Capítulo 6 La danza de las antorchas
La danza de las antorchas
El aire del patio de armas corta como una navaja desafilada.
La nieve pisoteada por los guardias cruje bajo mis pies descalzos a cada paso que doy, pero el frío ártico apenas consigue rozarme. El calor que desprende el cuerpo de Kael a mi espalda, combinado con el rastro ardiente de la sangre de Riven que aún decora el dobladillo de mi manto, mantiene mi loba interna en un estado de alerta incandescente. Avanzo en silencio, con la cabeza alta por primera vez en siete años, sintiendo el peso de la carta de la reina Isolde doblada contra mi pecho, justo sobre los latidos desbocados de mi corazón.
En el centro del patio, la pira recién alzada nos espera. El humo espeso de la madera verde de pino asciende hacia el cielo plomizo, empañando la silueta de los tres Alfas que caminan a mi lado.
—Mantén el paso, Siena —murmura Kael detrás de mí, su voz una vibración helada que me recorre la espina dorsal—. No mires a la multitud. Mírame a mí si necesitas un borde donde sostener tu rabia.
No necesito mirar a la multitud para saber que toda la manada está reunida en las balconadas de piedra. El aroma colectivo a miedo, expectancia y odio rancio satura el ambiente. A los pies de los maderos, la Dama Vesper nos aguarda con una antorcha encendida en la mano derecha. Su vestido blanco inmaculado contrasta con el hollín de las maderas, y la sonrisa que me dedica está cargada de la satisfacción de una cazadora que cree haber acorralado a su presa.
A su lado, Garrick Sol mantiene los brazos cruzados dentro de las mangas de su túnica de Consejo. Sus ojos de hiena brillan con una luz triunfal al vernos regresar del límite norte sin el prisionero.
—¡Alfas! —grita Garrick, su voz resonando en los muros del patio con una autoridad fingida—. El explorador nos informó del ataque en la frontera. Veo que habéis regresado con la sirvienta, pero no con el traidor de su padre. ¿Ha huido el Renegado una vez más con la ayuda de su sangre?
Riven da un paso al frente, interponiéndose entre la pira y yo con un gruñido sordo que hace que los guardias de la primera línea retrocedan un metro. Su hombro izquierdo sigue empapado en sangre, pero la transformación parcial de sus facciones —los colmillos asomando por el labio inferior y las pupilas inyectadas en un amarillo salvaje— deja claro que el dolor solo ha alimentado su necesidad de violencia.
—Tomás Calderón está muerto, viejo —escupe Riven, el humo de su aliento mezclándose con el de la antorcha de Vesper—. El Norte se encargó de atravesarlo con tres lanzas antes de que pudiéramos interrogarlo. Así que guarda tus discursos de Consejo para los que todavía respeten tus canas.
Vesper da un paso hacia adelante, alzando la antorcha para que la luz del fuego lama el lateral de mi cuello, donde el lazo triple brilla con una intensidad fosforescente que ya nadie en Cresta Umbría puede negar.
—¿Muerto? Qué conveniente —sisea Vesper, clavando sus ojos en los míos con una furia líquida—. La hija del asesino regresa viva mientras los secretos de su linaje se entierran en la nieve. Kael, el pacto con mi padre exige que esta herejía se termine antes del mediodía. La manada no va a seguir a una monarquía bastarda atada al cuello de una criada. ¡Mete a la chica en los maderos o atente a la guerra que bajará de las montañas!
El silencio que sigue a sus palabras es absoluto. Los cien lobos de las balconadas contienen la respiración, esperando la orden del Alfa Supremo.
Kael avanza con una parsimonia implacable, colocándose justo a mi izquierda. No mira la antorcha de Vesper; mira directamente a Garrick Sol, con sus ojos azules reducidos a dos ranuras de hielo ártico.
—La guerra ya está aquí, Vesper —dice Kael, su voz cayendo como un hacha sobre la nieve—. Pero las flechas no vinieron de las montañas por un pacto roto. Vinieron porque alguien en este patio tenía demasiado miedo de lo que Tomás Calderón pudiera decir antes de morir.
Garrick Sol parpadea, la comisura de sus labios tensándose apenas un milímetro. Es el único rastro de pánico que muestra el anciano consejero.
—¿De qué hablas, Alfa Supremo? —pregunta Garrick, forzando un tono de ofendida dignidad—. El Consejo solo busca proteger la pureza dinástica de Cresta Umbría. Esa muchacha es una aberración biológica que infectará vuestro linaje.
Es mi turno. Siento el hilo plateado del lazo triple vibrar en mi garganta, transmitiéndome la fuerza combinada de las tres sombras que me rodean. Doy un paso al frente, saliendo de la protección de los hombros de Kael, y deslizo la mano en el interior de mi corpiño. Mis dedos encuentran el papel amarillento, áspero por los años de encierro, y lo despliego ante los ojos de los ancianos con una fijeza que me congela las facciones.
—Esto es lo que Tomás Calderón traía de la frontera —anuncio, y mi voz suena nítida, afilada como un cuchillo de cocina, rebotando en las piedras del caserón—. La caligrafía original de la reina Isolde. La página que Maraen dio por perdida hace siete años en los archivos de la dinastía.
Un murmullo de incredulidad recorre las balconadas superiores. Vesper intenta bajar la antorcha hacia el papel, pero Ezra emerge de las sombras detrás de ella, rodeándole la muñeca con sus dedos delgados y mortales con una presión que le hace soltar un gemido de dolor. El fuego de la madera cae sobre la nieve, apagándose con un siseo ahogado.
—No vuelvas a alzar fuego contra ella, Vesper —murmura Ezra al oído de la mujer, su tono suave y letal actuando como un sedante biológico que la deja inmóvil—. O me encargaré de que experimentes la pira en tu propia seda.
Kael me quita la carta de los dedos con una lentitud que eriza la piel, pero sus ojos siguen fijos en Garrick Sol. Comienza a leer en voz alta, su registro abismal arrastrando cada palabra de su madre muerta por la acústica del patio de armas. A medida que las frases de Isolde revelan que el veneno estaba destinado a Magnus y que el Consejo organizó la limpieza política de Iris, el murmullo de la manada se transforma en un rugido de indignación salvaje.
Los guerreros de la guardia de élite bajan sus lanzas, pero ya no apuntan hacia mí. Apuntan hacia la mesa de los ancianos.
—¡Mentira! —truena Garrick Sol, dando un paso atrás hacia los guardias del Norte que custodian la retaguardia—. ¡Es un truco de brujería de la Calderón! ¡Un documento falso para salvar el cuello de la sirvienta!
—La tinta es del archivo real, Garrick —sentencia Kael, deshaciendo el puño herido por la plata para señalar el madero de la pira—. Y el sello de mi madre no se puede imitar con la grasa de las cocinas. Has gobernado esta manada sobre las cenizas de una reina muerta y sobre el silencio de una pira que tú mismo encendiste hace veinte años.
Riven suelta un rugido animal y se lanza hacia la primera línea de los ejecutores del Norte que intentan escudar a Garrick. El acero de su cuchillo de caza brilla bajo el cielo gris, abriéndose paso entre las pieles de oso blanco con una violencia coreografiada por años de campaña militar. Ezra se mueve detrás de él, una exhalación negra que neutraliza a los ballesteros de las terrazas superiores antes de que puedan liberar una sola flecha.
Garrick Sol intenta correr hacia la salida lateral del patio, pero me interpongo en su camino. El lazo triple da un vuelco caliente en mi pecho y mi loba plateada asoma por fin, enseñando los dientes a través de mis pupilas. No tengo un cuchillo, pero la ferocidad de mi linaje bloquea el avance del viejo traidor.
—Siete años limpiando tu mesa, Garrick —le siseo, obligándolo a retroceder hacia los troncos que aún humean—. Siete años escuchándote llamar asesino a mi padre mientras tú te limpiabas la sangre de la reina con los manteles de la corte. Hoy vas a probar el calor de la ley que tanto defendías con mi apellido.
Kael cae sobre él como una avalancha de hielo. Lo toma por la túnica con su mano quemada y, con un movimiento brutal que arranca un grito de las balconadas, arroja el cuerpo del consejero principal sobre los maderos de la pira que estaba destinada para mí.
Riven arroja una de las antorchas de los muros sobre la madera verde. El fuego, avivado por la resina de pino y la magia de sangre residual del lazo, estalla en una columna de llamas azuladas que devora los gritos de Garrick Sol en un parpadeo.
La manada entera se arrodilla en los corredores de piedra, no ante el Alfa Supremo, sino ante la fuerza unificada de las tres sombras que rodean a la hija del Renegado.
Kael se detiene a mi izquierda, Riven se coloca a mi derecha con el cuchillo ensangrentado y Ezra se desliza detrás de mis hombros, dejando caer su mano sobre mi manto negro. El hilo plateado del lazo triple se estabiliza alrededor de nuestras anatomías, fundiendo el incienso, el humo y la tinta en un solo aroma imperial que reclama cada rincón de Cresta Umbría.
Giro la cabeza hacia Kael, con la respiración agitada y la piel del cuello ardiendo bajo las marcas invisibles que ya han comenzado a reclamar su espacio en mi carne.
—Esto es solo el principio, ¿verdad? —le pregunto, negándome a bajar la mirada frente a su hielo.
Kael Draven inclina la cabeza hacia mí, una pequeña y oscura sonrisa posesiva dibujándose en la comisura de sus labios mientras contempla la pira que purga el pasado de nuestra manada.
—Bienvenida a tu reinado, Siena —murmura el Alfa Supremo, su mano herida buscando la mía entre la seda negra—. La manada ya está partida. Ahora nos toca a los cuatro gobernar sobre las cenizas de los que creyeron que podías ser una víctima en nuestra cama.
