Capítulo 1 Prólogo y Capítulo 1.

​Prólogo.

Lina.

​La primera vez que me amenazaron de muerte, sostenía el cuerpo tembloroso de mi hijo de diez meses contra mi pecho.

Tenía apenas diez meses de vida que nadie en la firma de inversiones conocía, y que yo había ocultado como el secreto más sagrado de mi existencia para no perder el empleo.

​Mi teléfono vibró en la penumbra de mi habitación. La pantalla mostró una fotografía nítida tomada desde la calle: capturaba el momento exacto en que yo entraba a casa esa noche.

​—Tienes cuarenta y ocho horas para pagar la deuda de tu ex —dijo una voz distorsionada al contestar la llamada—. Cincuenta mil dólares. Si no pagas, tu jefe recibirá un informe detallado de tus mentiras contractuales y el pequeño Leo no volverá a despertar en su cuna.

​Sentí un golpe seco en el corazón.

Él era mi única razón para respirar, pero también mi mayor debilidad ante una mafia capaz de matar.

​—Yo no debo nada —susurré con la voz rota.

​—Pero tu ex sí. Y sabemos perfectamente dónde encontrar al niño.

​La llamada se cortó.

No podía quebrarme, no delante de él.

Michael Jonas, mi nuevo jefe, también cargaba con sus propios fantasmas en el frío corporativo de Wall Street, solo en la cima tras el abandono de su esposa.

​Michael no sabía que su nueva secretaria huyendo de una mafia violenta.

Y, sobre todo, no sabía que estaba a punto de romper la única regla profesional: enamorarme de él.

​¿Me aceptará cuando descubra que soy madre soltera y que arrastré el peligro a su vida?

​Capítulo 1.

​El aire fresco del otoño neoyorquino se colaba por mi bufanda mientras contemplaba la imponente fachada de cristal negro de Jonas Capital.

Mi nombre es Lina.

Necesitaba este empleo de secretaria ejecutiva para sobrevivir, aunque para conseguirlo hubiera tenido que omitir el detalle más importante de mi vida.

​Subí al piso veinticuatro.

Al cruzar las puertas de nogal del despacho principal, la energía frenética del mercado financiero pareció detenerse.

Detrás de un escritorio de madera maciza se encontraba Michael Jonas.

Era un hombre alto, de tez morena y facciones esculpidas.

Su cabello negro ondulado y sus ojos cafés irradiaban una tranquilidad magnética.

Vestía un traje gris impecable, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos.

​Sobre su escritorio, junto a una taza de café humeante, me llamó la atención un detalle: un portarretratos de plata fina colocado boca abajo, ocultando celosamente la imagen en su interior.

​—Bienvenida, señorita Lina. Tome asiento —dijo con una voz de barítono suave.

​Revisó mi currículum con calma genuina, analizando mi transición desde una editorial independiente hasta las finanzas.

​—Buscamos a alguien que aporte energía viva y orden a este despacho —comentó, mirándome fijamente—. Levanté esta firma desde abajo y sé lo que vale la confianza.

​Un frío repentino me recorrió el pecho al recordar a mi pequeño Leo. En tres entrevistas previas me habían rechazado por ser madre soltera.

El miedo a la falta de liquidez me obligó a guardar silencio una vez más.

​—El puesto es suyo, Lina, si está dispuesta a domar el caos de la bolsa —concluyó con una sonrisa amigable.

​—Estoy más que lista, señor Jonas —aseguré, estrechando su mano grande y cálida.

​Había conseguido el trabajo, sin imaginar que mi silencio desencadenaría una tormenta.

Aquí tienes la escena completamente corregida de errores ortográficos y reescrita para que se sienta orgánica, humana y profundamente realista, dándole peso a las sensaciones físicas de Lina y a su dilema interno:

—Comienzas el lunes a las ocho de la mañana.Pero mañana regrese para la firma de su contrato recuerde me gusta la puntualidad, así que ven preparada y con esa energía contagiosa con la que llegaste hoy —dijo Michael con su habitual tono pausado, dedicándome una última mirada serena antes de cerrar mi expediente sobre el escritorio de nogal.

Asentí suavemente mientras me levantaba de la silla, aunque por dentro sentía que el corazón me iba a estallar contra las costillas en un vuelco violento de adrenalina. Mis dedos, ligeramente húmedos por el sudor de los nervios, se aferraron con fuerza a la correa de mi bolso.

No podía creer que el puesto fuera mío.

En ese instante, el alivio me inundó el pecho de una forma tan intensa que casi me marea; un nudo se me formó en la garganta al pensar en lo que esto significaba.

Con este sueldo finalmente podría asegurar el bienestar de mi pequeño Leo, comprar las medicinas para el tratamiento de mi madre y dejar atrás la angustia de los últimos meses de desempleo.

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