Capítulo 8 Capítulo 8
Lina.
El segundero del reloj no avanzaba; caía como un mazo.
Treinta y seis horas.
Mis dedos, helados y empapados en sudor frío, despedazaban la correa del bolso adentro, la foto de la cara destrozada de Johan era un recordatorio constante: si hoy no aparecía el dinero, el siguiente paquete no llegaría a mi buzón, sino al despacho de Michael.
—Treinta y seis horas... —murmuré, con los labios secos.
Bajé al piso doce a zancadas, huyendo de un aire acondicionado que olía a encierro corporativo entré a tesorería sin llamar el director adjunto, el señor Garrido, ni siquiera levantó la vista de sus pantallas.
—Buenos días, señorita Lina. ¿Ocurre algo con los archivos de los inversores?
—No. Es... es personal, señor Garrido —apenas pude articular, con la voz temblando—. Necesito un adelanto de sueldo. Quince mil dólares. Urgente.
Para una intervención médica de mi madre.
Garrido cerró el ordenador con un golpe seco que me hizo dar un brinco en el sitio.
—Imposible, Lina. Apenas lleva unos días aquí las políticas exigen seis meses de antigüedad, facturas del hospital central y la firma de la junta.
Lo siento no puedo saltarme los protocolos.
—¡Por favor! —le arrebaté la palabra, apoyando las manos húmedas sobre su mesa de nogal—. La operación es hoy, antes del cierre del mercado. Mi madre... su vida depende de esto. Se lo devolveré con mis comisiones, juro que...
—Las reglas de Jonas Capital son automáticas, Lina —cortó él, tecleando con una parsimonia que me taladraba el cerebro—. El sistema bloquea cualquier adelanto sin requisitos.
De hecho... acaba de dispararse una notificación de riesgo directo a la oficina principal.
—¿Qué?
—El sistema le avisó a Michael Jonas que su secretaria pide liquidez de emergencia.
El suelo se desplomó bajo mis pies.
Michael ya lo sabía ví mi red de mentiras desmoronándose en una pantalla frente a mí.
—Gracias... con permiso —tartamudeé, con la garganta cerrada.
Corrí a la escalera de servicio me dejé caer contra la pared de ladrillo visto, con las rodillas al pecho, ahogando un grito de puro terror.
El tic-tac de la mafia resonaba en mis sienes si Michael decidía investigar, el pequeño Leo y yo estábamos acabados.
Subí al piso veinticuatro arrastrando los pies, con los ojos ardiendo.
Antes de que pudiera sentarme, la puerta de madera maciza se abrió, Michael apareció en el umbral su traje ya estaba impecable, su calma magnética... y sus ojos cafés clavados en mí.
—Lina. A mi oficina. Ahora.
Cerré la puerta de nogal tras de mí.
El olor a su colonia y a café amargo me golpeó el estómago.
—Señor Jonas, yo... lo siento —solté de golpe, apretando el abrigo contra mi cuerpo como un escudo inútil—. No debí ir a tesorería el desespero... si quiere anularlo...
Michael levantó una mano, deteniéndome se acercó despacio demasiado cerca su presencia me robaba el poco oxígeno que me quedaba.
—Ya le dije ayer que no está sola, Lina —su voz de barítono sonó extrañamente suave, destrozando mi coraza—. Vi la alerta del piso doce sé que es para los exámenes de su madre.
—Yo...
—No voy a permitir que la salud de su familia se hunda por un reglamento —dijo, tomando su bolígrafo—. La orden está aprobada quince mil dólares transferidos a su cuenta personal como beneficio de contratación.
—¿Qué...?
—Y ya di la orden en finanzas: cero auditorías, cero facturas, cero seguimiento esto queda entre usted y yo.
El bolígrafo firmó la pantalla un zumbido sordo me bloqueó los oídos.
—Michael... gracias... —la voz se me quebró en un sollozo ahogado.
Lo miré a los ojos, tan limpios, tan dispuestos a quemar sus propias reglas por protegerme.
Y sentí náuseas una culpa ponzoñosa me quemó las entrañas le estaba mintiendo al único hombre que me tendía la mano, mientras abajo, en el callejón de los muelles, los extorsionadores esperaban su dinero con los nudillos ensangrentados.
