Capítulo 7 Capítulo 7

Michael.

La puerta de nogal se abrió con lentitud y Lina entró sosteniendo una carpeta azul marino contra su pecho. Sus dedos estaban fríos y trémulos.

—Señor Jonas, aquí tiene los contratos definitivos de la operación de Tokio —dijo con un hilo de voz, apenas audible.

—Déjelos sobre la mesa, Lina —respondí con calma.

Abrí los folios para estampar mi firma, pero el pulso se me detuvo de inmediato el papel que tenía en frente no era el contrato definitivo; era el borrador interno con el grave error de cálculo en las compensaciones fiscales si enviaba esto al banco central japonés, la firma perdería millones.

Levanté la vista.

Ella seguía de pie junto a la puerta, con los hombros encogidos y una respiración errática cualquier otro directivo la habría despedido en el acto por una negligencia así yo solo sentí una profunda opresión en el pecho al verla al límite de sus fuerzas.

—Lina —la llamé con suavidad.

Se giró de golpe, con los ojos abiertos de par en par y el rostro pálido como el papel.

—¿Sí, señor Jonas? ¿Hay algún problema con las firmas? —preguntó con pánico en la voz.

Me levanté del escritorio, tomé el documento correcto y caminé hacia ella.

—Trajo la carpeta equivocada. Este es el borrador con el error que descartamos ayer. El contrato real está en mi mano derecha.

El bolígrafo se le resbaló de los dedos, cayendo sobre la alfombra sin hacer ruido sus ojos se anegaron en lágrimas al instante.

—¡Oh, Dios mío, lo lamento tanto! —balbuceó con la voz rota, cubriéndose la boca con las manos—. Estaba segura de que... Por favor, discúlpeme puede despedirme ahora mismo, sé lo que este error significa para la empresa. No tengo excusa.

Me quedé en completo silencio.

Las palabras de reprimenda se me atragantaron en la garganta al ver la culpa devastándola por dentro, no supe qué reproche pronunciar ante tanta vulnerabilidad.

Dejé caer las carpetas sobre una mesa auxiliar, acorté la distancia que nos separaba y la envolví fuertemente entre mis brazos.

Lina se quedó rígida por una fracción de segundo antes de que todo su autocontrol se desmoronara, escondió el rostro contra mi hombro y dejó escapar un sollozo desgarrador, un llanto profundo que sacudía todo su cuerpo mientras se aferraba con desesperación a las solapas de mi traje.

—Shh... ya está, Lina. Tranquila —murmuré cerca de su oído, mientras mi mano acariciaba con infinita suavidad su espalda—. No voy a despedirla. Olvídese de los papeles. Estoy aquí.

En ese instante, la muralla de contención que Lina había construido con tanto sacrificio se quebró por completo el llanto contenido durante semanas brotó con una violencia desgarradora, entrecortado por la hiperventilación y el miedo ahogado que se apoyaba en mi pecho, entre sollozos ásperos y ahogados, empezó a liberar el peso asfixiante que la estaba consumiendo por dentro.

—Es que no puedo más... de verdad no puedo más, Michael —se desahogó con la voz completamente destrozada, clavando sus dedos en mi chaqueta como si tuviera miedo de caer al vacío—. Siento que el agua me llegó al cuello y me estoy ahogando... No es solo el cansancio, es que me están asfixiando por todas partes.

Hay cosas... hay deudas horribles, deudas que no son mías y que me persiguen a donde voy... hay tipos despiadados no dejan de presionarme, me mandan avisos, amenazan con destruirme, con hacerme daño a mí y a los míos si no les entrego dinero, dinero que yo no tengo...

Escucharla hablar así, con el alma en la mano y el terror vibrando en cada palabra, hizo que se me helara la sangre en las venas la tensión en sus brazos era angustiosa, como la de alguien que ha estado corriendo durante meses sin encontrar un solo lugar seguro donde descansar.

—Siento que cada paso que doy es un error —continuó llorando, sollozando contra la tela de mi camisa mientras la frialdad del aire acondicionado parecía evaporarse ante el calor crudo de sus lágrimas—. Intento sostener a mi familia, intento ser fuerte para no perder lo único limpio que me queda, que es este trabajo... pero no duermo.

Cierro los ojos y solo veo números, plazos que se vencen, amenazas y la cara de extorsionadores siento un terror constante de que alguien descubra en qué clase de infierno estoy metida y me juzgue, o peor aún, que me dejen completamente sola en medio de esta pesadilla.

—No está en la calle, Lina, y no está sola —susurré, apretándola con un poco más de firmeza para hacerle sentir mi presencia como un escudo infranqueable contra cualquier amenaza exterior—. Nadie la va a juzgar y nadie va a destruirla mientras yo esté aquí.

Deje de cargar con todo ese peso usted sola por un momento.

Lentamente, Lina comenzó a separarse y sus manos pequeñas se deslizaron de las solapas de mi traje y dio un paso atrás, bajando la cabeza de inmediato para evitar que sus ojos se encontraran con los míos, incapaz de sostener la mirada debido a la abrumadora verguenza que la invadía.

—Yo... lo siento tanto, señor Jonas... Michael —murmuró con la voz completamente ronca y quebrada, levantando una mano trémula para señalar con un gesto de absoluta mortificación el hombro de mi camisa blanca—. He arruinado su ropa con el maquillaje mire esto de verdad lo siento muchísimo.

El rastro negruzco de su máscara de pestañas, corrido por completo a causa de las lágrimas incontrolables que acababa de derramar contra mi pecho, había dejado una mancha oscura y evidente justo sobre la impecable blancura de la tela de marca.

—No importa la camisa, Lina. Olvídese de eso por favor —respondí con una suave media sonrisa comprensiva, intentando restarle cualquier valor a un simple detalle material.

Ella sacó un pañuelo arrugado del interior de su bolsillo con los dedos aún temblorosos y comenzó a secarse las mejillas encendidas con desesperación, intentando contener los últimos hipos mientras su cabello oscuro caía desordenado sobre sus hombros cansados.

Me miró fijamente a los ojos, con una mezcla de desconcierto absoluto y una tristeza tan infinita que me traspasó el alma de lado a lado.

—Después de todo lo que pasó, de haberle entregado un documento que pudo costarle millones... usted no me gritó, no me despidió. ¿Por qué es tan bueno conmigo? —preguntó en un susurro apenas perceptible.

Me quedé en silencio unos segundos, sintiendo el peso de su pregunta, antes de responder con absoluta sinceridad:

—Porque nadie estuvo conmigo cuando necesité ayuda.

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