Capítulo 4 ——— Capitulo III — Piezas de un rompecabezas.

El correo de Charlotte llegó antes de que Amelia terminara su primer café de la mañana.

Había pasado buena parte de la noche revisando los documentos que le habían entregado, intentando distinguir entre las cláusulas habituales de un acuerdo de ese tipo y aquellas que podían convertirse en un problema más adelante. No era abogada, pero había trabajado lo suficiente en comunicación corporativa para saber que las palabras pequeñas de un contrato podían tener consecuencias bastante grandes.

El mensaje era breve. Charlotte le confirmaba que la versión actualizada del acuerdo estaba lista y que podía pasar por las oficinas para recogerla. También adjuntaba los documentos preliminares del apartamento, junto con la información necesaria para que los revisara antes de firmar cualquier transferencia.

Amelia abrió el archivo adjunto y recorrió las primeras páginas.

El apartamento existía. Las fotografías mostraban una propiedad amplia, con ventanales de suelo a techo, una cocina moderna y una terraza que daba a una zona arbolada. Estaba en uno de los sectores residenciales más tranquilos de Port Ellery, lejos del movimiento del distrito financiero, pero lo bastante cerca para llegar a las oficinas sin atravesar media ciudad.

Era bonito. Mucho más bonito de lo que había imaginado.

Y eso, precisamente, le provocaba cierta desconfianza.

—¿Ya estás trabajando? —preguntó Eleanor desde la puerta de la cocina.

Amelia levantó la vista del portátil.

—Estoy intentando entender cómo terminé con una propuesta de trabajo que incluye fingir que salgo con alguien.

Eleanor dejó una taza sobre la mesa.

—Podrías haber elegido algo más sencillo.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

Su madre sonrió y se sentó frente a ella. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y todavía tenía puesto el suéter que usaba para estar en casa.

—¿Te enviaron los documentos?

—Esta mañana. El contrato y los del apartamento.

—¿Y qué te parece?

Amelia giró un poco el portátil para mostrarle las fotografías.

Eleanor las observó con atención.

—Es precioso.

—Eso parece.

—Tiene una terraza.

—También tiene una cocina que probablemente cuesta más que mi primer coche.

—No sabía que tuvieras tanta experiencia comprando coches.

—No la tengo. Por eso me preocupa.

Eleanor soltó una risa, aunque enseguida volvió a mirar la pantalla.

—¿Estás segura de que quieres aceptar todo esto?

Amelia cerró el archivo.

—Estoy segura de que quiero trabajar. Lo de fingir una relación todavía me parece una decisión bastante cuestionable.

—No tienes que convencerme de que es extraño.

—Menos mal.

—Pero tampoco quiero que rechaces algo que puede darte estabilidad solo porque no se parece a lo que habías planeado.

Amelia se quedó mirando su taza. Había regresado a Port Ellery pensando que tendría que empezar desde cero, buscar trabajo y acostumbrarse otra vez a una ciudad que ya no sentía exactamente igual. No esperaba que su primera oportunidad llegara acompañada de un contrato tan particular.

—Voy a revisar todo antes de firmar —dijo— Y si algo no me convence, no lo haré.

—Eso es lo único que quiero escuchar.

Eleanor se levantó para recoger su taza vacía.

—Por cierto, llamaron esta mañana por lo de la gotera. Vendrán a revisarla.

—Espero que esta vez encuentren el problema y no se limiten a poner otro recipiente debajo.

—Yo también. No pienso seguir escuchando caer agua en mitad de la noche.

Amelia sonrió y volvió a abrir el correo. Su madre tenía razón en algo: la vida seguía avanzando, incluso cuando una parte de ella todavía parecía detenida en los últimos meses.

Y, por extraño que resultara, quizá aquel acuerdo era una manera de empezar a moverse otra vez.

A media mañana, Amelia llegó a Ashbourne Group con una carpeta bajo el brazo y el cabello suelto sobre los hombros.

El edificio tenía una fachada de cristal que reflejaba los edificios vecinos y, desde la entrada, se alcanzaba a ver parte del puerto entre las construcciones del distrito financiero. A esa hora, el vestíbulo estaba lleno de empleados que entraban y salían con teléfonos en las manos, acreditaciones colgadas del cuello y cafés que parecían formar parte del uniforme.

Charlotte la esperaba cerca de los ascensores.

—Buenos días, Amelia.

—Buenos días. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. ¿Pudiste revisar los documentos?

—Sí. Tengo algunas observaciones, pero creo que no habrá problemas.

Charlotte sonrió mientras la acompañaba hacia los ascensores.

—Me alegra. Graham quiere que todo quede organizado antes de que empiecen los compromisos públicos.

—¿Ya tienen alguno previsto?

—Estamos revisando varias posibilidades. Nada que debas considerar definitivo todavía.

El ascensor se abrió y ambas entraron.

—También quería comentarte algo sobre tu función —añadió Charlotte— Aunque el acuerdo está relacionado con Julian, no esperamos que pases tus días acompañándolo a todas partes. Tu experiencia profesional sigue siendo importante para nosotros.

Amelia giró la cabeza hacia ella.

—¿Eso significa que tendré trabajo más allá de sonreír en fotografías?

—Mucho más. Hay varios proyectos de comunicación que necesitan atención. Algunos están relacionados con la imagen corporativa y otros con las nuevas iniciativas de la compañía.

Aquello le interesó bastante más que cualquier otra cosa que hubieran discutido hasta entonces.

—Me gustaría conocerlos.

—Lo haremos. De hecho, creo que podrías aportar bastante al equipo.

Las puertas se abrieron en uno de los pisos superiores. Charlotte la condujo hasta una sala de reuniones donde ya había varios documentos distribuidos sobre la mesa.

Julian estaba junto a los ventanales, revisando algo en su teléfono. Llevaba un traje oscuro sin corbata y tenía las mangas de la camisa ligeramente remangadas. Al escuchar la puerta, levantó la vista.

—Llegas puntual —comentó.

Amelia dejó su carpeta sobre la mesa.

—No sabía que eso fuera una sorpresa.

—No lo es. Solo lo estoy señalando.

—Qué considerado.

Charlotte disimuló una sonrisa y ocupó una de las sillas.

—Creo que podemos empezar.

La reunión fue menos complicada de lo que Amelia había esperado. Revisaron las cláusulas que todavía necesitaban ajustes, confirmaron los límites relacionados con las apariciones públicas y dejaron claro que cualquier declaración sobre la relación debía acordarse entre ambos.

Amelia insistió en que no se utilizarían detalles de su vida privada sin su consentimiento. Julian estuvo de acuerdo, aunque pidió que ambos pudieran coordinar las publicaciones y fotografías para evitar contradicciones.

—No quiero enterarme de que hemos anunciado algo distinto en dos entrevistas diferentes —explicó él.

—Eso también podría evitarse si no improvisas.

Julian la miró.

—¿Ya estás asumiendo que seré yo quien cometa los errores?

—Estoy intentando anticiparme.

—Qué confianza.

—Es parte de mi trabajo.

Charlotte intervino antes de que la conversación se desviara.

—Bien. Creo que estamos de acuerdo en ese punto.

Después de revisar las últimas modificaciones, Amelia recibió una copia del contrato actualizado. Lo leyó una vez más y comprobó que los cambios solicitados estuvieran incluidos. No era un acuerdo sencillo, pero al menos las condiciones estaban claras.

Cuando terminó, firmó.

Julian hizo lo mismo.

El sonido de las hojas al deslizarse sobre la mesa fue extrañamente definitivo.

—Bueno —dijo Amelia, guardando su copia— Supongo que ahora sí estamos oficialmente metidos en esto.

—Eso parece.

—Procura no hacer que me arrepienta durante la primera semana.

—No puedo prometerte nada.

—Qué tranquilizador.

Charlotte recogió los documentos firmados.

—Les enviaré una copia digital a ambos. También coordinaré contigo, Amelia, los siguientes pasos para tu incorporación al equipo.

—Perfecto.

—Y sobre el apartamento —continuó Charlotte— el departamento legal terminará de preparar los documentos. Te avisaremos cuando puedas revisarlos en persona.

Amelia asintió.

—Gracias.

Julian tomó su teléfono de la mesa.

—Hay algo más que deberíamos resolver.

Ella lo miró.

—¿Qué cosa?

—Tenemos que empezar a trabajar en cómo vamos a presentarnos.

Amelia apoyó una mano sobre su carpeta.

—¿No basta con decir que estamos juntos?

—Depende de quién lo pregunte.

—Entonces tendremos que practicar respuestas.

—Y acostumbrarnos a estar cerca.

Amelia lo observó unos segundos.

—No creo que eso sea lo más difícil.

Julian arqueó una ceja.

—¿No?

—Lo más difícil será conseguir que parezcas una persona agradable durante más de cinco minutos.

Él soltó una risa breve.

—Y yo que pensaba que ya habíamos avanzado.

La primera sesión de preparación quedó programada para esa misma tarde.

No se trataba todavía de una sesión fotográfica oficial. Charlotte había conseguido que una fotógrafa de la compañía les dedicara un tiempo para revisar posibles estilos de imagen, expresiones y posiciones frente a las cámaras. Querían evitar que su primera aparición pública pareciera improvisada.

Amelia llegó al pequeño estudio del edificio con una blusa clara, pantalones oscuros y unos zapatos que había elegido pensando en caminar durante el resto del día.

Julian ya estaba allí.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo él.

—¿Por qué?

—No sé. Quería comprobar si podía sorprenderme.

—Puedes intentarlo otro día.

La fotógrafa, una mujer de cabello corto llamada Mara, los saludó y les explicó lo que harían. Primero tomaría algunas fotografías individuales y después probarían distintas composiciones juntos.

Amelia se colocó frente al fondo neutro y siguió las indicaciones sin demasiada dificultad. Había participado en sesiones de trabajo antes, aunque normalmente estaba detrás de la organización y no delante de la cámara.

Cuando terminaron con las fotografías individuales, Mara los llamó.

—Vamos a probar algo más natural. No quiero que parezcan dos personas esperando una fotografía de empresa.

—Eso sería bastante incómodo —comentó Amelia.

—Precisamente —respondió Mara, divertida—. Julian, acércate un poco.

Él se colocó a su lado.

—Un poco más —indicó la fotógrafa.

Julian avanzó hasta quedar junto a ella.

Amelia sintió el roce de su brazo contra el suyo.

—¿Así está bien? —preguntó él.

—Por ahora.

Mara levantó la cámara.

—Amelia, gira ligeramente hacia él. Julian, puedes poner una mano en su cintura.

Ambos se quedaron quietos un instante.

—¿En serio? —preguntó Amelia.

—Es una fotografía de pareja —respondió Mara— No tiene que parecer que están en una reunión de accionistas.

Julian miró a Amelia.

—¿Alguna objeción?

—Varias, pero supongo que ninguna sirve de mucho ahora mismo.

Él colocó una mano en su cintura, con cuidado, sin apretarla. Amelia se giró hacia él lo suficiente para seguir las indicaciones. La cercanía era extraña. No porque nunca hubiera estado cerca de Julian, sino porque aquella vez había una cámara registrando cada pequeño movimiento y la intención era convencer a otros de que existía algo entre ellos.

—Relaja los hombros —indicó Mara— Y mírense.

Amelia levantó la vista.

Julian ya la estaba mirando.

Por un segundo, ninguno pareció recordar que debían estar fingiendo.

Ella conocía aquella expresión. La había visto años atrás, aunque no podía precisar cuándo había sido la última vez. Julian tenía una manera particular de observar a las personas, como si estuviera acostumbrado a esperar que fueran ellas quienes apartaran la mirada primero.

Amelia no lo hizo.

—¿Siempre miras así a la gente? —murmuró.

—Solo cuando me lo piden.

—Qué obediente.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Mara soltó una pequeña indicación desde detrás de la cámara.

—Eso está bien. No se muevan.

Julian inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.

—Creo que podrías sonreír un poco.

—Creo que podrías dejar de darme instrucciones.

—No sabía que necesitabas tantas.

—Y yo no sabía que hablar menos era una posibilidad para ti.

Él sonrió.

No fue la sonrisa calculada que Amelia había visto en algunas fotografías suyas. Fue más breve, casi involuntaria, y apareció justo cuando ella estaba a punto de responderle.

Mara tomó varias fotografías seguidas.

—Perfecto. Mantengan esa posición.

La mano de Julian seguía en su cintura. Amelia notó que él había dejado de sonreír, pero no había apartado la mirada. Había algo incómodamente convincente en aquella escena.

Entonces Mara pidió que cambiaran de posición y Julian retiró la mano.

Amelia dio un paso hacia atrás, acomodándose la blusa.

—No estuvo tan mal —dijo él.

—No te emociones. Era una prueba.

—Lo tendré presente.

La fotógrafa revisó las imágenes en su pantalla.

—Funcionan bastante bien juntos.

Amelia se acercó para verlas.

En algunas fotografías parecían dos personas que se conocían desde hacía años. En otras, una pareja que acababa de salir de algún evento. Había una en particular en la que Julian la miraba mientras ella sonreía ligeramente, sin prestar atención a la cámara.

No parecía una imagen preparada.

Y eso era precisamente lo que la inquietaba.

—Esta me gusta —comentó Mara.

—A mí también —dijo Charlotte, que había entrado durante la sesión.

Amelia miró la fotografía otra vez.

—¿No creen que parece demasiado natural?

Julian se colocó a su lado para observar la pantalla.

—¿Eso es malo?

—No sé. Se supone que estamos intentando convencer a la gente.

—Entonces diría que está funcionando.

Amelia giró hacia él.

—No te acostumbres.

—No estaba planeándolo.

Sin embargo, cuando abandonaron el estudio, ella seguía pensando en aquella fotografía.

La reunión siguiente estaba prevista en una de las salas ejecutivas de Ashbourne Group. Charlotte había organizado un encuentro con representantes de Kensington Holdings para revisar una propuesta de colaboración vinculada a un desarrollo inmobiliario en la zona del puerto.

Amelia no tenía que participar directamente en la negociación, pero Charlotte había considerado conveniente que asistiera para familiarizarse con algunos de los proyectos de la compañía.

La sala tenía una mesa larga de madera clara, paredes de cristal y una vista amplia de los edificios que rodeaban el distrito financiero. Sobre una de las pantallas se proyectaban planos de un complejo comercial y residencial que todavía estaba en fase de evaluación.

Graham Ashbourne se encontraba allí junto a dos directivos. Julian ocupaba una silla a su derecha y Charlotte revisaba algunos documentos.

—Amelia —saludó Graham al verla— Me alegra que hayas podido venir.

—Gracias por invitarme.

—Espero que estés empezando a sentirte cómoda por aquí.

—Todavía estoy aprendiendo dónde queda todo.

—Eso nos pasa incluso a quienes llevamos años trabajando aquí.

La reunión comenzó poco después. Amelia escuchó con atención mientras los representantes de Kensington Holdings presentaban sus propuestas. Hablaron de inversión, plazos de desarrollo y posibles acuerdos para incorporar espacios comerciales al proyecto.

Le llamó la atención la manera en que Graham conducía la conversación. Era cordial, pero no dejaba pasar detalles. Julian, por su parte, intervenía cuando era necesario y parecía conocer cada aspecto del proyecto.

Amelia había supuesto que su papel dentro de la empresa estaría relacionado principalmente con su apellido y su posición pública. Sin embargo, verlo trabajar le permitió entender por qué Graham confiaba tanto en él.

No era simplemente un hombre que aparecía en fotografías de revistas.

La puerta se abrió cuando estaban terminando de revisar una de las propuestas.

—Disculpen la demora.

La mujer que entró llevaba un traje de dos piezas color marfil y el cabello castaño perfectamente peinado. No necesitó levantar la voz para atraer la atención de la sala.

Amelia reconoció el apellido antes de que Charlotte hiciera las presentaciones.

—Sloane Kensington —dijo Graham—. Qué bueno que hayas podido acompañarnos.

—No me habría perdido la reunión.

Sloane saludó a los presentes con naturalidad. Cuando llegó a Julian, su sonrisa cambió apenas.

—Julian.

—Sloane.

Ella le dio un beso breve en la mejilla.

—Hace tiempo que no coincidíamos.

—Últimamente he tenido bastante trabajo.

—Eso he escuchado.

El intercambio fue corto, pero había una familiaridad que Amelia no pasó por alto. No era la cordialidad habitual entre dos personas que compartían reuniones empresariales. Había algo más, aunque no supo definirlo.

Sloane se volvió hacia Charlotte y después hacia Amelia.

—Creo que todavía no nos conocemos.

—Amelia Mercer —respondió ella, estrechándole la mano.

La expresión de Sloane se iluminó con un interés educado.

—Claro. He escuchado tu nombre.

—Espero que cosas buenas.

—Hasta ahora, sí.

Su sonrisa parecía sencilla, aunque Amelia tuvo la impresión de que estaba observándola con más atención de la necesaria.

—¿Trabajas con Ashbourne Group? —preguntó Sloane.

—Estoy colaborando con el equipo de comunicaciones.

—Entiendo.

Sloane dirigió una mirada breve hacia Julian.

—Y supongo que también estarás bastante ocupada con él.

Amelia mantuvo una expresión tranquila.

—Es parte del trabajo.

—Debe de ser interesante.

—A veces.

Julian intervino antes de que Sloane pudiera continuar.

—Amelia tiene otras responsabilidades además de ocuparse de mí.

—No lo dudo —respondió ella, sin perder la sonrisa— Solo tenía curiosidad.

Graham invitó a Sloane a ocupar el asiento libre y la conversación volvió al proyecto. Durante los siguientes minutos, ella hizo preguntas precisas sobre los terrenos, la participación de Kensington Holdings y las condiciones de inversión.

No parecía estar allí para acompañar a nadie. Conocía los números, había revisado los planos y sabía exactamente qué puntos quería negociar.

Amelia escuchó sin intervenir. La mujer tenía una seguridad que no dependía de llamar la atención, y su presencia parecía cambiar ligeramente el comportamiento de quienes la rodeaban.

Cuando la reunión terminó, Sloane se acercó a Julian mientras los demás recogían sus documentos.

—Necesitamos hablar sobre la propuesta revisada —dijo.

—Envíamela y la revisaremos.

—Preferiría hacerlo contigo.

Julian guardó su carpeta.

—Entonces coordina una reunión con Charlotte.

Sloane lo observó un momento.

—Sigues siendo igual de difícil para algunas cosas.

—Y tú sigues intentando resolverlas a tu manera.

Ella sonrió, como si hubiera recibido una respuesta que ya esperaba.

—Supongo que algunas costumbres no cambian.

Amelia estaba guardando sus notas cuando escuchó aquello. No levantó la cabeza, pero tampoco pudo evitar preguntarse qué clase de costumbres compartían.

Sloane se despidió de Graham y Charlotte. Antes de salir, se volvió hacia Amelia.

—Ha sido un placer conocerte. Espero que volvamos a coincidir.

—Igualmente.

—Estoy segura de que así será.

Cuando la puerta se cerró, Amelia terminó de guardar sus cosas.

—Parece que Kensington Holdings tiene bastante interés en el proyecto —comentó.

Charlotte asintió.

—Es una alianza importante. Si llegamos a un acuerdo, podría beneficiar a ambas compañías.

—Sloane parece conocer muy bien los detalles.

—Los conoce. Es una de las personas más preparadas de su equipo.

Amelia miró hacia la puerta por la que había salido.

—También parece conocer bastante bien a Julian.

Charlotte levantó la vista de sus documentos. Durante un segundo, pareció considerar la pregunta.

—Han coincidido durante años en los mismos círculos.

—Ya veo.

No preguntó nada más.

Jonas apareció en el pasillo cuando Amelia salía de la sala.

—¡Amelia!

Ella se volvió justo a tiempo para verlo acercarse con una sonrisa amplia.

—Hola, Jonas.

—Pensé que te habías escapado antes de que pudiera saludarte.

—He tenido una mañana bastante ocupada.

—Eso parece. ¿Ya te están haciendo trabajar demasiado?

—Todavía no. Dame unos días.

Jonas soltó una carcajada y la abrazó. Amelia correspondió al gesto con naturalidad. Con él no tenía que medir cada palabra ni preguntarse si una broma sería interpretada como un desafío.

—Me alegra verte por aquí —dijo él al separarse— De verdad.

—A mí también. Aunque empiezo a pensar que esta familia tiene demasiadas reuniones.

—Eso es porque todavía no has visto las reuniones aburridas.

—¿Hay alguna que no lo sea?

—No muchas.

Caminaron juntos hacia la zona de descanso del piso. Jonas le preguntó cómo se había adaptado a Port Ellery, y cómo estaba Eleanor. Amelia respondió con sinceridad, sin entrar demasiado en detalles sobre los últimos meses.

—¿Y cómo terminaste aceptando lo de Julian? —preguntó él cuando llegaron a la pequeña cafetería.

Amelia lo miró.

—¿No te lo contó tu hermano?

—Me dio una versión bastante resumida. Algo sobre una solución temporal y un acuerdo de imagen.

—Una forma elegante de decir que vamos a fingir que somos pareja.

Jonas se quedó mirándola unos segundos.

Después se echó a reír.

—No puede ser.

—Créeme, tampoco fue mi primera opción.

—Esto es mucho mejor de lo que imaginaba.

—Me alegra que mi situación te resulte entretenida.

—No, no. Es que conozco a Julian.

—Ese es precisamente el problema.

Jonas pidió dos cafés y se apoyó en el mostrador.

—¿Y cómo se lo está tomando?

—Como si todo fuera un proyecto que puede controlar.

—Eso también suena a Julian.

Amelia sonrió.

—No ha cambiado tanto como esperaba.

—Ha cambiado en algunas cosas.

—¿En cuáles?

Jonas pensó un momento.

—Trabaja demasiado, se toma todo muy en serio y ahora tiene menos paciencia que antes.

—No parece una lista de mejoras.

—No dije que fueran mejoras.

El camarero dejó los cafés sobre el mostrador. Jonas tomó el suyo y le entregó el otro a Amelia.

—Por cierto, ¿te acuerdas de cuando intentabas convencerme de que podía ganarte en cualquier juego?

Ella soltó una risa.

—Porque podía ganarte.

—Eso es discutible.

—No lo es.

—Recuerdo que hacías trampa.

—Recuerdas mal.

—Tenías una capacidad increíble para cambiar las reglas cuando ibas perdiendo.

—Eso se llama adaptabilidad.

Jonas negó con la cabeza, divertido.

Por un momento, Amelia sintió que el tiempo había retrocedido un poco. No a un recuerdo específico, sino a esa facilidad que siempre había tenido para hablar con él.

—Deberíamos ponernos al día fuera de aquí —propuso Jonas— Sin reuniones, sin contratos y sin mi hermano dando órdenes.

—Me parece una buena idea.

—¿Esta semana?

—Podemos organizarlo.

—Perfecto. Y no acepto que me canceles a última hora.

—No prometo nada.

—Sigues siendo la misma.

Amelia sonrió sobre el borde de su taza.

—Tú también.

Antes de separarse, Jonas le dio un pequeño golpe amistoso en el hombro.

—Y, Amelia...

—¿Sí?

—Si mi hermano empieza a hacerte la vida imposible, me avisas.

—¿Vas a hablar con él?

—No. Pero al menos podré decirte que te lo advertí.

Ella soltó una carcajada.

—Muy útil, Jonas. Gracias.

El trayecto de regreso a casa fue más tranquilo de lo que Amelia había esperado. Había pasado casi todo el día en las oficinas y todavía tenía varias cosas que revisar, entre ellas los documentos del apartamento.

Al llegar, encontró a Eleanor en la cocina, preparando algo para cenar.

—¿Qué tal te fue?

Amelia dejó el bolso sobre una silla.

—Firmé el contrato.

Eleanor se volvió hacia ella.

—¿Ya?

—Sí. Revisamos las últimas modificaciones y quedaron incluidas.

—¿Y cómo te sientes?

Amelia se tomó unos segundos para responder.

—Como si hubiera aceptado algo que todavía no termino de entender.

—Eso no suena muy tranquilizador.

—No lo es del todo.

Se acercó a la encimera y tomó una rodaja de tomate del plato que su madre estaba preparando.

—También conocí a una mujer de Kensington Holdings. Sloane Kensington.

—He escuchado ese apellido.

—Es bastante importante dentro de la empresa. Parece conocer muy bien a Julian.

Eleanor la miró con una expresión curiosa.

—¿Eso te preocupa?

—No. Solo me llamó la atención.

—Entonces no le des más vueltas de las necesarias.

Amelia sonrió.

—No pensaba hacerlo.

Eleanor volvió a la comida.

—¿Y el apartamento?

—Los documentos preliminares están listos. Tengo que revisarlos antes de firmar la transferencia.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Mucho?

—Mamá.

—Solo pregunto.

Amelia apoyó los codos sobre la encimera.

—Es bonito. Demasiado bonito, probablemente. Pero no quiero entusiasmarme hasta saber que todo está en orden.

Eleanor asintió.

—Me parece razonable.

Hubo un momento de silencio mientras ambas continuaban con lo que estaban haciendo.

—Daniel habría querido que tuvieras una oportunidad así —dijo Eleanor al cabo de un rato.

Amelia bajó la mirada.

—Espero que también hubiera querido que no terminara fingiendo ser la novia de alguien que le caía mal.

Eleanor soltó una risa suave.

—Tu padre habría tenido muchas preguntas.

—Y probablemente habría querido conocer el contrato completo.

—Eso seguro.

Amelia sonrió. No necesitaba que su madre dijera mucho más.

Más tarde, mientras esperaba que el agua de la ducha se calentara, Amelia recibió un mensaje de Olivia.

Olivia: ¿Sigues viva o ya te han absorbido los Ashbourne?

Amelia: Sigo viva. Aunque no descarto que lo intenten.

Olivia: Necesito una actualización.

Amelia: Firmé el contrato.

Olivia: ¿QUÉ?

Amelia: No grites. Estoy en casa.

Olivia: No puedo creer que hayas aceptado de verdad.

Amelia: Yo tampoco.

Olivia: ¿Y qué tal tu primer día como futura señora Ashbourne?

Amelia: Voy a bloquearte.

Olivia: ¿Eso significa que todavía no hay anillo?

Amelia negó con la cabeza mientras escribía.

Amelia: No hay anillo. No hay boda. No hay nada de eso.

Olivia: Qué decepción para la prensa.

Amelia: Hoy tuve una sesión de fotografías.

Olivia: Espera. ¿Fotografías de qué tipo?

Amelia: De nosotros.

Olivia: Necesito verlas.

Amelia: No.

Olivia: No puedes contarme que te fotografiaron con Julian Ashbourne y esperar que me quede tranquila.

Amelia dejó el teléfono sobre la encimera mientras se quitaba los pendientes. Cuando volvió a mirarlo, había recibido otro mensaje.

Olivia: ¿Y conociste a alguien interesante?

Amelia recordó a Sloane entrando en la sala, su saludo a Julian y la manera en que ambos habían hablado.

Amelia: Conocí a Sloane Kensington.

Olivia: ¿La de Kensington Holdings?

Amelia: Esa misma.

Olivia: ¿Y?

Amelia: Parece agradable. Muy segura de sí misma. Conoce bastante a Julian.

Olivia: ¿Bastante cuánto?

Amelia: No lo sé. Se nota que tienen historia.

Olivia: Ah.

Amelia: No empieces.

Olivia: No he dicho nada.

Amelia: Lo estás pensando.

Olivia: Solo digo que, si vas a fingir una relación, sería conveniente saber quién más conoce los secretos del protagonista.

Amelia se rio.

Amelia: No estoy investigando su vida sentimental.

Olivia: Todavía.

Amelia: Buenas noches, Oliv..

Olivia: Te quiero. Y quiero las fotografías.

Amelia dejó el teléfono a un lado, todavía sonriendo.

Olivia tenía una habilidad especial para convertir cualquier situación complicada en algo ligeramente menos pesado. Aun así, la conversación había dejado una pregunta rondándole la cabeza.

No sabía qué había ocurrido entre Julian y Sloane. Tampoco tenía razones para saberlo. Pero la familiaridad entre ambos había sido evidente.

Y, aunque no le importaba, le resultaba difícil ignorar que pronto tendría que aprender a desenvolverse en un entorno donde casi todos parecían conocer partes de la vida de Julian que ella desconocía.

Al día siguiente, Charlotte le envió un mensaje para informarle que los documentos definitivos del apartamento estaban listos para su revisión.

Amelia pasó por las oficinas después de una breve reunión con el equipo de comunicaciones. Le entregaron una carpeta con la información legal de la propiedad y la pusieron en contacto con el departamento encargado de la transferencia.

La lectura le llevó más tiempo del que esperaba. Había detalles sobre la titularidad, los gastos asociados y el estado de la propiedad que quería comprender antes de aceptar.

Cuando terminó, dejó la carpeta sobre la mesa.

—Creo que está todo en orden —dijo.

La empleada que la atendía asintió.

—Si no tiene más observaciones, podemos avanzar con el procedimiento.

Amelia firmó los documentos correspondientes.

No era una compra ni una parte de su remuneración. Era una propiedad que Ashbourne Group había decidido transferir a su nombre, sin obligación de devolverla al finalizar el acuerdo. Aun así, le costaba acostumbrarse a la idea de que, de pronto, tendría un lugar propio.

Un apartamento que no tendría que compartir con nadie. Un espacio donde podría organizar sus cosas, trabajar y empezar a construir una rutina distinta.

Guardó la copia de los documentos en su bolso y salió de la oficina.

El teléfono vibró antes de que llegara al ascensor.

Era un mensaje de Julian.

Julian: ¿Terminaste con los documentos?

Amelia: Sí. Todo está firmado.

Julian: Bien. Charlotte me dijo que también revisaste los detalles de la propiedad.

Amelia: Así es.

Julian: ¿Te parece bien el apartamento?

Amelia miró la pantalla durante unos segundos.

Amelia: Es bonito. Gracias.

Julian: De nada.

El mensaje terminó ahí. Amelia guardó el teléfono, sorprendida de que Julian no hubiera añadido ningún comentario innecesario.

Cuando llegó a la planta baja, encontró a Charlotte hablando con uno de los empleados de recepción.

—Amelia, justo iba a buscarte.

—¿Ocurre algo?

Charlotte le tendió una carpeta delgada.

—La próxima semana tendremos un evento relacionado con el proyecto del puerto. Será una buena oportunidad para que empieces a familiarizarte con algunos de nuestros socios y con la prensa local.

Amelia abrió la carpeta.

En la portada aparecía el nombre del evento y una fotografía del lugar donde se celebraría: una antigua residencia junto al mar que había sido restaurada para funcionar como espacio de recepciones privadas.

—¿Tengo que asistir?

—Sí. Julian también estará allí.

Amelia cerró la carpeta.

—Por supuesto.

—No será una aparición especialmente complicada. Habrá invitados de varias empresas, representantes locales y algunos medios. Queremos que puedan presentarse juntos de manera natural.

—Entendido.

—Te enviaré los detalles cuando estén confirmados.

Amelia se despidió y salió del edificio.

El aire de Port Ellery estaba fresco. Desde la acera se veía el movimiento de los coches y, a lo lejos, una franja de agua entre los edificios. La ciudad seguía teniendo algo familiar, aunque cada día parecía mostrarle una parte distinta.

Miró los documentos del apartamento dentro de su bolso.

Había conseguido un trabajo, un lugar propio y una oportunidad profesional que no había esperado encontrar tan pronto. También había aceptado fingir una relación con un hombre al que todavía le costaba soportar durante una conversación de cinco minutos.

No era exactamente el regreso que había imaginado. Pero empezaba a parecerse a una vida nueva.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de un número que no tenía guardado.

Número desconocido: Amelia, soy Sloane Kensington. Me alegró conocerte ayer. Espero que podamos conversar con más calma en otra ocasión.

Amelia leyó el mensaje una vez más.

No había nada extraño en él. Era cordial, incluso amable. Sin embargo, antes de que pudiera responder, apareció una segunda notificación.

Sloane: Por cierto, Julian no suele hablar de sus asuntos personales con cualquiera. Me imagino que tu acuerdo debe de ser bastante interesante.

Amelia se quedó mirando la pantalla.

Después guardó el teléfono sin contestar.

Quizá Sloane solo tenía curiosidad. Quizá había sido una forma de conversación tan calculada como todo lo que había visto durante la reunión.

Pero había algo en aquel último mensaje que no terminaba de convencerla.

Y empezaba a sospechar que, en el mundo de los Ashbourne, aceptar un acuerdo era mucho más sencillo que comprender todo lo que venía incluido con él.

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