Capítulo 4 El límite norte
El límite norte
Doy el paso.
No es un acto de valentía; es algo mucho más primitivo, un impulso biológico que me mueve los pies antes de que Kael pueda procesar mi desafío. Por un segundo absurdo, mientras la sangre del explorador gotea sobre las losas de piedra, creo que el Alfa Supremo está fingiendo. Que la mano en mi nuca era solo teatro para intimidar a los ancianos del Consejo. Que no se atreverá a humillarme —y a humillarse a sí mismo— repitiendo su demostración de fuerza frente a toda la manada.
Me equivoco. Con los Alfas Supremos, la piedad nunca es una opción.
El mundo se voltea en un parpadeo. Antes de que pueda rozar el suelo con la rodilla, el brazo izquierdo de Kael me cruza la espalda como una viga de acero y el derecho me sujeta por debajo de los muslos, levantándome del suelo sin el menor esfuerzo. La seda negra de mi vestido se arruga contra la tela tosca de su camisa y el aroma a incienso y nieve se me mete por la boca, cortándome cualquier intento de reclamo. El Gran Consejo entero contempla el traslado en un silencio sepulcral. Vesper abre los labios, ultrajada, mientras Garrick Sol ensancha su sonrisa de hiena.
—Dije que no salías de este caserón, Siena —sisea Kael contra mi sien, su voz tan baja que solo la loba plateada que llevo dentro consigue escuchar el rugido de su rango—. Pero no dije que no fuera a llevarte yo mismo hasta el umbral para que entiendas quién dicta las leyes sobre tu carne.
Me deja caer en el umbral exterior de la cámara subterránea con una brusquedad medida. Mis pies descalzos queman al tocar la piedra helada del pasillo. La palma de su mano derecha, aquella que aún humea sutilmente por la quemadura del disco de plata, se queda presionada contra mi cintura un segundo de más. Es una marca invisible, un recordatorio ardiente de su propiedad antes de empujarme hacia el pecho de su hermano.
—Tú la traes viva, Riven —ordena Kael, dándole la espalda a la luz de las antorchas—. Si Tomás Calderón tiene fuerzas para hablar, lo escuchas tú. Si intenta mentirle para usarla como escudo, lo callas. Y si a ella se le ocurre arrodillarse frente al cadáver de un traidor, la levantas. No me la devuelvas de rodillas ante nadie.
Riven suelta una risa áspera, acomodándome contra su costado con un agarre que me pulveriza las costillas.
—Y tú, hermano mayor, intenta no casarte con la zorra del norte mientras no estamos en la mesa —escupe, sus ojos salvajes encendidos por la inminencia de la caza.
Kael no se digna a responder. Se gira a medias, revelando el perfil de su rostro de piedra, y regresa a la bóveda subterránea con la mano herida cerrada en un puño. Va a asegurarse de que ningún anciano se atreva a encender una antorcha en su ausencia.
Ezra ya no está en el salón. Lo noto en el aire del pasillo: el rastro a tinta y bosque mojado se ha desvanecido primero, como si las mismas sombras del caserón se lo hubieran tragado para abrirnos camino.
El límite norte queda a media hora si te conviertes en lobo, pero nosotros no corremos en cuatro patas. Riven no piensa perder el tiempo desnudándose en la nieve. Me arroja encima un pesado gabán de montar que me queda tres tallas más grande y me sube de un tirón a la grupa de un semental oscuro que resopla contra el frío. Se monta inmediatamente detrás de mí, pegando su pecho masivo contra mi espalda y cruzando su brazo derecho por mi cintura con una posesión salvaje que no admite réplicas.
Cada trote del animal me golpea contra la dureza de su anatomía. El hilo plateado del lazo, atrapado entre su calor de fragua y mi sumisión involuntaria, se vuelve un filamento incandescente que me quema la garganta. La humedad entre mis muslos regresa, densa y vergonzosa, evaporándose contra la lana del gabán.
—Deja de contener la respiración, gatita —gruñe Riven cerca de mi oreja, el olor a humo y cuero invadiéndome la boca a cada bocanada de aire—. Te huelo el miedo desde aquí y se me va a ir la mano con las riendas. O con tu cadera.
—No es miedo —consigo articular, apretando los dientes para que no me castañeen por el frío del valle.
—Mentira bonita. Dila otra vez, a ver si tu loba se la cree.
No vuelvo a abrir la boca. El invierno de Cresta Umbría es despiadado: los pinos negros cortan el cielo gris como lanzas y el aliento del caballo se convierte en columnas de humo blanco. Siete años pasé mirando estos mismos árboles desde la pequeña ventana de las cocinas, soñando con el día en que cruzaría la frontera hacia cualquier lugar que no oliera a grasa de Beta. Nunca imaginé que lo haría encadenada al pecho de un Draven, con el apellido de mi padre pudriéndose una vez más en el aire del valle.
Riven encuentra mis manos escondidas bajo las mangas largas del gabán. Las toma con sus dedos callosos, sin mirar, guiado únicamente por el mapa invisible que el lazo triple le dibuja en el torrente sanguíneo. El contacto me enciende los centros nerviosos, haciéndome jadear.
—Si es él —dice Riven de pronto, su tono perdiendo parte de su rudeza habitual pero volviéndose mucho más peligroso—, no te acerques a menos de tres pasos de su cuerpo, Siena.
—Es mi padre. El único que me queda.
—Es el hombre que vertió veneno en la copa de mi madre —devolvió él, apretando el agarre en mi cintura hasta hacerme daño—. Tres pasos. O te ato a la silla con las correas de cuero. Tú eliges.
El caballo se detiene en seco, hundiendo los cascos en la nieve virgen. Hemos llegado al claro de la frontera.
Hay una mancha oscura y alargada sobre el suelo blanco. Un cuerpo boca abajo. Lleva una capa negra deshilachada y el sello de los Calderón cosido en el cuello; ese lobo sin corona que yo misma bordé con hilos de plata cuando era una niña de diez años, cuando todavía creía que los emblemas familiares protegían a los hombres de la muerte. Riven baja primero del semental, me sujeta por la cintura para descender y me mantiene pegada a su flanco izquierdo.
—Tres pasos, Siena. Ni uno más.
Me quedo en dos. Porque el hombre de la nieve hace un esfuerzo sobrehumano, levanta la cara y sus ojos se clavan en los míos. Es él. Siete años después.
La barba le ha crecido descuidada, completamente gris, y tiene un agujero oscuro y humeante justo debajo de las costillas izquierdas. Sus ojos —esa misma sombra tormentosa que heredé en mis propias pupilas— me buscan con una urgencia que ya no tiene tiempo para pedir perdones tardíos. Huele a camino largo, a tierra mojada y a la agonía de un cambiapieles cuyo lobo ya ha comenzado a desintegrarse. Pero debajo de la muerte, muy en el fondo, distingo el rastro dulce de la resina que usaba para limpiarse las manos después de trabajar la madera. El olor del hombre que una vez me cargó en hombros para que pudiera tocar las ramas más altas del bosque.
—Siena... —su voz es un hilillo de sangre rosa que le escapa por la comisura de los labios. Mi nombre en su boca no suena a trapo sucio como en las cocinas. Suena a un rezo pronunciado demasiado tarde.
Riven desenfunda su cuchillo de caza con un siseo metálico. No lo clava, pero la hoja brilla a centímetros del cuello de mi padre.
—Habla, viejo —ordena el Alfa de Guerra—. Di una sola palabra útil antes de que decida si te dejo terminar la siguiente frase.
Tomás tose, manchando la nieve de un carmín brillante. Intenta alzar una mano temblorosa hacia mí, pero Riven se interpone de inmediato, un muro de cicatrices y furia contenida.
—Isolde... Isolde no bebió lo que yo preparé en la vasija —jadea mi padre, sus dedos escarbando la nieve en busca de tracción—. El vaso... el vaso de plata era para Magnus. Alguien lo giró en la bandeja de la corte. Alguien que todavía se sienta a esa mesa del Consejo... Yo... yo solo iba a llevármela esa noche, Siena. Fuera de Cresta Umbría. Fuera de su matrimonio de conveniencia. Fuera de la pira que ya estaban construyendo para otra muchacha inocente.
Iris. El nombre de la primera marcada por tres sombras no sale de su boca, pero lo siento vibrar en el aire frío como una maldición cumplida.
—Maraen... —continúa Tomás, la mirada perdiendo el enfoque—. Los archivos del caserón... la página que falta de la dinastía no está perdida. Está cosida en el forro de esta capa. No se la entregues a Kael primero, hija. Kael... Kael era solo un niño que adoraba a su madre. Si lee esa página sin que tú estés de pie a su lado... va a quemar el valle entero con su hielo.
Sus dedos, congelados, empujan un papel doblado y amarillento a través de la nieve, en mi dirección. Riven se adelanta y pisa el documento con la suela de su bota militar antes de que mi mano pueda rozarlo.
—Yo me encargo de leer eso —dictamina Riven.
—No —interviene una tercera voz desde la espesura.
Ezra Draven sale de entre los pinos cargados de escarcha como si hubiera estado creciendo allí todo el tiempo. Viene a pie, sin abrigo, vistiendo solo una camisa desgarrada y con una línea de sangre ajena secándosele en la quijada. Se agacha con una elegancia felina, extrae la página de debajo de la bota de su hermano y, sin abrirla, me la deposita directamente en la palma de la mano. Sus dedos rozan los míos un instante eterno. Tinta. Bosque. Una advertencia táctil que me acelera el pulso.
—Es de ella —dice Ezra, sus ojos fijos en el papel—. La caligrafía de nuestra madre. No el veneno.
Tomás sonríe en la nieve, una mueca vacía de un hombre que ya cruzó el umbral y solo dejó el cuerpo como un recordadero de su paso.
—Perdóname el apellido que te heredé, Siena... —susurra, su último aliento congelándose en el aire—. No el lazo. El lazo... Isolde lo vio en sus visiones. Dijo que un día ibas a atar lo que ella no pudo unir. Tres sombras. Una sola Luna...
El pecho de mi padre se queda quieto de golpe. El lobo bordado en su capa deja de subir y bajar. Tomás Calderón ha muerto.
El sonido que se me escapa de la garganta no es un grito de dolor. Es algo más viejo, más feo; el lamento de la niña de dieciséis años a la que sacaron a rastras de una habitación para decirle que su mundo se había terminado porque su sangre era maldita. Mi loba plateada ruge dentro de mi caja torácica, tarde, inútil ante el cadáver del Renegado.
Intento romper los tres pasos de distancia para arrojarme sobre su cuerpo, pero el brazo de Riven me intercepta con la fuerza de una cadena.
Esta vez, la distancia se reduce a cero. Riven me estampa contra su pecho, hundiéndome la cara en la lana de su camisa mientras su mano masiva se enreda en mi cabello húmedo. Su voz suena ronca, extrañamente desprovista de la crueldad de antes.
—No mires cómo se apaga un Alfa, Siena —ordena contra mi sien, su respiración agitada—. No mires. Yo ya vi cómo se apagaba Isolde y no pienso repetir esa lección contigo en este bosque.
El primer silbido lo detecta el oído de Ezra. El segundo lo capta el semental, que se encabrita de golpe, tensando las riendas. El tercero se me clava en la realidad antes de que pueda procesarlo: una flecha de punta de hierro cruza el claro a toda velocidad, llevándose el aire exacto donde mi cuello expuesto estaba ubicado un segundo atrás.
Riven me tira al suelo de un golpe, cubriendo mi cuerpo con el suyo en la nieve sucia.
Escucho el impacto seco del metal contra la carne. Escucho el gruñido animal que se le parte en el hombro izquierdo. Y escucho a Ezra maldecir en voz baja, transformándose ya a mitad de camino mientras se lanza como una exhalación negra hacia los pinos del norte, dejando de ser un hombre por completo.
—¡Riven! —grito, con la boca llena de su aroma a humo y del sabor ferroso de su sangre que ya empieza a gotear sobre mi mejilla.
—Estoy bien, maldita sea —miente, la cicatriz de su ceja encendiéndose mientras una corriente caliente y oscura me empapa la palma de la mano cuando intento apartarlo—. Quédate debajo de mí. Si se te ocurre levantar la cabeza antes de que mate al que tiró esa madera, te la corto yo mismo.
Otra flecha pasa rozando y se clava en el tronco del pino que tenemos a la espalda.
Gritos extraños resuenan en la espesura. Lobos que no huelen a Cresta Umbría. El pacto del norte no iba a esperar a que Kael Draven decidiera con quién compartir su cama; han venido a cobrarse la traición con mi sangre.
Riven se incorpora a medias sobre mis muslos, su cuerpo ya medio modificado por la transformación: la mandíbula más ancha, los colmillos expuestos y los ojos inyectados en un amarillo salvaje. Me mira un segundo implacable. Uno solo. Como si el lazo triple le exigiera devorarme la boca antes de entrar en combate y él tuviera que escupirle a la Diosa para mantener el control.
—Cuando esta guerra termine, Siena... vas a odiarme todavía más de lo que me odias hoy —jadea, el humo de su aliento quemándome los labios.
—Ya te odio todo lo que puedo, Draven.
—Mentira bonita —repite Riven, y se lanza de cabeza hacia la densa penumbra del bosque del norte.
Me quedo sola sobre la nieve ensangrentada, con la página de la reina Isolde aplastada contra el centro de mi pecho y el cadáver de mi padre a una distancia que ya no me importa contar. Pero el hilo plateado del lazo triple no tira hacia los pinos donde pelea Riven.
Tira hacia el sur. Hacia el valle. Hacia el caserón negro.
Kael. El Alfa Supremo acaba de sentir la flecha que me rozó el cuello a través de nuestra conexión biológica. Kael acaba de romper la mesa del Consejo a mitad de una frase de los ancianos.
Kael Draven está corriendo a través de la tormenta. Y el Alfa Supremo nunca corre por nadie. Hasta ahora.
