Capítulo 2 Las reglas de una condena
Las reglas de una condena
Los pasos de los guardias se alejaron por el pasillo del ala este, dejando tras de sí un silencio que no traía paz, sino la densa quietud que precede a una tormenta de invierno.
Escuché el clic definitivo de la cerradura. El pestillo se cerró desde el exterior, confinándome en el lugar donde Cresta Umbría escondía las cosas que no quería ver a la luz del día. Sin embargo, esta habitación no era una mazmorra. Era algo mucho peor: una jaula de seda. Había sábanas de hilo blanco sobre una enorme cama de roble, una tina de piedra de la que ascendía un denso vaho caliente y un ventanal alto que enmarcaba el bosque negro bajo la agonía de la noche.
Me despegué de la pesada puerta de madera con las rodillas temblándome de pura rabia. Siete años usando el temblor de mis manos para no derramar la sopa de los Betas; aquí, mi debilidad no le importaba a nadie.
Me arranqué el delantal de lona burda. El vestido gris, rígido por la grasa de las cocinas y el sudor del miedo, cayó a mis pies como una piel muerta. Crucé el suelo de baldosas frías hasta el espejo de bronce sobre el lavabo y me obligué a mirar a la extraña que me devolvía la mirada. Tenía los ojos desorbitados, las mejillas encendidas por una fiebre que no era mía y el labio inferior partido, todavía húmedo por el jadeo traidor que Kael Draven me había arrancado con solo dos dedos en la barbilla.
Pero lo peor estaba en el lateral izquierdo de mi cuello.
Una línea fina, fosforescente y plateada, se dibujaba sobre mi piel como una enredadera de espinas recién brotada. El lazo triple. Lo toqué con la punta de los dedos y una descarga eléctrica me recorrió la columna, haciéndome arquear la espalda. No dolía; latía. Era un segundo corazón biológico que reclamaba su derecho a existir a costa de mi cordura.
Me deslicé dentro de la tina de piedra. El agua estaba casi hirviendo, pero el calor no logró mitigar la invasión sensorial que llevaba pegada a los poros. El incienso y la nieve de Kael se habían instalado en mi clavícula como una marca de propiedad. El humo y el cuero de Redv se sentían en el trayecto de mi muñeca, allí donde sus dedos masivos casi me habían fracturado el orgullo. Y el aroma a tinta y bosque mojado de Ezra flotaba en el aire de la habitación, sutil pero omnipresente, como si su ausencia fuera una caricia física que me vigilaba desde los rincones oscuros.
Cerré los ojos, hundiéndome hasta el mentón. En mi pecho, la loba plateada se estiró, lamiéndose las garras, satisfecha de haber sido reclamada por los tres machos más poderosos del valle.
—No —le susurré al agua, apretando los dientes—. Ellos nos odian. Nos quieren encerrada o muerta. No vamos a ceder.
Ella no escuchó. La biología no entiende de venganzas ni de apellidos malditos. La biología solo entiende de sumisión y de celo.
Salgo de la tina cuando los dedos se me arrugan y la piel me escuece. Me sequé con una toalla que olía a lavanda cara, un lujo insultante para alguien que solía limpiarse con trapos de cocina. Sobre la cama, alguien había dejado un vestido negro doblado con una precisión militar. La tela era seda pesada, de un corte medieval y simple que dejaba la garganta y las clavículas completamente expuestas, ciñéndose a la cintura como una mano invisible. No había zapatos.
Cuando deslicé las manos por los bolsillos de la falda, mis dedos tropezaron con un trozo de papel. Una nota. La letra era fina, inclinada y elegante. La reconocí de inmediato: Ezra.
Kael va a entrar.
No le mientas con la boca. Puede oler tu sangre.
—E.
El papel me quemó las yemas. Lo doblé y lo escondí debajo de la almohada de plumas un segundo antes de que los goznes de la puerta protestaran sin previo aviso. No hubo golpes. Los Alfas Supremos no piden permiso para invadir tu espacio.
Kael Draven llenó el umbral de la habitación, su imponente figura eclipsando la poca luz que entraba por el ventanal. Se había quitado el abrigo de pieles del Consejo; vestía únicamente una camisa negra de seda con las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando los músculos tensos de sus brazos y las venas marcadas por el poder de su rango. Tenía el primer botón desabrochado, lo suficiente para que la luz lunar le rozara la nuez de Adán.
No miró los muebles. No miró la tina. Sus ojos, dos témpanos de un azul irreal, se clavaron directamente en mí. Recorrieron el dobladillo de la seda negra, subieron por la curva de mis caderas y se detuvieron en la enredadera plateada que brillaba en mi cuello húmedo. El hilo del lazo se materializó entre nosotros, vibrando con una tensión que me cortó el aliento.
Cerró la puerta a sus espaldas. El pestillo sonó suave. Definitivo. Una sentencia de muerte para mi resistencia.
—De pie, Siena —dijo.
Su voz no fue un grito, pero la autoridad del Alfa Supremo me golpeó las rodillas. Mi cuerpo, traidor e infectado por la magia del lazo, obedeció la orden un segundo antes de que mi orgullo pudiera procesarla. Odié esa sumisión física con cada fibra de mi ser. Me puse de pie frente a la cama, descalza, sintiéndome dolorosamente desnuda bajo su escrutinio.
Kael comenzó a caminar a mi alrededor. No me tocó, pero la distancia que mantenía —apenas unos centímetros— era una tortura psicológica. El calor que desprendía su cuerpo contrastaba con el hielo de su mirada, creando un magnetismo que me erizaba los vellos de la nuca a medida que pasaba por detrás de mí. Su inspección era una liturgia oscura, el reclamo silencioso de un dueño revisando su nueva propiedad.
—Regla uno —comenzó, deteniéndose a mi espalda, tan cerca que su pecho rozaba la caída de mi cabello húmedo—. No vuelves a las cocinas. No sirves comida. No limpias el suelo de ningún Beta. Tu estatus como la sirvienta de Cresta Umbría ha muerto esta noche. Si alguien en este caserón vuelve a llamarte la hija del Renegado con la boca sucia, me lo dices. Y si decides callarlo, lo sabré de todas formas a través de la red de la manada.
—¿Y entonces qué hará, mi señor? —le pregunté, clavando los talones en el suelo, negándome a girar la cabeza—. ¿Los matará a ellos por insultarme, o me matará a mí por haber tenido la osadía de nacer de la sangre de Tomás Calderón?
Se produjo un silencio denso. Sentí la vibración de su caja torácica detrás de mí; Kael estaba sonriendo, aunque su boca no se moviera.
—Regla número dos —continuó, ignorando mi provocación mientras completaba el círculo y se plantaba frente a mí—. No sales del ala este sin uno de nosotros tres a tu lado. El bosque y los pasillos inferiores están llenos de lobos que preferirían ver tu cadáver en una pira antes de que lleves nuestras marcas en el cuello. Yo también preferiría ciertas cosas, Siena. Pero mis preferencias ya no coinciden con las de la Luna.
El hielo de sus ojos descendió hacia mis labios, deteniéndose en la pequeña herida que me había causado el Consejo. La tensión sexual en el espacio que nos separaba se volvió tan estrecha que el aire parecía faltar. El hilo plateado tiró de mi glándula con una violencia sorda, exigiéndome dar un paso hacia él, pegar mi pecho al suyo y suplicarle que apagara la hoguera que el lazo había encendido entre mis muslos. Clavé las uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme daño, conteniendo el aliento.
Él lo notó. Por supuesto que lo hizo. Un Alfa Supremo puede escuchar el aleteo de una polilla a kilómetros de distancia; mi ritmo cardíaco desbocado debía de sonarle como un tambor de guerra. Con una lentitud exasperante, levantó la mano que no estaba herida por la plata y me rodeó la muñeca izquierda. Su pulgar se posó con firmeza sobre mi pulso.
—Regla tres —murmuró, y su voz bajó un octavo, volviéndose un ronroneo áspero que me vibró en el vientre—. El lazo va a empezar a pedirte cosas a partir de esta noche. Fiebre. Hambre biológica. El impulso incontrolable de arrastrarte hacia una puerta y arañar la madera hasta encontrarnos. Cuando eso ocurra, cuando la necesidad te queme por dentro, no buscas a Riven. No buscas a Ezra. Vienes a mí.
Una risa amarga y ahogada se me escapó del pecho, un destello de mi antigua rebeldía.
—Qué conveniente, Alfa Supremo. El rey de la manada quiere asegurarse el primer turno en la cama de la sirvienta.
Kael inclinó la cabeza apenas un milímetro, encajando el golpe sin apartar sus ojos de los míos. El agarre en mi muñeca no dolió, pero la presión de su pulgar, moviéndose en un roce circular sobre mi piel sensible, desató un rastro de fuego que me llegó directo a la pelvis. Mi loba interna gimió, humillándome.
—Riven es un animal de guerra, Siena. Te rompería en la primera embestida sin darse cuenta de su propia fuerza —dijo, y su tono no contenía celos, sino el inventario frío de un estratega—. Ezra es un rastreador de sombras; te miraría fijamente hasta que te desarmaras sola, desnudando cada uno de tus secretos sin tocarte. Yo no te voy a romper. Yo voy a sostenerte el cuello mientras decides si vas a morder... o si te vas a dejar morder por mí.
—No es amor —escupí, intentando tirar de mi brazo, pero su mano era una argolla de acero—. Es química sucia. Es la Luna Roja riéndose de nosotros cuatro. No voy a amarlos, Kael. Aunque me encadenes a esta cama, mi mente os odiará hasta el día en que mi sangre se seque.
—Lo sé —respondió él, y por primera vez, una chispa de interés genuino, oscuro y posesivo, bailó en sus pupilas—. Estás latiendo demasiado rápido para alguien que jura odiarme tanto. Por eso existen estas reglas. Para que esa química sucia no te consuma el cerebro antes de que yo decida qué hacer con tu cuerpo.
De repente, una palma pesada golpeó la madera exterior de la puerta con la fuerza de un ariete.
—¡Kael! —la voz ronca de Riven atravesó las tablas como un hacha—. Llevas diez minutos ahí dentro. Si le estás leyendo el reglamento del caserón, la chica ya lo memorizó. Si le estás oliendo el cuello a mi compañera, sal ahora mismo y pelea como un hombre en el pasillo.
Kael no apartó la mirada de la mía ni un solo segundo. La vena de su cuello se tensó apenas un poco, pero su voz se mantuvo en esa calma letal que aterrorizaba a la manada.
—Entra, Riven, y te parto la mandíbula delante de ella —respondió sin alzar el tono—. Elige tu destino.
Un gruñido sordo y animal vibró al otro lado de la madera. Escuché los pasos pesados de Riven alejarse dos metros, pero no se marchó. Se plantó en el pasillo como un centinela furioso. Podía olerlo a través de las rendijas: el humo y el cuero de su furia estaban calentando el aire exterior, chocando contra el frío ártico que Kael había desplegado dentro de mi habitación. Dos Alfas midiendo sus fuerzas por el derecho a reclamar la glándula de una Calderón.
Kael soltó mi muñeca con una lentitud insultante. La súbita ausencia de su calor me provocó un escalofrío que me dio más asco que mi propio deseo. Su piel me hacía falta de inmediato, y odié a la loba plateada por hacerme sentir tan hambrienta.
—Regla cuatro —añadió Kael, retrocediendo hacia el umbral—. Duermes. Comes lo que te traigan. No intentas saltar por esa ventana esta noche. Mañana, a primera hora, te presentaré ante el Gran Consejo no como la sirvienta de las cocinas, sino como nuestra sentencia viva.
—¿Y si me niego a ponerme de pie frente a tus jueces? —le pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar el temblor de mi respiración.
Kael se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Se giró a medias y, por primera vez, vi una expresión que se asemejaba a una sonrisa cruel en la comisura de sus labios.
—Entonces te cargaré en mis hombros, Siena. Y te aseguro que Riven va a disfrutar viendo cómo te retuerces contra mi pecho mucho más de lo que tu orgullo podría soportar.
Abrió la puerta y salió. En el pasillo, Riven estaba apoyado contra la pared opuesta, con los brazos cruzados sobre su imponente torso y la cicatriz de su ceja oscurecida por la insatisfacción. Sus ojos salvajes descendieron de inmediato por la seda negra de mi vestido, devorando la línea de mis clavículas con una honestidad brutal que me hizo apretar los muslos. Los dos hermanos se evitaron por un milímetro, dos depredadores compartiendo el mismo territorio en disputa.
—¿Dónde está Ezra? —escéptico, le preguntó Riven a su hermano mayor.
—Abajo, con Maraen —respondió Kael, su voz perdiéndose pasillo abajo—. Quiere revisar los archivos históricos. Quiere saber si un lazo triple se ha registrado en los últimos doscientos años en el norte.
—¿Y bien? ¿Hubo alguna otra?
Kael se detuvo un instante, mirándome una última vez por encima del hombro antes de que las pesadas hojas de roble comenzaran a cerrarse.
—Se registró una vez —dijo Kael, y sus palabras cayeron como piedras sobre mi tumba—. La manada se partió en dos facciones. La mujer marcada terminó en la pira antes del amanecer del segundo día.
La puerta se cerró por completo. Esta vez, el sonido metálico del cerrojo quedó del lado de ellos, sepultándome en la penumbra de la habitación.
Me dejé caer sobre el borde del colchón de plumas porque mis piernas ya no podían sostener la farsa de mi resistencia. El vestido de seda se me pegaba a los muslos, que aún conservaban la humedad de mi respuesta biológica a su cercanía. Con dedos temblorosos, saqué la nota de Ezra de debajo de la almohada y la acerqué a la luz de la luna para releerla.
Fue entonces cuando advertí que el reverso del papel contenía una tercera línea de texto, escrita con una tinta más oscura y apresurada:
No eres la primera marcada por tres Alfas, Siena.
Eres la primera que debe seguir viva al amanecer del segundo día.
Quédate despierta.
Afuera, en el pasillo, los pasos pesados de Riven comenzaron a patrullar. Iba y venía, una y otra vez, frente a mi madera. Cada vez que su aroma a humo y cuero se filtraba por la rendija inferior, el lazo triple me tiraba del cuello hacia la puerta, y tuve que morder el interior de mi mejilla hasta saborear el hierro de mi propia sangre para no gritar su nombre en la oscuridad.
La Luna Roja seguía aplastándose contra el cristal del ventanal como un ojo sangriento.
Apoyé la frente contra el vidrio frío, contemplando el patio de piedra inferior. Abajo, Kael Draven cruzaba la nieve del patio descalzo y sin abrigo, caminando con esa parsimonia implacable que lo caracterizaba. No corría para alejarse de la fiebre que yo le provocaba. Camina. Exactamente como había prometido.
Me llevé la mano a la nota de Ezra, apretándola contra mi pecho. No iba a amarlos. Me lo repetí como un rezo pagano hasta que las palabras perdieron su significado. El problema real no era mi mente; el problema real era que esa noche ninguna de las cuatro almas de Cresta Umbría iba a poder pegar el ojo.
Y mañana, cuando el Consejo exigiera mi cabeza en una pira, alguno de ellos tres tendría que poner su mano sobre mi cuello. No para salvarme de las llamas, sino para asegurarse de que nadie más en este mundo decidiera el destino de la mujer que les pertenecía.
