
—¿Ya había pasado?
—La semana pasada. Pensé que lo habían arreglado.
Eleanor buscó un recipiente y lo colocó debajo de la filtración. Amelia apartó sus cosas del escritorio y ayudó a mover una pequeña estantería. No era la primera vez que tenían problemas con la casa, pero aquella noche le resultó especialmente inoportuno. Había pasado horas intentando decidir qué hacer con su futuro y ahora ni siquiera podía dormir tranquila en su propia habitación.
—Puedes quedarte conmigo —ofreció Eleanor.
—No, mamá. Duerme. Voy a bajar al sofá.
—Amelia, no tienes que hacer eso.
—Estaré bien. Mañana llamamos a alguien para que lo revise.
Su madre terminó aceptando, aunque le pidió que la despertara si la filtración empeoraba. Amelia recogió una manta y una almohada antes de bajar las escaleras. Se acomodó en el sofá de la sala, dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a abrir el contrato.
Había varias cláusulas que quería revisar con más cuidado. La duración del acuerdo, las apariciones públicas, las condiciones para terminarlo y, sobre todo, los límites que tendría que establecer con Julian. No pensaba aceptar una situación en la que otros decidieran por ella.
Aun así, la compensación seguía siendo difícil de ignorar. Podría ayudar a Eleanor con los gastos, recuperar cierta independencia y dejar de sentir que cada decisión dependía de lo que pudieran permitirse. No era una razón romántica ni particularmente emocionante, pero era real.
Cuando el sueño empezó a vencerla, Amelia dejó los documentos sobre la mesa y apagó la lámpara.
A la mañana siguiente, recibió un mensaje de Charlotte pidiéndole que pasara por las oficinas de Ashbourne Group. Había algunas cuestiones del acuerdo que Julian quería discutir personalmente antes de que Amelia tomara una decisión definitiva.
No le hizo demasiada gracia tener que verlo otra vez tan pronto, pero se vistió y salió de casa después de desayunar.
Cuando llegó, la asistente de recepción la condujo hasta una sala más pequeña que la del día anterior. Julian estaba allí, de pie junto a los ventanales, revisando algo en su teléfono. Al escucharla entrar, levantó la mirada.
—Buenos días.
—Buenos días.
No hubo más cordialidad que esa. Amelia dejó el bolso sobre una silla y sacó la carpeta.
—He revisado el contrato.
—¿Y?
—Tengo algunas preguntas.
Julian guardó el teléfono.
—Me lo imaginaba.
Amelia comenzó por las cláusulas que no le convencían. Julian escuchó mientras ella señalaba los apartados, aunque en algunos momentos tuvo que intervenir para aclarar cuestiones que no estaban redactadas con suficiente precisión. No coincidían en todo, pero la conversación fue bastante más productiva de lo que Amelia había esperado.
Cuando terminaron, Julian se quedó mirando los documentos durante unos segundos.
—Mi padre me dijo que probablemente aceptarías si las condiciones eran razonables.
—No recuerdo haber dicho eso.
—No con esas palabras.
—Entonces no deberías sacar conclusiones.
Julian levantó las manos en señal de rendición.
—De acuerdo.
Amelia volvió a guardar los papeles.
—Voy a aceptar, siempre que se incorporen los cambios que hemos hablado y que ambas partes respeten lo que quede establecido en el contrato.
Julian la observó con una expresión más seria.
—Eso podemos hacerlo.
—Y quiero una copia firmada antes de que empiece cualquier cosa.
—La tendrás.
La decisión todavía le pesaba un poco, pero había dejado de ser una posibilidad absurda para convertirse en un acuerdo que podía controlar. Al menos eso esperaba.
Julian rodeó la mesa y tomó una carpeta que había dejado sobre una silla.
—Hay otra cosa.
Amelia lo miró con cautela.
—¿Qué?
—Graham me comentó que sigues viviendo con tu madre.
—Sí. ¿Por qué?
—He pensado que sería más práctico que tuvieras tu propio espacio durante el tiempo que dure todo esto.
Amelia frunció el ceño.
—No necesito que me busques un sitio donde vivir.
—No he dicho que lo necesites.
Julian abrió la carpeta y sacó varias fotografías impresas de un apartamento. Era moderno, amplio y estaba ubicado en una de las zonas más tranquilas de Port Ellery. Las ventanas ocupaban buena parte de las paredes y el mobiliario tenía un diseño sencillo, aunque evidentemente costoso.
Amelia miró las imágenes sin tocarlas.
—¿Qué es esto?
—Un apartamento. Está disponible y pensé que podrías utilizarlo.
—¿Utilizarlo?
—Estaría a tu nombre. Es una cortesía por aceptar el acuerdo, no forma parte de tu compensación ni va a modificar las condiciones del contrato.
Ella levantó la mirada.
—Julian, no puedes simplemente regalarme un apartamento.
—No te estoy regalando cualquier cosa. Es una propiedad de la compañía que no está ocupada. Y antes de que lo preguntes, no espero nada a cambio.
—No necesito que te sientas responsable de mi situación.
—No lo hago.
—Entonces no entiendo por qué estás ofreciéndomelo.
Julian dejó las fotografías sobre la mesa.
—Porque vamos a tener que asistir juntos a eventos, trabajar con el equipo y mantener cierta organización durante los próximos meses. Será más sencillo si tienes un lugar propio. Además, no creo que debas tener que reorganizar toda tu vida para cumplir con un acuerdo que también beneficia a mi familia.
Amelia volvió a mirar las fotografías. El apartamento era bonito, mucho más de lo que habría considerado buscar por su cuenta. La idea de tener un espacio propio llevaba tiempo rondándole la cabeza, aunque nunca había sido una prioridad que pudiera permitirse.
—¿Y quedaría a mi nombre? —preguntó.
—Sí. No tienes que devolverlo cuando termine el acuerdo.
Aquello la tomó por sorpresa. Había esperado que se tratara de una solución temporal, pero no que Julian estuviera dispuesto a dejar la propiedad a su nombre.
—No sé qué decir.
—Podrías empezar por dejar de mirarme como si estuviera intentando engañarte.
—Es una posibilidad que no descarto.
Julian soltó una pequeña risa por la nariz.
—Lo tendré en cuenta.
Amelia se quedó pensándolo un momento más. No quería aceptar por compromiso ni sentirse en deuda con él, pero tampoco tenía sentido rechazar algo que podía mejorar considerablemente su situación. Finalmente, dejó escapar el aire y cerró la carpeta.
—Está bien. Lo aceptaré, pero quiero revisar también los documentos de la propiedad.
—Por supuesto. Charlotte puede enviártelos.
—Gracias.
La palabra salió con cierta resistencia, pero era sincera. Julian pareció notarlo. La miró durante un instante y, por primera vez desde que se habían reencontrado, la expresión de su rostro perdió algo de rigidez.
Amelia tampoco pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios.
No fue una sonrisa amplia ni especialmente amistosa. Julian seguía teniendo el ceño ligeramente fruncido y ella tampoco había olvidado lo irritante que podía resultar. Sin embargo, durante aquel breve momento, ambos parecieron encontrar algo divertido en la situación.
—No te acostumbres —dijo Amelia mientras recogía su bolso.
—No estaba pensando hacerlo.
—Perfecto.
Salió de la sala con los documentos del apartamento pendientes de recibir y el contrato prácticamente resuelto. Todavía no sabía cómo iba a funcionar todo aquello, ni cuánto tendría que esforzarse para que la farsa pareciera convincente. Pero, al menos, había conseguido establecer sus condiciones.
Y, aunque le costara admitirlo, también había conseguido algo que llevaba tiempo necesitando: la posibilidad de empezar de nuevo en un lugar propio.
