Capítulo 4 Capítulo 4
Lina.
Saqué las llaves con dedos torpes que temblaban tanto que terminaron cayendo al suelo con un tintineo metálico que me erizó la piel; miré hacia atrás de golpe conteniendo la respiración encontrando únicamente el eco de mi propio miedo en la escalera mal iluminada entré al apartamento y pasé el cerrojo tres veces antes de apoyar la espalda contra la madera fría cerrando los ojos con fuerza.
—¿Lina? ¿Eres tú, hija? —la voz cansada de mi madre llegó desde la cocina rompiendo la tensión.
—Sí, mamá. Ya llegué —respondí intentando modular el tono para que no notara el temblor que me carcomía.
Caminé hacia la pequeña estancia donde ella estaba sentada junto a la cuna de Leo con una manta sobre las piernas viéndose tan frágil que una punzada de culpa me taladró el pecho al recordar que le mentía a mi jefe y le ocultaba la verdad a ella mientras el agua me llegaba al cuello.
—¿Cómo estuvo el día? —preguntó mirándome con sus ojos apagados—. Te noto muy pálida.
—Bien, mamá. Mucho trabajo en la firma y Michael me dio un adelanto; aquí tienes para los medicamentos del mes —le extendí un sobre con varios billetes de cien dólares intentando esbozar una sonrisa convincente.
—Gracias a Dios porque ya no nos quedaban pastillas para la presión y Leo se durmió hace una hora tomando todo su biberón.
Me acerqué a la cuna observando a mi niño respirar despacio ajeno por completo al infierno que se cernía sobre nosotros mientras tocaba su mejilla tibia sintiendo cómo el terror me oprimía el pecho restándole espacio a los pulmones porque el dinero adelantado por Michael apenas sumaba cinco mil dólares, una gota insignificante en el océano de cincuenta mil que exigía esa gente.
El sonido estridente del teléfono fijo me hizo dar un salto violento.
—No contestes —le advertí a mi madre de inmediato alzando la mano—. Yo voy.
Corrí hacia el aparato y levanté el auricular con el pulso desbocado.
—¿Hola?
—Cinco mil dólares es un buen comienzo, Lina —dijo la misma voz distorsionada de la noche anterior provocando que un escalofrío helado me recorriera la espina dorsal—. Pero la deuda es diez veces mayor y no puedes jugar con nosotros.
—Es todo lo que pude conseguir hoy —supliqué en un susurro dándole la espalda a mi madre para evitar que escuchara—. Por favor necesito más tiempo porque mi jefe me dio eso como un bono y no puedo pedirle más dinero sin levantar sospechas.
—El tiempo no se compra así que mira por la ventana de tu cocina ahora mismo.
La línea se cortó con un clic seco mientras el auricular me resbalaba de los dedos quedando colgando del cable y balanceándose como un péndulo. Caminé hacia la cocina con las piernas convertidas en gelatina y las manos aferradas al borde de la encimera para apartar con extrema lentitud un extremo de la cortina de flores descoloridas.
Abajo en la acera opuesta bajo la luz parpadeante del poste había un auto negro con los vidrios oscuros y los faros de posición encendidos simulando dos ojos brillantes que apuntaban directo a mi ventana; un hombre alto vestido con una chaqueta de cuero permanecía apoyado contra la puerta del conductor levantando la mano derecha para simular una pistola con los dedos apuntando hacia arriba y haciendo el gesto de disparar.
Retrocedí de un golpe contra la mesa de la cocina mientras el corazón me latía en las orejas como un tamborileo desbocado que me impedía pensar porque sabían cuánto ganaba qué hacía y controlaban cada uno de mis movimientos reduciendo el plazo fatal.
—¿Lina? ¿Qué pasa? ¿Quién era? —mi madre entró a la cocina encendiendo la luz del techo que parpadeó dos veces antes de inundar el espacio con una claridad cruda.
—Nadie mamá una llamada equivocada —mentí colocándome frente al vidrio para tapar la visual hacia la calle—. Ve a descansar por favor que yo me encargo de acomodar las cosas aquí.
—Estás sudando hija y te ves enferma.
—Solo estoy cansada de verdad porque ha sido un cambio muy brusco entrar a Jonas Capital y necesito dormir.
Ella dudó pero el peso de su propia enfermedad la venció asintiendo y caminando despacio hacia su habitación, y en cuanto escuché el clic de su puerta regresé a la estancia para tomar el móvil del bolso descubriendo un mensaje de texto de un número oculto con una fotografía mía tomada hacía cinco minutos de espaldas entrando al portal del edificio acompañada de un texto breve: "Treinta y seis horas y cincuenta mil en efectivo; si vas a la policía el informe de tus mentiras llega a Jonas y el niño pagará el resto".
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo de madera cruzando los brazos sobre las rodillas para hundir la cabeza sintiendo que me asfixiaba porque Michael Jonas valoraba la confianza por encima de todo y si descubría que le mentí sobre Leo y que arrastré criminales a su entorno me despediría destruyendo la única oportunidad de salvar a mi familia.
El móvil vibró de nuevo en mi mano mostrando el nombre de Michael Jonas y haciendo que el aire se me atorara en la garganta antes de responder al segundo timbre.
—¿Señor Jonas? —dije intentando estabilizar el tono.
—Lina disculpe la hora —la voz de barítono sonaba limpia y serena transmitiendo una paz que contrastaba violentamente con mi entorno—. Solo quería asegurarme de que llegó bien a su hogar porque Isabela se durmió hace poco y no he dejado de pensar en lo que me contó esta mañana.
Un nudo de culpa me apretó las cuerdas vocales al recordar que le mentía a un hombre así.
—Sí, señor Jonas. Llegué bien gracias y mi madre ya descansa al igual que el niño de... mi hermana.
—Me alegra escuchar eso porque mañana tenemos una reunión importante con inversores extranjeros a primera hora y necesito que esté lista para coordinar los contratos; ¿cree que pueda manejarlo?
—Por supuesto estaré allí antes de las ocho sin falta.
—Confío en usted, Lina. Descanse y nos vemos mañana.
—Buenas noches, señor Jonas.
Colgué apretando el aparato contra mi pecho mientras me levantaba para ir por Leo sacándolo de la cuna con un cuidado infinito para mecerlo en la oscuridad de la estancia mientras las lágrimas rodaban en silencio por mis mejillas esperando que en cualquier momento derribaran la puerta.
